Bajo la Lluvia Intensa
La lluvia no avisa. Llevo ocho días mirando el móvil y ocho días sin hacer nada, y esta mañana me he levantado y he salido de la imprenta sin cerrar la puerta del todo. Algo se ha roto dentro de mí, o se ha abierto, y no sé cuál de las dos cosas es peor.
Camino por las calles del Viejo San Juan con el agua resbalándome por el cuello.
Los adoquines brillan bajo la cortina de lluvia, y el sonido de mis pasos se pierde en el estruendo del agua contra los tejados.
No llevo paraguas. No he pensado en cogerlo.
Solo he pensado en ella, en Aurora, en el banco de piedra donde nos sentamos aquella primera tarde y en cómo su risa llenaba los silencios que yo nunca supe habitar.
La plaza está casi vacía. Un hombre corre con un periódico sobre la cabeza. Una mujer empuja un carrito de compras con una bolsa de plástico atada al mango. El resto es agua y piedra mojada y el rumor denso de la tormenta.
Y entonces la veo.
Aurora está sentada en el banco, inmóvil, con la ropa pegada al cuerpo y el cabello castaño convertido en mechones oscuros que le caen sobre los hombros.
No se cubre. No se mueve. Parece más pequeña que nunca, como si la lluvia la hubiera encogido, como si los ocho días de silencio le hubieran restado centímetros de estatura.
Me detengo a unos pasos. El agua me corre por la frente y me entra en los ojos, pero no parpadeo.
No quiero perderme ni un segundo de esta imagen, por dolorosa que sea, porque es la prueba de que no me lo he inventado todo.
La distancia ha sido real. Su ausencia ha sido real.
Y ahora está aquí, empapada y quieta, y yo no sé si he venido a rescatarla o a pedirle que me rescate a mí.
Mis dedos encuentran el borde del móvil en el bolsillo del pantalón. El mensaje que nunca envié sigue allí, en la pantalla de borradores. Ocho días. Ocho días esperando una respuesta que no llegaba, y ahora entiendo que Aurora tampoco ha sabido qué hacer con el suyo.
El banco de piedra tiene un charco en el centro, justo donde debería sentarme.
No me importa. Doy tres pasos y me detengo otra vez.
Aurora no me ha visto. Tiene la mirada fija en el suelo, en el agua que corre entre las juntas de los adoquines, y sus manos descansan sobre las rodillas con los dedos entreabiertos, como si acabara de soltar algo.
La lluvia repica contra la piedra con un ritmo irregular. A veces arrecia, a veces se calma, y en los intervalos de calma escucho mi propia respiración. Aurora no se ha dado cuenta de que estoy aquí. O sí, pero no levanta la cabeza. Con ella nunca se sabe. Con ella todo es posible y todo da miedo.
Recuerdo la primera vez que la vi. Fue en esta misma plaza, un martes por la tarde, y llovía como hoy.
Ella llevaba un paraguas amarillo y una sonrisa que me pareció demasiado grande para ser cierta.
Ahora sé que lo era. Ahora sé que detrás de aquella sonrisa había un agotamiento que yo tardé semanas en entender.
Ahora sé que escribe poemas sobre el miedo a perderse y que guarda un dibujo de dos figuras bajo un paraguas.
Ahora sé que le aterra repetir lo que vivió con Jade y que su silencio no ha sido desinterés, sino pánico.
Pero saberlo no hace que duela menos.
El agua me empapa la espalda. Siento el frío en los hombros y en la nuca, pero es un frío limpio, un frío que no tiene nada que ver con el vacío de estos ocho días.
Ese frío era distinto. Ese frío se me instaló en el pecho la noche que envié el mensaje y no recibí respuesta, y ha ido creciendo cada mañana al despertarme y ver la pantalla del móvil en blanco.
Aprieto el teléfono dentro del bolsillo.
Noto el borde del papel doblado con el pedido de las invitaciones de boda, el que llevo desde el sábado sin entregar.
Ciento diez impresas de doscientas. El resto se ha quedado en la imprenta, sobre la mesa de trabajo, esperando a que yo volviera a ser capaz de concentrarme en algo que no fuera Aurora.
—Hazel.
Su voz me llega entre la lluvia, baja y rota, y tardo un segundo en comprender que me ha visto.
