Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

D. D.

La sargento de la policía de Boston D. D.

Warren estaba enamorada. Nunca había sido su intención que eso sucediera.

De hecho, en otros tiempos su vida se había dividido en tres fases cuidadosamente planificadas: trabajar, trabajar y trabajar.

De vez en cuando se daba el capricho de ir a un bufé libre, porque una chica necesita tener sus aficiones.

O tal vez eso estuviera cubierto con su fetichismo por los zapatos.

Pero, en cualquier caso, se había pasado la mayor parte de su vida adulta dando palizas y deteniendo a gente, y tan feliz.

Algunos de sus compañeros de trabajo la consideraban obsesiva, por no decir irascible.

No era problema suyo. Tras una lesión laboral, pasó a un puesto de supervisora de Homicidios, lo que técnicamente era un ascenso, aunque la verdad era que D.

D. estaba más feliz en las calles que detrás de un escritorio.

Sus antiguos compañeros de equipo, Phil y Neil —y ahora la diminuta, alegre e insoportable Carol—, habían acabado por acostumbrarse a su forma de trabajar.

La llamada telefónica que había recibido por parte de la agente especial Kimberly Quincy, invitando a D.

D. a unirse a un importante cuerpo especial que reabriría varios casos sin resolver relacionados con un infame depredador, la posicionaba en la escala de leyendas de la policía.

D. D. debería estar emocionada, eufórica y bailando con sus nuevas botas de cuero negro, suaves como el culito de un bebé. Pero claro, estaba enamorada.

Tenía que volver a casa. Alex, su marido, un analista criminal que daba clases en la academia de policía, entendía perfectamente las exigencias de su trabajo.

Él había sido igual en su día. Ahora, en esa etapa de su vida, podía permitirse bajar el ritmo, admirar el entusiasmo de su mujer y sonreírle de una forma que decía a voces «te lo dije» sin tener que pronunciar las palabras.

¿Qué era eso que la tenía atrapada? ¿Qué le había robado el corazón y se lo había arrancado del pecho, obligándola a dejarlo atrás cada día?

Tenían un hijo. Jack, de seis años, hiperactivo y adorable.

Correteaba por la casa enfundado en su pijama de Los Vengadores con su compañera canina favorita, Kiko.

Jack saltaba y la cachorra moteada rescatada de la perrera saltaba más alto.

Jack corría por el jardín cercado y Kiko corría más rápido.

Jack no era de llevar zapatos, pero a Kiko le apasionaba roer unos tacones caros.

Luego, Jack los escondía debajo de las camas o detrás de los sofás, cualquier cosa para encubrir a su cómplice de fechorías.

Jack era infantil, salvaje y demasiado bonito para la salud mental de D. D. o de Alex.

Lo que hacía muy difícil plantarse en el salón y decir: —Mamá tiene que irse unos días. Probablemente una semana.

Jack lo abordó con inteligencia: no rompió a llorar. En cambio, se comportó como un jovencito valiente, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás.

—Está bien, mamá. Si eso es lo que tienes que hacer para atrapar a los malos...

Todo eso mientras le temblaba el labio inferior. Entonces, de repente, se lanzó de lado y envolvió con su delgado cuerpo a Kiko, que estaba sentada.

—Al menos todavía te tengo a ti, chica. Sé que tú nunca me abandonarás.

Echó un vistazo por encima del hombro para ver si D. D. había captado la escena.

Apoyado contra la pared, Alex prorrumpió en un leve aplauso y felicitó a Jack por su actuación, lo que hizo que tanto D. D. como Jack lo miraran con incómoda similitud.

—Tu madre tiene que irse —reprendió Alex a su hijo—. Ahora dale un abrazo y deja las audiciones de Broadway.

Al final, con un suspiro dramático, el niño de seis años se obligó a ponerse de pie y le dio una palmada en la espalda a su madre.

