Las Estrellas y los Miedos
Subo las escaleras detrás de Hazel. La puerta de la azotea está entreabierta y la brisa nocturna la empuja contra el marco con un golpe suave, rítmico, como si el edificio respirara.
Llevo el cuaderno de poemas bajo el brazo y una manta doblada que me prestó antes de salir de su casa.
Hazel carga dos botellas de agua y una bolsa de tela con algo que no me ha querido enseñar.
—Es un secreto —dice sin volverse.
—Odio los secretos.
—No es verdad. Te encantan.
Empujo la puerta con el hombro y la azotea se abre ante nosotras.
El suelo es de cemento agrietado, con manchas de humedad que dibujan mapas en la superficie.
Alguien ha dejado dos sillas de playa plegadas contra el pretil, oxidadas pero enteras.
Las luces del Viejo San Juan titilan abajo, apiñadas y amarillas, y el mar es una franja negra que se intuye más que se ve.
El cielo está cuajado de estrellas, más de las que recuerdo haber visto nunca desde mi ventana.
Hazel extiende su manta en el suelo, cerca del borde pero no demasiado. Yo coloco la mía al lado y me siento con las piernas cruzadas. El cemento está tibio, como si guardara el calor del día. Abre la bolsa de tela y saca dos vasos de cartón y un termo.
—Chocolate caliente —anuncia.
—¿Trajiste chocolate caliente a una azotea en mayo?
—Hace viento. Y el viento en la azotea siempre es más frío de lo que parece desde abajo.
Tiene razón. La brisa me mueve el pelo y me roza los brazos.
Aprieto la manta contra las piernas y acepto el vaso.
El chocolate está espeso y dulce, con un regusto a canela que me recuerda a las navidades en casa de mi abuela.
Bebo un sorbo y miro a Hazel, que sostiene su vaso con las dos manos y observa la ciudad en silencio.
Llevamos cinco días sin vernos. El jueves a las cuatro en la imprenta no ocurrió: su tío apareció sin avisar para revisar los pedidos grandes y ella me mandó un mensaje pidiéndome que lo dejáramos para otro día.
Le respondí con un pulgar hacia arriba y una carita sonriente, y luego me quedé mirando la pantalla del móvil durante diez minutos, preguntándome si el aplazamiento era real o una excusa.
El viernes me escribió para proponer la azotea.
El sábado no dormí bien. Hoy, domingo, he llegado a su casa con el cuaderno apretado contra el pecho y las manos sudadas.
—Nunca había subido aquí —digo.
—Vengo cuando necesito pensar. Mi vecino del tercero me dio la llave hace dos años, a cambio de que le riegue las plantas cuando viaja.
—¿Y no te da miedo?
—¿El qué?
—La altura. La oscuridad. Que alguien suba y nos encuentre.
Hazel se encoge de hombros.
—La altura me gusta. La oscuridad no me molesta. Y si alguien sube, le diremos que se vaya.
Lo dice con una seguridad tan simple que me hace sonreír.
No es la sonrisa que pongo en el instituto, la que me cansa los músculos de las mejillas.
Es una sonrisa pequeña, casi involuntaria, que me sube desde el chocolate caliente y el viento y la forma en que Hazel apoya la espalda contra el pretil como si llevara toda la vida en esta azotea.
Bebo otro sorbo. El silencio entre nosotras no es denso ni incómodo.
Es un espacio que se va llenando con el zumbido lejano de los coches, con el tintineo de una bicicleta en la calle de abajo, con el crujido de la manta cuando me muevo.
Dejo el vaso en el suelo, al lado de mi rodilla, y saco el cuaderno.
Hazel lo ve y aparta la mirada, como si no quisiera presionarme. Ese gesto —esa discreción, me da el empujón que me faltaba.
—Escribí algo nuevo —digo.
—¿De qué trata?
—De lo que me da miedo.
Abro el cuaderno por la página que marqué esta mañana con una esquina doblada. El papel está un poco arrugado de tanto releerlo. Carraspeo, aunque no tengo la garganta seca. Es un reflejo, una forma de ganar tiempo.
—Se llama «La casa que no es mía».
Hazel asiente, sin decir nada. Sus dedos rodean el vaso de cartón. La luz de las farolas le dibuja sombras en los nudillos.
Leo. Mi voz sale más baja de lo que esperaba, pero no tiembla.
