CAPÍTULO 10
FLORA
No puedo dormir. Apenas lo hago, incluso cuando estoy en casa.
Es una de esas cosas que los médicos te dicen que se acabarán pasando.
Terrores nocturnos, insomnio, un sistema suprarrenal sobrecargado que me mantiene constantemente al límite.
Tarde o temprano se aliviará. Dormiré una hora más un día, otra hora más al siguiente, hasta que, al final , voilà, vuelva a ser una persona normal.
Pero aún no ha sucedido.
Camino de un lado a otro de mi habitación del motel, pasando de una silla barata a unas cortinas extravagantes y a un minúsculo banco de cocina.
Pruebo a sentarme en el borde de la cama.
Luego me pongo de pie junto a la ventana.
Enciendo las luces. Apago las luces. Enciendo la televisión.
Apago la televisión. Arriba, abajo y vuelta a empezar.
La agente especial Quincy se reunió con nosotros en el modesto motel, donde tuvimos que esperar nuestro turno detrás de la proverbial familia de cuatro.
El padre ya parecía agotado mientras buscaba en su cartera la tarjeta de crédito adecuada; la agobiada madre, por su parte, intentaba por todos los medios controlar a dos niños pequeños que no tenían intención de quedarse quietos.
La niña mayor no dejaba de meterse detrás del mostrador, provocando los gritos del recepcionista.
Vi que el niño, de cinco o seis años, miraba mi bota derecha como si supiera que oculto ahí mi navaja mariposa.
Lo catalogué como un futuro asesino en serie, pero bueno, nunca se me han dado bien los niños.
Cuando por fin llegó nuestro turno, Kimberly mostró su credencial del FBI y el empleado del motel nos miró con aún más recelo que a los malvados niños. Cada vez que lo miraba, me entraban ganas de sacar la mariposa.
«Será mejor que te lleves bien con la gente de la zona», me dijo Kimberly. Juro que esa mujer lo ve todo.
Durante la cena, repasó el plan para la mañana siguiente. Primero, irían los perros; luego, los humanos. Nos asignarían una zona de búsqueda y un puñado de banderitas naranjas. Trabajaríamos en nuestra zona, nos mantendríamos hidratados y nos comunicaríamos con frecuencia.
Tal y como nos lo planteó, sonaba sencillo. Sin embargo, yo ya sabía que no habría nada sencillo en el día que teníamos por delante.
Quiero estar en el bosque. Golpear un árbol hueco y hacer aparecer por arte de magia los dedos, las costillas y las vértebras de Lilah Abenito.
O tal vez un fémur, con el mensaje tallado a mano: «Jacob Ness estuvo aquí ».
Quiero respuestas, aunque entiendo que nunca encontraremos nada que llegue a explicar por completo lo que le ocurrió a Lilah.
A mí. Somos personas muy especiales: dos chicas que un día se encontraron con un monstruo de verdad. Excepto que yo sobreviví.
Ahora estoy de vuelta en Georgia, esperando que algo me resulte familiar. Confío en doblar una esquina o entrar en un restaurante y experimentar esa sensación de déjà vu. Siento que debería saber algo. Necesito saber algo. O, una vez más, Jacob habrá ganado.
Oigo un ruido en la habitación de al lado. El sonido de una puerta que se abre y luego se cierra. Pasos en el pasillo. Ligeros. Discretos. Los pasos de una persona que no quiere llamar la atención.
Cruzo inmediatamente mi habitación hacia la puerta, en estado de alerta máxima. Tengo la cadena puesta y el cerrojo echado, pero, en comparación con el sistema de seguridad que tengo en casa, esto no es nada. Cerraduras baratas para una habitación barata.
Me saco la navaja mariposa de la cintura, en la parte baja de la espalda.
Tuve que facturar mi equipaje para traérmela a Atlanta, junto con el resto de mis juguetes.
D. D. me puso mala cara. Sabía por qué no me valía con una pequeña bolsa de mano.
«Estarás rodeada en todo momento por miembros armados de las fuerzas del orden», murmuró con tono severo.
Pero ambas sabíamos que no iba a ceder en ese tema.
Facturé mi maleta. Y, al llegar, lo primero que hice fue sacar mi navaja; la abrí, la cerré, la abrí, la cerré, la abrí y luego la plegué con cuidado, como si fuera un abanico, y me la guardé en el bolsillo.
Ahora, abro la hoja una vez más con un movimiento rápido cuando dos sombras gemelas oscurecen el haz de luz bajo mi puerta. Las sombras se detienen. Se solidifican.
Alguien está de pie frente a mi puerta.
Keith. Que, en vista de la aventura que nos espera mañana, seguro que tampoco puede dormir.
Quien asegura saberlo todo sobre mí, incluido lo de mi insomnio.
A quien le importo lo suficiente como para ofrecerme...
¿qué? ¿Conversación? ¿Consuelo? ¿Distracción en mitad de la noche?
¿O tal vez algo más, algún tipo de interludio físico para mantener nuestras mentes alejadas de asuntos más serios?
