Poemas Íntimos
La noche del jueves llega con una brisa que huele a sal y a asfalto mojado. Me detengo frente al edificio de Aurora y repaso mentalmente la dirección que me dio hace cinco días. El número coincide. El portón de rejas está entreabierto.
Llevo una bolsa pequeña con dos saquitos de té de manzanilla. No sé por qué los compré. Quizá porque en la imprenta siempre tengo alguno a mano y esta noche me apetecía llevar algo que no fuera solo mi presencia.
Llamo dos veces.
—¡Ya voy!
Reconozco la voz de Aurora al otro lado, ese tono vivaz que he aprendido a distinguir del nerviosismo. La puerta se abre y ahí está, con el cabello suelto y una camiseta de mangas anchas que le cae sobre un hombro.
—Trajiste té —dice, y su sonrisa es rápida y genuina.
—Manzanilla.
—Perfecto. Justo iba a poner agua.
Entro. El apartamento es más pequeño de lo que imaginaba, pero cada rincón está ocupado por algo que parece elegido con intención: una repisa con libros de lomos gastados, un corcho con fotos y entradas de cine, un cuaderno abierto sobre la mesa de centro.
Las paredes tienen dibujos a lápiz pegados con washi tape, árboles, manos entrelazadas, un gato durmiendo sobre un tejado.
—Siéntate donde quieras —dice Aurora desde la cocina –. Menos en el suelo, que la vecina de abajo se queja hasta de los pasos.
Me siento en el sofá. Es blando y se hunde en el centro. Apoyo la bolsa del té en la mesa y observo el cuaderno abierto. La caligrafía es pequeña y ordenada, con tachones aquí y allá. No leo nada. Aparto la vista.
Aurora vuelve con dos tazas humeantes. Me alcanza una y se sienta en el otro extremo del sofá, con las piernas dobladas bajo el cuerpo.
—¿Te costó encontrar el edificio?
—No. Me sé el Viejo San Juan de memoria.
—Claro. La imprenta está a diez minutos.
—Menos, si no hay tráfico.
Aurora asiente y mira su taza. El vapor le sube por la cara y le enrojece las mejillas. Afuera, una ráfaga de viento hace temblar la ventana.
—¿Siempre dibujas? —pregunto, señalando los papeles de la pared.
—Desde pequeña. Mi abuela me enseñó a dibujar girasoles antes que a escribir. —Señala el dibujo de la puerta –. Ese lo hice a los ocho años.
—¿Y lo pegaste en la entrada?
—Para no olvidarme de que existe. Mi abuela me dijo una vez que los girasoles siempre miran hacia donde hay luz, aunque esté nublado. —Hace una pausa –. Me pareció un buen recordatorio.
Bebo un sorbo de té. Está demasiado caliente y me quema la lengua, pero no digo nada.
—Hazel —dice Aurora, y su tono cambia –. Te invité porque quería enseñarte algo. Lo que hablamos en la imprenta... lo de los poemas.
—Me acuerdo.
—Traje la carpeta. —Se levanta y va hacia una mochila que está junto a la puerta. Saca el fajo de poemas que conozco, el mismo que llevaba aquel primer día bajo la lluvia –. He estado pensando en lo que dijiste. En que debería imprimirlos.
—Lo dije en serio.
—Lo sé. Por eso quiero que leas uno. Uno en concreto.
Se sienta otra vez, más cerca esta vez. El fajo de poemas descansa sobre sus rodillas. Sus dedos recorren los bordes de las hojas como si buscaran una página marcada.
—No tienes que hacerlo si no quieres —digo.
—Quiero. —Su voz se quiebra un instante y se recompone –. Es solo que este poema... no se lo he enseñado a nadie. Ni siquiera a Amber.
Espero. El viento vuelve a sacudir la ventana y una rama de flamboyán raspa el cristal.
—Se llama «El molde» —dice Aurora.
El título me resulta familiar. Tardo un segundo en ubicarlo: lo mencionó en la cafetería, aquella mañana de sábado. Dijo que trataba sobre perder la identidad al adaptarse a las expectativas ajenas.
