Cuando los caminos se cruzan La Mirada de Amber
57%

La Mirada de Amber

El ventilador del techo zumba en el apartamento con un ritmo que conozco de memoria.

Tres giros rápidos, una pausa, un clic. Tres giros, pausa, clic.

Normalmente me pone nerviosa, pero hoy no.

Hoy estoy sentada en el sofá con las piernas dobladas bajo el cuerpo y noto que no necesito cambiar de postura cada dos minutos.

Amber está a mi lado, con un libro de psicología abierto sobre las rodillas.

Lleva el pelo recogido en un moño flojo y tiene un bolígrafo mordido entre los dedos.

La mesa de café está cubierta de apuntes, dos tazas vacías y mi carpeta de poemas cerrada junto al estuche.

Hace media hora que no la abro, y eso también es raro.

Antes la carpeta era como un imán: si estaba cerca, la tocaba.

Ahora descansa ahí y yo no siento la urgencia de esconderla.

—¿Me estás escuchando?

La voz de Amber me saca de mis pensamientos. Tiene ese tono que usa cuando lleva un rato observándome sin que yo me dé cuenta.

—Claro —digo, y me incorporo un poco –. Estabas hablando del examen de cognitiva.

—Eso fue hace cinco minutos. Ahora te estaba preguntando si quieres pizza o cocino algo.

Me mira con los ojos entrecerrados, pero no es un gesto de enfado. Es la mirada de Amber cuando está juntando piezas. La conozco desde que tengo memoria: siete años viviendo en el mismo edificio, tres pisos de diferencia, y esa expresión significa que ha notado algo y no va a soltarlo.

—Pizza —respondo, y cojo una de las tazas vacías –. ¿Pongo más café?

—No me cambies de tema.

Dejo la taza en la mesa. El ventilador hace clic.

—No estoy cambiando de tema. He dicho pizza.

—Ajá. —Amber cierra el libro y lo deja a un lado –. ¿Qué te pasa?

La pregunta es directa. Sin rodeos. Así habla Amber siempre: con franqueza y con un afecto que no necesita adornos. Me quedo un segundo sin responder y en ese segundo ella ya ha visto algo en mi cara, porque se gira hacia mí y apoya el codo en el respaldo del sofá.

—Llevas un rato con una cara rara —dice –. No es la cara de cuando estás cansada. Es otra cosa.

—¿Qué cara? —pregunto, y esta vez la sonrisa me sale sin pensarla.

—Esa. —Señala mi boca con el bolígrafo –. Esa sonrisa no es la de siempre.

Me toco la mejilla con los dedos, como si pudiera notar la diferencia al tacto.

La sonrisa de siempre era un mecanismo: músculos que se tensaban hacia arriba, ojos que se entrecerraban en el ángulo exacto, una coreografía que aprendí sin darme cuenta durante los meses después de Jade.

Esta sonrisa de ahora no la he ensayado. Simplemente está ahí.

—Estoy bien —digo.

Y lo curioso es que no es mentira. No del todo.

Amber no aparta la mirada. El ventilador da tres giros. Pausa. Clic.

—Vale —dice, y su tono significa exactamente lo contrario: no le vale, pero va a esperar a que yo decida hablar –. ¿Qué tal las clases?

—Bien. El trabajo de literatura va avanzando. —Me encojo de hombros –. Nada emocionante.

—¿Y el fin de semana? ¿Tienes planes?

Pienso en el jueves. En la imprenta. En Hazel.

No le he contado a Amber nada de lo que ha pasado en las últimas semanas: ni la cafetería, ni la azotea, ni el poema nuevo, ni el acuerdo de no poner etiquetas.

No porque quiera ocultárselo, sino porque no sé cómo explicarlo sin que suene a algo que no es.

O sin que sea demasiado pronto para ponerle palabras.

—Nada especial —digo –. Leer. Escribir un poco.

—¿Sigues con los poemas?

Asiento. Mi mano se mueve hacia la carpeta pero se detiene a medio camino. Amber sigue el gesto con la mirada.

—¿Puedo leer alguno?

—Todavía no.

—¿Por qué?

Cojo un cojín y lo coloco sobre mi regazo. Aliso una arruga de la tela con el pulgar.

—Porque aún no están listos.

Es una verdad a medias. Los poemas están listos, pero yo no estoy lista para que Amber los lea.

Amber me conoce demasiado bien. Leería entre líneas y encontraría a Hazel en cada verso, en cada pausa, en cada palabra que he dejado de escribir sobre el miedo y he empezado a escribir sobre otra cosa.

Y entonces haría preguntas que yo no sé si quiero responder.

