CAPÍTULO 9
KIMBERLY
Kimberly se había casado con un amante de la naturaleza.
Mac era agente especial del GBI, la Oficina de Investigación de Georgia, y ya estaba enseñando a sus dos hijas a cazar, pescar...
y, por lo que ella sabía, incluso a luchar con osos.
Kimberly era corredora. Le gustaba trotar por los largos y sinuosos senderos que rodeaban el parque comercial donde se encontraba su despacho y, si se sentía aventurera, correr por caminos rurales.
No le encantaban las montañas. Los nombres de los accidentes geográficos de Georgia tampoco ayudaban.
Slaughter Creek Trail. Blood Mountain. Esta hizo honor a su nombre la última vez que Kimberly estuvo en la zona, embarazada y persiguiendo a un asesino en serie.
Ella y Mac nunca hablaban del tema. En su trabajo, siempre había algunos casos que se te quedaban grabados.
El de Blood Mountain era el de Kimberly.
En las malas noches, Mac le decía «¿Otra vez ese caso?
», y ella respondía «Sí», y entonces ambos lo dejaban estar.
Lo aceptabas. Seguías adelante lo mejor que podías, y en las pocas noches en las que Kimberly sufría pesadillas y no era capaz de conciliar el sueño, en lugar de intentar meter los recuerdos de nuevo en la caja, los sacaba y dejaba que los fantasmas jugaran un rato.
Recordaba al chico, la última mirada en su rostro, porque nadie más podía hacerlo y él se lo merecía.
Por culpa de esa historia personal, la pintoresca Dahlonega la hacía estremecerse.
Mantuvo las manos en el volante y condujo directamente hasta la comisaría del sheriff.
Estaba situada en el flanco izquierdo de otra plaza histórica.
La obligatoria zona verde ocupaba el centro de la plaza, poblada de bancos y árboles de hoja ancha que se mecían con la suave brisa.
La comisaría del sheriff, una construcción mucho más reciente, era un edificio gris y achaparrado que colindaba con el juzgado.
Parecía más una prisión que unas dependencias policiales, pero tal vez en esa parte del mundo servía para ambas cosas.
Kimberly abrió la puerta principal, recibió la ráfaga del aire acondicionado y se obligó a seguir adelante.
El hecho de que a la mañana siguiente tuviera que volver a adentrarse en los Apalaches en busca de cadáveres por segunda vez en su carrera no significaba que la historia fuera a repetirse.
Una mujer mayor que llevaba un jersey rosa le sonrió desde el mostrador de recepción.
Era sorprendentemente alta y de hombros anchos, con una presencia física imponente que sin duda era de ayuda con los visitantes rebeldes.
Resultaba difícil distinguir su altura real, pues llevaba el pelo rubio ceniza recogido en un moño abultado que parecía inmune al calor, la humedad y la fuerza de la gravedad.
Kimberly le tendió la mano. La mujer respondió con un firme apretón.
—Francine Bouchard. Llámeme Franny. Todo el mundo lo hace.
—Gracias. Soy...
—La agente especial Kimberly Quincy, del FBI de Atlanta. Por supuesto. El sheriff la estaba esperando.
—¿Conoce a todo el mundo que entra por la puerta?
—Cielo, por estos lares es imposible no conocer a todo el mundo. ¿Agua, té, café?
—Solo al sheriff, por favor.
—Hablando del rey de Roma —dijo Franny con tono burlón, y luego señaló con la cabeza hacia el pasillo, donde, convenientemente, acababa de aparecer el sheriff Smithers.
Era un tipo grande y fornido que, a ojos de Kimberly, encarnaba a la perfección el arquetipo de policía sureño.
Tenía una cara ancha y rubicunda, con arrugas en las comisuras de los ojos, fruto de haber pasado toda su vida al aire libre.
También una sonrisa amable. En esa zona, probablemente desempeñara muchas funciones y trabajara largas horas; lo que fuera necesario para hacer su tarea.
A Kimberly le parecía bien, sobre todo teniendo en cuenta que iban a colaborar codo con codo en los próximos días y semanas.
—¿Ha sido un viaje muy tortuoso? —preguntó el sheriff, acercándose por el pasillo para saludarla.
—Las montañas siempre son hermosas —mintió a medias.
—¿Agua, café, té? Franny te traerá lo que necesites. —Asintió con la cabeza a su recepcionista, que de pie era casi tan alta como el propio sheriff, pero aun así conseguía tener una imagen perfecta con su jersey y su delicado collar de oro.
