Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

FLORA

Salimos una vez. Antes de Jacob Ness. Recuerdo que me cepillaba el pelo de mechas rubias hasta que alcanzaba el brillo dorado típico de California.

Luego me delineaba las pestañas de un morado intenso y me ponía una buena dosis de rímel para resaltar el gris profundo de mis ojos.

Un vestido corto de tirantes finos; el largo apenas me llegaba a la mitad del muslo.

¿Por qué no? Me había pasado la infancia corriendo por los bosques de Maine y tenía unas piernas largas y tonificadas que lo demostraban.

En aquellos días, tenía el mundo en la palma de mi mano.

Cuando entraba en un bar, todo el mundo se daba cuenta: era deslumbrante, llamativa, el alma de la fiesta.

Era joven y arrogante. Y estúpida. Dios mío, qué estúpida era.

Incluso ahora, ocho años después, desearía poder volver atrás en el tiempo y pasar veinte segundos a solas con la versión más joven y estúpida de mí misma.

Pero no va a poder ser. Así que aquella Flora llamativa se fue a Florida a pasar las vacaciones de primavera.

Y, como tantas otras universitarias atractivas, me puse mi vestido corto y salí con mis mejores amigas, todas casi tan bonitas y risueñas como yo, listas para sacudir las palmeras.

Bebimos chupitos de tequila. Bailamos sobre suelos cubiertos de cáscaras de cacahuetes.

Rechazamos a los chicos guapos y nos fuimos a por los buenorros.

Entonces...

Bailé más de la cuenta, alejándome de la protección de las luces del bar. Me adentré en las sombras de la playa, casi desierta, escuchando una canción que solo yo podía oír dentro de mi cabeza embotada por el tequila.

Y Jacob Ness, que más tarde me confesó que llevaba horas observándome, me sacó a rastras de esa playa.

Me arrancó de mi vida, de mi preciosa fanfarronería universitaria, de mi juventud y mi gloria.

Él llegó. Yo desaparecí. Y durante los siguientes cuatrocientos setenta y dos días, tuve que aprender a soportar un tipo de existencia completamente diferente.

Una que involucraba una caja del tamaño de un ataúd y los caprichos de un depredador despiadado que siempre había querido tener su propia esclava sexual.

Si tan solo pudiera estar veinte segundos a solas con la versión más joven y estúpida de mí misma... Pero hay algunos errores que nunca se pueden enmendar. Y hay algunas experiencias de las que no logras recuperarte.

Está lo que fue . Y ahora está lo que es .

Pero a veces sigo echando de menos a aquella chica. Sobre todo en noches como esta.

Quedamos en el restaurante. Keith sabe de sobra que no debe ofrecerse a recogerme en mi apartamento.

Es una tontería, la verdad. El tipo es tan friki de los ordenadores que podría hackear al Departamento de Defensa.

Sin duda, tiene mi dirección. Joder, probablemente incluso tenga un plano detallado de toda la casa.

Pero necesito mis ilusiones, y en esta fase de nuestra «relación» él está dispuesto a concedérmelas.

El intento de cita de esta noche tendrá lugar en un popular restaurante de costillas de Boston.

El tipo de lugar conocido por sus enormes raciones y por estar en un barrio peligroso.

Los hípsters no son bienvenidos. Los turistas no sobrevivirían aquí.

El tipo de lugar en el que me siento cómoda.

La última vez que acepté ir a cenar con Keith, me llevó a un local excesivamente pretencioso, un restaurante de cinco estrellas con manteles blancos impolutos y veintinueve cubiertos. No conseguí integrarme, y eso que me puse mi sudadera de salir.

Keith dijo la frase de rigor: —Eres guapa vayas donde vayas y te pongas lo que te pongas.

Me pregunté cuánto daño podría infligir con los cuatro cuchillos que tenía a mi alcance, en particular con el cuchillo para pescado, una adición nueva e interesante.

No era muy afilado, pero tampoco se necesita si apuntas a los ojos.

Para el caso, el cuchillo de la mantequilla tenía un mango de plata pesado, perfecto para golpear.

Luego estaban las copas de cristal, que se podían romper en pedazos afilados, y los platos de porcelana fina, que podrían hacer las veces de discos voladores mortales...

Nos fuimos poco después.

Me adhiero a un estilo determinado. Lo llamo «marginación urbana».

Se compone, básicamente, de botas con puntera de acero y pantalones cargo de color oscuro, combinados con cualquier tipo de sudadera con capucha.

Algunas de mis sudaderas tienen palabras, logotipos o estampados.

Las he lavado tantas veces que ya no se pueden leer.

No gasto dinero en ropa ni en vestidos de fiesta, ni siquiera en sudaderas nuevas.

Hace poco invertí en una flamante navaja mariposa.

Los mangos de acero, cuando se pliegan como un abanico cerrado —o como las alas de una mariposa—, tienen grabado un impresionante diseño de un dragón.

Con un simple movimiento de muñeca, los mangos se despliegan y aparece la hoja, dando paso al caos y a la muerte.

