Cuando los caminos se cruzan Un Silencio Cómodo
30%

Un Silencio Cómodo

La imprenta me recibe con el mismo olor de siempre: papel cortado, humedad de tinta y algo metálico que no sé de dónde viene.

Han pasado siete días desde que dejé el poema sobre la mesa de Hazel y me fui con el paraguas chorreando y el pecho más ligero.

Siete días en los que he escrito tres poemas nuevos y he releído el mensaje que nunca respondió.

El fluorescente del taller parpadea una vez antes de estabilizarse.

Hazel está inclinada sobre una de las máquinas, con el chaleco de trabajo puesto y el cabello recogido en una cola baja.

No me ha visto entrar. Sus dedos ajustan algo en el rodillo, un movimiento preciso que repite tres veces antes de quedar satisfecha.

A su lado, una pila de hojas recién impresas todavía conserva ese brillo húmedo que desaparece al secarse.

Dejo el paraguas junto a la puerta. El gesto hace ruido, el mínimo suficiente para que Hazel levante la cabeza.

—Volviste —dice.

No es una pregunta. Tampoco es un reproche.

—Te debo una disculpa —respondo –. O varias.

Hazel se limpia las manos en un trapo que cuelga del bolsillo del chaleco. Las manchas de tinta no salen del todo; le quedan los dedos manchados de un gris azulado que ya he visto otras veces.

—No hace falta.

—Sí hace falta. Te dije que quería volver a hablar y desaparezco una semana.

—Tenías cosas que escribir.

La frase me deja sin respuesta. No lo dice como quien devuelve un golpe, sino como quien entiende algo que yo no he terminado de explicar. Me pregunto si leyó el poema más de una vez. Si lo guardó en algún cajón de la oficina trasera o si lo dejó sobre la mesa hasta que la tinta se secó del todo.

Hazel vuelve a la máquina. Yo me quedo donde estoy, a medio camino entre la puerta y el taller, sin saber si debo acercarme o esperar. El olor a tinta es más intenso aquí dentro. Me recuerda al primer día, cuando entré con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa que me pesaba como una máscara.

Hoy no traigo la sonrisa. Hoy traigo las manos vacías.

—¿Puedo ver lo que haces?

Hazel se gira. Su expresión no cambia, pero sus dedos se apartan del rodillo y me hacen un gesto mínimo con la cabeza.

Cruzo el taller. El suelo de cemento tiene manchas de tinta seca que forman mapas irregulares, constelaciones de salpicaduras que nadie se ha molestado en limpiar.

Paso junto a la prensa más antigua —Minerva, recuerdo que la llamó, y me detengo a un metro de Hazel, la distancia justa para no estorbar.

—Es una prensa de prueba —explica –. Para tiradas pequeñas. La uso cuando el pedido no llega a cien copias.

—¿Y este?

Señalo el papel que acaba de salir. Es una invitación de boda, letra cursiva sobre fondo color crema. Los nombres de los novios ocupan el centro, rodeados de una orla de flores diminutas.

—Pedido de una clienta del Viejo San Juan —dice Hazel –. Quiere doscientas para el sábado.

—¿Doscientas? Eso ya no es tirada pequeña.

—Por eso estoy con la otra máquina. Esta solo era la prueba de color.

Señala hacia el fondo del taller, donde una impresora más grande ocupa casi toda la pared. No la había visto el primer día. O quizá sí, pero estaba demasiado ocupada fingiendo que todo iba bien como para fijarme.

Hazel pulsa un botón y la máquina grande cobra vida.

El sonido no es un zumbido exactamente: es un traqueteo rítmico, como si alguien pasara las páginas de un libro muy deprisa.

El papel entra blanco por un extremo y sale impreso por el otro, y el movimiento se repite una y otra vez con una cadencia que resulta casi hipnótica.

Me apoyo en el borde de una mesa cercana. No digo nada. Hazel tampoco.

La máquina sigue su ritmo. El fluorescente deja de parpadear. En algún lugar del taller, un reloj de pared marca los segundos con un clic tan tenue que casi no se oye.

Es un silencio distinto al de la cafetería. Allí había ruido de tazas y conversaciones ajenas y el ventilador del techo que nos obligaba a llenar el espacio con palabras. Aquí no hace falta. Aquí el silencio es parte del trabajo, igual que el olor a tinta o el traqueteo de la impresora.

Observo a Hazel mover una palanca. Sus dedos son rápidos y seguros, sin un solo gesto de más. Lleva el chaleco un poco holgado, como si fuera heredado de alguien más grande, y tiene una mancha de tinta en la muñeca que parece antigua, de esas que ya no salen con agua y jabón.

—¿Siempre trabajas sola?

—Casi siempre. Mi tío viene los lunes a revisar los pedidos grandes, pero el resto de la semana la imprenta es mía.

—¿Y no te cansas?

Hazel se toma un segundo antes de responder.

—Me gusta el ritmo. Es predecible.

Entiendo lo que quiere decir. Yo también busco cosas predecibles últimamente. Horarios fijos, rutinas que no den sorpresas, gente que no desaparezca sin avisar.