—Estás rara —repite Amber, pero esta vez lo dice más suave –. No en plan malo. En plan… distinta.

—¿Distinta cómo?

—No sé. Más tranquila. —Deja el bolígrafo sobre el libro –. Antes siempre estabas como con un motor encendido, ¿sabes? Como si tuvieras que llenar cada silencio con algo. Ahora no.

Me quedo callada. El ventilador zumba. Tres giros. Pausa. Clic.

—¿Va todo bien en casa? —pregunta Amber.

—Sí.

—¿En el instituto?

—También.

—¿Es por Jade?

El nombre me llega sin aviso. Hace semanas que no lo oigo en voz alta, y menos en boca de otra persona.

Lo he escrito en poemas, lo he pensado en silencio, lo he visto en la foto medio tapada del corcho de mi cuarto, pero oírlo aquí, en el sofá, con el ventilador de fondo y la pizza por pedir, es distinto.

Noto que mis dedos se quedan quietos sobre el cojín.

—No —digo –. No es por Jade.

Y es verdad. Jade ya no ocupa el mismo espacio. Sigue ahí, en algún rincón, pero ya no es un peso. Es más como una cicatriz: está, pero no duele al moverme.

Amber me observa. Sé que no me cree del todo, pero también sabe que no voy a mentirle en algo importante. Esa es la regla no escrita de nuestra amistad: podemos esquivar, podemos cambiar de tema, pero no mentir.

—¿Entonces? —pregunta.

—Entonces nada. Estoy bien. De verdad. —Cojo el mando de la televisión y lo giro entre las manos –. Es solo que… no sé. Últimamente me siento más en paz.

—¿En paz?

—Sí. Como si algo se hubiera… asentado. —Busco la palabra justa mientras paso el pulgar por el borde del mando –. Como si llevara mucho tiempo corriendo y por fin me hubiera parado.

Amber arquea una ceja. No dice nada, pero su expresión es un signo de interrogación completo.

—No sé explicarlo mejor —añado.

—¿Tiene que ver con alguien?

La pregunta me pilla con el mando a medio girar. Lo dejo sobre la mesa.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tienes cara de secreto. —Se inclina hacia delante y me da un golpecito en la rodilla con el dedo –. Y porque te conozco, Aurora Montes. Cuando encuentras algo que te gusta, te brilla algo en los ojos. Ahora mismo tienes ese brillo.

—No me brilla nada.

—Te brilla.

—Es el reflejo de la lámpara.

Amber suelta una risa corta y se recuesta en el sofá.

—Vale, no me lo cuentes. Pero quiero que sepas que lo sé.

—No sabes nada.

—Sé que hay algo. Y sé que es algo bueno, porque si fuera malo estarías haciendo chistes cada treinta segundos para despistarme.

Tiene razón. Esa era mi estrategia: humor para desviar, anécdotas para llenar el silencio, una sonrisa lo bastante brillante para que nadie mirara detrás. Lo hice durante meses después de Jade. Funcionó con todo el mundo menos con Amber, que siempre ha tenido un radar para mis mentiras piadosas.

—Estoy escribiendo un poema nuevo —digo, y es la verdad, aunque no toda –. Es distinto a los otros.

—¿Distinto cómo?

—No habla de lo que me da miedo. Habla de lo que he dejado de temer.

Amber se queda en silencio un momento. Luego asiente, muy despacio.

—Eso suena bien.

—Lo es.

—¿Y de dónde sale eso?

Me encojo de hombros. No voy a decir «de una chica que conocí en una imprenta bajo la lluvia». No voy a decir «de alguien que me mira sin esperar que sonría todo el tiempo». No todavía. Quizá algún día, cuando sepa cómo contarlo sin que las palabras lo empequeñezcan.

—De caminar —digo –. De pensar. De no tener prisa.

—Qué críptica te has vuelto.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Me río. Es una risa corta, sin ensayo previo, y Amber la recibe con una media sonrisa que significa «vale, por ahora me conformo».

—¿Pedimos la pizza? —pregunto.

—Pídela tú. Yo voy a guardar los apuntes.

Me levanto del sofá y voy a la cocina. El móvil está sobre la encimera, junto al cargador.

Lo descuelgo y marco el número de la pizzería de la esquina.

Mientras espero a que descuelguen, miro hacia la sala.

Amber está recogiendo los libros de la mesa con movimientos lentos, como si todavía estuviera dándole vueltas a algo.

La conozco lo suficiente para saber que no ha terminado con el tema. Simplemente ha decidido aparcarlo.

—¿Hawaiana o pepperoni? —le pregunto tapando el micrófono.