Me encanta mi nueva navaja. Por las noches, me paso las horas abriéndola y cerrándola, admirando su increíble artesanía, abriéndola y cerrándola otro poco.

Esta noche, la navaja mariposa reposa en la parte superior de mi bota.

Es una de las principales razones por las que he salido.

Quería ver qué se siente al pasear con el arma oculta.

Porque la cita en sí... Una chica como yo con un chico como él...

Keith Edgar es un analista informático autónomo. También es un entusiasta de los crímenes reales que se considera uno de los mayores expertos en Jacob Ness. Lo conocí en diciembre. Acudí a él solo porque necesitaba información sobre la vida que llevaba Jacob antes de encontrarme.

En ese momento, supuse que Keith sería un friki que vivía en un sótano y se excitaba con fotos de crímenes de la misma forma que otros se excitan con el porno. Me lo imaginaba cegato como un murciélago, con la cara llena de granos y adicto a los Doritos y las bebidas energéticas.

En cambio...

Es alto, con un físico atlético y esbelto, cabello oscuro y espeso, y unos ojos de un azul imposible.

Le gustan los trajes de Tom Ford y, durante la noche, cuando pienso en cosas en las que no quiero pensar, supongo que también prioriza los calzoncillos de Calvin Klein.

Es increíblemente inteligente y puede analizar un informe policial o el perfil de un depredador casi tan rápido como yo.

Mi teoría actual es que, o bien es la primera cosa buena que me ha pasado en mucho tiempo, o bien es un asesino en serie.

Ese es uno de los muchos problemas de las noches como esta. Sinceramente, no puedo decidirme. Y no sé si eso me dice algo sobre él o si me dice aún más cosas que no quiero saber sobre mí.

Ahora, sentada a la mesa en el extremo del abarrotado restaurante de costillas, cuento las salidas. Delantera, trasera y puerta de la cocina, que probablemente también tenga una salida. Tres. Preferiría cinco.

Frente a mí, Keith me observa mientras golpeo con los dedos la pegajosa mesa de madera y niega con la cabeza.

—Cuatro —corrige tras deducir mi corriente de pensamiento—. El baño masculino, al menos, tiene una ventana lo bastante grande como para escapar. Tendrás que comprobar el baño de mujeres por tu cuenta.

Apunta con la cabeza en dirección a los aseos.

Están situados en el lado opuesto de la barra, que se encuentra en el centro del local, como una especie de diana circular.

Una distribución poco acertada, en mi opinión.

Seis pasos para fugarse por la izquierda, otros seis para escapar por la derecha, teniendo en cuenta el obstáculo que hay justo en el medio. Aun así, cuantas más salidas, mejor.

—Estoy pensando en las costillas con glaseado de chipotle y arce —dice Keith, alegre, cogiendo el menú.

—Eres muy valiente por vestir cachemira en un restaurante de costillas.

Me dedica una brillante sonrisa blanca. «Un asesino en serie», pienso de nuevo.

—Flora, la mayoría me considerarían muy valiente solo por compartir mesa contigo.

Encima, es encantador. Maldita sea.

—Me he comprado una navaja nueva —digo.

—Voy a pedir batatas fritas como guarnición. ¿Y tú?

Lo miro con mala cara.

—Ensalada de col.

—¿En serio? Nadie elige ensalada de col habiendo patatas fritas. Ahora estás siendo contradictoria.

Lo miro con peor cara aún.

Él agita su teléfono.

—Puedo mostrarte estudios si quieres: ensalada de col frente a patatas fritas y personas que mienten para ocultar sus deseos más íntimos. No me hagas sacar mi lado friki. Sabes que lo haré.

Lo hará, sin duda. Encantador, entrañable e inteligente. Cabronazo.

Vuelvo a estudiar el menú. Estoy ansiosa e incómoda. Mis manos se me antojan extrañas mientras sostienen la carta. Llevo las uñas cortas, sin pulir ni esmaltar. Mis palmas están llenas de callos. Tengo manos pragmáticas, me digo a mí misma. Manos capaces. Pero ¿pragmáticas y capaces para qué?

Sigo sin saber qué hacer con un hombre como Keith. Es obvio que está interesado en mí, pero también es paciente y comprensivo. A veces, dice exactamente lo que quiero escuchar, pero, en lugar de hacerme sentir mejor, me hace sospechar. Es demasiado inteligente, demasiado comprensivo.

Dicen que Ted Bundy también era muy persuasivo.

—Costillas y batatas fritas —dice Keith.

—Pollo y ensalada de col —respondo.

—¿Algo de beber?

Niego con la cabeza y señalo mi agua. Rara vez bebo.

Él pedirá una cerveza, pero normalmente solo una.

¿Lo hace por consideración a mi abstinencia o porque es tan controlador como yo?

Se supone que las citas van de esto. Conocerse mutuamente.

Esclarecer las respuestas a estas preguntas.

¿Quién es él en realidad? ¿Quién soy yo en realidad?

Y lo que es aún más intrigante: ¿en quiénes nos convertiríamos juntos?