—Te echaré de menos —declaró estoicamente—. Por favor, avisa cuando llegues.

—¿Cuánta televisión ve? —le preguntó D. D. a Alex.

Su marido se encogió de hombros.

—Tantos superhéroes y tan poco tiempo.

—Volveré a casa tan pronto como pueda —le dijo D. D. a su hijo.

—Seguro que sí —respondió Jack, conteniendo un sollozo.

D. D. se encontró recurriendo a la perra —o la canina devoradora de zapatos, más bien— en busca de apoyo moral. Kiko le dio la espalda.

—Pues bueno —dijo D. D., dirigiéndose a su marido—. Al menos tú contestarás mis llamadas, ¿no?

—Siempre —le aseguró Alex—. Incluso podemos hacer FaceTime si quieres.

—Por lo menos alguien me quiere.

Alex le rodeó los hombros con un brazo.

—Los niños pequeños te rompen el corazón —le susurró al oído.

—La maternidad no es para cobardes —murmuró ella contra su hombro.

Él la besó con cariño.

—Sabes que se le pasará en un minuto. Ve a por ellos, campeona. Los dos estamos orgullosos de ti.

—Tres o cuatro días —murmuró ella—. Siete como mucho.

—¿Así que una unidad especial del FBI?

—Sí.

—¿Vas a atrapar a un malhechor? ¿Quizá incluso a traer a casa a alguna pobre persona desaparecida?

—Eso espero.

—Entonces, no te preocupes por nosotros. Tus hombres estarán bien. Aunque no prometo nada con la televisión ni con comer cereales para desayunar.

D. D. se encogió de hombros.

—A mí me gusta comer cereales para desayunar.

—Perfecto, te echaremos la culpa a ti.

Y así fue como D. D. se encontró de nuevo en su coche, con la bolsa de viaje a su lado, de regreso a la comisaría de la policía de Boston con una conversación incómoda más pendiente.

El amor, qué emoción tan complicada y poderosa.

Capaz de derribar a los más fuertes, de sorprender a los desprevenidos y de calar en lo más hondo de una mujer que hasta entonces se había centrado solo en su carrera.

Todo tenía sentido hasta que Flora Dane apareció con tranquilidad en la comisaría acompañada de Keith Edgar.

Con solo ver la tensión en sus hombros, el brío en sus pasos, la forma en la que ambos se miraban mientras intentaban desesperadamente no mirarse, D.

D. se vio obligada a recordar la otra cara del amor.

La parte que no florecía ni crecía, la verdad más fría y cruda: que el amor podía costarte todo.

Y a menudo lo hacía.

D. D. condujo a Flora y Keith escaleras arriba hasta la sala del Departamento de Homicidios.

Ambos habían estado allí antes y, aunque a D.

D. le gustaría decir que su ascenso a sargento significaba que ahora podía celebrar reuniones en su enorme despacho, este apenas tenía espacio para acomodar a otro agente de pie.

El tamaño era más parecido al de un armario que al de un despacho propiamente dicho.

En lugar de ello, D. D. llevó a Flora y Keith a una sala de juntas con puertas de cristal que, al igual que el resto del edificio, recordaba más a una compañía de seguros que a una comisaría de policía.

De hecho, el Departamento de Homicidios tenía moqueta azul y cubículos que gritaban «empresa corporativa seria».

Algunos de los agentes habían empapelado las paredes grises y acolchadas de sus cubículos con cinta de escena del crimen y fotos de salpicaduras de sangre solo para mantener la cordura.

El humor era una necesidad en la investigación.

—Esto es lo que sabemos —comenzó D. D. sin preámbulos—. Hace dos meses y medio se descubrieron restos óseos en las montañas de Georgia.

—Georgia —interrumpió Keith, lanzando una mirada cargada de matices a Flora.

Tanto Flora como D. D. lo miraron con ira.

—A las afueras del pueblo de Niche —continuó D.