«Construí una casa con ladrillos que no eran míos.
Cada ventana daba a un paisaje que otra persona había elegido.
La puerta se abría con una llave que alguien me prestó y que yo apretaba en el puño hasta sangrar.
Un día la casa se derrumbó. No por el viento.
No por la lluvia. Se derrumbó porque yo no estaba dentro.
Había otra persona viviendo allí, con mi ropa, con mi voz, con mi nombre.
Y cuando intenté entrar, la cerradura ya no me reconocía. »
Bajo el cuaderno. El viento mueve la esquina de la página y la aplasto con el pulgar. No miro a Hazel. Miro el vaso de cartón, que se está enfriando sobre el cemento, y las estrellas que se reflejan en la superficie del chocolate, diminutas y temblorosas.
Hazel no dice nada durante un rato largo. Tampoco se mueve. Su quietud es tan completa que podría ser una de las sombras que proyectan las sillas de playa contra el pretil.
Luego, sin previo aviso, estira la mano y roza el borde del cuaderno con la punta de los dedos. No lo coge. Solo lo toca, como si fuera algo frágil.
—Esa llave —dice –. La que no abre nada. La conozco.
Levanto la cabeza. Hazel tiene los ojos fijos en el cuaderno, pero no está leyendo. Está recordando. Lo sé por la forma en que su respiración se ha vuelto más lenta, más profunda, como si estuviera a punto de sumergirse en agua fría.
—Con Claire —dice –, yo no me di cuenta de que me estaba perdiendo hasta que ya no estaba.
Al principio era solo… adaptarme. A sus horarios, a sus planes, a lo que le gustaba y lo que no.
Dejé de ir a la cafetería los sábados porque a ella no le gustaba madrugar.
Dejé de leer poesía en voz alta porque decía que era cursi.
Dejé de hacer un montón de cosas que eran mías, y ni siquiera las eché de menos hasta que ella se fue.
Hace una pausa. Retira la mano del cuaderno y la mete debajo de la manta.
—Cuando se marchó, me quedé vacía. No triste: vacía. Como si alguien hubiera entrado en mi casa y se hubiera llevado los muebles, las lámparas, los libros. Todo. Y yo estaba allí, de pie en medio del salón, sin saber qué era mío y qué era suyo.
—Eso es exactamente lo que yo sentí —digo.
Las palabras me salen antes de que pueda frenarlas. No son las palabras medidas que suelo elegir cuando hablo de Jade, las que he ensayado frente al espejo para que suenen ligeras, sin importancia. Son palabras que me queman la garganta.
—Jade era mayor. Tenía una vida, un trabajo, una forma de ver el mundo que a mí me parecía fascinante.
Yo quería ser como ella. Quería que me viera como una igual, no como una cría de dieciséis años.
Así que empecé a copiarla. Su forma de vestir, su forma de hablar, las películas que le gustaban.
Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Dejé de ir a la plaza los domingos.
Y cuando me dejó, no solo perdí a Jade. Me perdí a mí.
No sabía qué música me gustaba. No sabía qué quería hacer los fines de semana. No sabía quién era sin ella.
Hazel me mira. Sus ojos son oscuros y tranquilos, pero hay algo nuevo en ellos: un brillo húmedo que no es lástima. Es reconocimiento.
—Por eso no quiero depender de nadie —dice –. No es orgullo. Es miedo. Miedo a volver a vaciarme sin darme cuenta.
—Por eso yo sonrío todo el tiempo —digo –. Si parezco feliz, nadie me pregunta qué me pasa. Y si nadie me pregunta, no tengo que explicar que no sé quién soy.
Me quedo callada. El viento arrastra una hoja seca por el cemento y la estrella contra el pretil. El ruido es áspero, pequeño, y desaparece enseguida.
Hazel se inclina hacia delante y coge su vaso de chocolate. Bebe un sorbo. Luego otro. Luego deja el vaso en el suelo y se frota las manos, como si tuviera frío, aunque la noche no ha refrescado tanto.
—Nunca le había contado esto a nadie —dice.
—Yo tampoco. Lo del poema, quiero decir. Lo de Jade se lo conté a mi amiga Amber, pero no… no así. No con estas palabras.
—¿Por qué a mí?
La pregunta me pilla desprevenida. Hazel no la formula como un reproche ni como una exigencia. Es una curiosidad genuina, casi científica, como si estuviera tratando de entender un mecanismo que no ha visto antes.
