Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Hank Smithers. He leído sobre Jacob Ness.

Entiendo lo que dices de que esta chica desapareció en su territorio de caza, por así decirlo, pero hay dos lugares que debemos tener en cuenta.

El segundo, donde se abandonó su cuerpo, está en mi jurisdicción, al norte.

Estamos hablando de una zona de montaña, sin autopistas. ¿Cómo se explica eso?

—No podemos —dijo Kimberly con sinceridad—.

Esa es una de las preguntas que tenemos que responder.

Ahora bien, la señorita Dane —Kimberly señaló a Flora con la cabeza— indicó en su declaración sobre su secuestro que pensaba que Ness la había retenido en una cabaña en la montaña.

Es posible que Ness tenga alguna conexión con el norte de Georgia o incluso con el condado de Mosley.

Nunca hemos podido ubicar esa cabaña y, como podéis imaginar, nos gustaría hacerlo.

—Los restos se encontraron junto a una ruta de senderismo —intervino Keith, frunciendo el ceño. Kimberly lo había visto hojear el contenido de la carpeta. Al parecer, había escaneado todos los documentos en cuestión de minutos—. ¿A qué distancia?

—A más de un kilómetro y medio.

—¿A qué altitud?

—A unos doscientos metros de desnivel. El sendero se vuelve mucho más empinado a partir de ahí.

Keith se dirigió a Flora.

—¿Dirías que era de los que salían de excursión? Porque no hay constancia de que realizara actividades físicas, ni siquiera deporte en el instituto.

—El Jacob que yo conocía era un adicto gordo y daba pena. Me cuesta imaginar que estuviera en mejor forma ocho años antes.

—Transportar un cuerpo un kilómetro y medio cuesta arriba no es tarea fácil —añadió Keith.

—Estás dando por hecho que la llevaba a cuestas —respondió Kimberly con indiferencia—. Por lo que sabemos, Lilah podría estar viva cuando subió por ese sendero.

—La llevó al lugar que quería y luego la mató —afirmó Flora—. Eso sí que parece más propio de Jacob.

—O tuvo ayuda —dijo Keith, mirando de nuevo a Kimberly.

Ella asintió.

—Es importante señalar lo que no encontramos en la tumba: ropa, zapatos, grilletes. Nada de eso. El cuerpo yacía en la tierra a poco profunda, sin ataduras y completamente desnudo.

—Contramedidas forenses —intervino D. D.—. Eliminó cualquier objeto que pudiera aportar pruebas.

—Sin duda, es una posibilidad. Para que quede claro, ¿Jacob tomó esas medidas con alguna de sus otras víctimas?

—No, simplemente las abandonó, con la ropa ensangrentada y todo —intervino Flora de nuevo.

—Quizá eso signifique que Lilah era especial —dijo Keith, pensativo—. Las primeras víctimas suelen tener una conexión personal con el depredador en serie. Lo que significa que Jacob fue especialmente precavido porque tenía más que perder si alguien encontraba el cuerpo.

—Todas estas suposiciones son razonables —Kimberly se dirigió a la unidad especial—, pero solo son eso: suposiciones.

No queremos adelantarnos a los acontecimientos.

Aunque hay buenas razones para considerar a Jacob Ness el principal sospechoso del secuestro y asesinato de Lilah Abenito, no s abemos s i fue él quien lo hizo.

No sabemos n ada en absoluto, y eso es una gran injusticia para ella y para sus padres, que después de todos estos años siguen esperando que su hija regrese a casa sana y salva.

—¿Hay más de un asesino en serie rondando por las montañas de Georgia? —preguntó el sheriff Smithers con tono sarcástico.

—Tenemos que ir paso a paso —coincidió Kimberly—, y mantener la mente abierta.

Kimberly dejó que el equipo asimilara la información.

Cuando ningún miembro de la unidad especial puso pegas al protocolo básico de investigación, Kimberly carraspeó y pasó al siguiente punto de la reunión.

Básicamente, puso al día a los presentes sobre una conversación que ella, D.

D., Flora y Keith habían iniciado nueve meses atrás en Boston.

Y se trataba de una conversación aterradora.

—Recientemente hemos hecho algunos avances con respecto al portátil de Jacob Ness.

En un principio, el ordenador parecía estar vacío.

Un análisis más profundo por parte de nuestros técnicos reveló que Ness había tomado medidas para borrar de forma automática toda actividad realizada en el ordenador a diario, un grado de sofisticación informático mucho mayor de lo que esperábamos de un hombre con una educación básica.

Por otra parte, la señorita Dane y el señor Edgar nos ayudaron a averiguar el nombre de usuario y la contraseña de Ness, lo que nos permitió acceder a una gran cantidad de actividad en la dark web y en la nube desde el ordenador portátil.

Ahora queda claro que, aunque Ness era un solitario en la vida real, navegaba por Internet y participaba activamente en foros con otros individuos que compartían sus intereses predatorios.

La pregunta es: ¿alguna de estas asociaciones virtuales dio lugar a una relación en el mundo real?