Cuando los caminos se cruzan El Eco de Jade
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El Eco de Jade

Cuatro días después del paseo por el Viejo San Juan, el jueves se convierte en un día cualquiera hasta que deja de serlo.

Estoy en mi apartamento, sentada en el suelo del salón con la carpeta abierta sobre las rodillas.

El ventilador del techo gira despacio y mueve el aire caliente sin refrescarlo.

He pasado la tarde ordenando poemas viejos, los que escribí antes de Jade, los que escribí durante Jade, los que escribí después.

Tres montones sobre la alfombra gastada.

No sé por qué los he separado así. Tal vez para ver si las palabras cambiaron sin que me diera cuenta.

El teléfono vibra sobre la mesa baja. Un mensaje de Amber: una foto de un gato dormido sobre una pila de libros y tres emojis de risa. Le respondo con un corazón y dejo el teléfono boca abajo. No tengo ganas de fingir una conversación animada ahora.

En la cocina, la radio sigue encendida. La dejé puesta esta mañana mientras preparaba el desayuno y no la he apagado en todo el día. Una canción termina y empieza otra. Los primeros acordes me llegan desde la otra habitación como si alguien hubiera subido el volumen de golpe.

Conozco esa canción.

La conocí en el coche de Jade, una noche de marzo, volviendo de la playa.

Jade cantaba a gritos y desafinaba a propósito para hacerme reír.

Yo me reía tanto que me dolía el estómago.

La ventanilla bajada, el pelo pegándoseme a la cara, el olor a sal y a su perfume de vainilla.

Jade extendió la mano hacia mí en un semáforo y yo la tomé sin pensar.

Ahora la misma canción suena en mi cocina vacía un jueves de calor, y yo no me río.

Dejo la carpeta en el suelo y me levanto.

Las piernas se me han dormido de estar tanto rato en la misma postura.

Camino hasta la cocina con pasos torpes y me quedo de pie junto a la encimera, mirando la radio como si fuera a decirme algo más.

La canción sigue. El estribillo. La parte que Jade cantaba más fuerte.

Apoyo las dos manos en el borde de la encimera.

Los azulejos están fríos contra las palmas.

Respiro por la nariz y noto el pecho apretado, no de una forma dramática, sino como si llevara un rato conteniendo algo sin saberlo.

No hay nadie aquí. No tengo que sonreír.

No tengo que ser la Aurora que todos esperan.

La canción termina y la locutora anuncia la siguiente con una voz demasiado alegre. Alargo la mano y apago la radio.

El apartamento se queda en un reposo repentino.

Solo el ventilador del salón, que ahora oigo desde aquí.

Vuelvo al salón y me siento otra vez en el suelo, pero no retomo los montones de poemas.

Cojo un folio en blanco de la mochila y lo coloco sobre la carpeta.

El bolígrafo está en el suelo, junto a mi rodilla.

No pienso. No planifico. Escribo.

Las primeras palabras salen torpes. Las tacho.

Empiezo otra vez. Esta vez las frases se encadenan sin que las controle del todo.

Escribo sobre una chica que se perdió dentro de otra persona y no supo encontrar la salida.

Escribo sobre una voz que ocupaba tanto espacio que la suya dejó de oírse.

Escribo sobre el miedo a que cualquier afecto nuevo sea otra habitación sin puertas.

El bolígrafo se desliza más rápido de lo que pienso. No es como los poemas de antes, los que tenían metáforas bonitas y finales que dejaban espacio para la esperanza. Este es más seco. Más directo. Las palabras no intentan gustar.

Cuando paro, me duelen los dedos. Los flexiono despacio y leo lo que he escrito.

El poema habla de una casa que no es mía. De una llave que no abre nada. De una ventana que da a un patio interior sin luz. No he usado la palabra «Jade» en ningún verso, pero está en todas partes. Está en la casa. Está en la llave. Está en el patio sin luz.

Leo el poema en voz alta. Mi voz suena rara en el apartamento vacío.

Más baja de lo normal. Las palabras flotan un momento en el aire caliente y luego desaparecen.

Siento una mezcla de cosas que no sé separar: tristeza por lo que pasó, alivio por haberlo puesto fuera de mí, miedo a que alguien lo lea y sepa demasiado.

Y debajo de todo eso, una certeza pequeña pero firme: quiero que Hazel lo lea.

No sé por qué ella. Apenas nos conocemos.

Hemos compartido un café, un paseo, unas cuantas frases sueltas.

Pero recuerdo cómo escuchó «El molde» en la cafetería.

No dijo «qué bonito» ni «qué triste». Dijo que era honesto.

Dijo que era verdadero. No intentó arreglarme ni decirme que todo iba a estar bien.

Hazel no me pidió que sonriera.

Eso es más de lo que mucha gente ha hecho en meses.

Doblo el folio con cuidado y lo meto dentro de la carpeta, entre los otros poemas. Veinticuatro páginas ahora. Una más que antes. Una más oscura que las demás.

El reloj de la cocina marca las siete y media. Fuera, la luz empieza a cambiar hacia ese tono anaranjado que tiñe los edificios del Viejo San Juan. El jueves. Hoy es jueves. Íbamos a vernos en la imprenta a las cuatro.

No he ido.

Se me olvidó por completo. La canción, el recuerdo, el poema… todo lo demás desapareció. Hazel me ha estado esperando y yo ni siquiera le he mandado un mensaje.

Cojo el teléfono. No tengo ninguna notificación de ella. Eso es peor que si me hubiera escrito para preguntar dónde estoy. Significa que esperó, que se cansó de esperar y que no quiso insistir.

Me quedo un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla. El contacto de Hazel aparece en mis mensajes recientes. Nuestra última conversación fue el martes, cuando confirmamos la hora. Cuatro palabras suyas: «Aquí estaré. Sin prisa.»

Sin prisa.

Escribo y borro tres mensajes distintos. El primero es una disculpa larga que suena a excusa. El segundo es demasiado corto y frío. El tercero intenta ser gracioso y fracasa antes de que lo termine.

Respiro hondo. No voy a mentirle. No quiero hacer eso con ella.

Escribo un cuarto mensaje. No me disculpo todavía. Solo le digo la verdad, o una parte de la verdad: que he escrito algo nuevo, algo más oscuro que lo de antes, y que me gustaría que lo leyera. Que no sé si es bueno, pero es verdadero. Que he pensado en ella mientras lo escribía.

El cursor parpadea al final de la última frase. «He pensado en ti mientras lo escribía.»

Es demasiado. Es justo lo que quiero decir.

No lo borro. Pulso enviar antes de que el miedo me haga cambiar de opinión.

El mensaje sale. Lo veo en la pantalla, ya imposible de recuperar. Dejo el teléfono sobre la alfombra, boca arriba. La pantalla se apaga sola al cabo de unos segundos.

Fuera, alguien arrastra un carro por los adoquines. El sonido rebota entre las fachadas y llega hasta mi ventana, un traqueteo metálico que se aleja poco a poco. El ventilador sigue girando. La carpeta sigue abierta sobre mis rodillas, con el nuevo poema asomando entre las páginas viejas.

Espero.