Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Capto el movimiento por el rabillo del ojo. Actividad furtiva. Alguien intenta hacer algo sin ser visto. No puedo evitar mirar.

De inmediato, la chica me lanza una mirada fulminante.

Lleva un pequeño cuchillo de cocina escondido en la falda de su uniforme.

Ante su mirada severa, aparto la vista con rapidez.

En el extremo opuesto de la cocina, Cocinera se afana sacando bandejas de comida de la nevera para preparar la cena.

Pronto comenzaré mis tareas en la cocina: traer esto, servir aquello.

Por ahora, termino de sacar los platos hirviendo de la cinta transportadora, aún en movimiento, del lavavajillas industrial.

Hay que descargarlos sin perder tiempo, antes de que los platos lleguen al final de la cinta y se estrellen contra el suelo.

Al principio, los platos me quemaban los dedos y el dolor me hacía trabajar más lento.

Entonces se rompían cosas, lo que me acarreaba un castigo aún mayor.

Ahora, después de todos estos años, ya no siento el calor.

La chica se acerca, esforzándose excesivamente por parecer inocente.

Cocinera levanta la vista. Mi instinto me pide que le haga un gesto con la cabeza a la chica, indicarle que pare, pero eso solo serviría para llamar más la atención.

En lugar de eso, me concentro en mi trabajo, en la fila de brillantes platos blancos, alineados sobre sus bordes, que avanzan hacia mí.

—No has visto nada —me susurra la chica al pasar junto a mí.

Suena cruel, pero la entiendo. Es muy guapa, con una suave piel de color almendra y un espeso cabello negro. Esta vida, esta gente... La belleza solo empeora las cosas.

Cocinera nos está observando. Se supone que los empleados no pueden conversar. Pero, en fin, solo soy yo. ¿Qué conversación puede darte la niña tonta?

Quiero decirle a esta chica que deje el cuchillo.

Quiero describirle la primera vez que conseguí sacar a hurtadillas un cuchillo de la cocina.

Cómo el Hombre Malo lo encontró y me lo quitó.

Pensé que podría causar algún daño, o al menos que plantaría cara hasta el fatal desenlace.

En cambio, en un abrir y cerrar de ojos, el cuchillo de mantequilla pasó de mi mano a la suya.

Ni siquiera lo vi moverse. Tanto esfuerzo y riesgo por mi parte.

La preparación mental, decidir cómo sacar a escondidas un cuchillo de la cocina, planear la siguiente fase de mi fuga.

Y, de repente, el Hombre Malo estaba en la puerta de mi habitación.

Y un momento después...

Se acabó. Así, sin más. No sé si llegué a gruñir para protestar siquiera. En un momento me creía muy lista, y al siguiente...

A veces pienso que el Hombre Malo sabe las cosas antes que nosotras mismas.

Como si no fuera humano. Por eso necesito mi nombre.

Para que el amor de mi madre pueda ayudarme; porque seguro que no hay nada en esta tierra mortal que pueda derrotar a un hombre que se mueve como el humo y castiga como un yunque.

Ese día, el Hombre Malo sacó su propia arma de la funda de su bota. No era un cuchillo de mantequilla, sino un cuchillo de caza: afilado por un lado y serrado por el otro.

Recuerdo que lo miré con un horror mudo mientras me cogía la mano y extendía suavemente mi brazo hacia él.

Luego, con la hoja, empezó a dibujar sobre la piel morena y limpia de mi antebrazo.

La sangre brotaba, formando finas líneas rojas, mientras yo refunfuñaba y temblaba y hacía todo lo posible por mantener firme.

Su cuchillo tallaba sinuosos dibujos en mi carne. Hipnotizante. Hermoso, incluso.

Nos miramos. Atrapados por las formas serpenteantes y por la certeza de que, si retiraba el brazo con brusquedad, aquella hoja afilada y fea se clavaría en mi carne, me cortaría las arterias y destruiría una de las pocas cosas bonitas que tenía.

Más tarde, me dijo que debería darle las gracias por convertir mi brazo en una obra de arte.

