El Lienzo de sus Almas
Despierto con el brazo sobre el cuaderno.
No recuerdo haberme dormido así. La luz del sol entra por la ventana y dibuja una franja sobre la cama, sobre mi mano, sobre la tapa de cartón que todavía guarda las veinticuatro páginas.
Me quedo un rato sin moverme, viendo las motas de polvo flotar en el rayo de luz.
El pecho no me pesa. Es una sensación tan poco habitual que tardo en reconocerla: no hay presión, no hay ese nudo de estar aguantando algo que no sé nombrar.
Me giro boca arriba. El techo tiene una grieta fina que va de la esquina de la ventana hasta el centro, y la conozco de memoria porque me he pasado muchas mañanas siguiéndola con los ojos mientras me obligaba a levantarme. Hoy no hace falta obligarme. Hoy me siento ligera.
La noche en la azotea vuelve sin pedir permiso.
No las palabras exactas, esas ya están guardadas en algún sitio donde no se borran —, sino la forma en que Hazel se quedó callada después de leer mi poema.
La forma en que no dijo nada durante un rato largo y luego habló con una voz que no se parecía a la que usa en la imprenta.
Una voz sin capas. Sin la armadura de eficiencia con la que despacha los pedidos y explica los plazos de impresión.
Me contó lo de Claire. Me contó que se quedó vacía. Y yo le conté lo de Jade.
Me siento en la cama. El cuaderno se desliza un poco y lo atrapo antes de que caiga al suelo.
Lo abro por una página cualquiera y aparecen los versos de «El molde», los primeros que le leí en voz alta.
Los releo y ya no me duelen igual. Siguen siendo verdad, pero ya no son toda la verdad. Hay algo más ahora.
Busco una página en blanco. El bolígrafo está en la mesilla, junto al vaso de agua que no me bebí anoche. Lo cojo.
Me quedo mirando el papel vacío. Antes, escribir era abrir una compuerta que prefería mantener cerrada.
Los poemas salían como si alguien dentro de mí estuviera empujando para escapar, y yo solo podía apartarme y dejar que pasara.
Hoy no. Hoy me siento delante del cuaderno y no hay urgencia. Hay calma. Hay ganas.
Pienso en Hazel.
Pienso en cómo apoya las manos sobre el papel cuando comprueba el gramaje, las yemas de los dedos recorriendo la superficie con una precisión que parece ensayada pero que sé que no lo es.
Pienso en cómo entorna los ojos cuando algo le interesa de verdad, un gesto mínimo, casi invisible si no estás prestando atención.
Pienso en cómo se quedó quieta anoche mientras yo leía, las manos metidas en los bolsillos del chaleco de trabajo, la espalda apoyada contra el pretil de la azotea, y en cómo no apartó la mirada ni una sola vez.
El bolígrafo empieza a moverse antes de que yo decida la primera palabra.
Escribo sobre dos personas que se encuentran sin buscarse.
Sobre un paraguas que no es solo un paraguas.
Sobre el silencio que se instala entre dos cuerpos cuando dejan de fingir.
No uso la palabra «miedo» en ningún verso.
No la necesito. Lo que escribo hoy no habla de lo que me da miedo, sino de lo que me ha dejado de dar miedo.
Las frases salen cortas al principio, luego se alargan. Hay un ritmo distinto en este poema, un ritmo que no había probado antes. No es el tambor sordo de los poemas sombríos que escribí después de Jade. Es otra cosa. Algo que se parece al compás de la lluvia sobre el toldo de la imprenta.
Me detengo. Releo lo que llevo.
Es el poema más sincero que he escrito. No porque cuente más secretos, los otros también lo hacían —, sino porque no se esconde detrás de las metáforas. Dice lo que quiere decir. No se disfraza.
Lo paso a limpio en una hoja nueva. La caligrafía me tiembla un poco al principio, pero se va asentando a medida que avanzo. Cuando termino, dejo el bolígrafo sobre la mesa y me quedo mirando el papel como si no fuera mío.
Pero es mío. Enteramente mío.