—¿Lo escribiste después de lo de Jade?
Aurora asiente.
—Unos dos meses después. Cuando me di cuenta de que había dejado de hacer cosas que me gustaban solo porque a ella no le interesaban.
Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Dejé de ir a la plaza los domingos porque ella prefería quedarse en casa.
—Sus dedos se detienen sobre una hoja –.
Un día me miré al espejo y no supe quién era.
La observo. No está llorando. Tampoco está sonriendo. Tiene la expresión de quien ha repetido estas palabras en silencio muchas veces y por fin las dice en voz alta.
—¿Quieres que lo lea? —pregunto.
—Quiero leerlo yo. Si no te importa.
—Adelante.
Aurora respira hondo. Sostiene la hoja con ambas manos y empieza a leer.
El poema habla de una persona que entra en una casa que no es suya.
Al principio todo es nuevo y brillante, pero poco a poco las paredes se estrechan.
La voz del poema describe cómo sus propios muebles desaparecen, cómo sus cuadros son sustituidos por otros que no reconoce, cómo las ventanas se vuelven espejos y solo ve el reflejo de quien la habita.
Al final, la persona intenta salir y no encuentra la puerta.
No habla de amor. No menciona nombres. Pero cada verso es un mapa de un miedo que reconozco.
Aurora termina de leer y deja la hoja sobre la mesa. Sus manos quedan suspendidas un momento antes de posarse sobre sus rodillas.
—Eso es lo que me pasó con Jade —dice –. Me perdí dentro de ella. Y ahora tengo miedo de que me vuelva a pasar. Con cualquiera.
La última palabra se queda flotando. No me mira. Tiene la vista fija en la hoja, en su propia caligrafía.
—Es bueno —digo.
—¿De verdad?
—De verdad. No es bonito, pero es bueno. Es verdad.
Aurora levanta la vista. Sus ojos están húmedos pero no derrama una lágrima.
—Gracias.
—No me des las gracias. Lo digo en serio.
—Lo sé. Por eso te las doy.
Hay un silencio. No es incómodo. Es un silencio en el que ambas miramos la hoja sobre la mesa, las letras que Aurora escribió hace meses y que ahora existen también para mí.
—Yo también tengo miedo —digo, y las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Aurora parpadea.
—¿De qué?
—De depender de alguien. De que alguien dependa de mí.
—Hago una pausa. El té se ha enfriado –.
Mi exnovia, Claire, se fue sin avisar. Un día estaba y al siguiente no.
Y yo me quedé con la sensación de que había hecho algo mal, aunque sé que no fue así.
Desde entonces prefiero no esperar nada de nadie.
Aurora asiente despacio.
—La independencia como coraza.
—Algo así.
—Tiene sentido. —Aurora recoge la hoja y la vuelve a colocar en el fajo –. Las dos estamos un poco rotas, ¿no?
—Un poco.
—Pero estamos aquí.
La miro. Tiene una hebra de cabello pegada a la comisura del labio. La aparta sin darse cuenta.
—Sí —digo –. Estamos aquí.
Afuera, la lluvia empieza a caer. Primero son gotas sueltas contra el cristal, luego un repiqueteo constante. El sonido llena el apartamento y amortigua el resto del mundo.
—¿Te quedas un rato más? —pregunta Aurora –. No me apetece estar sola con la lluvia.
—Me quedo.
Aurora sonríe. Es una sonrisa pequeña, sin esfuerzo. Recoge las tazas y las lleva a la cocina. Oigo el grifo abrirse y cerrarse.
Miro el corcho de la pared. Hay una foto de Aurora con otra chica, el pelo oscuro, una cámara colgada al cuello. Jade, supongo. Está clavada en una esquina, medio tapada por una entrada de cine.
—Esa es ella —dice Aurora a mi espalda –. No la he quitado porque no quiero hacer como que no existió. Pero ya no la miro.
—¿Y funciona?
—A veces.