«El arte de la mujer del sur», pensó Kimberly, porque Dios sabía que ella nunca lo había dominado.
—Agua —concedió Kimberly esta vez—. Muchas gracias.
Franny sacó una botella de agua de la pequeña nevera que tenía detrás de ella.
Otra sonrisa radiante, un gesto cortés con la cabeza y Franny volvió a sentarse con la atención ya puesta en la pantalla del ordenador que tenía delante, mientras el sheriff Smithers acompañaba a Kimberly de vuelta a su despacho.
El sheriff no ocupaba mucho espacio. El reducido despacho dejaba entrever el suelo de linóleo, dominado por un enorme escritorio de madera prensada de los años ochenta, repleto de pilas de archivos.
El sheriff recogió los papeles y miró a su alrededor en busca de un nuevo lugar donde colocarlos.
Finalmente, los dejó en el último espacio libre del suelo.
—Lo siento. Últimamente no tengo mucho tiempo para organizarme —murmuró—.
Ni tampoco sitio para guardar nada, ya que estamos.
Este lugar se nos quedó pequeño hace unos veinte años.
Por desgracia, el condado no piensa lo mismo.
Se supone que somos una agradable zona turística.
En las montañas no hay delincuencia, ¿verdad?
Pero parece que los traficantes de drogas no se han enterado de eso.
Kimberly lo entendió. A los votantes, sobre todo a los de las comunidades rurales, les gustaba pensar que las cosas malas solo ocurrían en las grandes ciudades.
Sin embargo, cualquier traficante de drogas te diría que precisamente la escasa población es lo que hace que los pueblos pequeños sean excelentes para crear laboratorios de metanfetamina, plantar cultivos y llevar a cabo operaciones de importación y exportación.
Por no hablar de que los adictos vivían en todas partes y procedían de todos los ámbitos de la vida.
Pero a Kimberly y al sheriff no les pagaban por discutir sobre sus presupuestos. Les pagaban por hacer su trabajo, independientemente de los mismos.
El sheriff Smithers se sentó detrás de su enorme escritorio, medio oculto tras el sinfín de documentos. Kimberly tomó asiento frente a él.
—He conseguido un equipo canino —anunció—, dos pastores alemanes de un colega que se dedica a operaciones de búsqueda y rescate. Son perros con experiencia en el rastreo de cadáveres. Han trabajado por todo el mundo, o eso me han dicho.
—¿Y estaban disponibles en tan poco tiempo? —preguntó Kimberly.
El sheriff se encogió de hombros.
—Buenas noticias. No ha habido tragedias ni desastres naturales que los reclamen.
El adiestrador se llama Dennis. Dice que sus perros tienen que ir primero.
Si hay demasiados humanos pululando por ahí, se contamina el rastro.
Pero eso no quiere decir que no puedan encontrarlo, Dennis se ha mostrado firme en este punto.
Solo supondría más trabajo y los perros se cansarían más rápido.
Teniendo en cuenta el tamaño del área de búsqueda...
—Entendido.
—Habrá que reorganizar a los voluntarios —continuó el sheriff—. Ni siquiera puedo mandarlos a rastrear el perímetro de la zona de búsqueda porque, de nuevo, eso contaminaría el olor.
Kimberly asintió.
—Por lo tanto, lo mejor será que uno de mis ayudantes y yo nos reunamos con Dennis mañana a primera hora. El resto del equipo podréis seguirnos dos horas más tarde.
—Me gustaría ir con los perros.
Smithers se encogió de hombros.
—Puedes hacerlo, pero ten en cuenta que el equipo de búsqueda necesita a alguien con experiencia. Tengo un ayudante competente, pero no dos.
Divide y vencerás, eso era lo que el sheriff sugería. Él se encargaría de los efectivos caninos. Ella se encargaría de los efectivos humanos. Los perros se movían mucho más rápido en el bosque que los humanos, y también llegaban a mayores profundidades. Kimberly pensó que era razonable.
—¿Tienes a alguien que se encargue de la lista de control? —preguntó Kimberly.
Llevar un registro de todos los buscadores solo era la mitad de la batalla.
Kimberly llevaba tiempo sin desempeñar un trabajo de campo tan detallado pero, puesto que era la encargada de leer todos los informes, no se le ocurría nada peor que una zona de búsqueda enorme en la que la mitad de los cuadrantes quedaran sin atender o sin anotar.
