CAPÍTULO 4
¿Tienes nombre?
Casi puedo recordar el mío. Flota en el límite de mi memoria. Lo perdí la noche en que vino el Hombre Malo y la pistola estalló. Entonces mi madre se fue, y mis palabras se fueron con ella.
Veo una imagen. Borrosa, con los bordes brillantes.
A veces percibo una fragancia, como la de una flor.
Otras veces, la imagen se atenúa, se vuelve plateada como la luna.
Entonces puedo oír la voz de mi madre, suave y tranquila.
Tarareando. Caminando por la casa, lavando la ropa, removiendo las ollas en la cocina.
Siempre estaba tarareando. A veces, intento tararear de nuevo.
Me pongo la mano en la garganta, buscando la vibración.
Tengo un recuerdo del sonido, de las palabras, de los labios que se movían y de la boca que hablaba.
Pero, por mucho que me concentre en el tarareo de mi madre, en proyectar su felicidad en mi cuello, no consigo que salga nada.
Vino el Hombre Malo. Mi madre me dijo que corriera, pero no lo hice. Y nuestra manada de dos ya no existe.
Niña. Así es como me llaman ahora. «Niña, haz esto. Niña, lava aquello. Niña, ven aquí. Niña, vete».
Me imagino a las personas malas como sombras negras con ojos estrechos.
Hombres, mujeres, todos me parecen iguales: una masa de oscuridad entre la que camino todos los días, buscando esto, cuidando aquello.
Mantengo la cabeza gacha, los pies silenciosos mientras me tambaleo por los pasillos, arrastrando mi pierna mala detrás de mí.
Tengo una cicatriz, larga y mordaz, que me cruza la sien hasta la línea del cabello.
El ojo izquierdo y la comisura de la boca me cuelgan, mi cara parece ligeramente derretida.
Pero no me importa la cicatriz. En mitad de la noche, recorro las gruesas protuberancias con mi dedo una y otra vez.
Esta es mi madre. La última parte de ella que tendré jamás.
Como la cerámica que ella heredó de su madre.
No se necesitan muchas cosas, solo se necesitan las cosas adecuadas.
«Corre», me dijo mi madre.
Pero no lo hice. Me di la vuelta. Alargué los brazos hacia ella.
La detonación de la bala. Mi madre cayendo, mi cuerpo cayendo.
El Hombre Malo de pie sobre mí.
«Niña, ve a buscar eso».
Silenciosa como un ratón, siempre obedezco.
Tengo mi habitación: un pequeño armario con un fino colchón y dos mantas raídas.
Duermo con la ropa puesta, porque una vez no lo hice y me arrepentí.
Además, puede que suene el timbre. No seas lenta, nunca llegues tarde.
Sigo las reglas y, a cambio, me dan trozos de papel en blanco y cajas con mis queridos lápices de colores.
No puedo hablar, leer ni escribir, pero puedo dibujar.
Trazos, imágenes, símbolos. Si no estoy lavando, trayendo o limpiando cosas, dibujo.
Algunos de mis dibujos son hermosos, y los escondo debajo de mi colchón, aunque siempre desaparecen tarde o temprano.
Imagino a las bestias de las sombras alimentando alegres con láminas de colores brillantes las llamas rugientes, deleitándose en su poder de robar al mundo una mota más de luz.
Pero dibujo más imágenes de hierba verde, firmamentos celestes, azulejos rojos y azules y fuentes que burbujean con el sonido de las risas de los niños, porque creo que mis dibujos pueden cantar, aunque las bestias no los oigan.
Y los monstruos pueden alimentar el fuego todo lo que quieran, porque yo siempre tengo los dibujos en mi cabeza y puedo repetirlos una y otra vez.
Una niña debe aprovechar las pequeñas victorias que tiene a su alcance.
Algunas de mis imágenes me hacen llorar.
O tal vez ya estoy llorando cuando cojo los lápices, y la cera de colores llora conmigo.
No dejo que esos dibujos sobrevivan. Pinto el papel de negro.
Rayo con tanta fuerza que el folio se rompe y el lápiz se parte.
Incluso entonces, froto, froto y froto hasta que el suelo tiembla con la fuerza de mi agonía.
Luego rompo la hoja en pedazos diminutos, trocitos minúsculos. Y vuelvo a meter toda esa tristeza dentro de mí mientras limpio el suelo y barro los trozos de colores, porque no quiero dejar ningún rastro de mi dolor.
