La Tormenta Interna
El teléfono lleva tres días sobre la mesa del comedor.
No lo he movido. No lo he tocado. La pantalla se encendió dos veces desde el martes: una con un aviso de batería baja y otra con el mensaje de Hazel.
El nombre aparece en la notificación, pequeño y quieto, y yo sigo aquí, sentada en el borde del sofá, con las piernas dobladas bajo el cuerpo y el ventilador girando despacio sobre mi cabeza.
El mensaje llegó el miércoles por la noche. Hoy es viernes.
Me paso la mano por el pelo. Está húmedo en la nuca.
El calor de mayo no da tregua ni siquiera después del atardecer, y la ventana abierta solo deja entrar el ruido de los coches y el olor a fritura del puesto de la esquina.
La grieta del techo se alarga desde la lámpara hasta la esquina de la ventana, y la sigo con la mirada como si fuera la primera vez que la veo.
No es la primera vez. Llevo tres días mirándola.
El mensaje de Hazel dice: No sé si esto te llega. No sé si quieres que te llegue. Pero la imprenta está vacía sin ti y no sé cómo decirlo de otra manera.
Lo leí una vez. Solo una. Después bloqueé la pantalla y apoyé el teléfono boca abajo sobre la mesa, y no lo he vuelto a levantar. Me da miedo leerlo otra vez. Me da miedo que las palabras se gasten si las repito demasiado, o que se vuelvan verdad de tanto mirarlas, o que dejen de serlo.
Me da miedo que Hazel sea real.
Porque si Hazel es real, entonces esto también lo es. El vacío que siento ahora mismo. Las ganas de contestarle. El impulso de escribirle algo que no sea un borrador que voy a borrar antes de enviar. Y si esto es real, entonces puedo volver a perderme.
Me levanto del sofá. La cocina está a cuatro pasos, pero me quedo de pie en el centro de la sala, sin ir a ninguna parte.
El apartamento es pequeño: el dormitorio al fondo, la cocina a la izquierda, el baño junto a la puerta de entrada.
Lo conozco de memoria. Cada baldosa, cada mancha de humedad en la esquina del techo, cada crujido del suelo cuando piso la tercera tabla desde la ventana.
Aquí estoy yo. Este es mi espacio. Mi nombre en el buzón, mis libros en la estantería, mi taza favorita en el fregadero.
Con Jade no era así.
El pensamiento llega sin pedir permiso, como llegan siempre los recuerdos de Jade: de golpe, con olor a café y a revelador fotográfico. Me siento otra vez en el borde del sofá. Las manos me tiemblan un poco al apoyarlas sobre las rodillas, y las miro como si fueran de otra persona.
Con Jade no había espacio. No había mi taza favorita. No había mis libros.
Jade decía que mi taza era fea y me compró una nueva.
Jade decía que mis libros eran infantiles y me dejó los suyos.
Jade decía que mi forma de vestir era demasiado llamativa y me prestaba sus camisas negras, sus vaqueros oscuros, su colonia.
Yo me ponía su ropa y usaba su taza y leía sus libros, y al final del primer año ya no sabía si me gustaba el café con leche o si me gustaba porque a Jade le gustaba.
Dejé de dibujar.
Dejé de escribir.
Dejé de ir a la plaza los domingos.
Y cuando Jade se fue, no supe qué hacer con el silencio. No supe qué hacer conmigo.
Me llevó meses reconstruir algo que se pareciera a mí.
Los poemas. La carpeta de veinticinco páginas que ahora está guardada en el cajón del escritorio, debajo de un cuaderno viejo, como si esconderla me protegiera de lo que dicen.
Escribí sobre perder la identidad. Escribí sobre adaptarme a las expectativas ajenas.
Escribí «El molde» dos meses después de la ruptura, con las manos todavía temblorosas y la sensación de estar vacía por dentro.
Y luego apareció Hazel.
Hazel, que no me pidió que cambiara nada. Hazel, que escuchó mis poemas sin juzgarlos. Hazel, que me ofreció té de manzanilla y me dijo que su independencia era un mecanismo de defensa, y que echaba de menos a Claire en los días malos, y que eso le daba rabia.
Hazel, que me miró como si yo fuera suficiente.
Y ahora tengo su mensaje en el teléfono y no puedo contestarlo.
Porque ¿y si esto es igual?
¿Y si la intensidad que siento ahora es la misma que sentí con Jade al principio? ¿Y si dentro de seis meses estoy usando su taza y leyendo sus libros y olvidándome de que a mí me gusta el café solo? ¿Y si Hazel no es diferente? ¿Y si yo no soy diferente?
Me llevo las manos a la cara. Los dedos están fríos a pesar del calor. Respiro hondo y noto el aire caliente en la garganta, y el zumbido del ventilador se mezcla con el ruido de un motor que pasa por la calle.
El dibujo del girasol está en la mesa.
Lo hice un día antes de que Hazel viniera a mi casa. Dos figuras bajo un paraguas amarillo. Lo dibujé sin pensar, casi sin mirar el papel, y cuando terminé supe que era ella. Supe que era yo. Supe que era nosotros, aunque todavía no existía un nosotros.
Lo cojo con cuidado. El papel está un poco arrugado en una esquina. Las líneas son torpes, pero las figuras se reconocen: una más alta, otra más baja, las dos bajo el paraguas de mi abuela. El paraguas que me llevé a la imprenta el primer día. El paraguas que nos hizo encontrarnos.
Hazel me dijo que la imprenta estaba vacía sin mí.
