Un Nuevo Amanecer Compartido
El ventilador de la cafetería gira lento, empujando el aire caliente hacia las ventanas.
Llego temprano, como siempre, y elijo la mesa del rincón junto a la pared de ladrillo visto.
Han pasado meses desde la lluvia en la plaza, y sin embargo cada vez que entro aquí siento el eco de aquella tarde: el banco mojado, la mano de Aurora sobre la mía, las palabras que nos dijimos sin refugio.
Hoy el local está más concurrido de lo habitual. Una pareja discute en voz baja junto a la barra; un señor mayor lee el periódico con las gafas a medio caer sobre la nariz. Pido un café solo y espero.
No hay prisa. Esa es la diferencia. Antes, cada minuto de espera se me convertía en una cuenta atrás hacia el momento en que algo saldría mal. Ahora apoyo la espalda en la silla y dejo que el ruido de las tazas y las conversaciones ajenas me envuelva sin tensión.
La puerta se abre y entra Aurora.
La reconozco por el modo en que se aparta el cabello de la cara antes de buscar con la mirada.
Lleva una camiseta azul claro y el cuaderno que siempre carga, ese de tapas gastadas que ya no intenta esconder.
Pero lo que me hace detenerme a medio saludo es otra cosa: sus hombros.
Están más bajos, como si alguien hubiera retirado un peso que yo nunca vi pero siempre estuvo ahí.
—Llegaste temprano —dice, y se sienta frente a mí sin ceremonia.
—Tú también.
—Me ganaste por dos minutos. Eso no cuenta.
Sonríe. No es la sonrisa de antes, la que iluminaba toda la habitación y dejaba una sombra rara al apagarse. Esta es más pequeña y más lenta, y le arruga las comisuras de verdad.
—Pedí café solo —digo –. No sabía si querías lo de siempre.
—Hoy quiero probar algo distinto. Un capuchino, creo.
Levanto una ceja.
—¿Tú? ¿Capuchino?
—La gente cambia, Hazel. —Se quita una pulsera de hilo que lleva en la muñeca y la deja sobre la mesa –. Además, me gusta la espuma.
—Eso es lo menos profundo que te he oído decir en meses.
—¿Ves? Cambio.
Me río por lo bajo y voy a la barra a pedir su capuchino. Cuando vuelvo, Aurora ha abierto el cuaderno pero no lo está leyendo. Tiene una mano apoyada sobre la página como si quisiera sentir el papel antes de decidir si me lo muestra.
—¿Escribiste algo nuevo? —pregunto.
—Sí. —Sus dedos tamborilean sobre la tapa –. Es distinto.
—¿Distinto cómo?
—Menos encriptado. —Me mira y hay un brillo de ensayo en sus ojos, como quien mete un pie en el agua para ver si quema o si está fría –. Creo que por fin escribí algo que no necesita traducción.
Me tiende el cuaderno abierto por una página que no había visto antes. El título dice «Inventario de lo que no es fachada». Lo leo en silencio mientras ella remueve el capuchino con la cucharilla, despacio, sin mirarme.
El poema habla del agotamiento de sonreír cuando no hay ganas, de las mañanas en que vestirse es un acto de teatro, de las veces que dijo «estoy bien» y se lo creyó a medias. Pero también habla de una tarde de lluvia, de un banco, de dos pares de zapatos empapados que caminaron al mismo ritmo.
Termino de leer y cierro el cuaderno.
—Es muy bueno —digo.
—¿Sí?
Ella espera. Sé que espera algo más, una pregunta, un comentario que le confirme que la he visto de verdad en esos versos.
Y la he visto. Pero hay una parte de mí que todavía retrocede cuando la intensidad sube demasiado rápido, como si mis propios mecanismos fueran un interruptor que se activa solo.
—Oye —digo, y señalo el cuaderno –. ¿Te acuerdas del papel verjurado del que te hablé?
Aurora parpadea. El cambio de tema le cae encima como un toldo que se pliega de golpe.
—Claro. El de la textura como de tela.
—Llegó un lote nuevo a la imprenta. Es más claro que el anterior, casi color crema. Queda bien con tinta negra, pero con tinta azul oscuro sería otra cosa.