Ahora llevo manga larga. Pero, por la noche, sigo recorriendo las líneas onduladas.

Y, esté bien o mal, no puedo evitar admirar el patrón.

Soy una niña tonta con la sien destrozada, la línea capilar marcada de cicatrices y un ojo deformado.

No hay nada atractivo en mí; excepto el intrincado dibujo ondulante de mi antebrazo derecho, un mapa de su poder y mi dolor.

Pero a esta chica tan guapa con sus grandes ojos oscuros...

No se portará bien con ella. Le cortará una oreja.

Le sacará un ojo. Le dibujará una V tosca en la mejilla o le esculpirá gruesos surcos en el cuello.

Le robará su belleza. Lo he visto hacerlo, he oído gritar a las chicas, he visto las pruebas de su trabajo más tarde, cuando caminaban destrozadas por los pasillos.

Cocinera deja que lave los cuchillos sin supervisión. Sabe que ya estoy derrotada. Sabe que no hay nada que temer de una criatura débil y con el cerebro dañado como yo.

Pero no puedo contar mi historia ni advertir a esta chica que se encuentra a mi lado.

En lugar de ello, me arriesgo a echarle una única mirada con la cabeza gacha. Intento transmitirle lo siguiente: «Lo sé. Yo también tengo miedo. No estás sola».

Y, por un momento, la hermosa chica vacila.

Morirá esta noche. Ambas lo sabemos. El cuchillo que ha robado es demasiado pequeño y no servirá de nada. No es un último acto de resistencia, sino la aceptación de que todo está perdido. A veces el miedo es así: te deja sin nada más que el deseo de que todo termine.

La chica está temblando ahora. Mis ojos han dicho demasiado. Se santigua y, desde el otro lado de la habitación, Cocinera grita:

—¡Vosotras dos! Volved al trabajo.

Pero la chica tiembla demasiado.

Intento suavizar la mirada, convertirla en la expresión vacía que todos esperan, en lugar de proyectar la oscura certeza que me inunda con demasiada frecuencia estos días.

Ojalá pudiera preguntarle su nombre. Lo añadiría a la lista que tengo en mi cabeza.

Un nombre es algo muy poderoso. Todo el mundo debería tener al menos eso.

Una única marca que llevar, que dejar atrás, algo por lo que ser recordado.

Y tal vez mi mirada es más poderosa que el resto de mi cuerpo, porque de repente ella susurra:

—Stacey. Stacey Kasmer. Mi familia...

Cocinera golpea con ambas manos la mesa de acero inoxidable.

—¡No me obliguéis a repetirlo!

—... vive en un pueblecito pequeño del que no habrás oído hablar. Pero si los ves... si te vas... y yo no...

No puede decir el resto. Ambas sabemos que se avecina un cambio. Aquí siempre han pasado cosas malas. Pero ahora, con gente que viene, las cosas está sucediendo más rápido. Demasiado rápido.

—Dile a mis padres que lo siento —susurra en secreto. Luego grita a viva voz—: ¡Estúpida! ¡Coge ese plato antes de que se caiga!

Tarde, agarro el plato tambaleante mientras Cocinera, de complexión fuerte, a quien le gusta armarse con sartenes de hierro fundido, palos de escoba y rodillos de mármol, se cierne sobre nosotras.

El cuchillo ha desaparecido, escondido bajo la falda de la chica.

No se nos permite llevar prendas con bolsillos, así que no tengo ni idea de dónde lo ha metido.

Yo oculté el mío en el elástico de mi ropa interior, pero el Hombre Malo debió darse cuenta, porque después de grabarme esos patrones en espiral en el antebrazo, me quitó las bragas durante los siguientes seis meses.

Llega Cocinera. Agarra a la chica por el hombro y la empuja hacia atrás.

Luego me da un fuerte golpe. No me lo espero.

Tropiezo con el borde afilado del lavavajillas y siento cómo se me clava en el estómago.

Antes de que pueda reponerme, Cocinera me propina otro doloroso porrazo y, por si fuera poco, también abofetea a la otra chica.

—A trabajar. Venga.