—Porque no me da miedo que tú me juzgues —digo.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque tú también tienes miedo. Y lo dices. No haces como que no existe.
Hazel aparta la vista. Mira las estrellas, o quizá las luces de la ciudad, o quizá nada en concreto. Su perfil se recorta contra el cielo y veo que tiene la mandíbula relajada, los hombros sueltos. No está tensa. No está a la defensiva. Está pensando.
—Es raro —dice al fin.
—¿El qué?
—Esto. Tú y yo. Que nos hayamos conocido porque necesitabas imprimir algo, y que ahora estemos aquí, contándonos cosas que no le contamos a nadie.
—¿Es raro bueno o raro malo?
—No lo sé todavía. Pero no me quiero ir.
Esa última frase se queda flotando entre nosotras. No me quiero ir. La repito en silencio, solo para mí, y siento que me crece algo en el pecho: una presión suave, tibia, que no es ansiedad ni miedo. Es otra cosa. Algo que no sé nombrar.
—Yo tampoco —digo.
Hazel se recuesta contra el pretil y cierra los ojos.
Yo me tumbo en la manta, con la cabeza apoyada en el brazo doblado, y miro el cielo.
Las estrellas parpadean, lejanas e indiferentes, y por un momento me imagino que cada una es un miedo que alguien ha soltado, una confesión que flota en la oscuridad sin hacer daño a nadie.
El viento cambia de dirección y trae olor a sal y a fritura de alguna cocina cercana. Hazel abre los ojos y señala algo en el horizonte.
—¿Ves esa luz roja? Es la antena del puerto.
—No sabía que se viera desde aquí.
—Se ve todo. Solo hay que subir.
Me incorporo y sigo su dedo. La luz roja parpadea con un ritmo lento, hipnótico. Cuatro destellos, pausa, cuatro destellos. Me pregunto cuántas noches habrá pasado Hazel en esta azotea, contando los destellos de la antena, sin contarle a nadie que estaba aquí.
—¿Quieres leer otro poema? —pregunta.
—¿No te has asustado bastante por hoy?
—No me he asustado. Me he sentido… acompañada.
Busco en el cuaderno. Paso las páginas despacio, rozando las esquinas con el pulgar.
Hay poemas sobre la lluvia, sobre el paraguas amarillo, sobre el silencio de la imprenta.
Hay uno que escribí anoche, a las tres de la madrugada, con la luz del móvil iluminando la página.
Lo encuentro y lo leo en voz alta, sin presentarlo, sin darle título.
«Tengo miedo de olvidar cómo se camina sola. De confundir compañía con identidad. De despertarme un día y no saber si este cuerpo es mío o es un molde que otra persona llenó con sus expectativas, con sus silencios, con su forma de querer.»
Hazel no dice nada cuando termino. Pero esta vez no se queda quieta.
Se levanta, camina hasta el pretil y apoya las manos en el borde de cemento.
La observo de espaldas, con el viento moviéndole el pelo oscuro, y sé que está llorando.
No la oigo. No se le mueven los hombros.
Pero sé que está llorando porque se lleva una mano a la cara, muy rápido, y luego se limpia los dedos en el pantalón.
No le pregunto si está bien. No hace falta.
Me levanto y me coloco a su lado. Nuestros codos se tocan. El contacto es mínimo, apenas un roce de tela contra tela, pero ninguna de las dos se aparta.
—Gracias —dice Hazel, con una voz que no es más que un hilo.
—¿Por qué?
—Por no tener miedo.
—Sí tengo miedo. Muchísimo. Pero estar aquí contigo… hace que pese menos.
Hazel gira la cabeza y me mira. Tiene los ojos enrojecidos y las pestañas húmedas. No sonríe, pero hay algo en su expresión que se parece a la calma, a la marea cuando baja y deja la arena lisa.
—El jueves —dice –. En la imprenta. Imprimimos tus poemas de verdad.
—¿A las cuatro?
Asiento. El viento trae otra ráfaga de olor a sal y cierro los ojos un segundo, solo uno, para guardar este momento en algún sitio donde no se me pierda.
Cuando los abro, Hazel está mirando otra vez la antena del puerto, y la luz roja sigue parpadeando, cuatro destellos, pausa, cuatro destellos, como un corazón que no tiene prisa.