Cuando los caminos se cruzan Confesiones Bajo la Luna
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Confesiones Bajo la Luna

El chocolate se ha enfriado en mi vaso de cartón.

Lo sé porque apoyo la yema del pulgar contra el borde y ya no quema, apenas una tibieza que se va.

Aurora sigue a mi lado, las piernas cruzadas sobre la frazada, la carpeta de poemas cerrada sobre el regazo.

El poema que acaba de leer —«La casa que no es mía»— todavía ocupa el espacio entre nosotras como una tercera persona que respira quedo.

No sé qué hacer con las manos. Las apoyo sobre las rodillas, las cruzo, las suelto. El termo está a mi derecha y lo cojo, solo para tener algo que sostener.

—¿Quieres más?

Aurora niega con un movimiento pequeño de cabeza. No me mira. Tiene los dedos enredados en el borde de la cobija, los nudillos pálidos por la presión.

Espera.

Espera algo de mí, y yo no sé darlo sin abrir una puerta que llevo dos años manteniendo cerrada.

Pero acaba de leerme un poema sobre una casa que no es suya, sobre una llave que no abre nada, y lo ha hecho con la voz quebrada en la última estrofa, y yo sé exactamente de qué casa habla. Yo también he vivido en ella.

Dejo el termo en el suelo. El ruido del metal contra el cemento es más fuerte de lo que esperaba.

—Lo que has leído —digo, y mi voz suena más baja de lo normal, como si las palabras tuvieran que empujar algo para salir –. Lo de perderte en otra persona.

Aurora levanta la vista. Sus ojos me buscan en la penumbra de la azotea, y la luz roja de la antena del puerto le tiñe media mejilla de un parpadeo intermitente.

—No es solo tuyo —suelto.

Las manos me pesan sobre el regazo. Las giro, palmas arriba, como si pudiera leer en ellas algo que aún no sé decir.

—Cuando Claire se fue —empiezo, y el nombre me sabe a polvo en la boca –, me quedé vacía.

No es una metáfora. Me sentaba en la imprenta y no sabía qué pedido estaba imprimiendo.

Miraba la Minerva y no recordaba si ya la había engrasado.

Me vestía por la mañana y a media tarde no sabía decir de qué color era la camisa que llevaba puesta.

Aurora no se mueve. Su respiración es apenas un hilo en el silencio.

—Yo hacía todo lo que ella quería. Leía los libros que ella leía.

Iba a los sitios que ella elegía. Hasta pedía café solo porque a ella le gustaba, y yo odio el café solo.

—Hago una pausa. El borde del vaso de cartón está aplastado donde lo apreté sin darme cuenta –.

Cuando desapareció, no supe qué era mío y qué era prestado.

—Eso es exactamente lo que me pasó con Jade —dice Aurora, y su voz no tiene la vivacidad de otras veces. Es una voz desnuda, sin adornos –. Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Dejé de ir a la plaza los domingos. No porque ella me lo prohibiera, sino porque…

—Porque ya no sabías si te gustaba a ti.

—Sí.

Me mira. La sostengo la mirada. Algo cruje entre nosotras, una compuerta que se abre sin hacer ruido.

—Desde entonces —continúo, y me sorprende lo fácil que sale ahora –, me prometí que no volvería a necesitar a nadie. Que mi vida sería mía y solo mía. La imprenta, los pedidos, los sábados en El Sol, las tardes en esta azotea. Todo medido. Todo controlado.

—Todo solo.

Asiento.

Aurora se pasa el dorso de la mano por la mejilla. No sé si se seca una lágrima o si solo se aparta el pelo. El gesto es rápido, casi furtivo, como si no quisiera que yo lo viera.

—Yo hice lo contrario —dice –. Me puse una careta de alegría constante para que nadie preguntara. Sonrío y sonrío y sonrío, y la gente se queda tranquila. Pero por dentro… —Se encoge de hombros –. Tú ya lo has leído. Es una casa vacía.

—Con una llave que no abre nada.

—Exacto.

El viento trae una ráfaga de sal desde el puerto. La frazada se levanta en una esquina y Aurora la aplana con la palma abierta. Sus dedos se quedan ahí, extendidos sobre la tela, a dos palmos de mi rodilla.

—¿Sabes lo peor? —dice, y no espera respuesta –. Que echo de menos a Jade. No a ella. Echo de menos tener a alguien. Y eso me aterra, porque si la echo de menos a ella después de todo lo que pasó… ¿qué dice eso de mí?

—Dice que eres humana.

Aurora suelta una risa corta, sin humor.

—Vaya consuelo.

—No es un consuelo. Es un hecho.

Me giro hacia ella. La luz de la antena le da en el perfil, roja, pausa, roja, y por un segundo veo a la chica que llegó a la imprenta con un paraguas amarillo y una sonrisa que no le cabía en la cara. Ahora no sonríe. Y es la primera vez que la veo entera.

—Yo también echo de menos a Claire —digo –. A veces. En los días malos. Y me da rabia. Me da mucha rabia.

—Porque significa que todavía puede hacerte daño.

—Sí.

—Aunque ya no esté.

—Sí.

Aurora asiente. Sus dedos se mueven sobre la frazada, un centímetro, quizá dos, en mi dirección. No llegan a tocarme.

