Cuando los caminos se cruzan El Regreso de la Sombra
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El Regreso de la Sombra

El sol de la tarde cae sobre los adoquines de la Plaza del Viejo San Juan y me obliga a entornar los ojos.

Hace cinco días que no veo a Hazel y la calma de nuestra última conversación todavía me acompaña, como una prenda que me queda bien sin necesidad de ajustes.

Las palabras que usamos —sin etiquetas, sin prisas, se han quedado conmigo de una forma que no esperaba.

Las repito en voz baja mientras camino, sin darme cuenta de que muevo los labios.

La plaza está viva a esta hora. Un grupo de turistas rodea a un artesano que talla santos de madera sobre una manta extendida en el suelo.

Dos niños corren detrás de una paloma que no se decide a alzar el vuelo.

El aroma a café recién hecho sale por la puerta entreabierta de un café y se mezcla con la brisa que sube desde el puerto.

Llevo la mochila colgada de un hombro y dentro, entre el estuche y el móvil, la carpeta de poemas.

Veinticinco páginas. La última la escribí esta mañana, antes de salir, y todavía no sé si me gusta.

Habla de una puerta que no necesita llave.

Es cursi, probablemente. Pero era verdad cuando la escribí.

Me detengo frente al quiosco de flores. Las gardenias huelen a infancia, a los domingos con mi abuela antes de que el paraguas amarillo fuera mío. Alargo la mano para tocar un pétalo y justo entonces la oigo.

—¿Aurora?

La voz me llega desde atrás, desde un lugar que conozco demasiado bien. No necesito girarme para saber de quién es. Tiene ese tono que era capaz de llenar una habitación entera sin esfuerzo, esa confianza que siempre me pareció admirable hasta que entendí que también podía aplastarme. Jade.

Me giro despacio, como si el movimiento me costara más de lo normal.

Ahí está, con una cámara colgada al cuello y un pañuelo de colores atado en la muñeca.

Lleva el pelo más corto que la última vez que la vi, o quizá solo lo lleva recogido de otra forma.

Sus ojos me recorren de arriba abajo y noto que se detienen en mi cara más tiempo del necesario.

—Estás distinta —dice, y no es una pregunta.

—Hola, Jade.

Mi voz suena normal. Eso me sorprende. Por dentro tengo la sensación de haber pisado un escalón que no estaba ahí, ese vacío repentino en el pie antes de la caída.

—Te vi desde la otra punta de la plaza y pensé que eran imaginaciones mías —se acerca dos pasos y me da un beso en la mejilla, rápido, como si no hubieran pasado meses –. Pero eres tú. Qué fuerte.

—Sí, soy yo.

—¿Qué haces por aquí? ¿Sigues viviendo en el mismo sitio?

Asiento. No sé qué hacer con las manos. Las meto en los bolsillos de la mochila y toco el borde de la carpeta. El papel me devuelve algo sólido a lo que agarrarme.

—Qué bien —Jade sonríe y su sonrisa es exactamente igual que antes: amplia, cálida, la clase de sonrisa que te hace sentir que eres la única persona en el mundo a la que le presta atención –.

Te echaba de menos, ¿sabes? Hace un par de semanas estuve revelando unas fotos viejas y salías en un montón.

Las de la playa, ¿te acuerdas? Aquel día que se nos olvidó la toalla y tuvimos que volver empapadas.

Me acuerdo. Me acuerdo de todo. Del agua fría en los tobillos, de la arena pegada a la ropa, de cómo ella me cogió la mano al cruzar la carretera y yo sentí que me disolvía en ese gesto, que dejaba de ser yo para convertirme en la chica a la que Jade cogía de la mano.

Recuerdo también la sensación de no saber dónde terminaba ella y dónde empezaba yo.

Recuerdo que me gustaba. Y recuerdo que me daba miedo.

—Claro que me acuerdo —digo.

—Deberíamos repetirlo. O algo parecido. No sé, tomar un café un día de estos. Ponernos al día.

El sol me da en la nuca y noto el calor bajando por el cuello. Una gota de sudor me recorre la espalda, lenta, incómoda. Miro hacia el quiosco de flores. El artesano ha vendido un santo y lo envuelve en papel de periódico.

—No sé, Jade. Ahora mismo tengo bastante con el instituto.

