Cuando me veas (Warren & Quincy 2)
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PRÓLOGO
A mi madre le gusta tararear. Ahí está, de pie junto a la cocina, removiendo esto, probando aquello y tarareando, tarareando, tarareando sin parar.
Yo me siento en una silla junto a la mesa. Tengo una tarea: rallar el queso. Es un trabajo sencillo. El queso fresco se desmenuza con solo tocarlo. Pero hago mi parte con orgullo.
Mi madre dice que no hay que ser rico para comer como un rey. Es porque le encanta cocinar. Todo el mundo acude a su cocina para probar su salsa casera, su mole poblano especial o, mi plato favorito, los churritos de canela bañados en chocolate.
Tengo cinco años, edad suficiente como para remover el chocolate mientras se derrite en el fuego. Despacio, dice mi madre. Pero no demasiado o se quemará.
El chocolate derretido quema. La primera vez metí el dedo meñique en la olla porque me moría de ganas por probarlo.
Primero, me quemé el dedo. Luego, lamí el espeso chocolate y me quemé la lengua.
Mi madre sacudió la cabeza cuando empecé a llorar.
Usó su delantal para limpiarme las mejillas y me dijo que era una chiquita tonta y que debía hacerme más fuerte y más sabia y dejar de meter la mano en ollas hirviendo.
Me trajo un cubito de hielo para que lo chupara y me dejó sentada a la mesa mientras la veía trajinar y tararear sobre las sartenes y ollas humeantes.
Soy la chiquita de mi madre. Ella es mi mamita.
Son los nombres especiales que nos hemos puesto la una a la otra.
Me encanta ver a mi mamita en la cocina.
Cuando está allí, es feliz. No hay sombras en su rostro.
Es una mujer más alta. Vuelve a parecer mi mami, y no la mujer triste que se va por las mañanas con su aburrido uniforme gris de empleada doméstica.
O peor aún, la mujer asustada que, a veces, llega a casa a mediodía, me mete en un armario y me dice que no debo hacer nada de ruido.
Siempre escucho a mi mami. Bueno, una vez no lo hice.
Salí corriendo detrás de un perrito marrón porque quería acariciarle las orejas y el coche pasó a tanta velocidad junto a mí que pude sentir el viento en mi pelo.
Entonces mi madre me agarró del brazo y me gritó: «No, no, no, mala, mala, mala».
Me dio unos azotes y me dolió. Luego se sentó en la tierra roja y lloró y me achuchó contra ella, y eso me hizo más daño, como si tuviera dolor de estómago y dolor de pecho al mismo tiempo.
—Debes escucharme, amor mío. Solo nos tenemos la una a la otra. Por eso debemos cuidarnos mucho. Tú eres mía y yo soy tuya, siempre.
Ese día le enjugué las lágrimas a mi madre. Apoyé la cabeza en su hombro tembloroso y le prometí que siempre me portaría bien.
Ahora que tengo cinco años, voy sola al colegio y vuelvo sola a casa. Me quedo sola toda la tarde, y tiene que ser nuestro secreto, dice mi mami. A los demás podría no gustarles. Podrían separarme de ella.
No quiero que me separen de ella. Así que me porto como una niña valiente y regreso a casa, enciendo nuestra pequeña televisión, veo los dibujos animados y espero.
A veces también hago dibujos. Me encanta colorear y pintar.
Siempre me encargo de limpiar cuando termino.
Mi mamita se pasa muchas horas fregando y limpiando para otros.
Cada día se va con su uniforme bien planchado y su delantal blanco impecable.
Por las tardes vuelve agotada, exhausta.
Y esos son los días buenos. A veces, llega a casa triste y asustada, y tiene que quitarse el uniforme gris, ponerse una falda de colores y meterse directamente en la cocina para poder volver a sonreír.
Ahora es de noche. Vamos a cenar burritos con frijoles negros cocidos a fuego lento y pollo desmenuzado. Debe ser una noche especial, porque no siempre comemos pollo. La carne es cara y debemos ser prudentes con esas cosas.
Pero mi madre está feliz y remueve los frijoles mientras las tortillas se calientan en el horno.
Nuestra cocina es pequeña, pero rebosa iluminación.
Azulejos rojos, pintura verde y azul. Piezas de cerámica de la madre de mi madre, a quien tuvo que dejar hace mucho tiempo y a quien nunca volverá a ver.
Pero mi madre tuvo la suerte de quedarse con estos utensilios y así su mami siempre estará con ella y, algún día, también conmigo.
—No se necesitan muchas cosas —me dice mi madre—. Solo se necesitan las adecuadas.
