El Silencio Crece
El lápiz se detiene a medio trazo. La punta se quiebra contra el papel y el sonido me devuelve al apartamento: el zumbido del ventilador del techo, la luz anaranjada que entra por la persiana, el vaso de agua tibia que llevo una hora sin tocar.
Cuatro días.
Cuatro días desde que salí de la imprenta con la sensación de haber dejado algo a medias. Cuatro días sin pasar por la calle de los adoquines, sin escuchar el ronroneo de Minerva, sin ver las manos de Hazel sobre las cartulinas de borde dorado. Cuatro días sin escribirle.
Miro el cuaderno abierto sobre mis rodillas.
La página en blanco me devuelve la mirada con una indiferencia que antes no tenía.
Antes las palabras llegaban solas, incluso las más oscuras, incluso las que no quería enseñarle a nadie.
Ahora solo hay este silencio que se parece demasiado al que dejé en la imprenta.
Me llevo el lápiz roto a la boca y muerdo la madera sin pensar.
El gesto me recuerda a algo que hacía en el instituto, cuando un examen se me atascaba y Amber me pasaba un bolígrafo de repuesto por debajo de la mesa.
Amber. Hace días que no la veo. Le dije que estaba cansada y ella me miró con esa expresión de psicóloga en prácticas que tanto me irrita y tanto necesito.
Dejo el lápiz sobre el cuaderno. Me levanto del sofá y camino hasta la ventana.
La calle de San Juan está tranquila a esta hora: un grupo de turistas se aleja hacia la plaza, una vecina riega las macetas del balcón de enfrente, un perro ladra tres veces y se calla.
Nada fuera de lo normal. Todo en su sitio menos yo.
El móvil vibra sobre la mesa baja. Lo miro desde la ventana sin acercarme. Podría ser Amber preguntando si quiero bajar a la cafetería. Podría ser un mensaje del instituto. Podría ser Hazel.
Podría ser Jade.
Esa última posibilidad me clava los pies al suelo.
Jade tiene mi número ahora. Lo intercambiamos en la plaza hace cinco días, antes de que todo se torciera, antes de que yo llegara a la imprenta con la inquietud pegada a la piel y Hazel levantara una barrera que no supe cómo atravesar.
Jade dijo algo de tomar un café, de retomar la amistad, y yo dije que sí porque decir que no siempre me ha costado más que tragarme un vaso de agua salada.
El móvil vibra otra vez. Dos mensajes.
Respiro hondo y cruzo el apartamento. La pantalla se ilumina con el nombre de Amber: «Oye, ¿sigues viva? Llevas días desaparecida. El sábado quedamos en la plaza, ¿te acuerdas?». El segundo mensaje es del grupo del instituto. Nada de Hazel. Nada de Jade.
Me siento en el sofá con el móvil en la mano.
Los dedos se me quedan quietos sobre la pantalla.
Podría responderle a Amber. Podría decirle que sí, que estoy viva, que el sábado nos vemos.
Podría contarle lo de Jade, lo de Hazel, lo de este nudo que se me ha instalado en el pecho desde que salí de la imprenta y que no se parece a nada de lo que he sentido antes.
Pero no lo hago. En lugar de eso, abro el cajón de la mesa baja y saco la carpeta.
Veinticinco páginas. Las paso una a una: «El molde», «La casa que no es mía», el poema sobre la lluvia, el que escribí la mañana del día treinta y seis, ese que hablaba de lo que había dejado de temer.
Ese que era para Hazel aunque no llevara su nombre.
Lo releo. Las palabras me parecen ajenas ahora, como si las hubiera escrito otra persona.
Una que todavía creía que abrirse no era un error.
Una que no había vuelto a cruzarse con Jade en una plaza ni había visto cómo la persona en la que estaba aprendiendo a confiar se alejaba sin dar un solo paso.
—No es lo que piensas —dije en la imprenta.
Y era verdad. Pero también era verdad que Jade me había llamado por mi nombre con esa familiaridad de quien te ha visto en pijama un domingo por la mañana.
Que me había hablado de la toalla olvidada en la playa y de las fotos que nunca reveló.
Que yo había dicho que sí a un café cuando debería haber dicho que no.
Hazel no preguntó nada de eso. Solo dijo lo de Claire. Lo de «necesito espacio». Lo de Nueva York sin avisar.
Y yo me quedé allí, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, viendo cómo sus hombros se tensaban y su voz se volvía neutra como el papel sin imprimir.
Cierro la carpeta. La guardo en el cajón. Ya no sé si estos poemas son lo bastante buenos. Ya no sé si revelan demasiado. Ya no sé si la conexión con Hazel era real o si solo estaba proyectando mis deseos sobre la primera persona que me miró sin pedirme una sonrisa a cambio.
El ventilador gira. La luz de la persiana se vuelve más gris. El vaso de agua sigue intacto.
