Cuando los caminos se cruzan El Corazón Valiente de Hazel
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El Corazón Valiente de Hazel

El agua resbala por la nuca y se me cuela bajo el cuello del chaleco. No me he movido del banco desde que me senté. Aurora sigue a mi lado, con el cabello pegado a las mejillas y los hombros encogidos. No hemos dicho nada en varios minutos. No hace falta.

El cielo sigue descargando con fuerza. Las hojas de los flamboyanes gotean sin pausa. Una paloma se refugia bajo el alero de la fuente y sacude las plumas con movimientos cortos. Cuento tres sacudidas antes de que se quede quieta.

Mis dedos encuentran el borde del papel doblado en el bolsillo del chaleco. El pedido de las invitaciones de boda. Ciento diez copias impresas de doscientas. La tinta se habrá corrido con la humedad. No lo saco para comprobarlo.

Aurora se pasa el dorso de la mano por la frente. El gesto es lento, como si le costara mover el brazo. Tiene las pestañas pegadas en puntas oscuras. No me mira.

—No hace falta que te quedes —dice.

Su voz suena distinta bajo la lluvia. Más pequeña.

—Ya lo sé.

—Entonces vete a casa.

—Cuando entres y cierres, me voy.

Gira la cabeza hacia mí. El agua le corre por la sien y se desvía al llegar a la ceja. Sus ojos buscan los míos y se detienen ahí, sin pestañear.

—Hazel.

—Aurora.

No es una pregunta. Es un nombre. El suyo en mi boca, el mío en la suya. Dos sílabas cada uno. Las dejamos caer y la lluvia las recoge.

Mis manos están quietas sobre las rodillas. Las suyas descansan en el borde del banco, a un palmo de distancia. Podría mover los dedos y rozarle los nudillos. No lo hago. Todavía no.

—He estado pensando —digo.

—¿En qué?

—En Claire.

Aurora no se tensa. No aparta la mirada. Asiente una vez, muy despacio, como si supiera que esa palabra pesa y hay que sostenerla con cuidado.

—Cuando Claire se fue —continúo –, me quedé vacía. No es una metáfora. Me sentaba en la oficina trasera de la imprenta y miraba la prensa sin verla. Mi tío me hablaba y yo tardaba cinco segundos en darme cuenta de que me estaba hablando a mí.

—¿Cuánto tiempo duró?

—Meses. No sé cuántos. Dejé de contarlos cuando llegué a doce.

El agua forma un charco junto a mis pies. Las gotas dibujan círculos que se expanden y mueren contra el borde de la piedra. Las miro un instante antes de seguir.

—Me prometí que no volvería a pasar. Que nadie tendría ese poder sobre mí otra vez. Construí todo alrededor de esa promesa. La imprenta, los horarios, el té de manzanilla en la oficina. Cada cosa en su sitio para no necesitar a nadie.

—Y funcionó —dice Aurora.

—Funcionó.

—Hasta ahora.

Levanto la vista del charco. Aurora me sostiene la mirada. No hay reproche en su tono. Solo una constatación, como quien lee un poema en voz alta y reconoce el final antes de llegar a él.

—Hasta ahora —repito.

Me paso la lengua por los labios. Saben a lluvia. A sal. A las palabras que no he dicho en ocho días y que se me han quedado atascadas en alguna parte entre el pecho y la boca.

—El miércoles por la noche te envié un mensaje —digo –. Y tú no lo abriste.

—Lo abrí una vez.

—Una vez.

—Y no pude volver a mirarlo. Me daba miedo que las palabras se volvieran reales.

Asiento. Lo entiendo. Yo también he tenido miedo de que las cosas se vuelvan reales. Llevo ocho días con un mensaje en borradores que nunca envié. Ocho días escribiendo y borrando las mismas cuatro frases.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunto.

—¿Qué?

—Que con Claire, cuando sentí el vacío, supe que era el final.

Lo supe y no pude hacer nada. Pero contigo…

—Me interrumpo. El agua golpea las hojas sobre nuestras cabezas.

Una rama cruje –. Contigo el vacío también estaba ahí, pero no era un final.

Era un agujero con algo al otro lado. Y eso me aterraba más.

