Caminando sin Refugio
La pregunta de Hazel aún flota entre nosotras, suspendida en el aire húmedo como las gotas que se niegan a caer de las hojas de los árboles de la plaza. Caminar juntas sin buscar refugio. Sin paraguas, sin máscaras, sin la distancia prudente que mantuve durante ocho días.
Ocho días.
El número me golpea ahora con una fuerza que no tuvo mientras los vivía.
Ocho días en los que ella redactó un mensaje y no lo envió.
Ocho días en los que yo leí sus palabras una sola vez y cerré la conversación como quien cierra un libro que quema los dedos.
No fue solo miedo lo que sentí. Fue algo más antiguo, algo que reconocí sin querer nombrarlo: el impulso de desaparecer dentro de otra persona hasta no recordar qué color me gustaba antes de conocerla.
Respiro hondo. El aire huele a tierra mojada y a algo dulce que no sé identificar.
—No quiero repetir lo de Jade —digo, y mi voz suena más pequeña de lo que esperaba.
Hazel no aparta la mirada. Sus dedos siguen entrelazados con los míos sobre el banco de piedra, y el calor de su palma es lo único que me ancla a este momento.
—No eres la misma persona —dice.
—Eso dijiste antes.
—Y lo sostengo.
La lluvia ha perdido fuerza. Ya no es el aguacero torrencial que nos empapó hasta los huesos, sino una llovizna fina que se posa sobre los adoquines sin hacer ruido.
Las farolas de la plaza empiezan a encenderse, una tras otra, y su luz anaranjada se refleja en los charcos como si el suelo estuviera sembrado de pequeñas ventanas luminosas.
—Con Jade dejé de hacer cosas —digo.
Hazel espera. No me interrumpe, no me apura. Su pulgar traza un círculo lento sobre mis nudillos.
—Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Dejé de venir a esta plaza los domingos.
—Las palabras salen en tropel, como si hubieran estado esperando este momento desde hace meses –.
No fue culpa suya. Ella no me pidió que dejara nada.
Fui yo. Yo me convencí de que sus gustos eran los míos, de que sus planes eran los nuestros, de que su vida era suficiente para las dos.
—Y la tuya desapareció.
—No me di cuenta hasta que terminó. Y cuando terminó, no sabía qué me gustaba. No sabía si me gustaba el café con leche o solo, porque Jade lo tomaba solo y yo me acostumbré. —Me froto la cara con la mano libre. La piel está fría por la lluvia –. Es ridículo.
—No lo es.
—Es ridículo no saber qué café te gusta.
Hazel suelta un sonido que no llega a ser risa. Es algo más suave, una exhalación que se lleva un poco de la tensión que tengo acumulada en los hombros.
—A mí me pasó con los libros —dice.
La miro. El agua ha oscurecido su cabello liso y le caen mechones sobre la frente. No se los aparta. Sus ojos están fijos en el empedrado, como si las palabras que busca estuvieran escritas entre las piedras.
—Claire leía novelas larguísimas. Autores rusos, sobre todo.
Yo fingía que también me gustaban. Me compré tres y no terminé ninguno.
—Alza los hombros –. Después de que se fue, los tiré a la basura.
Y luego me senté en el suelo de la imprenta y lloré porque no sabía qué libros me gustaban de verdad.
El nudo que tengo en el pecho se afloja un milímetro. No es alivio exactamente. Es reconocimiento. La certeza de que alguien más ha estado en ese mismo agujero y ha encontrado la forma de salir.
—¿Y ahora? —pregunto –. ¿Qué libros te gustan?
—Poesía puertorriqueña. —Levanta la vista y me mira –. Pero eso ya lo sabes.
Lo sé. Lo supe desde aquella tarde en la cafetería, cuando sacó la antología de su mochila y yo sentí que el mundo se inclinaba un poco hacia ella. No dije nada entonces. No sabía cómo decir que sus gustos me importaban sin que sonara a que estaba dispuesta a hacerlos míos.
—Tengo miedo de eso —digo –. De que me gustes tanto que deje de gustarme yo.
Hazel parpadea. Una gota de lluvia le resbala por la sien y se detiene en su mejilla. No la limpia.
—Yo tengo miedo de que me gustes tanto que no sepa estar sin ti —dice –. Y luego te vayas.
—No me voy a ir.
—Claire tampoco iba a irse.
La frase cae entre nosotras como una piedra en el agua.
Las ondas se expanden en silencio. Sé que no es una acusación.