—Hawaiana. Y pide también aros de cebolla.

—Eres un desastre nutricional.

—Y tú eres un misterio andante. Cada una con lo suyo.

Hago el pedido y cuelgo. Cuando vuelvo al sofá, Amber ha dejado los apuntes en una pila ordenada y tiene la carpeta de poemas en las manos. No la ha abierto. Solo la sostiene, pasando los dedos por el borde gastado.

—¿Veinticinco páginas? —pregunta.

—Veinticinco.

—La última vez que la vi tenía diecisiete.

—He estado escribiendo.

Deja la carpeta sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo frágil. Luego me mira.

—Me alegro —dice –. De verdad. Echo de menos verte escribir.

—Yo también lo echaba de menos.

—¿Y lo de dibujar?

—Todavía no. Pero escribir… escribir ha vuelto.

Amber asiente. El ventilador zumba. Fuera, por la ventana, se oye el ruido lejano de un coche que pasa sobre el asfalto mojado. Ha llovido esta tarde, pero ya ha parado. El olor a tierra húmeda entra por la rendija de la ventana y se mezcla con el café frío de las tazas.

—¿Te acuerdas de cuando dibujabas en los márgenes de los cuadernos? —pregunta Amber –. En clase de historia, sobre todo. El profesor Ruiz se ponía histérico.

—Me acuerdo. Una vez me confiscó uno y lo enseñó en la sala de profesores.

—Y tú le dijiste que era arte conceptual.

—Y él se lo creyó.

—No se lo creyó. Te puso un parte.

Las dos nos reímos. Es una risa que no necesita explicación, de esas que salen cuando recuerdas algo que solo tiene sentido entre dos personas. Echo de menos esto: la facilidad de estar con Amber, la historia compartida, la ausencia de prisa.

—¿Piensas volver a dibujar? —pregunta.

—No sé. Quizá. —Miro hacia la ventana –. Ahora mismo escribir me basta.

—¿Y qué escribes?

—Poemas.

—Eso ya lo sé. ¿Sobre qué?

—Sobre cosas que estoy encontrando.

Amber se queda callada. Sé que quiere preguntar más. Sé que quiere saber qué cosas, dónde, con quién. Pero no lo hace. En lugar de eso, se levanta y va a la cocina a por dos vasos de agua. Cuando vuelve, me tiende uno.

—Cuando quieras contármelo —dice –, estoy aquí.

—Lo sé.

—Y no voy a presionarte.

—Gracias.

Bebo un sorbo de agua. Está fresca y me despeja la garganta. Amber se sienta a mi lado y enciende la televisión sin volumen. En la pantalla, un presentador habla sin que oigamos lo que dice. Las imágenes cambian: un mapa del tiempo, un anuncio de detergente, un partido de baloncesto.

—¿El sábado vamos a la plaza? —pregunta Amber –. Hace siglos que no vamos.

—Vale.

—¿Seguro? La última vez que te lo propuse me dijiste que no te apetecía.

—Ahora sí me apetece.

Me mira de reojo. Esa mirada otra vez: la de juntar piezas.

—Definitivamente hay algo —dice –. Pero no voy a preguntar.

—Ya has preguntado.

—Y no me has respondido. Así que técnicamente no cuenta.

El timbre de la puerta suena antes de que pueda contestar.

La pizza ha llegado. Amber se levanta a abrir y yo me quedo en el sofá, con el vaso de agua entre las manos y la carpeta de poemas sobre la mesa.

Veinticinco páginas. La última habla de lo que he dejado de temer.

La escribí después de la azotea, después de que Hazel me dijera que no necesitábamos etiquetas, después de sentir que el espacio entre dos personas puede ser una puerta y no un hueco.

Algún día se lo contaré a Amber. No todo de golpe, quizá. Pero algún día.

De momento, me basta con esto: la pizza que llega, la amiga que no presiona, el ventilador que sigue girando con su ritmo de siempre. Y la certeza, pequeña pero firme, de que la sonrisa que tengo ahora no me pesa.

Amber vuelve con la caja de pizza y los aros de cebolla. Los deja sobre la mesa, aparta los apuntes sin miramientos y se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá.

—Come —dice –. Luego me cuentas lo del poema nuevo.

—No he dicho que vaya a contártelo.

—Lo sé. Pero lo harás.

Abro la caja de pizza. El vapor me sube a la cara y por un segundo todo huele a queso fundido y a piña caliente.

Cojo un trozo y le paso otro a Amber. Comemos en silencio, con la televisión encendida y sin volumen, mientras fuera el asfalto se seca despacio y la noche va cayendo sobre el Viejo San Juan.