Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 6
13%

CAPÍTULO 6

FLORA

D. D. conduce. El coche de alquiler está a su nombre y yo no voy a ir a ningún sitio sin ella, eso me ha quedado claro.

Keith va en la parte de atrás. He notado que estaba indeciso sobre si venir con nosotras; su preocupación por mí colisionaba con su deseo de presionar a la informática del FBI para hacerse con el portátil de Jacob.

Pero al final me ha elegido a mí. ¿Debería sentirme halagada?

Nadie habla. Miramos por la ventana, observando el cielo brillante y los kilómetros de hormigón que componen Atlanta.

Ya estuve aquí una vez. En un hospital, después de la redada en la habitación de Jacob en el motel.

Luego me interrogaron en una oficina del FBI.

No era la misma en la que acabamos de reunirnos, sino una monstruosidad alta y de cristal negro que parecía un Toys ‹R› Us en versión corporativa.

Al menos el nuevo complejo de ladrillo tiene un toque más gubernamental.

Pero nada de esto me resulta familiar. Nada de esto me evoca... nada.

Sigo siendo una chica de montaña. Y eso hace que la siguiente parte del día —dirigirnos al norte para buscar restos humanos en rutas de senderismo— sea aún más difícil de afrontar. El bosque debería ser un lugar de paz y descanso.

Ahora solo puedo pensar en Jacob obligando a una pobre chica a avanzar por un sendero hacia su propia muerte.

La antropóloga forense es la doctora Regina Jackson.

Es una enérgica mujer afroamericana que no se sorprende al vernos, por lo que deduzco que la agente especial Quincy ya la había avisado.

Lleva unas Crocs azul oscuro, un mono quirúrgico turquesa y una bata blanca de laboratorio.

Nos da la mano y nos examina con la misma intensidad con la que nosotros la examinamos a ella.

No sé mucho sobre antropología forense, quitando lo que he visto en la televisión.

Estoy sorprendida por su equipo de protección individual y me pregunto si habremos interrumpido una disección.

Entonces no puedo evitar fijarme en su espeso pelo negro, recogido en un moño apretado, en busca de algún trozo de carne o algún fragmento de piel.

Keith también tiene los ojos muy abiertos, pero él trata a todos los expertos del mundo criminólogo con la misma admiración que las personas corrientes reservan para los deportistas de élite.

Antes de conocerme, casi toda su experiencia en este mundillo provenía de buscar en Internet artículos sobre casos sin resolver.

Ahora es un habitual en la comisaría de policía de Boston, asiste a reuniones del FBI y se codea con antropólogos forenses.

¿Debería preocuparme que se sienta atraído por mí debido a mi círculo social?

Pasamos el control de seguridad y la doctora Jackson nos conduce por un largo pasillo estéril que asocio a los hospitales, las morgues y los edificios gubernamentales.

Los suelos son de hormigón pulido, las paredes son grandes bloques de hormigón pintados y las luces, fluorescentes.

Al final del día, apuesto a que todo el mundo sale de aquí con un dolor de cabeza terrible.

Empuja una pesada puerta doble y entra en un espacio más grande y frío.

En una esquina, diviso la entrada de lo que parece ser un pequeño despacho.

El nombre de la doctora Jackson aparece junto a la puerta, pero ella no se dirige hacia allí.

En cambio, avanza en línea recta, dejando atrás varias mesas grandes de acero inoxidable —¿para cadáveres, para huesos?

—. A nuestra derecha hay filas de estanterías metálicas llenas de especies de cajas de zapatos extragrandes.

Todas las cajas son del mismo color crema.

En todas hay garabateada una serie de número negros.

Números de expediente. Para los huesos que hay dentro. Decenas, cientos de restos mortales.

Una vez más, los tres nos movemos en silencio.

El único sonido es el golpeteo de los tacones de las botas de D.

D. contra el suelo. En la pared del fondo hay una serie de armarios de madera clara con una encimera de superficie sólida.

Más espacio de trabajo, reconozco, al ver la gran variedad de herramientas, papeles y desorden general.

Por último, en un pequeño espacio despejado, se encuentra Lilah Abenito.

Su rostro reconstruido nos mira fijamente como un busto cincelado. Sus ojos oscuros y sin vida me atraviesan. Largo cabello castaño, cejas pobladas, mandíbula elegante. Reducimos el paso al unísono.

Es joven, pienso. Hermosa. Inocente. Es todo lo que Jacob amaba destruir.

La doctora Jackson nos explica el proceso de reconstrucción facial: —Tenemos la suerte de contar con Deenah, una artista local, a quien considero una de las mejores en lo suyo.

Es escultora y, aunque soy una apasionada de la ciencia, la creo cuando dice que todos los cráneos quieren recuperar su piel.

Nos mira y me doy cuenta de que habla en serio. Su comentario me hace tocarme las mejillas. ¿A mi cráneo le gusta mi piel? Junto a mí, Keith está haciendo lo mismo. Ambos nos estremecemos al mismo tiempo.