No quiero que la gente mala sepa tanto sobre mí.
«Niña, eres estúpida», dicen.
No asiento con la cabeza. No les hago caso. Dejo que crean lo que quieran creer.
Las sombras pueden hacerte daño. Pueden robarle la luz al mundo y filtrarse por todas las grietas y fisuras. Pero ninguna sombra puede durar para siempre.
Viene gente.
Murmuran con urgencia.
Escucho con atención. Intento oír más. No consigo captar ningún detalle, pero algo ha cambiado. Un descubrimiento en las montañas, algo malo para las bestias de las sombras... ¿quizá bueno para el resto, entonces?
Viene gente. Eso está claro. Y el Hombre Malo está preocupado.
Debo redoblar mis esfuerzos. Pequeños momentos robados en el baño, mirando mi reflejo sobre el lavabo, usando los dedos para aplastarme los labios y tirarme de la lengua.
Mover, rodar, hablar. Aprieto los labios en un capullo de rosa perfecto e intento exhalar.
Puh, puh, puh. Coloco la palma de la mano frente a mis labios, esperando sentir la expulsión de aire. Pero no noto nada.
Viene gente y, después de todos estos años, sigo siendo la misma niña estúpida de siempre.
Sé lo que sucederá después.
Gritos en medio de la noche. Ruidos de chicas que nunca volverán a emitir otro sonido. Yo también lo siento, algo que está aquí y luego desaparece, como una lágrima en el universo.
Por las noches, me acurruco más en mi armario. Esperando a que se abra la puerta. Sabiendo que pronto será mi turno. Y lo intento, porque tengo que intentarlo. Porque en lo más profundo de mi ser, soy hija de mi madre y la siento dentro de mí, tanto como a la bala que se alojó en mi cráneo.
Saco mis trozos de papel. Intento plasmar esas escurridizas líneas dispersas que veo en otros papeles.
Si pudiera ordenar esas formas en el orden correcto, formar palabras, frases, significado.
Componen un código que todos entienden menos yo.
La secuencia correcta desbloquea el lenguaje, pero parece que no soy capaz de hacerlo.
Las líneas se me escapan. Tienen mente propia y no se quedan donde las pongo.
Intento empezar por lo más sencillo. Nombres.
Quiero escribir los nombres de las otras chicas, porque todo el mundo tiene un nombre.
Todo el mundo menos yo, pero algún día lo recuperaré.
Hasta entonces, lo menos que puedo hacer es recordar, dejar constancia de todos los que se han perdido.
Quizá esta gente que viene nos ayude. Ojalá pudiera hablar, escribir, gruñir.
Así que hago cuanto puedo, fuerzo mi mano a agarrar el lápiz, a arrastrarlo hacia abajo, hacia un lado, a formar esas letras misteriosas.
Pero no puedo hacerlo. Las líneas se vuelven borrosas.
Luego bailan, rebotan arriba y abajo en el papel para demostrar que no me pertenecen, que no las entiendo en absoluto.
Al final, dibujo. Escenas elaboradas y llamativas con manchas ocultas de oscuridad. Las chicas que fueron. Los espacios donde ya no estarán. Hasta altas horas de la noche, dibujo y dibujo y dibujo.
Hay tantas cosas que recordar. Puedo sentir cómo la casa tiembla a mi alrededor y sé que está de luto. Solo es una casa, y no es mala. Solo es una casa vieja que nunca pidió nada de esto.
La casa y yo lloramos juntas. Luego, cuando termino, sostengo el papel. Memorizo cada línea, cada color, cada espiral. Este parche de rosa, este borrón de verde, esta sonrisa de azul. Estas nuevas sombras oscuras.
Viene gente.
Necesito palabras, letras, algo. Pero todo lo que tengo es esto. Las imágenes de mi dolor. Poco a poco, lo rompo. En pedazos minúsculos, diminutos. Del tamaño de una hormiga. Puntos rosas, verdes y azules. Pedazos más grandes de rojo y negro.
Entonces es cuando comienza mi trabajo de verdad. Masticar, tragar, masticar. Masticar, tragar, masticar.
Lo consumo todo. No queda ningún rastro de las chicas ni de mi rebeldía. Solo fragmentos de nombres que ahora llevo dentro de mí junto con el último aliento de mi madre.
Necesito un plan mejor.
Tengo que actuar.
Pronto.
Viene gente.