Aurora levanta la cabeza y sus ojos me miran desde un lugar que no reconozco.
No es la chica del paraguas amarillo. No es la chica que leía poesía en la Cafetería El Sol.
Es alguien que ha estado llorando y que ya no le importa que yo lo sepa.
—He venido —digo.
Es lo único que se me ocurre. Dos palabras que no explican nada y que lo explican todo.
Aurora no responde. Vuelve a bajar la mirada, y sus dedos se cierran sobre las rodillas. La lluvia le resbala por las mejillas y no sé si lo que veo es agua o lágrimas. Quizá las dos cosas. Quizá ya no hay diferencia.
Me siento a su lado. El charco me cala los pantalones al instante, pero no me muevo.
El banco está frío y la piedra áspera me raspa las palmas cuando apoyo las manos.
Aurora no se aparta. No dice nada. Su hombro queda a dos centímetros del mío, y esa distancia mínima es la primera verdad que compartimos en ocho días.
—No abrí tu mensaje —dice al fin.
Lo dice sin mirarme, con los ojos clavados en el agua que corre entre los adoquines.
—Lo leí una vez. Solo una. Y después no pude volver a abrirlo.
Asiento. No sé qué decir. He imaginado esta conversación docenas de veces durante las noches en vela, pero ninguna de las versiones que ensayé empezaba con una confesión tan limpia.
—Pensé que si lo leía otra vez, las palabras se volverían reales —continúa –. Y si se volvían reales, tendría que hacer algo con ellas. Y no sabía qué. No sabía cómo.
La lluvia arrecia. El sonido del agua contra la piedra se vuelve ensordecedor durante unos segundos, y aprovecho ese ruido para ordenar mis pensamientos. Cuando amaina, Aurora sigue hablando.
—Con Jade dejé de dibujar. Dejé de escribir.
Dejé de venir a la plaza los domingos. —Su voz se quiebra, pero no llora –.
Me convertí en alguien que no era yo, y ni siquiera me di cuenta hasta que se fue.
Y cuando te conocí, pensé que sería distinto.
Pero en cuanto empecé a sentir algo, me entró el mismo miedo. El miedo a desaparecer otra vez.
Giro la cabeza para mirarla. Su perfil se recorta contra la cortina de lluvia, y sus pestañas están pegadas en puntas oscuras. No sonríe. No intenta desviar la conversación con un chiste. Está aquí, entera, y me está dando lo único que puede darme: la verdad.
—No soy Jade —digo.
Aurora cierra los ojos.
—Lo sé.
—Y tú no eres Claire.
Abre los ojos y me mira. Es la primera vez en toda la conversación que me sostiene la mirada, y en sus ojos hay algo que no había visto antes. No es alegría forzada. No es tristeza. Es otra cosa. Es el reconocimiento de que las dos estamos rotas por sitios distintos, pero rotas al fin.
—Claire se fue sin avisar —digo, y las palabras me salen más despacio de lo que las pienso –.
Dos semanas después de decirme que necesitaba espacio.
Me dejó vacía, y llené ese vacío con rutinas y horarios y la certeza de que no necesitaba a nadie.
Pero no era cierto. Era solo una forma de no tener que admitir que me daba miedo que alguien volviera a irse.
La lluvia ha aflojado. Ahora es una llovizna fina que lo envuelve todo en un velo gris. Los pocos transeúntes que quedaban han desaparecido. La plaza es nuestra.
—No sé cómo hacer esto —dice Aurora, y su voz suena más firme que antes –. No sé cómo estar contigo sin perderme.
—Yo no sé cómo estar contigo sin tener miedo de que te vayas.
Se hace un silencio. No es un silencio tenso ni un silencio que pese. Es un silencio que respira, un silencio que nos da permiso para estar aquí sin tener que llenarlo de palabras.
Miro el banco de piedra, la madera del respaldo oscurecida por el agua, el charco que se ha formado en el asiento y que nos empapa a las dos.
Pienso en la imprenta vacía, en Minerva atascada los lunes, en el té de manzanilla que compré para su visita y que sigue en la oficina trasera.
Pienso en el dibujo del girasol que Aurora me enseñó aquella tarde, y en el poema que me leyó en la cafetería, el que hablaba de perder la identidad al adaptarse a las expectativas ajenas.
