Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

—Agua.

—Listo.

—Barritas de cereales.

—Listo.

—Manzanas. Sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada.

—Listo y listo. —Janet se detuvo y levantó la vista de las mochilas, abiertas sobre la cama acolchada del apartamento que habían alquilado—. ¿Cuánta agua?

—Yo diría que dos botellas por persona —respondió Chuck.

Se estaba atando las botas de montaña y golpeaba el talón contra el suelo de madera para asegurarse de que quedaran bien ajustadas.

—Hace mucho calor fuera —objetó Janet.

Habían huido de la calurosa Atlanta para pasar el fin de semana. Pusieron rumbo al norte, hacia las montañas, solo para descubrir que el nivel de humedad apenas era mejor que en la ciudad que habían dejado atrás. Justo lo que necesitaban: una ola de calor en los Apalaches.

Chuck consideró sus palabras.

—Será mejor que llevemos tres botellas por persona. Hay que mantenerse hidratado.

—Por supuesto —dijo Janet, tratando de no sonar sarcástica.

Como si supieran lo que estaban haciendo, como si las botas de montaña de Chuck no acabaran de salir de unos grandes almacenes de deportes o como si no hubieran desenterrado las dos mochilas de debajo de un montón de polvo del garaje de sus padres.

Janet ni siquiera se había molestado en ponerse botas de verdad; se había quedado con sus deportivas.

Chuck le advirtió que corría el riesgo de torcerse un tobillo en los senderos.

En serio, ella solo quería pasar un fin de semana romántico fuera de casa.

Ella y Chuck llevaban saliendo casi un año: la cantidad de tiempo justa como para que aún siguieran esforzándose en su relación y, a la vez, como para que una escapada de fin de semana les pareciera un plan divertido.

Pero ¿senderismo? Esa era la idea de Chuck de pasarlo bien.

Ella habría preferido sexo y servicio de habitaciones, pero, en vista de la forma en la que su novio se paseaba por la pintoresca habitación y su evidente admiración por sus nuevas botas de montaña, eso no iba a pasar .

Quizá al final del día. Suponiendo que aún pudieran moverse para entonces.

—¿Tienes el mapa? —le preguntó a su novio. Ella era una chica de ciudad y lo sabía.

—Sí. El sendero está marcado. Unos seis kilómetros y medio ida y vuelta, trescientos metros de desnivel. Pan comido. —Se detuvo lo suficiente para levantar una ceja y darle un beso tranquilizador.

Ella accedió mientras se inclinaba completamente hacia él.

Podía ser encantador, con su mata de pelo castaño, sus gruesas pestañas y sus ojos oscuros de cachorrito.

Y estaba en forma, era un prometedor fiscal de distrito adjunto que quemaba sus frustraciones en los tribunales corriendo medias maratones.

Y teniendo en cuenta lo mucho que disfrutaba de cada centímetro del cuerpo de ese corredor...

Está bien, iría de ruta. La gente hacía cosas peores por amor.

Dio un paso atrás, levantó una de las mochilas y gruñó un poco por el peso.

—Nos vamos a ganar esas botellas de agua —dijo.

Chuck se echó la segunda mochila a la espalda como si nada.

—Está chupado —dijo.

—¿Prometes llevarme?

—No quiero gastar todas mis fuerzas. Tengo alguna que otra cosa planeada para cuando terminemos. He oído que las vistas son excelentes desde el sendero. Pero me pregunto —se inclinó hacia ella y le susurró al oído— si un polvo en la cima de una montaña no será aún mejor.

—Sudoroso y con olor a pino —le dijo ella, pero había captado toda su atención. Senderismo. Mira tú por dónde. Ni siquiera le gustaban los gimnasios. Pero el aire libre no estaba tan mal, junto con la promesa de una recompensa adecuada...

—Está chupado —accedió con voz grave. Luego, tras luchar con las correas de su mochila, siguió a su apuesto y atlético novio a través de la puerta.

Primer error: Chuck era quien marcaba el ritmo.

Era un adicto al cardio, y los senderos empinados y sinuosos de la montaña no suponían ningún problema para él.

Janet empezó a jadear casi de inmediato y pasó de los pensamientos románticos a las tramas asesinas.

«Una mujer en el jurado», pensó. Eso era lo único que necesitaría para ser absuelta de la inminente muerte de Chuck, a menos, claro, que él redujese la velocidad para salvar a su atormentada novia.

Segundo error: Chuck estaba estrenando botas. Tras un kilómetro y medio de ruta, empezó a cojear. Poco después, estaba haciendo muecas de dolor.

