Cuando los caminos se cruzan Un Futuro sin Etiquetas
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Un Futuro sin Etiquetas

El vapor del café me sube a la cara mientras empujo la puerta de la Cafetería El Sol.

El local está casi vacío a esta hora de la tarde: una pareja mayor junto a la ventana, un hombre con un periódico abierto sobre la mesa del fondo.

El ventilador del techo gira con un zumbido perezoso que arrastra el olor a pan tostado y a granos molidos.

Llego quince minutos antes. Lo hago a propósito, no porque esté nerviosa —no es eso –, sino porque necesito elegir la mesa. Una donde pueda ver la puerta sin quedar demasiado expuesta. Elijo la del rincón junto a la columna de madera, la misma donde nos sentamos la primera vez que vinimos juntas.

Pido un chocolate caliente. La camarera me reconoce y no pregunta; ya sabe que no tomo café. Envuelvo las manos alrededor de la taza y dejo que el calor me suba por los dedos. Tres días. Han pasado tres días desde la noche en la azotea, y todavía no sé muy bien qué hacer con todo lo que dijimos.

El timbre de la puerta suena. Levanto la vista.

Aurora entra con el paraguas amarillo colgando del brazo, aunque hoy no llueve. Lleva el pelo suelto y una camiseta azul claro que le hace los ojos más grandes. Sonríe —esa sonrisa que antes me parecía un escaparate y que ahora reconozco de verdad, y camina hacia mí esquivando las sillas vacías.

—Llegas pronto —dice, y deja el paraguas apoyado en la pared.

—Tú también.

Se sienta frente a mí. Hay algo distinto en su forma de ocupar el espacio, como si no necesitara llenarlo todo con palabras. Apoya los codos en la mesa y me mira, y en sus ojos hay una luz que no es la de otras veces. No es brillo forzado ni entusiasmo de más. Es algo más quieto.

—¿Ya pediste? —pregunta.

—Chocolate.

—Voy por un café con leche. Ahora vuelvo.

La observo mientras habla con la camarera. Gesticula poco, cosa rara en ella. Pide sin prisas y espera apoyada en la barra, con las manos metidas en los bolsillos traseros del pantalón. Me doy cuenta de que estoy contando sus gestos como quien cuenta las páginas de un libro que todavía no ha leído.

Vuelve con la taza humeante y se sienta. Remueve el café despacio. La cucharilla tintinea contra la porcelana tres veces antes de que hable.

—Escribí algo —dice.

No pregunta si quiero escucharlo. Sabe que sí.

Saca el cuaderno de la mochila. Es el mismo de siempre, con las esquinas gastadas y una mancha de tinta en la tapa trasera.

Lo abre por una página marcada con un trozo de papel doblado.

Carraspea, pero no es el carraspeo de quien se prepara para actuar.

Es el de quien se quita una piedra del zapato antes de caminar.

—Es distinto a los otros —dice, y sus dedos recorren el borde del cuaderno –. No habla del miedo.

Espero. El ventilador zumba. La pareja mayor se ríe de algo que no alcanzo a oír.

Aurora lee.

El poema es corto. Habla de una puerta que ya no da miedo abrir, de un silencio que no pesa, de dos pares de zapatos mojados en la entrada de una casa que todavía no tiene nombre.

Las palabras son más sencillas que las de «El molde» o «La casa que no es mía».

No se esconden detrás de imágenes complicadas. Dicen lo que dicen.

Cuando termina, cierra el cuaderno y lo deja sobre la mesa. No me mira. Tiene los ojos fijos en la cucharilla que todavía flota en el café.

Respiro. Me doy cuenta de que he estado conteniendo el aire y lo suelto despacio, sin ruido.

—Es verdad —digo.

Aurora levanta la vista.

—¿Verdad?

—Cada palabra. Se nota que no las has tenido que disfrazar.

Ella asiente. Sus dedos se mueven hacia el asa de la taza, pero no la agarran. Se quedan a medio camino, rozando la porcelana.

—Lo escribí la mañana después de la azotea —dice –. Me senté y salió así. Sin pensar demasiado.

—Por eso suena distinto.

—¿Distinto bien o distinto mal?

—Distinto de verdad.

Aurora sonríe. Esta vez la sonrisa le dura poco, pero no porque sea falsa. Es una sonrisa que se gasta rápido, como un fósforo, y deja detrás algo más blando.

—Hazel —dice, y mi nombre en su boca suena a pregunta que todavía no ha terminado de formular –. ¿Qué es esto?

No necesito que me explique a qué se refiere. Lo sé porque yo también llevo tres días dándole vueltas a lo mismo. Esto: las tardes en la imprenta, el chocolate que se enfría en la azotea, los poemas que ya no son secretos, la forma en que miro la puerta cada jueves a las cuatro.

Cojo la taza. El chocolate ya no quema, pero el calor que queda es suficiente. Bebo un sorbo para ganar tiempo.

—No lo sé —digo.

Es la respuesta más sincera que tengo.

Aurora apoya la barbilla en la palma de la mano. Me mira como quien mira un mapa sin prisas, dispuesta a esperar a que las líneas se aclaren solas.

—Yo tampoco —dice –. Pero sé lo que no quiero que sea.

—¿Qué?

—No quiero que sea un molde. No quiero despertarme un día y darme cuenta de que he vuelto a dejar de dibujar, o de escribir, o de ir a la plaza los domingos, solo porque estoy demasiado ocupada intentando ser lo que se supone que tengo que ser para otra persona.