Vuelve a sentarse. Esta vez se recuesta contra el respaldo y estira las piernas sobre la mesa de centro.
—Hazel, ¿tú crees que se puede querer a alguien sin desaparecer?
La pregunta me pilla desprevenida. Tardo en responder.
—No lo sé. Pero me gustaría creer que sí.
—A mí también.
La lluvia arrecia. Una cortina de agua resbala por la ventana y distorsiona las luces de la calle. El apartamento se siente más pequeño, más cálido.
—¿Quieres escuchar otro poema? —pregunta Aurora.
—Sí.
Busca entre las hojas y elige uno más corto. Esta vez no me dice el título. Solo empieza a leer, y su voz se mezcla con el sonido de la lluvia, y yo cierro los ojos un momento y solo escucho.
El poema habla de un paraguas amarillo que alguien olvidó en un banco de la plaza. La voz del poema se pregunta si quien lo dejó lo hizo a propósito, si quería mojarse, si quería sentir la lluvia en la piel después de tanto tiempo a cubierto.
Cuando termina, abro los ojos.
—Ese es nuevo —digo.
—Lo escribí la semana pasada. Después de volver de la imprenta.
No pregunto de qué trata. No hace falta.
—Me gusta —digo –. El del molde es más importante, pero este me gusta más.
—A mí también. —Aurora guarda las hojas en la carpeta –. ¿Sabes? Nunca le había leído mis poemas a nadie. Y ahora te he leído dos en una noche.
—Tres. El otro día en la imprenta también me leíste uno.
—Es verdad. Tres. —Se ríe, una risa corta y sin peso –. Voy a tener que escribir más, a este ritmo.
—Tienes tiempo. El jueves que viene es dentro de una semana.
—¿Sigues queriendo imprimirlos?
—Dije que sí. No me echo atrás.
Aurora asiente y apoya la carpeta sobre la mesa. Afuera, la lluvia empieza a amainar. El repiqueteo se vuelve un goteo espaciado, luego un silencio húmedo.
—Se está yendo —dice Aurora.
—Sí.
—¿Quieres otro té antes de irte?
—Bueno.
Se levanta y va a la cocina. Oigo el clic del encendedor de la estufa, el silbido del agua al calentarse. Miro sus dibujos en la pared. Hay uno que no había visto antes: dos figuras bajo un paraguas, una más alta y otra más baja, caminando sobre adoquines.
Aurora vuelve con las tazas llenas.
—¿Lo dibujaste hoy? —pregunto.
—Ayer. —Me alcanza la taza –. No sé por qué. Se me vino la imagen y la dibujé.
Bebo el té. Esta vez está en su punto justo. El calor me baja por la garganta y se instala en el pecho.
—Hazel —dice Aurora –. Gracias por venir.
—Gracias por invitarme.
—No fue fácil. Leer el poema, digo.
—Lo sé.
—Pero me alegro de haberlo hecho.
—Yo también.
Aurora apoya la taza en la mesa y se queda quieta, con las manos entrelazadas sobre el regazo. La luz de la lámpara le dibuja sombras en la cara.
—¿Nos vemos el jueves? —pregunta.
—A las cuatro. En la imprenta.
—Llevaré los poemas.
—Y yo tendré la prensa lista.
Me levanto. Aurora me acompaña hasta la puerta. El dibujo del girasol me mira desde la entrada.
—Cuídate con la lluvia —dice –. Aunque ya no llueve.
—El suelo está mojado.
—Cierto.
Abro la puerta. El pasillo huele igual que antes, a sofrito y detergente, pero ahora el olor me resulta familiar.
—Buenas noches, Hazel.
—Buenas noches, Aurora.
Bajo las escaleras despacio. En la calle, el asfalto refleja las luces de las farolas. El aire huele a tierra mojada y a flamboyán. Echo a andar hacia la parada del autobús con las manos en los bolsillos y el sabor de la manzanilla todavía en la boca.
A mitad de camino me doy cuenta de que no he mirado atrás. Y de que no me ha hecho falta.