Cuando los caminos se cruzan La Verdad Detrás de la Sonrisa
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La Verdad Detrás de la Sonrisa

La imprenta huele a papel cortado y a tinta fresca cuando entro, cuatro días después de recibir el mensaje de Aurora.

El fluorescente del techo zumba con esa vibración sorda que ya forma parte del aire del taller.

Dejo la mochila sobre la mesa de trabajo y enciendo las máquinas una por una, el ritual de cada mañana que me ordena la cabeza antes de que el día empiece de verdad.

El mensaje sigue en el teléfono. Lo he releído tres veces desde que me desperté.

He escrito algo oscuro pero verdadero. He pensado en ti mientras lo escribía.

No respondí esa noche. Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó sola, y luego me quedé mirando el techo. No era rechazo lo que sentía. Era otra cosa. Algo más parecido a reconocer un borde que no sabía que existía.

Ahora, mientras ajusto la presión de los rodillos de la prensa antigua, me pregunto si vendrá hoy. No hemos hablado desde entonces. El jueves a las cuatro pasó sin que ella apareciera, y yo me quedé en la imprenta hasta las cinco y media, ordenando papeles que ya estaban ordenados.

—¿Hazel?

La voz llega desde la puerta. Me giro y ahí está Aurora, con el paraguas amarillo cerrado en una mano y la carpeta en la otra. El sol de la tarde entra a su espalda y le dibuja el contorno del cabello como una línea dorada.

—Hola —digo.

—Llego tarde. Otra vez. —Aurora da un paso hacia adentro y deja el paraguas apoyado contra la pared –. Lo siento. Lo del jueves fue… —Se encoge de hombros, y el gesto es tan distinto de su sonrisa habitual que tardo un segundo en procesarlo.

—No pasa nada.

—Sí pasa. —Se queda de pie en medio del taller, sin avanzar del todo, como si esperara un permiso que no hace falta –. Te debo una explicación.

La miro. Tiene los dedos de la mano libre enroscados en el borde de la carpeta, apretando y soltando el cartón en un ritmo que no parece consciente.

—No tienes que dármela —digo, y es verdad.

—Ya lo sé. —Aurora suelta la carpeta un momento y se pasa la mano por el cabello –. Pero quiero.

Me quedo quieta junto a la prensa. El taller está en calma: solo el ronroneo de las máquinas y el olor a tinta que flota en el aire. Aurora respira hondo y da dos pasos más hacia mí.

—¿Puedo enseñarte algo?

Asiento. Ella abre la carpeta sobre la mesa de trabajo, aparta un par de hojas y saca una página escrita a mano. La letra es pequeña y apretada, como si hubiera escrito rápido, sin levantar el bolígrafo.

—Lo escribí el otro día. Después de escuchar una canción en la radio. —Aurora apoya la punta del dedo sobre el título –. Se llama «La casa que no es mía».

No digo nada. Espero.

Ella lee en voz baja, casi para sí misma, pero lo suficientemente alto para que yo la escuche.

El poema habla de una casa con habitaciones que no reconoce, una llave que no abre ninguna puerta, un patio donde nunca da el sol.

Cada verso es más oscuro que el anterior, y cuando termina, Aurora se queda mirando el papel como si acabara de descubrir algo que no quería ver.

—Es sobre Jade —dice, y la palabra sale sin énfasis, sin rabia, solo un nombre que ocupa su espacio –. Mi exnovia.

—Lo imaginé.

Aurora levanta la vista. Tiene los ojos húmedos pero no llora. Parpadea una vez y deja la página sobre la mesa, con cuidado, como si pesara más que el papel.

—Hay días en que me canso de sonreír —dice.

La frase se queda flotando entre las dos. No la interrumpo. No aparto la mirada.

—Es como si tuviera que estar siempre bien —continúa –.

Siempre con la sonrisa puesta, siempre con un chiste preparado.

Porque si dejo de hacerlo, la gente empieza a preguntar.

Y si preguntan, tengo que responder. Y si respondo…

—Se encoge de hombros otra vez, y esta vez el gesto es más pequeño, más cansado –. No sé. Es más fácil no responder.

—Pero es agotador —digo.

—Mucho. —Aurora se apoya en la mesa con las dos manos, el peso del cuerpo inclinado hacia adelante –. Amber lo notó. Hace un par de semanas me dijo que ya no me reía igual. Y yo le dije que estaba bien, que era solo cansancio del instituto. —Suelta una risa breve, sin humor –. Mentira. Era esto.

Señala el poema con la barbilla.

—¿Y ahora? —pregunto.