Janet trabajaba como técnico veterinario, lo que la convertía en la experta en medicina, incluso en lo que se refería a los seres humanos. Por lo tanto, le tocó a ella obligar a Chuck a detener su decidida marcha hacia la muerte, sentarlo en una roca y exigirle que se quitara la bota.

El talón de su calcetín izquierdo estaba manchado de sangre.

—Vaya, vaya —no pudo resistirse a decir—, menos mal que yo no llevo unas deportivas de mierda.

Él la miró con ira y ella se dio cuenta de que también estaba haciendo la transición del sexo a la agresión física. Algunas cosas parecían más divertidas de lo que realmente eran. El senderismo, como Janet pudo comprobar, era una de ellas.

Hizo que Chuck se quitara con cuidado su calcetín de senderismo extra grueso. Incluso sentados a la sombra, ambos estaban empapados en sudor y respiraban con dificultad. Janet se prometió no volver a alejarse nunca de un aire acondicionado.

Rebuscó en su mochila hasta dar con el botiquín de primeros auxilios, otra compra que aún conservaba la etiqueta. Inspeccionó el escaso contenido. Crema antibiótica y tiritas era cuanto podía ofrecerle.

Chuck dio un saltito cuando ella le tocó el talón y luego emitió unos pequeños gemidos. Y pensar que ese hombre era un implacable fiscal de distrito adjunto. Él se consideraba el intenso de la pareja, mientras que ella era su soplo de aire fresco.

Ella no se había atrevido a decirle que él no tenía ni idea del valor que hacía falta para ayudar a los animales heridos, ni de lo duro que había que ser para darse cuenta de cuándo la intervención médica no iba a ser suficiente y ese último paso final era lo único que se podía hacer por esos ojos que te miraban con dulzura y confianza.

Dejó que conservara su orgullo masculino, tratando de no suspirar demasiado fuerte mientras le untaba con delicadeza la crema antibiótica en el talón en carne viva, para luego ponerle unas tiritas. Sabía que no era una solución perfecta, ya que sus botas rígidas seguirían rozándole.

—Deberíamos volver —sugirió ella.

—Ni hablar. Nos queda muy poco.

—Todavía nos queda un kilómetro y medio para llegar a la cima, por no hablar del descenso.

—Puedo hacerlo. Solo es una ampolla.

—¿No me dijiste una vez que las ampollas son el peor enemigo de los corredores de fondo?

—Esto no es una carrera de fondo.

—Estás loco.

—Y por eso me quieres.

—Yo creía que era por tus ojos de cachorrito.

—¡No tengo ojos de cachorrito! —Ya se estaba volviendo a poner el calcetín.

—Pero pelo de cachorrito sí —sugirió ella, renunciando a una batalla que ya sabía que perdería. Guardó el botiquín en su mochila y miró a lo lejos mientras él se calzaba la bota apretando los dientes con fuerza.

Janet se puso de pie y observó cómo Chuck se ataba los cordones y renqueaba fingiendo que, por arte de magia, se había recuperado por completo.

Sacó su botella de agua del bolsillo lateral para beber un buen trago. No le sirvió de nada. Tenía calor y estaba sudando y hasta la coronilla de la naturaleza.

Chuck reanudó la marcha. Iba a destrozarse el pie, de eso no había duda. Se arrancaría toda la piel y estaría dolorido durante días. Y ella tendría que aguantar sus quejas. Una y otra vez. Como si fuera la temida gripe masculina, pero en los pies.

Nuevo objetivo: llegar a la cima, admirar las vistas, hacerse un selfi y retirarse. Después, no volver a hablar nunca más de ese día.

La cojera de Chuck se hacía cada vez más pronunciada. Janet avanzaba con dificultad, esperando, esperando...

—Quiero un palo —anunció Chuck de repente.

Se detuvo y ella casi chocó contra él.

—¿Un palo? —dijo ella.

—Como un bastón. Creo que me vendría bien.

—Claro. —Como si un palo de madera fuera a evitar que el pie le rozara contra su bota nueva.

Pero Chuck ahora era un hombre con un plan.

Habían llegado a una curva del sendero. Un lugar algo más llano; pero, a esa altura, los árboles eran más bajos y Janet no veía muchas ramas caídas.

Chuck se quitó la mochila. Ella hizo lo mismo, agradecida por el descanso inesperado, aunque no entendía del todo la misión.

Dejaron las mochilas junto a una roca. Chuck dio el primer paso fuera del sendero, adentrándose en la sombra de los árboles. A Janet no le terminaba de convencer el desvío, pero se encontró siguiéndolo.

Había arbustos bajos y frondosos por todas partes; Janet no tenía ni idea de cómo se llamaban.

Pero vio un estrecho sendero que serpenteaba entre la maleza.