Es un dato. Una herida que aún supura cuando alguien la roza.
Hazel no me está comparando con Claire. Me está mostrando el mapa de su miedo para que yo no pise las minas sin querer.
Aprieto sus dedos.
—No soy Claire —digo.
—Y yo no soy Jade.
Nos quedamos calladas. El silencio no es incómodo.
Es el tipo de quietud que se hace después de decir algo verdadero, cuando las palabras aún resuenan en el aire y necesitan espacio para asentarse.
A lo lejos, un coche pasa sobre los adoquines mojados y su ruido se aleja despacio, como si la ciudad también contuviera la respiración.
—¿Sabes qué fue lo peor de estos ocho días? —pregunta Hazel.
Niego con la cabeza.
—Que escribí un mensaje y no lo envié. Lo tengo en borradores. Lo leo a veces, cuando cierro la imprenta, como si fuera un ensayo de algo que no me atrevo a hacer.
—Yo lo leí una vez. Solo una. Y no pude volver a abrirlo.
—¿Por qué?
—Porque si lo leía otra vez, se volvía real. Y si era real, tenía que responder. Y si respondía… —Dejo la frase a medias.
—Y si respondías, tenías que decidir.
—Sí.
Hazel asiente. Su mano se mueve dentro de la mía, ajustando el agarre, buscando un encaje más firme.
—Ya decidí —dice –. Quiero caminar contigo. Sin paraguas, sin prisa, sin la promesa de que no va a doler. Solo caminar.
La llovizna se ha convertido en una neblina fina que flota en lugar de caer.
Las farolas dibujan halos anaranjados a su alrededor.
Pienso en Jade. En cómo me sentía cuando estábamos juntas: como si flotara en agua tibia y no supiera dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el suyo.
Era hermoso. Y era aterrador. Porque cuando ella se fue, yo no sabía nadar.
Con Hazel es distinto. No floto. Camino. Mis pies tocan el suelo y el suelo es mío, no prestado. No necesito convertirme en ella para estar cerca. No necesito desaparecer para que esto funcione.
—No quiero un paraguas —digo.
Hazel alza las cejas.
—No quiero un paraguas —repito –. No quiero esconderme de la lluvia. No quiero fingir que no tengo miedo. No quiero ser la versión de mí que sonríe todo el tiempo para que los demás no pregunten.
—¿Qué versión quieres ser?
—Esta. La que está empapada y tiene frío y te está diciendo que le aterra que esto salga mal. Pero que quiere intentarlo igual.
Hazel suelta mi mano. Por un segundo, el pánico me sube por la garganta. Pero ella no se aleja. Se lleva la mano al bolsillo del chaleco y saca un papel doblado. Está húmedo, las esquinas reblandecidas por la lluvia. Lo despliega con cuidado.
—El pedido de las invitaciones de boda —dice –. Ciento diez impresas. Faltan noventa. Las entrego el sábado.
No entiendo por qué me lo enseña ahora. Pero espero. Ya aprendí que Hazel no hace nada sin motivo.
—Cuando las termine —continúa –, quiero imprimir tus poemas. Los veinticinco. Con tinta buena y papel verjurado. Si tú quieres.
El ofrecimiento me deja sin aire. No es un gesto romántico.
Es una declaración de intenciones. Hazel no me está pidiendo que confíe en ella con palabras.
Me está ofreciendo su oficio, su tiempo, la prensa Minerva que se atasca los lunes, las horas de trabajo minucioso que dedica a cada pedido.
Me está diciendo que mis palabras merecen existir sobre papel de verdad.
—Quiero —digo, y la voz me tiembla un poco –. Quiero mucho.
Hazel dobla el papel y lo guarda. Luego se pone de pie. El banco de piedra suelta un quejido leve cuando su peso deja de presionarlo.
—Vamos —dice –. Se está haciendo tarde.
Me incorporo. Las piernas me duelen de estar tanto rato sentada en la misma postura. La ropa se me pega al cuerpo, fría y pesada. Pero hay algo en el pecho que pesa menos que antes. Algo que se ha movido de sitio y ha dejado espacio para que entre el aire.
Cruzamos la plaza. Nuestros pasos suenan distintos sobre los adoquines mojados: los suyos más firmes, los míos más lentos, como si estuviera aprendiendo a caminar sobre esta superficie nueva.
Las palmeras de los bordes gotean agua. Un grupo de palomas se refugia bajo el alero de la fuente, ahuecando las plumas.