Lo dice sin dramatismo. Es una constatación, no una queja. Como quien lee la previsión del tiempo y decide llevarse el paraguas.

—No quiero que te pase eso —digo.

—Ya lo sé. Pero tampoco sé cómo asegurarme de que no pase.

El hombre del periódico dobla las páginas y se levanta. Las patas de la silla chirrían contra el suelo. La camarera recoge su taza y limpia la mesa con un trapo húmedo. El olor a lejía se mezcla con el del café.

Dejo la taza en el plato. El golpe seco me ayuda a ordenar lo que quiero decir.

—A lo mejor no hace falta asegurarse —digo.

Aurora frunce el ceño.

—No te sigo.

—A lo mejor no necesitamos ponerle un nombre a esto. Ahora.

Se queda callada. No es un silencio incómodo. Es un silencio de los que trabajan, de los que mueven piezas por dentro.

—¿Sin etiquetas? —pregunta al fin.

—Sin etiquetas.

—Como… ¿esto que tenemos pero sin llamarlo de ninguna manera?

—Exacto.

Aurora se echa hacia atrás en la silla. El respaldo cruje. Sus ojos recorren mi cara como si buscaran la letra pequeña de un contrato que no existe.

—¿Y no es un poco raro? —pregunta –. Todo el mundo le pone nombre a las cosas.

—Todo el mundo no somos nosotras.

La frase me sale sin pensar. Es más directa de lo que pretendía, pero no la retiro. Aurora parpadea. Luego se ríe, una risa corta que le sacude los hombros una sola vez.

—Eso ha sonado muy a ti —dice.

—Porque soy yo.

—Ya. Por eso me gusta.

Bebo otro sorbo de chocolate. Está casi frío, pero no me importa. Lo que importa es lo que acaba de pasar: hemos dicho algo que no se puede des-decir, y ninguna de las dos ha salido corriendo.

—Mira —digo, y apoyo los antebrazos en la mesa –. Lo que tenemos funciona. Tú escribes, yo imprimo. Tú hablas, yo escucho. A veces al revés. No necesito saber cómo se llama para saber que es importante.

Aurora asiente despacio.

—Yo tampoco —dice –. Pero me da miedo que sin nombre se nos escape. Como el agua entre los dedos.

—El agua entre los dedos no se escapa porque no tenga nombre. Se escapa porque es agua.

Me mira. Sus dedos encuentran por fin el asa de la taza y la agarran.

—Vale —dice –. Sin etiquetas. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que si alguna de las dos necesita ponerle nombre en algún momento, lo decimos. Sin escondernos.

—Trato hecho.

Aurora extiende la mano por encima de la mesa.

Se la estrecho. Su piel está caliente por el café.

El gesto es ridículo y formal, como dos empresarias cerrando un acuerdo, y las dos nos damos cuenta a la vez.

Soltamos la mano y nos reímos, y la risa es distinta a todas las risas que le he oído antes.

No es escaparate. No es defensa. Es solo risa.

—Qué par de tontas —dice.

—Un poco.

—Pero tontas contentas.

El ventilador sigue girando. La luz de la tarde entra por la ventana y dibuja rectángulos de sol sobre el mantel de cuadros. Aurora recoge el cuaderno y lo guarda en la mochila. El paraguas amarillo sigue apoyado en la pared, inútil y brillante.

—¿Sabes? —dice mientras cierra la cremallera –. Creo que es la primera vez que decido algo sin que me tiemble el pulso.

—¿Sobre alguien?

—Sobre mí. Sobre lo que quiero y lo que no.

Termino el chocolate. El poso es espeso y dulce. Dejo la taza en el plato y miro a Aurora, que ahora observa la calle por la ventana. Tiene el perfil recortado contra la luz y el pelo le cae sobre el hombro en ondas que se mueven con el ventilador.

—Hazel —dice sin girarse.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no necesitar que sea de una manera concreta.

No respondo. No hace falta. En lugar de eso, cojo el paraguas amarillo y se lo tiendo.

—No llueve —dice.

—Ya. Pero es tuyo.

Lo coge. Sus dedos rozan los míos un segundo, y el contacto es tan breve que casi no cuenta. Casi.

Salimos juntas a la calle. El sol de la tarde tiñe los adoquines de un color miel y el aire huele a sal y a fritura de algún puesto cercano. Aurora despliega el paraguas un momento, lo mira como si acabara de encontrarlo, y lo vuelve a cerrar.

—¿El jueves? —pregunta.

—A las cuatro.

—En la imprenta.

—Con los poemas.

Asiente. Se ajusta la mochila al hombro y echa a andar calle arriba. La observo hasta que dobla la esquina. El paraguas amarillo asoma por encima de su hombro como un girasol diminuto, y luego desaparece.

Me quedo quieta en la acera. El ventilador de la cafetería sigue zumbando a mi espalda. Meto las manos en los bolsillos y noto el tacto del papel doblado donde anoté el pedido de las invitaciones de boda. Lo saco. Lo releo sin leerlo de verdad.

Doscientas copias para el sábado. Tengo trabajo.

Echo a andar hacia la imprenta. La brisa me da en la cara y pienso en la palabra que no hemos dicho, en el espacio que hemos dejado abierto a propósito. No es un hueco. Es una puerta sin cerradura.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me da miedo.