—¿Sabes lo que más miedo me da? —pregunto.
Aurora niega con la cabeza.
—Que esto sea real. Que tú y yo seamos reales. Porque si es real, puedo estropearlo. Y si lo estropeo, no voy a tener a quién culpar.
Aurora suelta una risa breve, una risa que no es alegre pero tampoco amarga. Es una risa de reconocimiento, como quien encuentra a alguien que habla su mismo idioma.
—A mí me da miedo no estropearlo —dice –. Porque si no lo estropeo, significa que esto va en serio. Y si va en serio, tengo que confiar en que no voy a desaparecer.
La llovizna se detiene. El cielo sigue gris, pero una claridad tenue se abre entre las nubes y tiñe la plaza de una luz plateada. Las hojas de los árboles gotean. El agua corre por las canaletas y se pierde en las alcantarillas con un rumor sordo.
Me llevo la mano al bolsillo y saco el móvil. La pantalla está mojada y mis dedos resbalan al desbloquearla. Busco los borradores y encuentro el mensaje que nunca envié. Lo leo en silencio, con Aurora a mi lado, y las palabras me parecen ridículas y necesarias al mismo tiempo.
—Lo escribí hace ocho días —digo –. Y no lo envié porque me daba miedo que no respondieras.
Aurora mira la pantalla. Sus ojos recorren las líneas que escribí una noche de insomnio, con la imprenta en silencio y el móvil como única compañía.
—Dice que la imprenta está vacía sin mí —murmura.
—Porque es verdad.
Aurora aparta la mirada de la pantalla y la clava en mí. Su mano se mueve sobre su rodilla, se despega de la tela mojada y recorre los dos centímetros que nos separan. Sus dedos rozan los míos, fríos y húmedos, y se quedan allí, sin apretar, sin exigir.
—No quiero que esto se acabe —dice.
—Yo tampoco.
—Pero no sé si voy a saber hacerlo bien.
—Yo tampoco.
Me mira. La sostengo. El banco de piedra sigue frío y la ropa sigue empapada, pero algo ha cambiado en el aire. No es una promesa. No es una declaración. Es un punto de partida, un lugar desde el que empezar a construir algo que ninguna de las dos sabe aún cómo se llama.
—¿Y ahora qué? —pregunta Aurora.
Guardo el móvil en el bolsillo. El papel doblado del pedido de las invitaciones se ha humedecido y noto sus bordes reblandecidos contra los dedos. Ciento diez impresas. Me quedan noventa. El sábado está cerca.
—Ahora te acompaño a casa —digo –. Y mañana vienes a la imprenta, si quieres. O no. O vienes pasado. Pero esta vez me dices si tienes miedo, y yo te digo si lo tengo yo, y no nos quedamos ocho días en silencio esperando que la otra adivine lo que pasa.
Aurora asiente. Se incorpora del banco con movimientos lentos, como si el cuerpo le pesara, y se queda de pie bajo la luz plateada que se cuela entre las nubes.
La ropa le cuelga de los hombros. El cabello le gotea sobre la espalda.
Pero ya no parece pequeña. Parece alguien que acaba de soltar un peso muy grande y todavía no sabe caminar sin él.
Me levanto. El frío de la piedra se me ha metido en los huesos y las piernas me tiemblan al enderezarme. Doy un paso hacia ella y me detengo. Hay algo que necesito decir antes de que echemos a andar.
—Gracias —digo.
Aurora frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Por no haber abierto el mensaje. Por haber venido aquí. Por decirme la verdad.
Aurora parpadea. Una gota de agua le resbala desde la sien hasta la mandíbula y se detiene en el borde del mentón. No la aparta. No sonríe. Simplemente me mira, y en sus ojos está todo lo que no necesita decir.
Echamos a andar. La plaza queda atrás, con su banco vacío y sus adoquines mojados, y delante se abre la calle que lleva al apartamento de Aurora.
La lluvia ha cesado del todo. El cielo sigue encapotado, pero la luz que se filtra entre las nubes tiene un tono dorado, como si el sol estuviera a punto de asomar.
Camino a su lado, sin prisa. Nuestros pasos no suenan igual: los suyos son más ligeros, los míos más firmes. Pero vamos al mismo ritmo. Y por primera vez en ocho días, no siento la necesidad de mirar el móvil.