CAPÍTULO 2 #2
Juro por Dios que tengo la camiseta empapada en sudor y he perdido el apetito. Puedo apañármelas con los depredadores en serie. Esta noche, en cambio, podría suponer mi muerte.
Érase una vez una chica guapa llamada Flora que se reía y coqueteaba con todos los chicos. ¿Y ahora?
Mi teléfono vibra. Salvada por la campana. Lo saco del bolsillo, anhelando esa distracción. Sin embargo, un momento después...
Miro a Keith, frunciendo el ceño.
—¿Tienes que irte? —pregunta. No se molesta en ocultar su decepción.
—Tenemos que irnos los dos.
—¿Los dos? —Se endereza en su asiento, intrigado.
Le enseño el mensaje en mi teléfono.
—La sargento D. D. Warren. Quiere vernos a los dos. De inmediato.
Keith lanza un puñado de billetes sobre la mesa, coge su chaqueta de cuero y se levanta antes de que yo pueda apartarme de la mesa. En su rostro veo la misma chispa que siento en el mío. La emoción de la caza.
«Si es que es perfecto», pienso.
Y la sutil presión de mi nueva navaja apretada contra mi pantorrilla me tranquiliza mientras lo sigo fuera del restaurante.
La sargento D. D. Warren es una investigadora de homicidios de Boston.
Tiene el pelo rubio, corto y rizado, ojos azules cristalinos y una mandíbula afilada como una cuchilla.
No es precisamente guapa, pero llama la atención gracias a su aire frío y un poco peligroso.
La primera vez que la vi, me pareció una mujer que no toleraba las tonterías y no hacía prisioneros.
Todavía no me ha decepcionado en ese sentido.
Aunque yo estudiaba en la Universidad de Boston cuando me secuestraron, D.
D. no se encargó de mi caso. Mi secuestro era competencia del FBI.
En cambio, conocí a D. D. cinco años después de mi regreso a casa.
En ese entonces me había dado por vencida con lo de dormir y me mudé a Boston para cazar depredadores.
En nuestro primer encuentro, yo estaba de pie, desnuda y atada, sobre un aspirante a violador al que acababa de aniquilar con fuego químico. D. D. quería discutir mi cuestionable enfoque en la lucha contra el crimen. Yo quería dejar constancia de que él había empezado.
No describiría la nuestra como una relación fácil, pero hace un año me pidió que fuera su informante confidencial.
Creo que, poco a poco, está tratando de llevarme a su lado de la ley y el orden.
Sinceramente, su trabajo implica demasiado papeleo.
Yo sostengo que es solo cuestión de tiempo que ella se una a mí en la clandestinidad. Quizá ambas tengamos razón.
No tengo muchos amigos. Como tantos supervivientes que luchan contra el trastorno de estrés postraumático, no se me da bien lo de confiar, compartir ni abrirme con los demás.
Pero al menos considero a D. D. una compañera a la que respeto.
Y hay momentos, a pesar de sus malos humos, en los que creo que casi le caigo bien. Aunque solo sea un poco.
Hace nueve meses, trabajamos juntas para resolver un homicidio doméstico.
D. D. reconoció a la tiradora, una mujer embarazada, de un caso en el que había trabajado dieciséis años antes.
Yo reconocí a la víctima, el marido, ya que una vez se reunió en un bar con mi secuestrador, Jacob Ness.
Tanto D. D. como yo teníamos preguntas que necesitaban respuestas.
En el proceso, descubrí algunas verdades incómodas.
Hecho número uno: Jacob Ness, a quien maté con mis propias manos, era sospechoso en otros seis casos de desapariciones. Esas investigaciones probablemente nunca se cerrarán porque él ya no puede proporcionarnos información.
Hecho número dos: Jacob Ness, sobre quien me negué a hablar oficialmente con los agentes del orden tras mi rescate, habría llevado una vida mucho más perversa de lo que yo había sospechado.
Esta vida implicaba una red de contactos en la dark web, para lo que había empleado conocimientos informáticos que nadie sabe cómo adquirió.
También tenía acceso a una especie de cabaña, donde me retuvo al principio de mi cautiverio y donde quizá también habría retenido a otras personas.
Y, sin embargo, el FBI nunca pudo identificar la ubicación de ese lugar —lo llamábamos la guarida del monstruo—, lo que, una vez más, sugería un nivel de sofisticación criminal que no se correspondía con sus antecedentes.
Hecho número tres: creía que lo sabía todo sobre el hombre malvado y horrible que había controlado hasta el más mínimo detalle de mi vida durante cuatrocientos setenta y dos días. Me equivocaba.
Entra en escena Keith Edgar. Gracias a sus conocimientos informáticos y su autoproclamada pericia en la vida de Jacob Ness, ponerme en contacto con él para obtener más información sobre el amplio historial delictivo de Jacob fue lo más lógico.
Que Keith se pareciera a Ted Bundy era pura coincidencia, o al menos eso me decía a mí misma.
Junto con la sargento Warren y la agente especial Kimberly Quincy, del FBI, Keith y yo pudimos averiguar el nombre de usuario y la contraseña que Jacob usaba en la dark web.
Esto le permitió a Keith comenzar a rastrear algunas de las actividades en línea de Jacob de hace ocho años e incluso resolver un asesinato.
El FBI mostró su gratitud llevándose el ordenador.
La agente especial Quincy nos vino con algunas disculpas trilladas: la política del FBI, los técnicos forenses del FBI, el FBI esto y el FBI aquello.
A mí me cabreó mucho. Keith estaba devastado.
Pero no por mucho tiempo, lo que me hizo preguntarme cuánta información había copiado, memorizado o retenido antes de que Quincy le quitara su juguete.
Los expertos informáticos pueden ser muy ingeniosos y, por descontado, no son de los que se preocupan demasiado por las leyes federales.
En los meses transcurridos desde entonces, nunca le he preguntado a Keith qué hizo.
Supuse que no me lo diría, por su personalidad protectora y tal.
Al mismo tiempo, si hubiera hecho un descubrimiento rompedor, estoy segura de que yo sería la primera en saberlo; simplemente se cuidaría de no mencionar a su fuente.
Trabajamos bien juntos. Eso es lo que me repito a mí misma mientras el Uber nos deja en la comisaría de policía de Boston. Incluso a estas horas de la noche, el monstruoso edificio acristalado cuenta con una iluminación casi cegadora.
Keith y yo no mediamos palabra. Entramos y nos encontramos a D. D. Warren en el vestíbulo, esperándonos. A su lado hay una pequeña bolsa de viaje.
En este momento, lo comprendo todo.
Keith, a mi lado, también lo pilla.
—Han encontrado algo —susurra.
—Han encontrado a alguien — corrijo.
Y, sea quien sea, siento una tristeza y una pena enormes por esa pobre mujer a la que nunca conocí, pero con la que siempre compartiré un vínculo.
Las dos nos cruzamos con Jacob Ness.
Y ninguna de las dos regresó a casa nunca más.