Cuando los caminos se cruzan Dudas en la Imprenta
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Dudas en la Imprenta

El timbre de la puerta de la imprenta suena distinto cuando lo empujo con el hombro en vez de con la mano. Tengo el paraguas amarillo en la derecha, todavía cerrado aunque ya no llueve, y la mochila me tira del hombro izquierdo como si llevara dentro algo más que la carpeta y el estuche.

Hazel levanta la vista desde la mesa de trabajo.

Tiene las manos apoyadas sobre una pila de cartulinas blancas y el chaleco de trabajo le cuelga un poco de los hombros, como siempre.

Pero hoy no me mira igual. Sus ojos se quedan en mí un segundo más de lo normal, recorren mi cara, bajan a mis hombros y vuelven a subir antes de que yo haya dado tres pasos.

—Llegas temprano.

Su voz es la de siempre. Baja. Tranquila. Pero yo noto algo debajo, una pregunta que no ha hecho todavía.

—Se me fue el autobús y cogí el siguiente. Ya sabes.

Dejo el paraguas junto a la puerta y me acerco a la mesa. Las cartulinas tienen un borde dorado que no les había visto antes. Las toco con la punta del dedo, solo para tener algo que hacer con la mano.

—Son las invitaciones de boda —dice Hazel –. Las de doscientas copias.

—Son bonitas.

Hazel no responde. Gira una de las cartulinas para alinear el borde con la guía de la mesa. El gesto es suyo, preciso y sin prisa, pero hoy lo hace con una concentración que no le había visto antes. Como si la cartulina necesitara toda su atención y no pudiera apartar ni un segundo para mirarme.

Me quedo de pie al otro lado de la mesa. El zumbido de la prensa grande llena el silencio. Minerva está apagada hoy, quieta en su rincón con la palanca hacia abajo. Me pregunto si Hazel la ha apagado antes de que yo llegara o si lleva así toda la tarde.

—¿Has tenido un día largo? —pregunto.

—Normal. Pedidos. Nada especial.

Coloca otra cartulina. El borde dorado atrapa la luz del fluorescente y me hace pensar en la plaza, en el sol sobre los adoquines, en la cámara de Jade colgando de su hombro.

Respiro hondo. El aire de la imprenta huele a tinta y a papel húmedo, un olor que antes me parecía acogedor y que hoy noto un poco más frío. O quizá soy yo.

—Aurora.

Hazel ha dejado de mover las cartulinas. Me mira con los brazos a los lados, las manos quietas sobre la mesa. No hay reproche en su cara, ni urgencia. Solo esa calma suya que siempre me hace bajar la guardia.

—¿Qué te pasa?

Cuatro palabras. Las dice sin apartar los ojos de los míos. No es una exigencia. Es una puerta que deja abierta para que yo decida si quiero entrar.

Me paso la lengua por los labios. La mochila me pesa en el hombro y me la quito despacio, la apoyo en el suelo junto a la pata de la mesa. Gano tres segundos.

—Nada grave. Me encontré con alguien en la plaza.

—¿Alguien?

—Una persona. De antes.

Hazel no parpadea. Sus dedos se quedan inmóviles sobre la cartulina, el índice y el pulgar a medio centímetro de distancia, como si estuvieran a punto de girar una página que ya no importa.

—¿Jade?

No sé cómo lo sabe. No recuerdo haberle descrito a Jade con tanto detalle como para que pueda adivinar su nombre en tres segundos. Pero ahí está, la palabra exacta, saliendo de su boca con la misma calma con la que dice los precios de las tiradas o el plazo de entrega.

—Sí.

Hazel asiente. Una sola vez. Luego vuelve a mirar las cartulinas y sus dedos recuperan el movimiento, alinean otro borde, giran otra hoja. Pero hay algo en la forma en que baja la cabeza que me deja fuera. Como si acabara de cerrar una ventana que yo no había visto abrirse.

—No ha sido nada —digo, y mi voz suena demasiado rápida, demasiado alta para este espacio –. Me la encontré de casualidad. Me invitó a un café.

—¿Y fuiste?

—No. Bueno, acepté, pero no quiero ir. No sé por qué lo hice.

Hazel no levanta la vista. Sus manos se mueven entre las cartulinas con la misma precisión de siempre, pero más despacio. La pila de la derecha crece. La de la izquierda mengua. El zumbido de la prensa grande se come el espacio que deberían ocupar sus palabras.

Me quedo mirando sus dedos. Tienen restos de tinta en las yemas, pequeñas manchas oscuras que le he visto otras veces y que hoy me parecen un mapa de algo que no sé leer.

—No voy a ir —repito.

—No hace falta que me lo digas.

Su tono no es frío. Es neutro. Plano. Como si estuviera leyendo las especificaciones de un pedido. Pero yo he aprendido a escuchar lo que Hazel no dice, y lo que no dice ahora es que me crea.

—Hazel.

Ella gira otra cartulina. El borde dorado brilla un instante y desaparece bajo la palma de su mano.

—Tengo que terminar esto para el sábado —dice –. Doscientas copias no se imprimen solas.

Me quedo quieta. El fluorescente del techo parpadea una vez, un temblor mínimo que apenas se nota si no estás prestando atención. Yo sí lo noto. Noto también que Hazel ha dejado un espacio vacío entre su cuerpo y el borde de la mesa, un hueco donde antes me apoyaba yo para verla trabajar.

—¿Quieres que te ayude?