Me levanto. Voy a la cocina y pongo agua a calentar.
Mientras espero, apoyo la cadera contra la encimera y miro por la ventana.
La calle está mojada, aunque no recuerdo haber oído llover.
Los adoquines brillan con ese brillo oscuro que solo tienen después del agua.
Un hombre pasa empujando un carrito de compra.
Una mujer tiende ropa en un balcón del edificio de enfrente.
La vida sigue, igual que ayer, igual que siempre, pero yo la veo distinta.
El agua hierve. Me preparo un té y vuelvo al dormitorio con la taza caliente entre las manos.
El poema nuevo sigue sobre la mesa. Lo leo otra vez. Lo leo tres veces. Y en la tercera, me doy cuenta de algo: quiero que Hazel lo lea.
No por la necesidad de que alguien valide lo que escribo.
No por el alivio de vaciar lo que llevo dentro.
Esta vez es distinto. Quiero que lo lea porque el poema existe gracias a ella.
Porque anoche, en la azotea, algo se abrió que antes estaba cerrado con llave.
Porque me escuchó sin juzgarme. Porque me contó su historia sin pedirme nada a cambio.
Me siento en el borde de la cama. La taza de té se enfría entre mis dedos.
¿Cuándo se lo enseño? El jueves, en la imprenta, tenemos la cita para imprimir los poemas. Podría llevarlo entonces. Pero imprimir es un acto mecánico: elegir el papel, ajustar la prensa, contar las copias. No sé si ese es el momento para ponerle delante un poema que habla de ella sin nombrarla.
Aunque quizá sí. Quizá la imprenta es exactamente el lugar adecuado. Allí fue donde nos conocimos. Allí fue donde ella me ofreció un plazo de tres días y yo volví con el paraguas amarillo. Allí fue donde todo empezó.
El paraguas está apoyado contra la pared, junto a la puerta.
Lo miro. Sigue teniendo los girasoles diminutos que mi abuela eligió hace años, cuando yo ni siquiera sabía que algún día lo necesitaría.
Lo cojo y paso los dedos por la tela impermeable.
Está seco. No recuerdo haberlo usado ayer, pero anoche caminé de vuelta a casa con él en la mano, y no me importó que no lloviera.
Lo dejo donde estaba.
Vuelvo al cuaderno. La página del poema nuevo asoma un milímetro más que las otras, como si pidiera salir. La acaricio con el pulgar. Veinticinco páginas ahora. Una más que ayer. Una que no existía antes de esta mañana.
Pienso en llamar a Amber. Contarle algo, aunque sea por encima.
Pero ¿qué le cuento? ¿Que he conocido a alguien que me escucha sin ponerme condiciones?
¿Que anoche lloré delante de una chica que apenas conozco y no sentí vergüenza?
Amber me preguntaría si estoy bien, y yo tendría que decirle que sí, que estoy mejor que bien, que estoy tranquila, y entonces ella me miraría con esa expresión de «algo me estás ocultando» que conozco de sobra.
No. Hoy no.
Hoy me guardo esto para mí. No por miedo. Porque es mío. Porque todavía lo estoy saboreando.
Me tumbo en la cama otra vez. El techo sigue teniendo la misma grieta de siempre, pero hoy no la sigo con los ojos.
Hoy cierro los ojos y veo la azotea. Veo la luz roja de la baliza del puerto, cuatro destellos, pausa, cuatro destellos.
Veo a Hazel de perfil, el viento moviéndole el flequillo.
Veo sus manos quietas sobre la manta que compartimos.
Abro los ojos. Me incorporo. Cojo el cuaderno y meto la hoja nueva dentro, con cuidado, para que no se doble. Cierro la carpeta. La dejo sobre la mesa.
El jueves a las cuatro. Ese es el momento. No necesito planearlo más.
Me levanto y voy a la ducha. El agua caliente me cae por la espalda y cierro los ojos. La sensación de ligereza sigue ahí, instalada en algún sitio entre las costillas y la respiración. No sé cuánto durará. No sé si mañana volverá el miedo. Pero hoy no. Hoy no.
