Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

D. D.

D. D. era de Nueva Inglaterra hasta la médula. La única vez que había estado en Georgia fue cuando pasó por el aeropuerto de Atlanta. Ahora seguía el GPS del coche de alquiler en dirección norte hacia las montañas.

—Vale —dijo D. D., ya que alguien tenía que responder y, desde que salieron de las dependencias de la antropóloga forense, Flora había dejado de hablar.

—Dahlonega es famosa por su plaza del pueblo histórica, los viñedos que la rodean y sus lujosos balnearios. —Keith levantó la vista de su teléfono—. ¿Hay alguna posibilidad de que nos alojemos en Dahlonega?

D. D. se rio.

—Bienvenido a la policía de verdad. Nos hospedamos en alojamientos baratos, vivimos a base de pizza y nos enorgullecemos de ello.

—Pero yo no soy policía de verdad...

—Puedes quedarte donde quieras —le aseguró D. D.—. Pero no esperes que te llamemos para contarte las emocionantes novedades del caso que te vas a perder.

Keith suspiró.

—Según la agente especial Quincy —continuó D. D.—, el sheriff local del condado...

—Smithers —interrumpió Keith—. Asumió el cargo hace veinte años.

Participa activamente en el programa antidrogas e imparte clases en el sistema escolar.

También está muy orgulloso de su curso de Certificación de Seguridad para Cazadores, así como de la formación sobre armas de fuego destinada a civiles.

Un friki de los ordenadores y un sabelotodo.

—El sheriff Smithers ha ofrecido su comisaría para que la unidad especial se establezca allí —continuó D.

D.—. Está en el centro del condado, cerca de Dahlonega, y hay varios hoteles cerca.

Ha reservado un puñado de habitaciones en un motel de la zona.

Imagino que sabremos más cuando lleguemos allí.

—Pero el punto cero está a unos veinticinco o treinta kilómetros de Dahlonega —comenzó Keith. Era evidente que había hecho sus cálculos en el mapa digital.

—Correcto, pero, si miras el pueblecito en cuestión, es poco más que un punto en el mapa. Al parecer, tiene una tienda, algunos pintorescos apartamentos de alquiler, un par de restaurantes y para de contar.

—Niche, Georgia —respondió Keith rápidamente—.

Situada a casi dos horas al norte de Atlanta, se encuentra a novecientos metros de altitud y se caracteriza por el aire fresco de las montañas, sus preciosas fachadas y las rutas de senderismo de los Apalaches.

Con una población de tres mil habitantes, su principal fuente de ingresos es el turismo, aunque hay una creciente comunidad de personas jubiladas que se ha instalado allí atraída por la calidad de vida, la naturaleza y la tranquilidad de este pequeño pueblo.

—¿Cómo es el acceso por carretera? —preguntó Flora al fin.

Miraba por la ventana, contemplando el paisaje, o eso parecía; pero lo más probable era que siguiera viendo el rostro reconstruido de Lilah Abenito. Sabía Dios que D. D. lo veía.

No sabía qué pensar del deseo de Flora de «conocer» a la víctima.

En opinión de D. D., Flora cargaba con demasiada culpa en lo que respecta al reinado de terror de Jacob Ness.

Además, D. D. no estaba segura de si el arrebato justiciero de Flora se debía a una necesidad de sentirse segura o de expiar sus culpas.

—Dahlonega está al final de una autopista importante, la GA 400. La que estamos recorriendo ahora mismo —dijo Keith—. Más adelante, tomaremos carreteras rurales. Algunas de ellas son bastante empinadas y sinuosas. Como la ruta 60, por ejemplo, que es la que nos llevará hasta Niche.

—¿Te resulta familiar algo de esto? —D. D. miró a Flora.

La mujer se encogió de hombros.

—Para mí, todas las carreteras son iguales. Nos hemos cruzado con varios camiones, así que es posible que Jacob trabajara en esta ruta. Sin embargo, solía hacer trayectos de este a oeste, no de norte a sur.

—Según los registros de transporte de Ness...

—¿Has leído sus registros de transporte? —interrumpió D. D. a Keith.

—¿Tú no?

—No importa.

—Las autopistas 20 y 85 eran las que más recorría. Y, si se dirigía de norte a sur, tendría más sentido tomar la 75 que la GA 400.

—¿Recuerdas que te llevara alguna vez en un vehículo más pequeño, como un coche o una camioneta? —le preguntó D. D. a Flora.

—No recuerdo nada de lo que pasó inmediatamente después del secuestro. Estaba bailando en la playa y, de repente..., me encontraba en una caja en un sótano húmedo. Cuando anunció que teníamos que irnos, el camión me esperaba aparcado fuera. Sin remolque. Solo la cabina.

—¿Qué recuerdas del exterior de la casa? —Keith se inclinó hacia delante desde el asiento trasero.

Flora negó con la cabeza.

—Me vendó los ojos, así que no pude ver mucho. Solo lo poco que se colaba por encima y por debajo de la venda. Me pareció ver árboles altísimos. Y noté el aire fresco contra mis mejillas. Montañas. Estaba en las montañas, estoy segura. Me recordó a mi hogar.

—Niche es conocida por sus rutas de senderismo rodeadas de laureles silvestres. También puede nevar en invierno. En general, no es tan diferente de Maine.

Flora no dijo nada.