La chica guapa hace una reverencia. Me pregunto qué habría sido en otra vida. ¿Bailarina? ¿Animadora? ¿O simplemente una chica con grandes sueños? La mayoría llegan aquí siendo más mayores que yo. Ni siquiera sé cómo acabé aquí.

Sin embargo, otras... Algunas, creo, vienen buscando trabajo. Pero también hay chicas que hablan idiomas que nadie entiende. No creo que elijan venir a este lugar por voluntad propia. Nunca se quedan mucho tiempo. Ellas son las que no se pueden ver.

Aunque yo intento verlas. Intento verlo todo.

La chica, Stacey, se da la vuelta. Sus pasos no son del todo firmes. Espero que Cocinera piense que solo está aturdida por el golpe. Da tres pasos, cuatro, cinco.

Entonces lo veo. Una gota de sangre que se convierte en un reguero.

Un ruido metálico.

El cuchillo. Se le ha caído de la falda. Rebota en el suelo.

Miro a Cocinera. Quizá no lo haya visto. Quizá pueda acercarme y taparlo con el pie...

Pero Cocinera mira el cuchillo, la sangre y a la chica que ya no camina, sino que se balancea ligeramente en el sitio. Cocinera vuelve a cruzar sus gruesos brazos sobre el pecho.

—Estúpida —murmura.

Entonces lo entiendo, cuando con un pequeño suspiro, Stacey levanta los brazos y su cuerpo se desploma...

Se derrumba en el suelo. Yace ahí, con los ojos oscuros abiertos, sobre un creciente charco formado por su propia sangre.

No se ha molestado en esperar hasta más tarde.

O hasta que encontraran el cuchillo, se lo arrebataran y le hicieran algo peor.

Porque lo saben todo, se anticipan a cada uno de nuestros pensamientos y luego nos destrozan hasta los huesos.

Pero esto... Rajarse la arteria de su propia pierna. Ni siquiera el Hombre Malo puede detener esto.

Stacey no emite ningún sonido. En cambio, mientras la observo, la luz de sus ojos se apaga poco a poco.

Una última respiración y luego se va. Miro a mi alrededor con desesperación.

Quiero verla. Su alma abandonando su cuerpo.

Quiero verla subir, subir, subir. Quiero creer que vuela muy por encima de nosotros.

Quizá ya esté a medio camino del cielo. Quizá encuentre a mi madre, y ella acogerá a esta pobre y bonita chica entre sus brazos y le susurrará que está a salvo.

¿Es esa su alma? ¿Esa mancha morada en la esquina de la habitación?

¿Acaso el alma es morada? O tal vez el color dependa de la persona, porque cuando pienso en mi madre, para mí siempre es plateada.

Sinceramente, no lo sé. Solo quiero creer.

Necesito algo a lo que aferrarme, cualquier cosa, mientras el charco de sangre se acerca a mis pies.

—Limpia el desastre —refunfuña Cocinera, y vuelve a sus preparativos culinarios.

El episodio ha terminado. Una chica ha muerto, pero nuestra servidumbre continúa.

Apago el lavavajillas, que sigue en funcionamiento a duras penas. Termino de apilar los platos esterilizados.

Luego me acerco con cuidado al cuerpo caído de la chica. Esquivo la mancha de sangre, la salpicadura, el charco.

Me agacho y le cierro suavemente los ojos. Sus pestañas oscuras como el carbón descansan sobre sus pálidas mejillas.

El Hombre Malo vendrá, cargará el cuerpo sobre su enorme hombro con un solo movimiento. Yo limpiaré la sangre. Así transcurre otro día más en la vida.

Pero, por ahora, me detengo en este momento.

Aprieto los labios. Deseo recuperar el poder que me arrebataron hace tantos años, quiero poder mover la lengua y los labios y articular una sola palabra.

En cambio, dentro de mi cabeza, donde lo sé todo, donde soy más fuerte, más sabia y más valiente de lo que jamás seré en este mundo, susurro:

—Stacey.

Me aferro a su nombre. Y juro una vez más que les haré pagar.