Podría abrir la puerta. Dar un paso adelante, desenganchar la cadena, pasar el pestillo, abrir la puerta de par en par hasta que no quedara nada entre nosotros. Él entraría en mi habitación.
¿Y luego?
Esto es lo que hacen las otras chicas. Otras personas. Encontrar consuelo donde pueden. Unos momentos de olvido para equilibrar sus turbulentas vidas.
¿Era el sexo un método de olvido para mí?
Ya no lo sabía. Una vez fui una adolescente activa y sana.
Desde luego, no llegué a la universidad siendo virgen.
Pero aquellos días, aquella chica... Parece que fue hace una eternidad.
Ni siquiera lo percibo como un recuerdo de mi propia vida, sino como una escena de la de otra persona.
Seguro que nunca coqueteé descaradamente con nadie.
Nunca me aparté el pelo con intenciones lascivas.
Nunca le clavé los dedos en los hombros a algún hombre y lo insté a moverse más cerca, más rápido, más fuerte.
Se me acelera la respiración. Quizá no soy tan inmune como creo.
Las sombras gemelas permanecen intactas. La persona del pasillo está esforzándose tanto por reunir valor como yo.
Levanto la mano. La coloco contra la superficie sólida de la puerta de madera barata y la muevo despacio, cuidándome de no hacer ruido. Cierro los ojos. Y, por un momento, me permito imaginar.
La mano de Keith, extendida al otro lado de la puerta. Su palma conectando con la mía. Nuestros dedos entrelazándose.
Inspiro hondo, espiro.
Después retiro la mano y vuelvo a la cama, donde me acuesto de lado y miro la luz que ilumina el marco de la puerta hasta que las dos sombras terminan por desplazarse y luego se desvanecen.
Llego al vestíbulo del motel treinta minutos antes.
Keith ya está allí, con un aspecto digno de un anuncio de revista deportiva .
Mallas negras, una camiseta transpirable de color azul eléctrico y encima una chaqueta cortavientos larga con un millón de cremalleras, botones a presión y tiras reflectantes.
Sus zapatillas le dan el toque final al conjunto, de color negro con detalles en plata y azul.
Vestida con mi uniforme habitual de pantalones cargo holgados, una camiseta de algodón descolorida y una sudadera GAP gastada, parezco a punto de subir al metro, mientras que él parece a punto de cruzar la línea de salida de la maratón de Boston.
Eso hace que me tiemble el labio. Me río y luego resoplo. Porque, sinceramente, ninguno de los dos parece un voluntario de búsqueda y rescate. Keith también debe haberse dado cuenta porque, un momento después, él también empieza a reírse.
—Bienvenida al equipo maravilla —dice, cruzando al otro lado—. ¿Café?
—Me tomaré un litro.
Me lleva hasta la escasa oferta de desayuno, que se compone básicamente de café recién hecho, una pequeña cesta de fruta y cualquier cosa que venga envuelta en celofán. Me sirvo unas Pop-Tarts de arándanos.
Acabo de terminarme mi primera taza de café y mis galletas cuando D.
D. irrumpe en el pequeño vestíbulo, con aspecto somnoliento y malhumorado.
Para ser una mujer de ciudad, va mejor ataviada que nosotros: pantalones grises de montaña y un forro polar azul oscuro con las letras BPD, del Departamento de Policía de Boston, bordadas en la esquina superior izquierda.
Incluso llevaba una mochila con botellas de agua a ambos lados.
—Café solo —gruñe.
Keith no hace preguntas, solo empieza a servírselo.
—¿Por qué llevas ropa de excursionismo? —le pregunto—. Dijiste que no te gustaba la montaña.
—Ejercicios de entrenamiento. —Coge la taza que le ofrece Keith y se bebe la primera mitad de un solo trago, a pesar de lo caliente que está—. El departamento nos proporciona el equipo.
—¿Debería llevar una mochila? —Observo su provisión de agua y empiezo a sentirme nerviosa de nuevo.
—Te darán una mochila antes de empezar. Hay que llevar las banderas de señalización, un mapa, agua y quizá una brújula.
La miro fijamente.
—No sé leer una brújula.
Keith levanta la mano.
—Tengo una aplicación en el teléfono.
—Cómo no. —D. D. se bebe la segunda mitad de su café y extiende la taza para que le sirvan más.
Me pregunto si no sería mejor darle la jarra entera.
—¿Comida? —pregunto.
Esto la anima. Rebusca entre las escasas provisiones, selecciona dos paquetes de Pop-Tarts, una manzana y un plátano. Mete un paquete de Pop-Tarts y la manzana en su mochila. Devora el resto.
Cada vez me molesta más no tener mochila. Meto el par de Pop-Tarts que quedan en el bolsillo delantero de mi sudadera y añado una manzana. Parezco un canguro, pero me recuerdo a mí misma que la moda nunca ha sido mi fuerte.
Keith desaparece y vuelve a aparecer con una mochila de corredor, con cuerdas que le cuelgan de los hombros. Añade fruta y dos botellas de agua.
Y eso es todo. Tenemos un corredor, una matona y una sargento. El equipo maravilla.
D. D. se dirige al coche y Keith y yo la seguimos.