—El primer paso —continúa la doctora Jackson— es colocar marcadores por todo el cráneo para establecer la profundidad del tejido de la frente, las mejillas, la mandíbula, etcétera. Una vez colocados, lo que lleva semanas de meticulosas mediciones, Deenah rellena cada marcador con arcilla.

La doctora Jackson nos mira como si hubiera dicho una obviedad.

—Siempre utilizamos arcilla de color tierra y ojos marrones. En teoría, los huesos no nos indican el color, por lo que usamos el marrón, ya que se considera neutro. Sin embargo, en el caso de Lilah, el color probablemente sea el adecuado, ya que es de origen latino.

«El último paso es fotografiar los resultados.

La propia Deenah es quien toma las fotos finales.

Es importante que la iluminación sea la correcta y que el cráneo se fotografíe desde varios ángulos.

Las fotos siempre se toman en blanco y negro, porque, como digo, no podemos estar seguros del color de la piel.

A continuación, las imágenes se cargan en la base de datos nacional de personas desaparecidas.

En este caso, tuvimos una coincidencia en cuestión de días: Lilah Abenito.

La voz de la doctora Jackson se suaviza al pronunciar el nombre y me doy cuenta de que todo este proceso es algo personal para ella.

Ha trabajado junto a la escultora para devolverle la vida a este cráneo y, con suerte, conseguir que se haga justicia con esta chica y que su familia pueda cerrar una etapa horrible.

—Una vez que obtuvimos un nombre, solicité el expediente completo de Lilah, incluidos sus registros médicos. Encontré un informe sobre una fractura en el húmero izquierdo, que pude relacionar con una fractura sanada en el mismo punto de los restos.

—En otras palabras, está segura de que es ella —afirma D. D.

—Tan segura como se puede estar en este trabajo.

—¿No tiene la causa de la muerte?

—Los restos fueron descubiertos en completo estado de esqueletización.

Por desgracia, hay muchas causas de muerte que no dejan huella en los huesos: asfixia, sobredosis de drogas, envenenamiento, incluso desangramiento.

Si la hoja no golpeó el hueso al perforar el cuerpo, no quedaría ningún indicio de la herida ni del acto de violencia que provocó la muerte.

—¿Se puede comprobar si fue... torturada? —No sé muy bien cómo formular la pregunta—. Signos de cortes, heridas de arma blanca. Quizá no generaran daños importantes, sino algo más superficial.

—Suponiendo que la hoja alcanzara el hueso —dice la doctora Jackson—, sí, habríamos encontrado pruebas.

Y suponiendo que tuviéramos el hueso en cuestión.

Por desgracia, todavía nos faltan piezas importantes de este esqueleto.

Por ejemplo, casi toda la caja torácica sigue en paradero desconocido.

Por ahora, estos restos ofrecen más preguntas que respuestas.

—¿Signos de agresión sexual? —pregunta D. D.

—Necesitaría tejido blando para determinarlo.

—Pero ¿es posible que fuera secuestrada y violada?

—Las restricciones físicas pueden dejar marcas en el esqueleto, sobre todo si se utilizan durante un periodo de tiempo prolongado.

La doctora Jackson me lanza una mirada y me doy cuenta de que sabe quién soy.

Por supuesto que lo sabe. Me froto la mano derecha, cohibida.

Todavía tengo cicatrices pálidas alrededor de ambas muñecas.

Hubo momentos, especialmente al principio, en los que traté de resistirme con tanta fuerza que sentí que mis grilletes me cortaban la carne hasta llegar al hueso.

Es un pensamiento inquietante. Siempre he sabido que Jacob vive en mi cabeza. Pero pensar que todavía está en mis huesos, que aunque viva otros cincuenta años, cuando muera y mi carne se descomponga, seguiré siendo una chiquilla que estuvo secuestrada durante cuatrocientos setenta y dos días...

Las yemas de los dedos de Keith me rozan el codo. Como de costumbre, ha adivinado a dónde me han llevado mis pensamientos.

—¿Y las yemas de los dedos? —me oigo preguntar—. ¿Algún indicio de traumatismos? Causados, por ejemplo, por pasarse interminables meses arañando la tapa cerrada de una caja del tamaño de un ataúd.

—No tengo falanges para analizar. Los huesos pequeños son los primeros que se llevan los animales carroñeros. Algunos podrían estar ocultos en madrigueras cercanas.

—Va a ser una búsqueda divertida —murmura D. D.

La doctora Jackson se encoge de hombros.

—Si quieren más información, tendrán que traerme más huesos. Con lo que tengo ahora mismo, he podido realizar pruebas de degradación lipídica en la médula ósea de la tibia derecha para estimar un periodo post mortem de quince años.

—¿Murió hace quince años? —pregunto con incertidumbre.

Keith interviene:

—¿Degradación lipídica?