—¿Crees que se puede querer a alguien sin desaparecer? —pregunta.

La pregunta me golpea en el pecho y se queda ahí, vibrando. Miro la antena del puerto. Cuatro destellos, pausa, cuatro destellos.

—No lo sé —digo –. Hasta hace una semana habría dicho que no.

—¿Y ahora?

—Ahora… —Mis dedos encuentran el borde de la frazada y lo doblan, lo desdoblan, lo vuelven a doblar –. Ahora me gustaría creer que sí.

Aurora aparta la vista. El perfil de su cara se recorta contra el cielo estrellado, y por un momento parece más pequeña, como si la confesión le hubiera quitado algo de peso pero también algo de armadura.

—Gracias —dice.

—¿Por qué?

—Por no endulzarlo. Por decir «no lo sé» en vez de mentirme.

No respondo. No hace falta. Cojo el termo y sirvo un poco de chocolate en mi vaso, aunque ya está frío y sabe a agua con cacao. El gesto me ocupa las manos, me da algo que hacer mientras las palabras se asientan en el aire.

—El jueves —dice Aurora –. A las cuatro.

—En la imprenta.

—Voy a llevar los veinticuatro poemas.

—Los imprimimos en la prensa de prueba. Tirada corta.

—¿Y luego?

La pregunta se queda flotando. No habla de la impresión. Habla de esto, de nosotras, de lo que acaba de pasar en esta azotea.

—Luego —digo, y dejo el vaso en el suelo –, vemos.

Aurora sonríe. No es la sonrisa de la chica del paraguas amarillo, la que le ocupaba toda la cara y no dejaba espacio para nada más. Es una sonrisa pequeña, asimétrica, que le sube más por un lado que por el otro. Una sonrisa que no esconde nada.

Me la devuelvo sin pensarlo.

El viento cambia de dirección y trae olor a asfalto y a sal.

La luz roja sigue parpadeando sobre el puerto.

Aurora se envuelve mejor en la frazada y apoya la espalda contra el borde de cemento de la azotea.

Yo hago lo mismo. Nuestros hombros no se tocan, pero el espacio entre ellos es más pequeño que antes.

—Hazel.

—Dime.

—Me alegro de que no respondieras a mi mensaje aquella noche.

La miro. Ella sigue con los ojos fijos en la antena.

—¿Por qué?

—Porque si me hubieras respondido en el momento, habría sido fácil. Y esto… —Hace un gesto vago con la mano, abarcando la azotea, la noche, las dos –. Esto no ha sido fácil. Ha sido mejor.

Guardo el termo en la mochila. El gesto es meticuloso, casi ceremonial: lo coloco en el fondo, meto los vasos uno dentro del otro, cierro la cremallera despacio. Mis dedos se mueven con una calma que no siento del todo.

—El jueves —repito.

—A las cuatro.

—No llegues tarde.

—No pienso.

Me levanto. Las rodillas me crujen y me doy cuenta de cuánto rato llevamos aquí sentadas. Aurora se levanta también y sacude la frazada, la dobla en tres partes iguales con una precisión que no le había visto antes. Me la tiende.

—Es tuya.

—La trajiste tú.

—Para las dos.

La cojo. La tela está fría por los bordes y caliente en el centro, donde han estado nuestros cuerpos. La enrollo y la meto bajo el brazo.

Bajamos las escaleras en silencio. El edificio está oscuro y huele a cemento húmedo y a algo dulce que no sé identificar.

Nuestros pasos resuenan en el hueco de la escalera, los suyos más ligeros, los míos más pausados.

En el rellano del tercero, Aurora se detiene un segundo frente a la puerta del vecino que me dio la llave de la azotea hace dos años. No pregunta nada. Sigue bajando.

La calle está vacía. Los adoquines brillan bajo la luz de las farolas, mojados por una llovizna que no hemos oído desde arriba. El aire huele a tierra mojada y a algo metálico, como el olor de la imprenta cuando la Minerva lleva horas funcionando.

—¿Te acompaño? —pregunto.

—Vivo a siete minutos.

—No es lo que he preguntado.

Aurora se ríe, una risa de verdad que le sale del pecho y le ilumina la cara un instante.

—No hace falta. De verdad.

—Vale.

Se queda quieta en medio de la acera, la carpeta de poemas apretada contra el pecho. La luz de la farola le da en el pelo y saca reflejos cobrizos que no le había visto antes.

—Buenas noches, Hazel.

—Buenas noches.

Echa a andar calle abajo. La observo hasta que dobla la esquina y desaparece. La calle se queda en silencio, roto solo por el goteo del agua desde un balcón y el zumbido lejano de un coche en el puerto.

Subo la cremallera de la chaqueta hasta el cuello.

La frazada me cuelga del brazo y pesa más de lo que debería.

Echo a andar en dirección contraria, hacia la imprenta, aunque sé que a estas horas no hay nada que hacer allí.

Pero necesito caminar. Necesito que el aire frío me dé en la cara y me ordene los pensamientos.

El jueves a las cuatro. Veinticuatro poemas. La prensa de prueba.

Y luego, vemos.

La luz roja de la antena del puerto me sigue desde lejos, cuatro destellos, pausa, cuatro destellos, como un corazón que no tiene prisa.