Aurora aparta la mirada hacia la fuente. El agua de la lluvia se mezcla con la del surtidor. No se distingue dónde empieza una y termina la otra.

—Con Jade —dice –, dejé de ser yo. Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Dejé de ir a la plaza los domingos. Me convertí en una extensión de ella. En lo que ella quería que fuera. Y cuando se acabó, no sabía quién era sin ella.

—Pero ahora dibujas. Y escribes. Y vienes a la plaza.

—Ahora sí.

—Entonces no eres la misma.

Aurora vuelve a mirarme. Tiene los ojos húmedos, pero no sé si es por la lluvia. Las gotas le resbalan por las mejillas como lágrimas que no termina de llorar.

—No —dice –. No soy la misma.

—Yo tampoco.

Me inclino hacia delante. Los codos sobre las rodillas. El papel del pedido se dobla un poco más en mi bolsillo. No me importa. Las invitaciones pueden esperar.

—Mira —digo –. No sé hacer esto. No tengo un manual. Claire se fue a Nueva York sin avisar y yo me pasé un año convenciéndome de que no necesitaba a nadie. Pero apareciste tú con tu paraguas amarillo y tus poemas y tu sonrisa que no era de verdad, y todo lo que construí se tambaleó.

—Mi sonrisa no era de verdad —repite Aurora, y casi suena a broma.

—No. Y la mía tampoco. Pero cuando estoy contigo no tengo que fingirla. Eso es nuevo para mí.

El aguacero arrecia un momento. Las gotas golpean los adoquines con más fuerza. El sonido llena la plaza como un redoble de tambor. Aurora se encoge un poco y yo me acerco sin pensar. Nuestros hombros se tocan. La tela mojada de su camiseta contra la manga de mi chaleco.

—Tengo miedo —dice.

—Yo también.

—Miedo de perderme otra vez. De despertar un día y no reconocerme.

—Miedo de que te vayas —digo –. O de quedarme. No sé cuál de las dos cosas me asusta más.

Aurora apoya la cabeza en mi hombro. Es un gesto pequeño. Podría ser casual. Pero no lo es. Lo sé por el modo en que deja caer el peso, poco a poco, como quien prueba el agua con el pie antes de meterse.

—No quiero promesas —digo –. No te las voy a pedir. Las promesas son jaulas disfrazadas de regalo.

—Entonces, ¿qué quieres?

Respiro hondo. El aire huele a tierra mojada y a salitre. A ciudad lavada. A algo nuevo que no sé nombrar.

—Quiero que caminemos juntas. Sin refugio. Sin distancia. Con los miedos a cuestas, pero sin dejar que ellos decidan por nosotras.

Aurora levanta la cabeza. Me mira. Sus ojos están a un palmo de los míos. Puedo ver las motas doradas en el iris, las pestañas pegadas, la gota que le cuelga del lóbulo de la oreja y que no se decide a caer.

—¿Y si me pierdo? —pregunta.

—Te encontraré.

—¿Y si te pierdo yo a ti?

—Me encontrarás.

No sé si es verdad. No sé si se puede prometer algo así sin mentir. Pero lo digo y lo siento, y por primera vez en mucho tiempo, sentir algo no me da ganas de salir corriendo.

—Hazel.

—¿Qué?

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. Aún no hemos llegado a tu casa.

Aurora suelta una risa corta. No es la sonrisa de fachada. Es una risa de verdad, pequeña y rota, que le sale del pecho como un hipo. Me contagia. Las comisuras me tiemblan y dejo que suban.

La lluvia empieza a amainar. Las gotas se espacian. El ruido sobre los adoquines se vuelve más suave, como si alguien hubiera bajado el volumen del cielo.

—¿Te acuerdas del poema que leíste en la cafetería? —pregunto.

—«El molde».

—Ese. Hablabas de perder la identidad al adaptarte a lo que otros esperaban.

—Lo escribí dos meses después de la ruptura con Jade.

—Lo sé. Me lo dijiste.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque el otro día, en la imprenta, encontré un poema nuevo en tu carpeta. El que habla de lo que estás encontrando en vez de lo que has perdido.

Aurora parpadea. El agua le gotea de la punta de la nariz.

