Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Es un análisis bastante reciente para establecer el momento de la muerte en restos completamente esqueletizados.

Sabemos que los lípidos permanecen en la médula ósea durante décadas.

Así que, tras realizar una biopsia medular, una muestra extraída de la tibia en este caso, la analizo con un espectrómetro de masas de alta resolución para determinar la cantidad de degradación lipídica.

Como resultado, puedo afirmar con cierto grado de certeza que esta chica murió hace quince años.

¿Puedo afirmar también que fue enterrada entonces?

No. Pero, a juzgar por el estado de los huesos, es una suposición bastante segura.

Asiento con la cabeza y vuelvo a estudiar el rostro reconstruido de Lilah Abenito.

Si lo que dice la doctora Jackson es cierto, Lilah Abenito ya estaba muerta antes de que yo me fuera a la universidad, me pusiera a bailar como una tonta en una playa de Florida y me despertara gritando en un ataúd de pino.

Pero siento una conexión con ella. Tengamos o no todas las respuestas, puedo imaginar que miró fijamente el rostro lascivo de Jacob, que se estremeció al sentir sus dedos grasientos y retrocedió ante el hedor de su cuerpo.

La habitación se me cae encima. Aprieto los puños y me obligo a concentrarme. Me están mirando. La doctora Jackson, D. D., Keith. Esperan que llore, que me derrumbe, que grite como una loca... lo que sea.

Pero no quiero su compasión.

Y no le daré a Jacob esa victoria.

—¿Qué podría ayudarnos a encontrar más restos? —le pregunto a la doctora Jackson.

—Perros —responde enseguida—. Tengo un laboratorio lleno de equipamiento que vale millones de dólares, y puedo asegurar que ninguno de estos aparatos funciona tan bien como el olfato de un buen perro.

He visto a perros encontrar restos centenarios.

Nadie sabe qué es lo que huelen. Llegados a ese punto, no queda materia orgánica alguna; el hueso es poco más que una esponja reseca. Pero los perros siempre lo saben.

—¿Área de búsqueda aproximada? —pregunta Keith.

Ella sacude la cabeza.

—Es imposible decirlo. La búsqueda tiende a realizarse colina abajo, ya que es más fácil recorrerla así.

Cuando se busca un hueso capaz de rodar, como un cráneo, ese enfoque puede ser acertado.

Pero ya tenemos el cráneo. Necesitamos vértebras, costillas, falanges...

y muchos animales suben a la cima para esconder sus tesoros, no bajan.

—En otras palabras, nos toca buscar en dirección ascendente —suspira D. D.

—He encontrado huesos en árboles huecos —sugiere la doctora Jackson—. Un tronco en descomposición es un refugio ideal para todo tipo de animales pequeños. Eso es lo que tienen que buscar.

D. D. frunce el ceño.

—¿Cuál es el procedimiento, golpear los árboles o algo así?

—Exacto.

D. D. abre mucho los ojos, sorprendida.

—¿Alguna vez has estado en el bosque? —no puedo evitar preguntarle.

—He hecho senderismo. —El tono de D. D. es defensivo.

Me doy cuenta de que la sargento no es solo una detective urbana, sino una auténtica chica de ciudad. Me giro hacia Keith.

—¿Y tú?

—Pues... creo que tengo una foto de un árbol en alguna parte. Quizá un salvapantallas.

—Dios mío, soy la única aquí con experiencia en la naturaleza.

—No todos podemos crecer en Maine —refunfuña D. D.—. Al fin y al cabo, solo es Maine.

Siento una renovada sensación de responsabilidad.

—¿Algo más? —le pregunto a la doctora Jackson.

Ella me estudia durante un buen rato.

—Examinen la topografía. Busquen signos de escorrentía.

Asegúrense de que los perros rastreen todos y cada uno de los arroyos: la corriente puede arrastra los huesos pequeños fácilmente.

Presten especial atención a las presas y las acumulaciones de broza, que pueden haber atrapado algunos de los huesos.

Tras quince años, parecerán pequeños palos desgastados, así que prepárense para mojarse los pies.

Por último, comprueben la presencia de animales depredadores, signos de madrigueras.

En la primera fase de la descomposición, los mapaches son nuestros peores enemigos.

Son capaces incluso de desgarrar la cavidad torácica para roer las costillas, por no hablar del daño que causan en las manos.

Una vez quemé vivo a un hombre. Y, sin embargo, esta conversación me está dando náuseas.

—Los pequeños roedores, como ratas, ratones o ardillas, roban los huesos una vez que se secan.

Es probable que muchas de las falanges y costillas que faltan se encuentren en sus nidos.

Así que no basta con buscar por el suelo.

Hay que mirar en todas direcciones y, si es posible, contar con la ayuda de algún experto en fauna local.

Alguien que sepa rastrear animales pequeños.

Una vez colaboré en una búsqueda en la que recuperamos un brazo y media caja torácica de la madriguera de un coyote.

Ese tipo de hallazgos pueden suponer una gran diferencia en este caso.

Supongo que tienen un equipo de búsqueda, ¿no?

Ella mira a D. D., que asiente con la cabeza.

—Se aplica el protocolo estándar: establecer el área de búsqueda y recorrerla. Luego... escuchar. Es ese tipo de trabajo. —Se gira hacia el elegante rostro de Lilah—. Los huesos hablan. Y todos los niños quieren volver a casa.