Los detalles importaban, y al día siguiente tendrían que hacer un intenso ejercicio de logística.
—Franny, mi recepcionista. —Smithers señaló con la barbilla hacia la parte delantera del edificio—. Es buena. Creció en estas montañas, conoce a todo el mundo y sabe exactamente cómo poner en su sitio a quienes se emocionan más de la cuenta. Y también a los que se pasan de listos.
—Parece formidable —asintió Kimberly—. ¿No le importa tener que lidiar con sus propios vecinos? No debe ser tarea fácil.
—No será un problema. Conozco a Franny desde hace casi treinta años, cuando yo no era más que un agente del sheriff.
Trabajaba de camarera en mi restaurante favorito.
Se quedó embarazada. Probablemente de algún turista casado, aunque nunca lo dijo.
En aquellos tiempos, ser una adolescente embarazada no era fácil, sobre todo en esta zona.
«Pero mantuvo la cabeza alta, por muchos rumores que corrieran sobre ella.
Hizo su trabajo. Se las arregló muy bien con los amigos entrometidos y los vecinos críticos.
Por desgracia, su bebé no sobrevivió. Nació muerto.
En cuestión de semanas, Franny volvió al trabajo, sirviendo café y limpiando mesas.
La siguiente vez que la vi, me miró directamente a los ojos.
«Señor», me dijo, «creo que he cometido suficientes errores para toda una vida.
Ahora estoy lista para trabajar duro y labrarme un futuro.
¿Qué me sugiere?». Le dije que se sacara el graduado y viniera a buscarme. Y así lo hizo.
—Impresionante —coincidió Kimberly.
El sheriff asintió y se recostó en su silla.
—Estaba pensando que mañana deberíamos empezar la búsqueda en la parte baja del sendero. Es cierto que el cuerpo fue encontrado a un kilómetro y medio, pero nada indica que no pueda haber huesos más abajo. No quiero que nos quedemos cortos.
—El asesino no querría deshacerse de los restos demasiado cerca de la civilización. Pero a los mapaches probablemente no les preocupe tanto, ¿no?
—Exacto.
—¿Cuántas personas?
—Tres docenas. La mayoría son de estas montañas. Algunos tienen experiencia en búsqueda y rescate, ya que los excursionistas suelen perderse con cierta frecuencia. Huelga decir que algunos vendrán solo por el espectáculo.
Ella sabía a qué se refería: gente atraída por el morbo de encontrar un cadáver en el bosque.
—Pero contamos con guías de senderismo competentes y cazadores locales. Conocen esta zona. Saben por dónde suelen moverse los humanos y los animales.
Kimberly quedó conforme. Se puso de pie.
—Nos vemos en el comienzo del sendero a las cinco y media.
Smithers asintió.
—He leído sobre tu padre —dijo de repente.
—Todo el mundo conoce a mi padre.
—Es difícil estar a su altura.
—Por suerte, tengo la cabeza bien amueblada.
—¿Y la sargento de Boston y los dos civiles?
—He colaborado con ellos antes. Harán su trabajo.
—¿Incluso la justiciera? —preguntó con sequedad—. Puede que viva en mitad de la nada, pero tengo acceso a Google, ya sabes.
Kimberly no pudo evitar reírse.
—Flora es intensa. Pero sabe cosas que nadie más sabe. Y si este caso está relacionado con Jacob Ness...
El sheriff asintió.
—La simple idea de que estuviera operando en mi jurisdicción... Quizá incluso viviera aquí. Eso es lo que piensas, ¿verdad? Que podría tener una cabaña en estos bosques, una especie de piso franco.
—No se te escapa una, sheriff Smithers.
Él la miró con astucia.
—Por mucho que me revuelva el estómago pensar que un hombre como Ness merodeaba por mi condado, la alternativa...
Que no fuera un forastero, sino alguien de la zona quien hubiera enterrado el cuerpo de Lilah Abenito. Alguien que conociera esas tierras y tuviera vínculos con la comunidad. Un vecino, a fin de cuentas, dada la pequeña extensión del territorio. Puede que incluso un amigo.
Kimberly no le ofreció ninguna palabra de consuelo, porque en ese caso no habría nada que decir.
En cambio, extendió el brazo. Un último apretón de manos y dieron por concluida la reunión.