Pienso en el silencio de Hazel. Ese silencio que al principio era cómodo, que no me exigía nada, que me dejaba espacio para ser yo misma. Ese mismo silencio ahora me parece una confirmación. Como si me dijera: tenías razón en tener miedo. Como si me dijera: esto es exactamente lo que temías.
Me tumbo en el sofá. El techo tiene una grieta fina que va desde la lámpara hasta la esquina de la ventana.
La conozco de memoria. La he mirado muchas noches, cuando no podía dormir y el apartamento se sentía demasiado grande para una sola persona.
La miraba después de la ruptura con Jade, cuando me repetía que estaba bien, que no necesitaba a nadie, que había recuperado los domingos en la plaza y los cuadernos de dibujo y las mañanas sin prisas.
Me lo repetía tantas veces que casi me lo creía.
Luego llegó Hazel. Llegó con su imprenta y su té de manzanilla y su forma de escuchar sin interrumpir. Llegó y yo empecé a escribir poemas que no hablaban del miedo sino de lo que estaba encontrando. Empecé a dibujar otra vez. Empecé a pensar que quizá, solo quizá, abrirse no significaba perderse.
Y ahora esto.
Me incorporo. El móvil sigue en mi mano. Abro la conversación con Hazel. El último mensaje es mío, de hace cinco días: «¿Nos vemos el jueves a las cuatro?». No hay respuesta. No la ha habido en todo este tiempo.
Escribo: «Oye.»
Lo borro.
Escribo: «Quería saber si estás bien.»
Lo borro.
Escribo: «Lo de Jade no significa lo que crees.»
Lo borro. Porque suena a justificación. Porque suena a lo que diría alguien que tiene algo que ocultar. Porque no quiero ser esa persona que da explicaciones que nadie le ha pedido.
Dejo el móvil sobre la mesa, boca abajo. Me levanto y voy a la cocina. Abro el grifo y dejo correr el agua hasta que sale fría. Lleno el vaso y bebo de pie, apoyada contra la encimera. El agua me sabe a nada.
En la calle, la vecina ha terminado de regar las macetas. El perro ha dejado de ladrar. Los turistas ya no están. La tarde se va apagando despacio, como una bombilla que parpadea antes de fundirse.
Vuelvo al sofá. El cuaderno sigue abierto por la página en blanco.
El lápiz roto sigue donde lo dejé. Cojo otro lápiz del estuche y lo afilo con la maquinita de manivela que tengo desde el instituto.
El sonido de la cuchilla contra la madera me tranquiliza.
Es un sonido concreto. Un sonido que no admite interpretaciones.
Apoyo la punta sobre el papel. Escribo: «El silencio también es una forma de respuesta.»
Me quedo mirando la frase. Es corta. Es cierta. Pero no es un poema. Es solo una constatación. La tacho con una línea recta y cierro el cuaderno.
Me pregunto si Hazel también siente este vacío.
Si está ahora mismo en la imprenta, con las manos sobre Minerva, imprimiendo invitaciones de boda para gente que sí sabe lo que quiere.
Si ha pensado en mí en estos cuatro días.
Si ha mirado el móvil y ha empezado a escribir un mensaje que luego ha borrado.
Me pregunto si el silencio le pesa tanto como a mí.
La persiana se mueve con el viento. Fuera, el cielo se ha puesto de un color entre gris y violeta, ese tono que anuncia lluvia sin decidirse a soltarla. Las farolas de la calle empiezan a encenderse. Cuento tres, cuatro, cinco puntos de luz antes de apartar la mirada.
Cojo el móvil otra vez. Abro la conversación con Amber y escribo: «Estoy viva. El sábado a las once en la plaza. Te debo una explicación.»
Le doy a enviar antes de arrepentirme. Amber responde casi al instante: «Más te vale. Traigo café y un interrogatorio.»
Casi sonrío. Casi.
Dejo el móvil a un lado y me quedo sentada en el sofá, con las piernas encogidas y la mirada perdida en la calle. El ventilador gira. La grieta del techo sigue ahí. El cuaderno cerrado espera sobre la mesa.
Mañana será otro día. Pasado mañana también.
El sábado iré a la plaza con Amber y le contaré lo de Jade y lo de Hazel y lo de este miedo que no sé cómo explicar sin que suene a excusa.
Pero esta noche no. Esta noche me quedo aquí, con el silencio de la imprenta rebotando en mi cabeza y la certeza de que la distancia entre Hazel y yo ya no se mide en calles ni en días.
Se mide en todo lo que no nos estamos diciendo.
El primer trueno suena a lo lejos. La lluvia empieza a caer sobre los adoquines de San Juan con un repiqueteo suave, constante, como si alguien estuviera pasando las páginas de un libro muy despacio.
No enciendo la luz. Me quedo en la penumbra, escuchando la lluvia, sintiendo cómo el apartamento se llena de ese olor a tierra mojada que entra por la persiana entreabierta.
El móvil no vuelve a vibrar en toda la noche.