Salgo de la ducha y me envuelvo en la toalla. El espejo del baño está empañado. Dibujo un círculo con el dedo y veo mi propio reflejo: el pelo mojado pegado a las mejillas, los ojos un poco hinchados por el sueño, la boca relajada. No me sonrío. No hace falta. Estoy bien así.
Vuelvo al dormitorio. La luz ha cambiado: ya no es la franja blanca de primera hora, sino un tono más dorado que entra por la ventana y se derrama sobre la carpeta de poemas. Me siento a la mesa. Abro el cuaderno por la última página, la número veinticinco, y la releo una vez más.
Me gusta. Me gusta de verdad.
Y por primera vez en mucho tiempo, no necesito que nadie más lo lea para saber que vale la pena.
Pero quiero que Hazel lo lea. Quiero ver qué hace con las manos mientras recorre los versos. Quiero saber si entorna los ojos. Quiero saber si se queda callada un rato antes de decir algo, como hizo anoche, y si ese silencio significa lo mismo que significó entonces.
El jueves. A las cuatro. En la imprenta.
Apoyo la cabeza sobre los brazos cruzados y miro la carpeta. La tapa de cartón tiene una esquina doblada y una mancha de café del mes pasado. La conozco mejor que cualquier otra cosa que poseo. Ha guardado mis secretos durante meses. Ahora está a punto de guardar algo distinto.
Algo que no es un secreto. Algo que es un regalo.
Me incorporo. Cojo el móvil y abro el chat con Hazel. El último mensaje es mío, de hace días, ofreciéndole leer el poema sombrío. Ella no respondió esa noche, pero luego nos vimos en la azotea y todo lo que no se dijo por mensaje se dijo en persona.
Escribo: «El jueves llevo algo nuevo.»
Lo borro.
Escribo: «Escribí un poema esta mañana. Es distinto a los otros. Creo que te va a gustar.»
Lo borro otra vez.
Dejo el móvil sobre la mesa. No necesito anunciarlo. Se lo enseñaré el jueves, sin previo aviso, y que sea lo que tenga que ser. No todo necesita un preámbulo. No todo necesita una explicación.
Me levanto y voy a la cocina. Preparo un café, aunque ya es tarde para el café, y me lo bebo de pie junto a la ventana.
La calle sigue mojada. El hombre del carrito ya no está.
La mujer del balcón ha recogido la ropa.
El sol se cuela entre dos edificios y pinta un rectángulo de luz sobre los adoquines.
Mañana es miércoles. Pasado, jueves.
Y el jueves a las cuatro, en la imprenta, voy a dejar que alguien lea lo que soy cuando no finjo.
Apuro el café. Dejo la taza en el fregadero. Vuelvo al dormitorio y me quedo de pie delante de la carpeta de poemas, sin abrirla, solo mirándola. Veinticinco páginas. Una más. La primera que no habla de lo que perdí, sino de lo que estoy encontrando.
Me pongo una camiseta limpia y unas zapatillas. El día sigue fuera, esperando. Cojo la carpeta y la meto en la mochila, junto al estuche y el móvil. No sé si voy a escribir más hoy. No sé si voy a salir a caminar o si me quedaré en casa. Pero la carpeta viene conmigo. Eso ya no se negocia.
Abro la puerta del apartamento. El pasillo huele a café y a lejía. Bajo las escaleras despacio, contando los escalones como hago siempre. Al llegar al portal, empujo la puerta y salgo a la calle.
El aire huele a tierra mojada y a algo dulce que no sé identificar. Respiro hondo. El pecho sigue ligero. La carpeta pesa en la mochila, pero es un peso que me gusta. Un peso que he elegido.
Camino sin rumbo. El Viejo San Juan se despereza a mi alrededor: persianas que suben, voces que se cruzan, el ruido lejano de un motor. Y yo camino, con las manos en los bolsillos y los ojos puestos en nada concreto, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo no me escondo de nadie.
Ni siquiera de mí misma.