—No hace falta.

Cuatro palabras otra vez. Pero estas no son una puerta.

Me acerco a la mesa de todas formas. Cojo una cartulina del montón de la izquierda, la que todavía no ha pasado por sus manos, y la coloco sobre la guía como la he visto hacer a ella otras veces.

Mis dedos no tienen la misma precisión. La cartulina queda torcida, un milímetro desviada hacia la derecha.

Hazel la mira. Luego me mira a mí.

—Así no —dice, y su mano se acerca a la mía para corregir la posición.

Sus dedos se detienen a un centímetro de los míos. No me tocan. Se quedan suspendidos en el aire, lo justo para que yo sienta el calor de su piel sin que llegue a rozarme. Luego retroceden.

—El borde tiene que ir alineado con la marca roja —explica, y su voz vuelve a ser la de la imprenta, la de los pedidos y los plazos de entrega.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Pero sí pasa. Las dos lo sabemos. Hay algo entre nosotras que hace diez minutos no estaba, una distancia que no se mide en centímetros y que ocupa el espacio que antes llenaban sus preguntas y mis respuestas.

Hazel enciende la prensa de prueba. El motor arranca con un zumbido grave que me recorre los pies a través del suelo de cemento.

Coloca la primera cartulina en la bandeja de entrada y ajusta la presión con la palanca lateral.

Sus hombros se mueven bajo el chaleco con una tensión que no les había visto antes.

—¿Hazel?

—Dime.

No sé qué quiero decirle. No sé si quiero explicarle lo de Jade, contarle que me quedé paralizada en la plaza, que acepté un café que no quiero tomar, que me asusta lo fácil que fue para ella hacerme dudar de todo lo que he construido estas semanas.

No sé si quiero decirle que lo único que me ha dado calma desde que entré por esta puerta es el sonido de su voz, y que ahora mismo ni siquiera eso me alcanza.

—Nada —digo –. Olvídalo.

Hazel asiente sin mirarme. La prensa escupe la primera cartulina por la bandeja de salida. El borde dorado ha quedado perfecto, la tinta negra perfectamente centrada. Hazel la recoge y la coloca en la pila de la derecha sin comprobar el resultado. No necesita comprobarlo. Sabe que está bien.

Me quedo de pie junto a la mesa, con las manos colgando a los lados. La mochila sigue en el suelo, apoyada contra la pata metálica. El paraguas amarillo descansa junto a la puerta, todavía cerrado. Fuera, la luz de la tarde empieza a volverse anaranjada contra los cristales del escaparate.

—Puedes sentarte en la oficina si quieres —dice Hazel –. Hay té en el armario.

—Prefiero quedarme aquí.

—Como quieras.

La prensa vuelve a zumbar. Otra cartulina entra. Otra sale. Hazel trabaja con la espalda recta y los codos pegados al cuerpo, un movimiento que he visto docenas de veces y que hoy me parece un muro.

Me apoyo en el borde de la mesa. Mis dedos se quedan a dos palmos de los suyos. No me atrevo a acercarlos más.

—No fue nada —digo, y esta vez mi voz sale más baja, más cerca de como me siento –. Solo fue un encuentro. No significa nada.

Hazel detiene la prensa. El silencio que deja el motor al apagarse es más ruidoso que el zumbido.

—No tienes que darme explicaciones.

—Ya lo sé. Pero quiero.

Sus dedos se quedan quietos sobre la palanca. No me mira. Mira la cartulina que acaba de salir, la tinta fresca que todavía brilla bajo la luz del fluorescente.

—Hace dos años —dice, y su voz es tan baja que tengo que inclinarme un poco para oírla –, Claire me dijo que necesitaba espacio. Que no era por mí, que era por ella. Que no significaba nada.

No respiro.

—Dos semanas después se fue a Nueva York. Sin avisar. Sin despedirse.

Hazel gira la cartulina y la coloca sobre la pila. El gesto es suave, casi delicado. Como si estuviera dejando algo que ya no le pertenece.

—No es lo mismo —digo.

—Ya lo sé.

Pero no me mira. Sus dedos se quedan sobre la cartulina, el índice apoyado en el borde dorado, y yo entiendo de repente que no soy yo la que está en esta habitación.

O no solo yo. Claire también está aquí, en el espacio que Hazel ha dejado entre su cuerpo y la mesa, en la forma en que sus dedos se han detenido a un centímetro de los míos.

—No voy a desaparecer —digo.

Hazel levanta la vista. Sus ojos son los de siempre, oscuros y tranquilos, pero hoy tienen algo que no les había visto antes. No es tristeza. No es enfado. Es algo más pequeño y más hondo, algo que se parece a la semilla que Jade me dejó en el estómago y que todavía no he sabido nombrar.

—Claire tampoco iba a desaparecer —dice.

Enciende la prensa. El zumbido vuelve a llenar la imprenta y ya no hay espacio para las palabras.

Me quedo donde estoy. Mis dedos se apoyan en el borde de la mesa, a dos palmos de los suyos.

La luz del escaparate se vuelve más naranja, luego más gris.

Hazel imprime diez cartulinas, quince, veinte.

Sus hombros no se relajan. Su espalda no se curva.

Trabaja con la misma precisión de siempre, pero yo sé que no me está viendo.

El fluorescente parpadea otra vez. Afuera, alguien arrastra un carro sobre los adoquines y el sonido rebota contra los cristales como un aviso de lluvia que no termina de llegar.