Oigo aullidos en la distancia. Son los coyotes del desierto, que se cantan unos a otros. El sonido hace que mi madre se estremezca, pero a mí me gusta. Ojalá pudiera echar la cabeza hacia atrás y emitir el mismo grito de lamento.
En cambio, imito el tarareo de mi madre. Luego, juego a mi juego favorito.
—Mamita —digo.
—Chiquita —responde ella.
—Bonita mamita —digo.
Ella sonríe.
—Linda chiquita —responde.
—Muy bonita mamita.
—Muy linda chiquita.
Me río. Somos una manada, una pequeña manada de dos, y esta es nuestra manera de aullarnos la una a la otra.
—Eres una chiquita tonta —dice, y yo me río otra vez, le robo un trozo de queso fresco y balanceo los pies debajo de la silla con alegría.
—La cena está lista —declara, sacando las tortillas.
Los coyotes vuelven a aullar. Mi madre se santigua. Creo que me alegro de ser suya y de que ella sea mía, para siempre.
El Hombre Malo viene después de la cena. Mi madre está junto al fregadero, lavando los platos. Yo estoy de pie sobre un taburete a su lado, secando.
Llama a la puerta con golpes lentos y fuertes. En el fregadero, mi mamita se queda paralizada. Las sombras vuelven a su rostro, pero yo no lo entiendo.
Solo sé que está asustada. Y, si ella está asustada, yo también lo estoy.
—Al armario —me susurra.
Pero es demasiado tarde. La puerta trasera se abre de golpe. El hombre está ahí, ocupando el espacio. Nuestra cocina, que siempre ha sido perfecta para una manada de dos personas, ahora se antoja diminuta.
No hay dónde esconderse.
Veo su sombra oscura mientras avanza por la habitación, una forma gigante y maciza, que parece más propia de una bestia que de un humano.
—¿Qué has hecho? —pregunta. Le habla directamente a mi madre. No grita. Su voz es fría, tranquila. Me hace temblar y siento la necesidad de santiguarme.
—N-n-nada —intenta mi madre.
Tiembla demasiado. Sé que está mintiendo y el Hombre Malo también lo sabe.
—¿De verdad pensabas que no me iba a enterar? ¿De verdad te crees más lista que yo?
Mi madre no responde. La miro fijamente durante un largo rato. Su rostro permanece inexpresivo, pero en su serenidad me doy cuenta de que, sea lo que sea de lo que la acusa el Hombre Malo, ella lo ha hecho. Y él lo ha descubierto. Y ahora va a pasar algo horrible.
Somos una manada de dos. Quiero cogerle la mano. Quiero ser una niña valiente por ella. Pero las piernas me tiemblan sin control. No puedo moverme, clavada sobre mi pequeño taburete.
De repente, mi madre golpea una olla contra el fregadero, rompiendo la tensión con un fuerte ruido.
—¿Quieres cenar? Burritos. Por favor, déjame prepararte un plato.
Al hablar de comida, su voz se calma. Se mueve un poco, colocándose entre el hombre y yo.
—Claro —dice el hombre, pero hay algo en su voz que me hace temblar de nuevo.
Cómo desearía estar en el armario. Pero ahora no puedo meterme allí. No puedo ir a ningún sitio sin que él me vea. Y una parte de mí, obstinada, cabezona y lo bastante estúpida como para meter el dedo en chocolate hirviendo, se niega a irse y dejar a este hombre-bestia a solas con mi madre.
Ella coge el plato que acabo de secar y se dirige con paso firme hacia la cocina, donde hay tortillas y frijoles fríos que han sobrado.
Se toma su tiempo. Una tortilla. Una cucharada de frijoles.
Un poco de queso rallado. Dobla el burrito.
Lo vuelve a meter en el horno. Busca la salsa y la lleva a la mesa.
—Cerveza —dice el hombre.
Mi madre se acerca a la pequeña nevera y saca una de las cervezas que hay al fondo.
Parece muy serena, excepto por sus manos, que no dejan de arrugar su falda de color rojo brillante.
—Siéntate conmigo —dice el hombre cuando ella saca el burrito del horno.
—Tengo que terminar de fregar los platos...
—Siéntate conmigo.
Mi madre se sienta. Me lanza una mirada rápida. Hay algo en sus ojos, algo que intenta decirme. Desde mi taburete, no soy capaz de entenderlo. No sé a dónde ir ni qué hacer. «Debemos cuidarnos», me dijo. Pero ahora no sé cómo cuidar de ella.