Chuck avanzaba cojeando, con los ojos bien abiertos en busca de un palo, rama o cualquier cosa que pudiera servirle.

Janet no dejaba de echar la vista atrás, hacia el punto donde habían abandonado el sendero.

¿No era así como moría la gente? ¿Desviándose del sendero y desapareciendo para siempre?

Chuck llegó a un pequeño claro. El suelo era más llano y rocoso en ese lugar.

Habían llegado a una zona poco transitada, ya que estaba cubierta por capas de hojas en descomposición.

Janet arrugó la nariz al percibir el olor a moho.

Sin embargo, delante de ellos había un árbol enorme de hoja ancha y, en las proximidades, montones de detrito.

Chuck cojeó hasta la base del árbol. Empezó a dar vueltas a su alrededor. Janet se quedó donde estaba, con un ojo puesto en el camino de salida, a su espalda.

—¡Eh, mira esto!

Chuck emergió del otro lado del tronco del árbol, portando un palo blanquecino.

Janet frunció el ceño.

—¿No es demasiado corto?

—Sí, sí. Pero míralo. El tono gris plateado, y lo suave que es.

—Pasó la mano a lo largo del palo—. No hay rastro de corteza y está perfectamente pulido.

Pero sigue siendo duro como una roca. Me pregunto cuánto tiempo lleva aquí este palo.

¿Cuántos años habrán pasado para alcanzar este grado perfecto de fosilización?

Se acercó a ella, con esa sonrisa burlona de nuevo en el rostro. «Como un perro con su juguete», pensó ella. Fue entonces cuando pudo ver de cerca su preciado tesoro.

—Chuck...

—¿Qué? —Se detuvo a su lado.

—Eso no es un palo.

Él lo levantó. Largo, pulido y liso, tal y como lo había descrito. Con dos protuberancias redondeadas en el extremo.

Janet no quería tener que decir lo que era un obviedad.

—¿Qué? —volvió a preguntar él.

—Chuck, eso es un hueso. Un fémur, si no me equivoco. Y, a juzgar por su longitud y anchura, no es de ningún animal que yo conozca. Por lo tanto...

Chuck lo dejó caer. Y ahí se acabó el fin de semana romántico de Janet, cuando el hombretón de su novio empezó a gritar.

Las cosas llevan tiempo, más del que la mayoría cree.

Primero, los agentes del Departamento del Sheriff tuvieron que personarse en la zona y asegurar la escena.

Luego, se llamó a la antropóloga forense del estado para que confirmara si los restos eran humanos y comenzara la laboriosa tarea de exhumación.

Se hicieron bocetos. Se tamizó la tierra en busca de pruebas.

La zona de búsqueda se amplió cuando quedó claro que algunos animales carroñeros habían saqueado el lugar y que no todos los restos del esqueleto permanecían intactos.

Se recuperaron algunos huesos más pequeños en zonas más alejadas.

Muchos otros no se llegaron a encontrar.

Finalmente, la antropóloga forense y el deteriorado esqueleto regresaron a Atlanta y a la comodidad del laboratorio, donde los huesos recibieron su propia caja y un número de identificación.

Varios expertos, así como algunos estudiantes de posgrado, pasaron a examinarlos.

Todos quedaron impresionados por la calidad del hallazgo. Nadie tuvo respuestas inmediatas.

Pasaron más semanas. Luego, un par de meses, dada la acumulación de casos.

Por fin se hicieron avances. Un artista de la ciudad reconstruyó el rostro utilizando arcilla.

Se tomaron fotos. Las imágenes se cargaron en una base de datos y, por último, se encontró una posible coincidencia.

La antropóloga forense realizó varios estudios adicionales, cotejando la edad, el sexo y la presencia de una antigua lesión infantil —un brazo roto— con el húmero correspondiente.

Estas pruebas obtuvieron resultados y el esqueleto por fin tuvo un nombre.

Fue entonces cuando la agente especial Kimberly Quincy recibió la llamada, ya que su nombre aparecía en el expediente del caso de personas desaparecidas.

Según la antropóloga forense, los restos de Lilah Abenito, desaparecida hacía quince años, fueron los recuperados en las montañas de Georgia.

La causa de la muerte era indeterminada, pero las lesiones en el hueso hioides eran compatibles con un estrangulamiento.

Kimberly colgó el teléfono. Asimilando. Pensando. Asimilando un poco más. Llevaba tantos años esperando esa llamada que le pareció imposible. Pero, por fin, Lilah Abenito había sido encontrada. ¿Y qué significaba eso...?

Kimberly respiró hondo y exhaló despacio. Entonces supo exactamente qué hacer.