La Distancia Inesperada
La imprenta huele a tinta fresca y a papel húmedo, aunque no ha llovido en tres días. Me quedo de pie junto a la prensa de prueba, con una mano apoyada en la bandeja de alimentación, sin moverme. El motor de Minerva ronronea en ciclo bajo, esperando la siguiente orden que no llega.
El reloj de pared marca las diez y cuarto. Lo miro. Luego miro el móvil sobre la mesa de trabajo, con la pantalla negra.
No hay mensajes.
Reviso tres veces en la última hora. Cuatro.
La primera fue al llegar, a las siete, cuando colgué la mochila en el gancho de la oficina y encendí las máquinas.
La segunda, después de preparar el té de manzanilla que sobró de la visita de Aurora —el que compré para ella, y que ahora bebo sola frente a la pila de invitaciones sin terminar.
La tercera fue hace doce minutos, cuando el zumbido de un coche en la calle me hizo levantar la cabeza.
No era nadie.
El pedido de las doscientas invitaciones sigue sobre la mesa, con las cartulinas de borde dorado apiladas en tres columnas. He terminado ochenta y siete. El sábado está a cuatro días y el trabajo no se va a hacer solo, pero mis dedos se quedan quietos sobre el papel sin encontrar el ritmo.
Pienso en la última vez que Aurora estuvo aquí. En cómo esquivó mis ojos cuando le pregunté qué le pasaba. En la forma en que dijo «no significa nada» y yo supe, en ese mismo instante, que estaba midiendo cada palabra.
Claire también medía las palabras al final.
Me aparto de la prensa y camino hacia la oficina trasera. No necesito nada allí. Solo necesito moverme, hacer algo con el cuerpo para que la cabeza deje de repetir la misma escena. Abro el cajón donde guardo el té. Lo cierro. Vuelvo a la mesa de trabajo.
El móvil sigue en silencio.
Cojo una cartulina nueva y la coloco en la guía de la prensa de prueba. El borde dorado refleja la luz del fluorescente. Ajusto la palanca de presión con más fuerza de la necesaria. La máquina responde con un golpe seco y la invitación sale impresa: «Juntos celebramos…».
La dejo sobre la pila.
Ochenta y ocho.
Hace tres días que Aurora no escribe. Tres días desde que su último mensaje se quedó sin respuesta —no porque yo no quisiera contestar, sino porque no supe qué decir. Y ahora el silencio es suyo, no mío, y pesa distinto.
Me paso la mano por el pelo recogido y noto un mechón suelto. Lo engancho detrás de la oreja sin mirar.
—Estás haciendo el ridículo —digo en voz baja.
Nadie me escucha. La imprenta está vacía, como casi siempre.
Mi tío no viene hasta el lunes. Los clientes recogen los pedidos por la tarde y nunca se quedan.
Este lugar ha sido mi refugio desde que tengo memoria, el único sitio donde el mundo tiene un orden: encender las máquinas, preparar el papel, imprimir, repetir.
Cada gesto tiene un principio y un final predecible.
Pero hoy la rutina no me sostiene.
Hoy cada pausa entre impresión e impresión se llena con la imagen de Aurora bajo el paraguas amarillo, aquella primera tarde, con el pelo castaño pegado a las mejillas por la lluvia.
Con su forma de hablar rápido y sonreír como si no pesara nada, aunque yo ya sé que pesa.
Con la manera en que dejó de sonreír cuando me leyó su poema y esperó, quieta, a que yo dijera algo.
Echo de menos esa espera. Echo de menos su risa.
Apoyo las dos manos en la mesa y dejo caer el peso del cuerpo hacia delante. La madera está fría. Las cartulinas sin imprimir ocupan todo el espacio libre y no hay sitio para apoyar los codos sin arrugar algo.
Me incorporo. Cojo el móvil. Lo desbloqueo.
El chat con Aurora está exactamente donde lo dejé: su último mensaje, sin responder, y debajo el vacío de tres días. Escribo «Oye» y lo borro. Escribo «¿Estás bien?» y lo borro. Escribo «Te echo de menos» y lo borro antes de terminar la frase.
Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sobre la mesa.