La impresora termina una tanda y Hazel retira las hojas con cuidado. Las coloca en una bandeja metálica y las cuenta en voz baja, moviendo los labios sin emitir sonido. Lleva contadas diecisiete cuando se detiene.

—¿Tienes planes para el fin de semana?

La pregunta me pilla desprevenida. No es el tipo de cosa que Hazel suele preguntar. En la cafetería hablamos de poesía y de libros y de la lluvia, pero nunca de lo que hacemos cuando no estamos la una frente a la otra.

—Escribir —digo –. Eso y probablemente pasarme por casa de Amber. Me ha dicho que me nota rara y quiere saber por qué.

—¿Y vas a contárselo?

—No lo sé.

Es la primera vez que respondo con honestidad a esa pregunta. Antes habría dicho que sí, que Amber es mi amiga y que no tengo nada que ocultar. Pero después de confesarle a Hazel lo de la fachada, mentir sobre Amber me parece innecesario.

Hazel asiente. No me presiona. Vuelve a la máquina y yo me quedo mirando sus manos, la forma en que colocan el papel sin doblar ni una esquina.

—Escribí tres poemas esta semana —digo.

—¿Como el otro?

—Distintos. Menos oscuros, creo. Uno habla de la lluvia.

—¿El mismo día que me dejaste el poema?

—Dos días después. No podía dormir y me puse a escribir.

Hazel deja la bandeja sobre la mesa. Se gira hacia mí y por un momento sus ojos se detienen en los míos. No me está analizando; me está escuchando. Es una diferencia sutil, pero la noto en la forma en que sus dedos se quedan quietos sobre el borde metálico.

—Deberías traerlos —dice.

—¿Adónde?

—Aquí. Para imprimirlos.

Tardo en procesar lo que acaba de ofrecerme. Imprimir mis poemas. Pasar esas palabras que escribí a las tres de la mañana con el teléfono apagado y la luz del flexo como única compañía por la misma máquina que ahora escupe invitaciones de boda.

—No son para que nadie los lea —digo.

—No hace falta que los lea nadie. Puedes imprimir una copia para ti. O ninguna. Pero tenerlos en papel es distinto a tenerlos en una carpeta.

Miro la impresora grande. Imagino mis versos sobre la lluvia saliendo de ese rodillo, uno detrás de otro, con olor a tinta fresca y los bordes aún húmedos. La idea me da más miedo del que esperaba.

—No sé si están listos.

—Nadie te está pidiendo que los publiques.

La frase se queda flotando en el taller, entre el traqueteo de la máquina y el clic del reloj. Hazel no aparta la vista. No sonríe, pero algo en su expresión se ha suavizado, como si hubiera dejado caer una capa muy fina de su reserva habitual.

—¿Tú imprimes cosas tuyas? —pregunto.

—A veces. Listas. Recordatorios. Nada importante.

—Eso no es lo mismo.

—No —admite –. No es lo mismo.

Hazel se da la vuelta y ajusta una rueda de la máquina. El gesto es tan rápido que casi me lo pierdo: sus dedos rozan el metal y luego se apartan, como si la superficie estuviera caliente. Pero no lo está. Es otra cosa.

—El jueves —dice –. A las cuatro. Como la otra vez.

—¿Traigo los poemas?

—Si quieres.

No me está obligando. No me está diciendo que confíe en ella ni que me arriesgue. Solo me está abriendo una puerta y esperando a que decida si quiero cruzarla.

—Vale —digo –. El jueves a las cuatro.

Hazel asiente y vuelve al trabajo. La máquina grande reanuda su traqueteo y el papel empieza a desfilar otra vez, blanco por un extremo, impreso por el otro. Yo me quedo donde estoy, apoyada en la mesa, viendo cómo sus manos se mueven entre palancas y rodillos.

El reloj de pared da las doce. Fuera, el mediodía cae sobre el Viejo San Juan con esa luz blanca que aplasta las sombras contra el suelo.

Aquí dentro, el fluorescente sigue zumbando y la tinta sigue oliendo a tinta y Hazel sigue trabajando, y por primera vez en mucho tiempo no siento que tenga que llenar el silencio con palabras.

Me quedo media hora más. No hablamos de Jade ni de Claire ni de nada que pese.

Hazel me explica cómo se cambia el rodillo de la prensa pequeña y yo le pregunto por los tipos de papel que usa.

Me enseña una muestra de cartulina verjurada que guarda en la oficina trasera y yo paso los dedos por la textura, sorprendida por lo distinto que se siente el papel cuando le prestas atención.

A la una y cuarto recojo el paraguas. Hazel me acompaña hasta la puerta.

—El jueves —dice.

—El jueves.

Salgo a la calle. El calor me golpea en la cara como un trapo húmedo, pero no me importa. Echo a andar hacia la parada del autobús con las manos vacías y el pecho un poco menos vacío que cuando llegué.

A mitad de camino me doy cuenta de que no he sonreído en toda la visita. Y de que no me ha hecho falta.