—Lo leíste.

—Lo leí.

—No me dijiste nada.

—No sabía cómo. Pero ese poema… es distinto. Es tuyo de verdad. No es sobre el miedo. Es sobre lo que has dejado de temer.

Aurora baja la vista. Sus dedos se mueven sobre el borde del banco, trazando una línea invisible en la piedra mojada.

—Lo escribí después de nuestra conversación en la azotea —dice –. Después de que me contaras lo de Claire.

—¿Y qué dice?

—Dice que ya no tengo miedo de estar vacía. Que el vacío no es un agujero. Es un espacio. Y que por primera vez, quiero llenarlo yo.

Me quedo callada. Las palabras se me quedan dentro, pero no como un nudo. Como algo que se asienta. Como un poso de café en el fondo de la taza.

—Eso es lo que quiero —digo al fin –. Llenar mi espacio yo. Y que tú llenes el tuyo. Y que nuestros espacios se toquen sin invadirse.

—Como dos casas con un patio compartido.

—Algo así.

—Me gusta esa imagen.

—A mí también.

El cielo se abre un poco. Un rayo de sol se cuela entre las nubes y pinta una franja dorada sobre los adoquines mojados. La luz rebota en los charcos y me hace entornar los ojos. La paloma de antes alza el vuelo y desaparece detrás de la fuente.

—Se está despejando —dice Aurora.

—Sí.

—Deberíamos irnos.

—Deberíamos.

Ninguna se mueve. El banco está frío y la ropa empapada me pesa, pero no quiero levantarme. Quiero quedarme aquí un minuto más. Dos. Los que hagan falta.

—¿En qué piensas? —pregunta Aurora.

—En que no quiero que esto se acabe.

—¿El qué?

—Este momento. Esta plaza. Esta lluvia. Tú y yo sin filtros.

Aurora estira la mano. La deja sobre el banco, entre las dos, con la palma hacia arriba. La miro. Miro su mano. Los dedos largos y las uñas cortas y la línea de la vida que se curva hacia la muñeca.

Pongo mi mano sobre la suya.

No entrelazamos los dedos. No hace falta. Es solo una mano sobre otra. Piel fría y mojada. El peso exacto de estar presente.

—Vamos —dice Aurora.

—Vamos.

Nos ponemos de pie. Las piernas me tiemblan un poco por el frío y la tensión acumulada. Me sacudo el agua del chaleco con un gesto automático. Aurora se recoloca el pelo detrás de las orejas y escurre las puntas con dos dedos.

La plaza está vacía. Los adoquines brillan bajo la luz nueva. El banco se queda atrás, con dos siluetas de agua marcadas en la piedra. Nuestras siluetas. La prueba de que estuvimos aquí.

Echamos a andar. Nuestros pasos no suenan igual: los suyos son más ligeros, los míos más firmes. Pero vamos al mismo ritmo.

—Hazel —dice Aurora sin dejar de caminar.

—¿Qué?

—Me alegro de que vinieras.

—Yo también.

La calle se abre delante de nosotras. Al final, el edificio de Aurora asoma entre dos palmeras. Las ventanas reflejan el sol que empieza a imponerse sobre las nubes. No sé qué va a pasar mañana. No sé si esto funcionará. Pero hoy he dicho la verdad. Toda. Y la verdad no me ha destruido.

Aurora me mira de reojo. Sus ojos ya no están húmedos. Tienen el brillo de quien acaba de salir a la superficie después de mucho rato bajo el agua.

—¿En qué piensas ahora? —pregunta.

—En que quiero imprimir tus poemas.

—¿En serio?

—En serio. Todos. Los veinticinco. Con tinta buena y papel verjurado. Para que los tengas. Para que no se te olvide que los escribiste tú.

Aurora sonríe. Esta vez no es una risa rota ni un hipo. Es una sonrisa entera, que le ocupa toda la cara y le hace un pliegue junto al labio.

—Me parece bien —dice.

Seguimos caminando. El sol calienta los adoquines y levanta un vapor fino que huele a verano. A mi lado, Aurora respira hondo. Yo también. Y por primera vez en ocho días, el aire me llega hasta el fondo de los pulmones.