No sé dar el primer paso. No sé pedir que alguien se quede sin sentir que estoy renunciando a algo.
Claire me enseñó que querer a una persona es darle un mapa de tus puntos débiles y esperar que no los use para irse.
Y Claire se fue. Sin avisar, sin despedirse, dos semanas después de decirme que necesitaba espacio.
Como si yo fuera un trámite que podía resolverse con silencio.
Me prometí no volver a esperar a nadie.
Y sin embargo aquí estoy, mirando un móvil apagado como si pudiera encenderse solo.
La prensa grande emite un chasquido. Es el sonido de la caldera al enfriarse, un ciclo automático que conozco de memoria. Significa que llevo demasiado tiempo parada. Camino hasta el panel de control y ajusto la temperatura. El indicador sube despacio.
Mientras espero, miro hacia la puerta de la calle. La persiana metálica está medio bajada, como siempre por las mañanas, y la luz que entra dibuja franjas en el suelo de cemento. Veo los pies de alguien que pasa por la acera. Unas zapatillas blancas. No son las de Aurora.
Vuelvo a la mesa.
¿Se está alejando de verdad o soy yo la que está viendo algo que no existe? ¿Fue el encuentro con Jade el principio de una retirada o solo una casualidad que yo he convertido en amenaza?
Recuerdo la forma en que Aurora dijo el nombre de Jade aquella tarde. Lo dijo rápido, como quien aparta un plato que no quiere comer. Pero lo dijo. Y luego cambió de tema y yo la dejé porque no quería parecer la chica que necesita explicaciones.
No quiero ser la chica que necesita nada.
Cojo otra cartulina. La coloco. Acciono la palanca. Ochenta y nueve.
El problema no es Jade. El problema es que yo no sé estar cerca de alguien sin prepararme para el momento en que se vaya.
Es un reflejo que aprendí hace dos años y que ahora funciona solo: en cuanto siento que alguien se aleja un centímetro, yo me alejo un metro.
Así no me pillan desprevenida. Así no me rompen.
Pero esta vez no quiero alejarme.
Esta vez quiero escribirle. Quiero decirle que entiendo que necesite espacio, que yo también me asusto, que no sé hacer esto pero quiero intentarlo. Quiero decirle que la imprenta está demasiado silenciosa sin ella.
No escribo nada.
Me siento en el taburete de la mesa de trabajo y dejo caer los hombros. La postura de alguien que ha perdido una discusión consigo misma. El fluorescente del techo parpadea una vez, como hace siempre a media mañana, y yo cuento los segundos hasta que se estabiliza. Tres. Cuatro.
Me doy cuenta de algo que no había querido admitir: he construido mi independencia como un refugio, pero el refugio se ha convertido en una celda.
Puedo pasar días enteros sin hablar con nadie que no sea un cliente.
Puedo convencerme de que no necesito a nadie.
Pero el vacío que siento ahora no es libertad. Es otra cosa.
Es ausencia.
Me levanto y voy a la oficina trasera. Abro el cajón donde guardo el té y esta vez no lo cierro. Cojo la caja de manzanilla y la miro como si fuera una prueba. La compré para Aurora. Para que se sintiera bienvenida. Para que este lugar, que siempre ha sido solo mío, tuviera algo suyo.
Dejo la caja sobre la mesa.
Vuelvo al taburete. Cojo el móvil. Lo desbloqueo. Abro el chat. Escribo despacio, pesando cada palabra:
«No sé si necesitas espacio o si estás esperando a que yo escriba. Yo tampoco sé hacer esto. Pero la imprenta está muy callada sin ti.»
Lo leo tres veces. Cuatro. El cursor parpadea sobre el botón de enviar.
No lo envío.
Dejo el móvil sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba, y cojo otra cartulina. La coloco en la guía. Aprieto la palanca. La máquina responde con su golpe seco y predecible.
Noventa.
Fuera, en la calle, alguien arrastra un carro sobre los adoquines. El sonido se acerca y se aleja. La persiana metálica tiembla un poco con la vibración. Y yo me quedo aquí, con las manos quietas sobre el papel, esperando algo que no sé nombrar.