—¿Tinta azul?
—Para tus poemas. Cuando los imprimamos.
Ella asiente y bebe un sorbo de capuchino. La espuma le deja un rastro blanco sobre el labio superior y se lo limpia con el dorso de la mano antes de que yo pueda decírselo. Hay una pausa, pequeña, del tamaño de una decepción que no llega a formularse.
—Hazel.
—¿Qué?
—Está bien.
—¿El qué?
—Que cambies de tema. —Deja la taza sobre el plato con un golpe seco –. Ya sé que a veces necesitas un respiro. No me voy a romper.
La miro. Tiene los dedos manchados de tinta azul, justo del color del que hablábamos. Me pregunto si ha estado escribiendo esta mañana antes de venir.
—No es por ti —digo –. Es que todavía estoy aprendiendo a recibir.
—Yo también. —Sonríe otra vez, esa sonrisa nueva que no pide permiso –. Pero oye, hablando de aprender: ¿qué planes tienes el fin de semana?
—Trabajar el sábado por la mañana. Después, nada.
—¿Te apetece un paseo por el Viejo San Juan? He visto que van a abrir una exposición de grabados cerca de la plaza. Pensé que podríamos ir juntas.
—¿Grabados?
—Sí. Tienen una prensa antigua en la exposición, de esas que se manejan con una rueda lateral. Me acordé de Minerva.
—¿Te acordaste de mi prensa?
—Me acuerdo de todo lo que me cuentas. —Aparta la taza y apoya los codos sobre la mesa –. Es mi nuevo superpoder. Antes solo me acordaba de lo que dolía.
Me quedo callada un momento. El ventilador sigue girando, la pareja de la barra ya no discute, el señor del periódico ha pasado la página. Todo sigue igual, pero yo siento que algo se ha movido dentro de mí, un ajuste pequeño como el clic de una rueda dentada que encaja.
—Vamos —digo –. El sábado.
—¿En serio?
—En serio. Pero tú invitas al café.
—Trato hecho.
Aurora extiende la mano por encima de la mesa con la palma abierta, como si fuéramos a cerrar un negocio. Se la estrecho y noto sus dedos fríos por el aire acondicionado. Nos reímos las dos a la vez, sin motivo, y el sonido se mezcla con el zumbido de la máquina de café.
—¿Sabes qué? —dice ella mientras recoge el cuaderno y lo guarda en la mochila –. Me gusta esto.
—¿El qué?
—Esto. Nosotras. Un sábado cualquiera. Sin grandes confesiones ni lluvia de por medio.
—A mí también.
Se levanta y se cuelga la mochila al hombro. Yo me quedo sentada un segundo más, mirando las dos tazas vacías sobre la mesa, el rastro de espuma en el borde de la suya, la pulsera de hilo que olvidó recoger.
—Oye —la llamo antes de que llegue a la puerta –. Tu pulsera.
Aurora se gira, mira la mesa y luego se mira la muñeca desnuda.
—Guárdamela. Así tengo excusa para verte antes del sábado.
—No necesitas excusa.
—Ya lo sé. —Abre la puerta y el sol de la mañana le da de lleno en la cara –. Pero me gusta tenerla.
Sale. La puerta se cierra con un golpe suave y el ventilador sigue girando. Cojo la pulsera y la enrollo despacio alrededor de mis dedos. Es de hilo azul y blanco, desgastada en el centro por el roce continuo contra la piel.
Guardo la pulsera en el bolsillo del chaleco. Pago los cafés y salgo a la calle, donde el calor de la mañana me recibe como una mano abierta sobre la espalda. Camino hacia la imprenta sin prisa, esquivando a un grupo de turistas que se amontonan frente al escaparate de una tienda de sombreros.
Al doblar la esquina, me llevo la mano al bolsillo y toco la pulsera.
Pienso en el poema que Aurora me dejó leer, en la palabra «inventario», en la lista de cosas que ya no son fachada.
Y pienso que tal vez yo también necesito hacer un inventario.
No de lo que escondo, sino de lo que estoy aprendiendo a recibir.