—Ahora estoy aquí. Diciéndotelo a ti. —Aurora me mira, y su expresión no es la sonrisa automática que le he visto otras veces. Es algo más quieto. Algo que no se esfuerza –. No sé por qué. Bueno, sí sé. Porque no me da miedo que lo leas.

Me toma un momento encontrar las palabras. No estoy acostumbrada a que alguien me entregue algo así, algo tan desnudo, y espere tan poco a cambio. Claire nunca lo hizo. Claire hablaba de sus proyectos, de sus planes, de lo que quería escribir, pero nunca de lo que le dolía. Y yo tampoco preguntaba.

—Ser honesta con una misma es lo más difícil —digo al fin –. Pero también es lo único que no se puede fingir.

Aurora asiente despacio. El fluorescente zumba sobre nosotras. La prensa antigua emite un chasquido metálico, uno de esos ruidos que hace cuando se enfría.

—¿Quieres un té? —pregunto.

—¿Tienes té?

—En la oficina de atrás. De hierbas. Lo guardo para los días largos.

Aurora sonríe. No es la sonrisa de siempre. Es más pequeña, más lenta. Los músculos de las mejillas tardan un segundo en subir, como si estuvieran fuera de práctica.

—Me encantaría.

Voy a la oficina trasera y pongo agua a calentar en el hervidor eléctrico. Cuando vuelvo con dos tazas, Aurora se ha sentado en el taburete junto a la mesa de trabajo. Tiene la carpeta cerrada sobre las rodillas y mira hacia la prensa antigua con una expresión tranquila.

—¿Cómo se llama? —pregunta.

—Minerva.

—Minerva —repite, como si saboreara la palabra –. Me gusta.

Le paso la taza. El vapor sube entre las dos, un hilo blanco que se deshace antes de llegar al techo. Nos quedamos en silencio un rato largo. No es incómodo. Es un silencio que no pide nada.

—Gracias —dice Aurora al cabo de un momento.

—No he hecho nada.

—Me has escuchado. —Da un sorbo al té y apoya la taza sobre el muslo –. No le había dicho esto a nadie. Ni a Amber. Y Amber es… —Busca la palabra –. Amber es la persona que mejor me conoce.

—¿Y por qué a mí?

Aurora se queda pensando. El vapor del té le empaña un poco la cara, y por un segundo parece más joven de lo que es. O quizá es al revés: parece exactamente la edad que tiene, sin el esfuerzo de aparentar otra cosa.

—Porque no intentas arreglarme —dice –. Solo escuchas. Y eso… —Deja la frase sin terminar.

No hace falta que la termine.

El hervidor se apaga en la oficina trasera con un clic seco.

Afuera, en la calle, alguien arrastra un carro por los adoquines, y el traqueteo rebota entre las fachadas hasta perderse.

Aurora da otro sorbo al té. Yo hago lo mismo.

El líquido está caliente y sabe a manzanilla, un sabor que me recuerda a las tardes de invierno en casa de mi abuela, antes de que la imprenta fuera mi refugio.

—¿Puedo volver? —pregunta Aurora.

—Claro.

—No solo por lo de la impresión. —Gira la taza entre las manos –. Quiero decir… volver. Así. A hablar.

La miro. Tiene una hebra de cabello suelta sobre la frente y los dedos manchados de tinta de apoyarse en la mesa. No sé qué voy a decir hasta que lo digo.

—Cuando quieras.

Aurora asiente. Termina el té, deja la taza sobre la mesa y se levanta despacio. Recoge el paraguas amarillo y la carpeta. En la puerta, se gira.

—Hazel.

—¿Sí?

—Lo del poema. Lo de Jade. No se lo he contado a nadie más. —Aurora se queda un momento con la mano en el marco –. Solo para que lo sepas.

Asiento. Ella sonríe, esa sonrisa nueva que todavía está aprendiendo a usar, y sale a la calle.

La puerta se cierra con un golpe suave. El taller vuelve a su quietud de máquinas apagadas y tinta seca.

Me quedo de pie junto a la mesa, con la taza vacía en la mano, y pienso en la llave que no abre nada y en el patio sin luz.

Pienso en la forma en que Aurora ha dejado el poema sobre la mesa, boca arriba, como quien deja de sostener algo muy pesado.

Recojo las dos tazas y las llevo a la oficina trasera. Las enjuago en el fregadero pequeño. El agua corre fría y me moja los dedos. Mañana volveré a las siete, encenderé las máquinas y seguiré con los pedidos. Pero algo se ha movido. Algo que no sé nombrar.

Guardo las tazas en el estante. Apago el fluorescente. La imprenta se queda a oscuras, oliendo a manzanilla.