—¿En qué piensas? —pregunta Hazel.
—En que no sé qué café me gusta.
—Eso se arregla.
—¿Cómo?
—Probando. Un día solo, otro con leche, otro con azúcar. Hasta que sepas.
Es una respuesta tan práctica, tan de Hazel, que me hace sonreír. No es la sonrisa de fachada que he llevado puesta durante meses. Es una sonrisa pequeña, torpe, que me tira de la comisura sin que yo se lo pida.
—¿Y si no me gusta ninguno?
—Entonces tomas chocolate.
Suelto una risa corta. El sonido rebota contra las fachadas de colores de la plaza y vuelve a mí transformado, más ligero. Hazel me mira de reojo. No dice nada, pero el ritmo de sus pasos se ajusta al mío.
Salimos de la plaza por la calle que lleva a mi apartamento.
Las aceras son estrechas y los balcones de los edificios chorrean agua sobre las baldosas.
Pasamos junto a una puerta verde con las bisagras oxidadas y una maceta de geranios que la tormenta ha dejado hecha un desastre.
Más adelante, un gato negro nos observa desde el quicio de una ventana.
Sus ojos amarillos nos siguen sin pestañear.
—Nunca te pregunté por qué escribes —dice Hazel.
—Nunca te pregunté por qué imprimes.
—Justo.
Caminamos unos metros en silencio. El gato se cansa de mirarnos y se lame una pata.
—Escribo porque si no lo hago, las palabras se me quedan dentro y me pesan —digo –. Como si tuviera un armario lleno de cajas sin abrir. Y los poemas son mi forma de abrirlas.
—A mí me pasa con la tinta. —Hazel se aparta un mechón mojado de la frente –. El olor, el rodillo, el papel que sale caliente de la prensa. Es lo único que me hace sentir que controlo algo.
—¿Y eso te gusta? ¿Controlarlo?
—Me tranquiliza. —Hace una pausa –. Pero también me cansa.
La entiendo. Controlarlo todo es agotador. Lo sé porque yo he hecho lo contrario: ceder el control a otra persona para no tener que cargar con él. Las dos estrategias son distintas, pero el resultado es el mismo. Soledad. Agotamiento. La sensación de que nadie te ve de verdad.
Doblamos la esquina. Mi edificio aparece al final de la calle, con su fachada desconchada y la farola que parpadea desde hace tres semanas. Las ventanas de mi apartamento están oscuras. Amber no debe de haber llegado aún.
—Es ahí —digo, señalando con la barbilla.
Hazel se detiene. Yo también. Nos quedamos de pie en medio de la acera, bajo un balcón del que cuelgan tres camisetas empapadas que alguien olvidó recoger antes de la tormenta.
—No hace falta que subas —digo.
—Ya lo sé.
—Pero puedes subir. Si quieres. Tengo té. No de manzanilla. De jengibre. Me lo compró Amber.
Hazel sonríe. Es una sonrisa breve, apenas un levísimo movimiento de los labios, pero le cambia toda la cara.
—Subo.
Busco las llaves en el bolsillo del pantalón. Los dedos me tiemblan un poco, pero no es de frío. Es la anticipación. La sensación de estar haciendo algo importante sin saber exactamente por qué. Meto la llave en la cerradura del portal y giro. El mecanismo cede con un clic seco.
—Hazel.
—¿Qué?
—Gracias. Por no enviar el mensaje.
Ella ladea la cabeza. La luz de la farola le dibuja sombras en los pómulos.
—¿Por qué?
—Porque si lo hubieras enviado, yo lo habría leído.
Y habría respondido. Y habríamos tenido esta conversación por texto, con emojis y puntos suspensivos y pausas que no significan nada.
—Empujo la puerta y la mantengo abierta con el hombro –.
En cambio, viniste. Y me encontraste en la plaza. Y me mojé. Y me dio frío. Y fue real.
Hazel me sostiene la mirada. Sus ojos son oscuros y tranquilos, como el agua de un pozo. No dice nada. No necesita decirlo. Su mano encuentra la mía en el marco de la puerta y la aprieta una vez, breve, antes de soltarla.
Entramos. El portal huele a humedad y a la cera que la vecina del primero usa para limpiar las baldosas. Las escaleras crujen bajo nuestros pies. Subimos en silencio, hombro con hombro, y el roce de su brazo contra el mío es lo único que necesito para saber que no me estoy perdiendo.
Que me estoy encontrando.