Lo único que quiero es que el Hombre Malo se vaya y que mi madre vuelva a estar a solas conmigo en la cocina.
El hombre se come su burrito. Bocado a bocado. Se bebe su cerveza. No habla, y el silencio hace que me duela la barriga.
Cuando el Hombre Malo se lleva el último trozo a la boca, mi madre exhala ligeramente. Sus hombros se desploman. Ha tomado una decisión, pero no sé cuál.
El hombre mira al punto en el que me encuentro.
—Es muy bonita.
—Solo es una niña —afirma mi madre con frialdad. Se levanta—. Vamos fuera.
El hombre arquea una ceja.
—Mira que eres peleona.
—¿Quieres hablar? Salgamos fuera.
—No sé. Me gusta tu cocina. Es muy acogedora. Quizá deberías despejar la mesa. Podríamos enseñarle a tu hija lo que de verdad se te da bien.
Mi madre clava su mirada en el hombre. De repente, rodea la mesa y se dirige directamente hacia él.
Él se sobresalta, pillado por sorpresa, y yo me siento orgullosa de mi mamita por hacer que el Hombre Malo recule.
Ella lo golpea con el hombro al pasar, con fuerza, de forma deliberada.
Luego agarra el pomo de la puerta trasera y la abre de un empujón.
Antes de que el hombre pueda reaccionar, ella ya está fuera.
Por fin se levanta. Se detiene y me observa durante un buen rato. No me gusta lo que reflejan sus ojos.
—¿Cómo te llamas, niña?
Abro la boca, pero no me sale nada. Sigo temblando demasiado.
Mi madre lo llama desde el exterior.
Él me lanza una última mirada y luego se dirige hacia la puerta.
—Cría estúpida —murmura.
Sostengo el paño de cocina. Ahora, sola en la cocina, lo miro y deseo tener algo que secar. Deseo que la noche retroceda para poder estar sentada a la mesa, rallando queso y escuchando el tarareo de mi madre.
Entonces llegan más ruidos. Es el Hombre Malo, con voz enfadada y atronadora.
Mi madre. «No», dice, una y otra vez. Desafiante primero, luego obstinada y al final suplicante.
Un crujido, un golpe. Me estremezco. Conozco esos sonidos.
El hombre le está pegando. Ella vuelve a hablar, pero su voz es tan baja que apenas puedo oírla.
Solo reconozco el tono. Roto. El Hombre Malo le ha hecho daño y mi mamita está rota.
Las voces furiosas se detienen. Todo se detiene. El silencio me asusta aún más.
Somos una manada. Solo nos tenemos la una a la otra. Debemos cuidarnos.
Me bajo con cuidado del taburete. Camino hacia la puerta entreabierta. Salgo al exterior.
Mi madre está de rodillas. El hombre está de pie frente a ella. Sostiene algo. Una pistola. Apunta con la pistola a la cabeza de mi madre.
No pienso. Salgo disparada. Corro hacia mi madre, un borrón de bracitos y piernecitas. Vuelo como el viento, o eso quiero creer. Me lanzo a sus brazos.
Mi madre grita:
—¡No! ¡Aléjate! ¡Corre, chiquita, corre!
Me empuja, aunque yo intento aferrarme a sus brazos. Me lanza detrás de ella.
—¡Corre! —grita de nuevo—. ¡Huye!
Veo las lágrimas que le corren por las mejillas. Veo el terror en sus ojos.
No corro. No puedo.
Extiendo los brazos hacia mi madre. Somos dos. Debemos cuidarnos...
El Hombre Malo aprieta el gatillo.
Más tarde, soñaré con esta escena, noche tras noche. Más tarde, este momento será lo único que me quede. La última vez que hablé. La última vez que escuché el tarareo de mi madre. La última vez que extendí los brazos hacia la persona que me quería.
Ahora, la bala atraviesa la garganta de mi madre. Una lluvia de rojo. Su mano, que se levanta demasiado tarde.
Pero la bala continúa su trayectoria y se clava en mi sien. Salgo volando hacia atrás. Aterrizo sobre la tierra roja. Aturdida, herida, confundida.
El Hombre Malo se acerca a mí. Se agacha y me palpa el cuello.
—Vaya —dice.
Entonces, justo antes de desmayarme, el Hombre Malo me coge en volandas.
No me resisto. Una capa de sangre cubre mis ojos.
A través de ella, miro el cuerpo caído de mi madre.
Y siento el ardor de la bala que la ha atravesado a ella para llegar a mí; que me ha traído lo último de mi mamita a mi interior.
Nuestra manada de dos ha dejado de existir.