—Cuando te llevaba en el camión ¿viste algún cartel con el nombre de un pueblo, la salida de un carretera o algo? —insistió Keith.

Flora se giró para mirarlo.

—Estaba en una caja. Me construyó una caja de pino a medida y me metía ahí incluso cuando íbamos en el camión.

—Tenía su camión —intervino D. D., reconduciendo la conversación—.

Es bueno saberlo. Han pasado siete años desde tu rescate, pero lo de Jacob Ness causó mucho revuelo, sobre todo por aquí.

Estoy segura de que mucha gente todavía lo recuerda y podría mostrarse reacia a hablar cuando se le muestre su foto.

La naturaleza humana nos empuja a no querer involucrarnos en estas cosas.

Por otro lado, si les enseñamos una foto de un camión grande, no se verían tan amenazados y podríamos conseguir mejores resultados.

Keith, inclinado hacia delante, con los hombros casi entre los dos asientos delanteros del coche de alquiler, asintió con la cabeza.

D. D. redujo la velocidad cuando volvió a avistar la civilización. Distinguió una plaza abierta bordeada de preciosos árboles, bancos y edificios bajos de ladrillo rojo con molduras blancas. Muy pintoresco, muy evocador.

—Dahlonega —anunció Keith entre los asientos.

«No me digas», pensó D. D. Giró a la derecha, frenó para dejar pasar a un peatón en el paso de cebra y examinó los alrededores.

—Debemos tomar la carretera de la izquierda, que va hacia el norte, a Niche —dijo Keith de nuevo.

Por su parte, Flora seguía mirando por la ventana.

—Negativo. Vamos a parar para comer. En ese restaurante de ahí. —D. D. se detuvo en un aparcamiento con renovado entusiasmo, lo que hizo que Flora volviera en sí.

—¡No! Tenemos que llegar a Niche, reunirnos con el sheriff y comenzar la búsqueda. —Parecía un tanto alterada.

—¿Qué hora es? —preguntó D. D.

—Algo más de las dos —respondió Keith.

—¿Cuántas horas faltan para que se ponga el sol?

Keith miró su teléfono.

—Cinco horas y cuarenta y siete minutos, más o menos.

—¿Se ha establecido el perímetro de búsqueda? ¿Se ha informado a los voluntarios? ¿Ha llegado el equipo canino?

Ahora, tanto Keith como Flora la miraban a ella.

—Hoy es día de preparación —les explicó ella, con una mano en la manija de la puerta—.

Esta mañana hemos tenido la reunión informativa en Atlanta, ahora vamos a montar la base de operaciones móvil y a organizarnos en Niche.

En otras palabras, la acción comienza mañana.

Nos hemos pasado media noche volando, hemos dormido solo unas pocas horas y, en mi caso, solo he desayunado un plátano y cuatro dónuts.

Si no como algo ahora mismo, vais a sufrir mi ira.

Flora y Keith salieron obedientemente del coche.

—Además —dijo D. D. mientras los guiaba al restaurante—, tenemos que trazar nuestros propios planes.

Los dejó acomodarse. Café y agua para todos. Keith pidió una extraña tortilla de claras con espinacas y queso feta; un desperdicio de comida, en opinión de D. D. Flora dijo que no tenía hambre. D. D. le puso el menú delante.

—Vas a pedir. Vas a comer. Ahora formas parte de una unidad especial y, por respeto a los demás miembros, tienes que centrarte y seguir siendo funcional. ¿Entendido?

Otra mirada de sorpresa.

—Tomaré un bol de avena —le dijo Flora a la camarera, que estaba en posición de firmes.

—Cariño, estamos en Georgia. ¿Qué tal unas gachas de maíz?

—Vale.

—Y ponle también fruta fresca y un yogur —añadió D. D.—. Para mí, el especial Hombre Hambriento: dos huevos fritos, unas lonchas de jamón, galletas de mantequilla y cualquier otra cosa que quepa en el plato.

La camarera sonrió con aprobación. D. D. sabía desenvolverse en los restaurantes.

—¿Qué quieres decir con que necesitamos un plan? —preguntó Keith en cuanto se marchó la camarera.

—Me refiero a que una unidad especial es una bestia salvaje: muchas personas con sus propias opiniones, muchos tipos de experiencia y muchas variables. —D. D. apoyó los codos sobre la mesa, con una expresión de seriedad total. Flora parecía estar recuperando la compostura.

—Mañana comenzará la búsqueda de restos humanos. ¿Ayudamos?

—¡Por supuesto! —respondió Flora de inmediato.

—Por curiosidad, ¿cuánta experiencia tienes buscando huesos?

—Al menos sé moverme por los bosques —refunfuñó Flora.

—Cierto. Y, si quieres participar, no te lo impediré. Pero te puedo decir desde ya que los miembros más valiosos del equipo de búsqueda serán los perros. Ya has oído a la doctora Jackson. Ahora bien, ¿qué puedes aportar tú ?

—Ojos, pies, una idea de dónde buscar gracias a lo que nos ha explicado la doctora Jackson.

—Información que, sin duda, debemos compartir con el equipo —asintió D. D.

—No lo entiendo —intervino Keith—. ¿Qué quieres que hagamos?

D. D. lo miró con detenimiento.

—¿Qué era lo que más te apetecía hacer esta mañana?

—Analizar el portátil de Ness —respondió enseguida.