D.—, que es una pequeña y pintoresca comunidad que sobrevive de alojar y alimentar a los excursionistas que recorren las rutas de los Apalaches.

Un pueblo demasiado pequeño como para que fuera la base de operaciones de Jacob. —Miró a Flora con insistencia.

—Llamaría la atención —añadió Flora—. Un camionero de larga distancia con una importante adicción a las drogas y falta de higiene personal. No encajaría bien en un pueblo pequeño.

—Exacto. Sin embargo, el cadáver fue identificado como Lilah Abenito...

Keith sacó el ordenador portátil de la bolsa y lo encendió.

Debía tomar notas, por supuesto. D. D. lo recordaba.

Keith se había pasado todos sus encuentros picoteando el teclado de su ordenador como un pollo rabioso.

El hombre vivía prácticamente conectado a una máquina.

A menudo se preguntaba qué pensaba Flora, que tenía un enfoque estrictamente práctico a la hora de resolver problemas, de tener un novio tecnólogo.

Keith terminó de encender el ordenador portátil.

D. D. continuó: —Lilah Abenito desapareció hace quince años.

Es una de las primeras víctimas relacionadas con Jacob Ness.

Tras este hallazgo, la agente del FBI Kimberly Quincy está formando una unidad especial para investigar el asesinato de Lilah Abenito y buscar más pruebas de las actividades de Jacob Ness.

—¿Qué sabemos hasta ahora? —preguntó Flora. No se había sentado, sino que permanecía de pie en la sala de juntas, agarrada al respaldo de una silla.

—No mucho. Pero, ahora que se le ha dado prioridad a este caso por su conexión con Jacob Ness, se revisará todo, incluidas las evidencias que encontró la antropóloga forense en un principio.

Nosotros, los miembros de la unidad especial —miró a Flora y Keith—, nos dirigiremos al condado de Mosley.

Nuestra tarea consiste en volver a examinar el lugar donde se encontraron los restos y todos los senderos, comunidades y demás actividades que lo rodean.

—Supongo que este pueblecito no está cerca de ninguna autopista importante —dijo Flora.

—No. Está en las montañas y no goza de las mejores conexiones. Desde luego, no cuenta con el tipo de carreteras por la que viajaría un camionero de larga distancia como Jacob Ness por motivos de trabajo.

—El hecho de que el cadáver lleve tanto tiempo enterrado dificulta la búsqueda de pruebas —reflexionó Keith en voz alta—.

Por otro lado, hace quince años, la oleada de crímenes de Ness aún estaba en sus inicios.

Eso significa que no sería tan meticuloso a la hora de borrar sus huellas. No había perfeccionado su técnica.

—Es una oportunidad única —concordó D. D.—. La agente especial Kimberly Quincy nos ha invitado a todos a unirnos a la unidad especial. Y no hace falta que os lo diga, pero es todo un honor para dos civiles.

—Me necesita —dijo Flora con rotundidad—. Nadie conoce a Jacob como yo. Nadie más ha vivido para contarlo.

—No lo hice tan mal destripando su ordenador en diciembre —recitó Keith—. Sin duda, conseguí más información en dos días que el FBI en seis años.

Ambos tenían razón, y D. D. lo sabía.

—Esta noche salimos para Atlanta —les informó—. La primera reunión de la unidad especial será a primera hora de la mañana, y nuestro trabajo comenzará inmediatamente después.

Keith no dijo nada. Se limitó a cerrar el portátil y a levantarse. Había tomado una decisión.

En cuanto a Flora, D. D. sabía que nunca había tenido ninguna duda. Dondequiera que fuera Jacob Ness, Flora Dane lo seguía, tanto ahora como antes. Era una impresionante demostración de fuerza y, a la vez, un triste testimonio de supervivencia.

—¿Tienes los billetes? —preguntó Flora.

—Nuestro vuelo con Delta sale de Logan a las 21:02.

—Nos vemos en el aeropuerto.