—Venga, un café no es un examen de admisión. —Se ríe, y su risa es la misma de siempre, la que llena el aire y te obliga casi a devolverla –. No te estoy pidiendo que volvamos. Solo te echo de menos. Echo de menos hablar contigo.

Hablar conmigo. Durante nuestra relación, hablar conmigo significaba escucharla a ella.

Sus proyectos, sus exposiciones, sus viajes.

Yo era la que aplaudía, la que animaba, la que se quedaba en casa esperando el mensaje de buenas noches mientras ella salía a cenar con gente de la galería.

Tardé dos meses en darme cuenta de que había dejado de dibujar.

Otro mes en notar que no escribía. Cuando quise recuperar algo mío, no encontré nada.

—No creo que sea buena idea —suelto, y las palabras me salen más secas de lo que pretendía.

El gesto de Jade cambia. Solo un instante. La comisura del labio le tiembla un milímetro antes de recolocarse en la sonrisa. Pero lo veo. Conozco esa boca mejor que la mía.

—¿Tan mal terminamos? —pregunta, y su tono ha perdido una capa de brillo –. Porque yo no lo recuerdo así.

Claro que no lo recuerda así. Ella no fue la que desapareció.

—No terminamos mal. Terminamos, punto.

—Pues por eso. Un café. Sin más.

Una mujer pasa a nuestro lado con un carrito de la compra y nos obliga a separarnos un paso.

Aprovecho ese medio metro de distancia para respirar.

El aire me sabe a sal y a algo dulce, quizá a los buñuelos que fríen en el puesto de la esquina.

Quiero decir que no. Quiero girarme y volver a casa, abrir el cuaderno y escribir hasta que las palabras ocupen el espacio que Jade acaba de invadir.

Pero algo me frena. Quizá la costumbre. Quizá el miedo a ser la mala.

Quizá esa parte de mí que todavía no ha aprendido a decir que no sin sentir que está haciendo algo malo.

—Vale —oigo que digo –. Un café.

Jade asiente, recupera la sonrisa completa. Saca el móvil del bolsillo trasero del pantalón.

—Dame tu número. El mío sigue siendo el mismo, por si acaso.

Se lo doy. Mis dedos rozan la pantalla al teclearlo y el contacto es mínimo, apenas una fricción de piel contra cristal, pero me deja una sensación extraña en la yema del índice.

Jade guarda el móvil y me mira una vez más, ese examen rápido que siempre hacía antes de irse, como si tomara una foto mental.

—Me alegro de haberte encontrado, Aurora. De verdad.

—Yo también.

Miento. Lo sé en el momento exacto en que lo digo.

No me alegro. Siento que el suelo de la plaza se ha vuelto blando bajo mis pies, que la calma de estos cinco días se ha agrietado sin hacer ruido.

Jade se despide con un gesto de la mano y se aleja calle abajo, el pañuelo de colores ondeando en su muñeca como una bandera que conozco demasiado bien.

Me quedo de pie junto al quiosco de flores.

Las gardenias ya no huelen a infancia. Huelen a algo que no sé nombrar.

Meto la mano en la mochila y toco otra vez el borde de la carpeta.

Las veinticinco páginas siguen ahí. El poema de esta mañana, el de la puerta sin llave, me parece ahora ridículo.

Una puerta sin llave no sirve de nada si alguien puede empujarla desde fuera.

El sol sigue cayendo sobre los adoquines.

Los niños han atrapado a la paloma o la paloma se ha cansado de huir.

El artesano guarda los santos en una caja de cartón.

La plaza sigue viva, igual que hace diez minutos, pero yo ya no estoy en ella del mismo modo.

Jade me ha dejado una pregunta que no he sabido contestar y que ahora se instala en el estómago, pequeña y dura, como una semilla que no recuerdo haber plantado.

Camino hacia la salida de la plaza. La mochila me pesa más que antes.

El móvil vibra en el bolsillo y no lo miro.

No quiero saber si es ella, ni quiero saber si no lo es.

Solo quiero llegar a casa, cerrar la puerta y quedarme un rato en silencio, con las manos quietas sobre la mesa, hasta que el ruido que Jade ha dejado dentro de mí se apague o al menos aprenda a convivir con él.