CAPÍTULO 10 #2
El trayecto hasta el inicio del sendero es bastante corto.
Muchos de los voluntarios ya han llegado y a D.
D. le cuesta encontrar aparcamiento. Seguimos el flujo de personas —una mezcla de hombres y mujeres, jóvenes y mayores; todos con una vestimenta más adecuada que las nuestras— hasta la mesa de registro, donde la agente especial Quincy, con un cortavientos del FBI, está claramente al mando.
A su lado, una mujer más mayor lleva un forro polar del Departamento del Sheriff con el mismo aplomo con el que otras mujeres llevarían una prenda de cachemira.
D. D. nos registra. No se detiene a charlar con Quincy.
A juzgar por la larga cola y el nivel de actividad, ahora no es el momento.
Sobre la mesa, Quincy ha extendido un enorme mapa dividido en cuadrados marcados con colores vivos: el área de búsqueda.
A un lado, veo la leyenda. El rosa neón pertenece a Nate Marles, el verde fluorescente a Mary Rose Zeilan. Los jefes de equipo, deduzco.
Quincy nos entrega un pequeño mapa con varias anotaciones.
Nuestra primera tarea. Lo cotejo con el mapa más grande.
Estamos a unos cuatrocientos metros del lugar donde se encontró el cuerpo.
Esto me decepciona hasta que recuerdo lo que dijo la antropóloga forense: a muchos animales carroñeros les gusta retirarse con su botín a terrenos más elevados.
Con suerte, encontraremos la madriguera de un mapache o un nido de ardillas abandonado.
Necesito que encontremos algo. Necesito que marquemos la diferencia de alguna manera.
En la mesa de al lado hay cajas de botellas de agua y montones de plátanos. También cajas con bolsas de malla llenas de pequeñas banderas de topografía.
—Una bolsa por equipo de búsqueda —dice Quincy con voz enérgica mientras se forma una fila detrás de nosotros—.
Si veis algo que pueda ser relevante, os detenéis y sacáis una bandera.
Escribís las coordenadas con rotulador debajo del número de la bandera.
Luego marcáis la ubicación de la bandera en vuestro mapa y se lo comunicáis al jefe de equipo. ¿Entendido?
—Entendido. —D. D. casi suena alegre.
—Si se os acaban las banderas, uno de los miembros del equipo tendrá que volver a por más. —Quincy levanta la vista, observa el atuendo de Keith y hace una breve pausa—. Que vaya él. Parece rápido.
Keith no pestañea.
—Como el viento —le asegura.
Ahora D. D. también sonríe.
—Controlad el ritmo —advierte Kimberly—, mantened los ojos bien abiertos y moveos con paso firme. Buena suerte.
Quincy desvía la mirada hacia el tipo que hay detrás de nosotros. Avanzamos por la fila de mesas y terminamos de recoger el equipo. La mujer mayor del Departamento del Sheriff vuelve a apuntar nuestros nombres por segunda vez y nos marca en una lista, y eso es todo.
Nos adentramos en el bosque.
No me importa caminar. Corro casi todos los días, aunque no con ropa tan cara como la de Keith.
Pero una mujer que vive en mi estado constante de hipervigilancia tiene que correr sin parar solo para liberar un poco de estrés.
Además, hago pesas, correteo entre edificios y me balanceo por estructuras abandonadas.
No puedo darle sentido a mi ansiedad convenciéndome a mí misma de que no va a suceder lo peor.
Porque lo peor ya me ocurrió, haciendo que todos los miedos fueran reales, todos los terrores legítimos.
Así que me limito a fingir que todo va bien.
Cuando encuentro un viejo almacén, lo uso como una forma de liberarme.
Samuel, el especialista en víctimas del FBI, fue el primero en hablarme de la técnica —aliviar la ansiedad desarrollando la fuerza—, pero no creo que esperara que la llevara tan lejos.
Ahora, mirando los imponentes árboles que nos rodean, con una espesa maleza de frondosos arbustos verdes —creo que alguien mencionó el laurel silvestre—, no dejo de pensar en todas las nuevas formas de escape para las que podría estar preparándome.
Sigo avanzando. D. D. y Keith no tienen ningún problema para mantener mi ritmo. Al parecer, todos estamos locos.
Nadie habla. Recorremos el primer kilómetro. Poco después llegamos a un pequeño claro, donde hay otro agente de la ley con una carpeta. Comprueba que hemos llegado sanos y salvos hasta aquí y nos sermonea sobre cómo encontrar nuestro cuadrante de búsqueda particular.
Él y D. D. hablan unos momentos más. Me doy cuenta de que Keith no deja de mirar por encima del hombro del hombre, como si hubiera algo que intentara ver en lo profundo del bosque.
Entonces lo entiendo. Este es el punto cero, por así decirlo.
Donde el excursionista fue en busca de un palo y encontró un hueso en vez de eso.
Vuelvo la vista hacia la colina por la que acabamos de subir. Y, por primera vez, me siento incómoda.
Esa subida no ha sido nada para mí. Pero ¿y para Jacob? Jacob se pasaba todo el día al volante, se alimentaba de comida frita y se pasaba semanas entera de juerga a base de drogas y alcohol...
Me cuesta mucho imaginarme a Jacob aquí. ¿Significa eso que nunca vino a estas montañas? ¿Que me mintió sobre la cabaña de Georgia? ¿O significa que no lo conozco tan bien como creía? ¿Que me ocultaba secretos incluso a pesar de que yo le entregué hasta la última parte de mí?
—No pasa nada —dice Keith.
Me doy cuenta de que estoy apretando los puños.
—Él no ganó. Eres tú quien está a punto de ayudar a una chica asesinada a volver a casa. Tú puedes con esto.
—Deja de leerme la mente —murmuro.
—Entonces, deja de ser tan fácil de leer.
Pongo mala cara, pero enfadarme con él me ha hecho sentir mejor. Probablemente eso era lo que él pretendía. Keith me conoce demasiado bien. Por eso no confío en él en absoluto.
D. D. tiene nuestras coordenadas. Reanudamos la subida.
Para cuando llegamos a la zona que nos han asignado, ya nos hemos quitado las capas exteriores. De vez en cuando oímos cosas, otros buscadores en el bosque, pero no los vemos. Las diferentes subzonas de búsqueda son muy grandes, dada la extensión de terreno que tenemos que cubrir.
—En las búsquedas de cadáveres que he hecho —dice D.
D.—, nos colocamos en fila, avanzamos al mismo ritmo y vamos tanteando el suelo con un palo.
Buscamos partes blandas, signos de tierra que se haya removido recientemente.
Esto es totalmente diferente. Ni siquiera estoy segura de qué método es más efectivo.
Va a ser difícil encontrar pequeños huesos debajo de todas estas hojas, así que creo que me quedo con el consejo de la doctora Jackson: busquemos actividad animal.
Golpear en los árboles huecos, investigar los troncos caídos.
Quizá tengamos suerte. —Hace una pausa—.
En este punto nos desviamos del sendero.
Es importante que permanezcamos juntos. Keith, es hora de que saques a relucir esa aplicación de la brújula.
No queremos convertirnos en el próximo objetivo del equipo de búsqueda.
Keith saca su teléfono. Todos estamos sudando.
Hace más fresco a la sombra del bosque, pero ahora veo esas mismas sombras con escepticismo.
Ha sido sencillo seguir el sendero. Ancho, bien cubierto por las hojas otoñales caídas.
Ahora nos enfrentamos a gigantescos arbustos de laurel que obstruyen el paso. Hay huecos aquí y allá.
D. D. elige uno. Keith y yo nos abrimos paso detrás de ella.