Y yo sé que es verdad. Sé que la imprenta está vacía sin mí porque yo también estoy vacía sin la imprenta. Sin el olor a tinta y a papel. Sin el ruido de la Minerva. Sin la forma en que Hazel apoya la mano sobre el papel recién impreso, despacio, como si acariciara algo vivo.
Pero no puedo contestarle.
Porque si le contesto, esto empieza. Y si esto empieza, puede terminar. Y si termina como terminó con Jade, no voy a sobrevivir otra vez.
La pantalla del teléfono se apaga.
El ventilador sigue girando. La luz de la calle entra por la ventana y dibuja un rectángulo pálido en el suelo. Me quedo sentada en el sofá, con el dibujo del girasol en las manos, escuchando mi propia respiración.
Hace tres días que no duermo bien. Anoche me desperté a las tres de la mañana con la sensación de que alguien me llamaba, pero el apartamento estaba en silencio y el teléfono no tenía notificaciones nuevas.
Me quedé mirando el techo hasta que la grieta se volvió borrosa y el sueño me arrastró de nuevo.
Hoy es viernes. Mañana tengo que ver a Amber en la plaza, a las once. Se lo prometí. Le debo una explicación, aunque no sé qué voy a decirle. Lo siento, Amber, he estado evitando a la única persona que me hace sentir real porque tengo miedo de que sea demasiado real.
Amber me miraría con esa expresión suya, la de estudiante de psicología que ya ha leído tres libros sobre apego emocional y sabe exactamente lo que me pasa antes de que yo lo sepa. Me diría que estoy saboteando algo bueno. Me diría que Hazel no es Jade.
Y yo le diría que lo sé.
Lo sé.
Hazel no es Jade. Hazel no me pide que cambie. Hazel no me presta su ropa ni me compra tazas nuevas ni me dice que mis libros son infantiles. Hazel me escucha. Hazel me lee. Hazel guarda té de hierbas en la oficina trasera para los días largos y compró manzanilla específicamente para mi visita.
Pero el miedo no entiende de lógica. El miedo es un animal pequeño y estúpido que se esconde debajo de las costillas y gruñe cada vez que alguien se acerca demasiado.
Me levanto otra vez. Esta vez voy a la cocina. Abro el grifo y dejo correr el agua hasta que sale fría. Lleno un vaso y bebo despacio, apoyada en la encimera. El reloj del microondas marca las nueve y cuarto.
Hazel estará en su casa ahora. O en la azotea.
Sube a la azotea cuando necesita pensar, desde hace dos años.
Me lo contó una tarde, sentadas en los escalones de la imprenta, mientras el sol se ponía detrás de los tejados del Viejo San Juan.
Me dijo que el vecino del tercero le dio la llave.
Me dijo que desde allí se ve la antena del puerto.
Me pregunto si estará allí ahora. Me pregunto si estará mirando el teléfono, esperando una respuesta que no llega. Me pregunto si se habrá cansado de esperar.
Me pregunto si Hazel siente lo mismo.
La idea me golpea con tanta fuerza que dejo el vaso en la encimera y me quedo inmóvil, con el agua todavía fría en la boca.
Hazel también tiene miedo. Hazel también fue abandonada.
Claire se fue a Nueva York sin avisar, dos semanas después de decirle que necesitaba espacio.
Hazel construyó su independencia como un muro, ladrillo a ladrillo, para que nadie pudiera volver a hacerle daño.
Y ahora yo soy la que no contesta. Yo soy la que se aleja. Yo soy la que repite el patrón sin darme cuenta, convirtiéndome en lo que más temo.
Vuelvo a la sala. El teléfono sigue boca abajo sobre la mesa. Lo cojo. La pantalla está fría. La enciendo.
El mensaje de Hazel sigue allí.
No sé si esto te llega. No sé si quieres que te llegue. Pero la imprenta está vacía sin ti y no sé cómo decirlo de otra manera.
Lo leo por segunda vez. Las palabras no se han gastado. Siguen siendo verdad.
Mis dedos se quedan quietos sobre la pantalla. Podría escribirle ahora. Podría decirle que tengo miedo. Podría decirle que no soy la persona que ella cree, que estoy rota por dentro, que Jade me vació y no sé si queda algo que merezca la pena.
Podría decirle que la echo de menos.
Pero no lo hago.
Bloqueo la pantalla. Apoyo el teléfono sobre la mesa, esta vez boca arriba. El dibujo del girasol sigue en mi otra mano, y lo miro un momento antes de dejarlo también sobre la mesa, al lado del teléfono.
Dos figuras bajo un paraguas amarillo.
El ventilador se para un segundo, como si dudara, y luego vuelve a girar. La luz de la calle titila. Alguien arrastra un carro sobre los adoquines, a lo lejos, y el sonido se acerca y se aleja.
Me siento en el sofá. No enciendo la luz. Me quedo en la penumbra, con las manos quietas sobre las rodillas, mirando la pantalla apagada del teléfono.
Mañana es sábado. A las once tengo que ver a Amber. Y el jueves, a las cuatro, tengo que ir a la imprenta.
El jueves. A las cuatro.
La cita que hicimos hace semanas. La cita que no he cancelado. La cita que Hazel no ha cancelado.
El jueves a las cuatro.
Quizás para entonces haya encontrado el valor de contestar.
Quizás para entonces haya aprendido a tener miedo sin dejar que el miedo decida por mí.
La pantalla del teléfono sigue apagada. El ventilador gira. La noche entra por la ventana, densa y cálida, y yo me quedo aquí, con los ojos fijos en la grieta del techo, esperando algo que no sé nombrar.