Cuando los caminos se cruzan Paseos Silenciosos
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Paseos Silenciosos

El martes llega sin lluvia. La plaza del Viejo San Juan huele a adoquines calientes y a sal que sube desde el puerto.

Llego diez minutos antes de la hora acordada y me siento en el borde de la fuente, donde el agua corre sobre azulejos azules gastados por los años.

La antología de poesía puertorriqueña pesa en mi mochila. No sé por qué la he traído.

Una pareja de turistas se toma fotos junto a la estatua de Cristóbal Colón.

Un vendedor ambulante ofrece helados de coco a una familia con niños pequeños.

La plaza está viva, llena de voces y pasos y el rumor constante de las palomas que se disputan las migas cerca de mis pies. Me gusta este ruido. No exige nada.

Veo el paraguas amarillo antes de verla a ella.

Aurora lo lleva cerrado, colgado del brazo como un bolso, y camina con pasos rápidos que se vuelven más lentos cuando me encuentra con la mirada.

Lleva el cabello suelto y una camiseta azul claro.

Su sonrisa no es la misma de la primera vez que entró en la imprenta. Es más pequeña. Más lenta.

—Llegaste temprano —dice, y se sienta a mi lado sin pedir permiso.

—Tú también.

—No quería que esperaras sola.

La frase se queda flotando entre las dos. Miro el agua de la fuente. El reflejo del cielo tiembla sobre la superficie.

—¿Caminamos? —pregunto.

Aurora asiente. Nos levantamos y empezamos a andar sin rumbo fijo, dejando que las calles adoquinadas nos lleven hacia donde quieran. El Viejo San Juan es así: no eliges el camino, el camino te elige a ti.

—Siempre me ha gustado esta parte de la ciudad —digo, y la frase sale más fácil de lo que esperaba –. Las calles son estrechas y no hay dos iguales. Es como si cada esquina tuviera su propio ritmo.

—¿Vienes mucho?

—Los martes, cuando puedo. La imprenta cierra temprano y me gusta caminar sin prisa antes de volver a casa.

Pasamos junto a una casa de paredes amarillas con un balcón de madera oscura. De la ventana abierta sale música de un piano. Alguien practica una escala, la misma nota una y otra vez, y el sonido rebota contra los adoquines.

—¿Siempre cierras los martes? —pregunta Aurora.

—Desde que tengo memoria. Mi padre dice que un día de descanso mantiene las máquinas contentas.

—¿Y a ti?

La pregunta me toma por sorpresa. Nadie me pregunta eso.

—A mí también —digo, y respiro antes de continuar –. Me gusta la imprenta. Me gusta el olor del papel recién cortado y el ruido de las máquinas cuando funcionan. Pero un día a la semana necesito recordar que existo fuera de allí.

Aurora me mira. Sus ojos son castaños y tienen una profundidad que no había notado antes. No dice nada. Solo asiente, como si entendiera algo que no he dicho.

Doblamos una esquina y la calle se ensancha. Un gato duerme sobre el capó de un coche aparcado. Las buganvilias trepan por una pared blanca y dejan caer pétalos fucsia sobre la acera.

—¿Nunca te cansas? —pregunta Aurora –. De la rutina, digo.

—No. La rutina es lo único que no miente.

La frase me sale antes de pensarla. Aurora se detiene un segundo, solo un segundo, y luego sigue caminando.

—Eso es muy poético —dice.

—No era mi intención.

—Lo sé. Por eso lo es.

Seguimos andando. Le cuento cómo son las mañanas en la imprenta: la llegada a las siete, el café que preparo en la oficina trasera mientras mi padre revisa los pedidos del día anterior, el ritual de encender las máquinas una por una para que alcancen la temperatura adecuada.

Le cuento que la Minerva, la prensa más antigua, siempre se atasca los lunes y que hay que hablarle con calma antes de ponerla en marcha.

—¿Le hablas? —Aurora se ríe, una risa breve que no intenta llenar el silencio.

—Le digo buenos días. No es hablar, es… cortesía.

—Cortesía con una máquina.

—Las máquinas tienen memoria. Si las tratas mal, se vengan.

—Eso es superstición.

—Es experiencia.

Aurora vuelve a reírse. Me doy cuenta de que llevo varios minutos hablando sin parar y siento un calor extraño en el pecho, como si hubiera abierto una ventana en una habitación que siempre mantengo cerrada.

Llegamos a una placita pequeña con un banco de madera y un árbol de flamboyán que extiende sus ramas como un techo anaranjado.

Nos sentamos. El banco está caliente por el sol de la tarde.

Aurora apoya el paraguas amarillo en el respaldo y saca una botella de agua de la mochila. Me ofrece. Bebo un sorbo.

—El otro día, en la cafetería —dice, y su voz cambia, se vuelve más cuidadosa –, cuando leí el poema…

Espero. El agua de la botella está tibia.

—He estado pensando en escribir otro. Sobre esto.

—¿Sobre qué?

—Sobre caminar. Sobre no saber adónde vas pero seguir andando igual.

Miro el flamboyán. Una flor cae sobre el banco, entre las dos.

—Suena bien —digo.

—¿Quieres escucharlo? No está terminado, pero…

El nudo llega sin avisar. No es miedo exactamente. Es algo más antiguo, una alarma que se dispara cuando alguien se acerca demasiado. Aurora está a punto de abrir algo que no sé si quiero ver. Su poesía es honesta. Demasiado honesta. Y si ella comparte eso conmigo, ¿qué se espera que comparta yo?

—El proceso de encuadernación —digo, y las palabras salen más rápido de lo que deberían –. ¿Te interesa?

Aurora parpadea. Su mano se detiene a medio camino hacia la mochila, donde imagino que guarda la carpeta con los poemas.

—¿Encuadernación?

—Es la parte más técnica de la imprenta. La mayoría de la gente solo ve el resultado final, pero el proceso es lo que importa. Hay que doblar los pliegos en el orden correcto, coserlos con hilo de lino, preparar el lomo…

Hablo demasiado. Lo sé. Las palabras llenan el espacio que Aurora había abierto y lo cubren como una capa de polvo sobre un mueble viejo. Ella me mira y su sonrisa cambia. No desaparece, pero se vuelve más suave, más consciente. Como si hubiera visto algo que yo no he querido mostrar.

—Me encantaría —dice –. Siempre he querido saber cómo se hace.

Su voz es tranquila. No hay reproche. No hay insistencia. Solo aceptación.

Respiro. El nudo se afloja un poco.

—¿De verdad?

—De verdad. Podrías enseñarme algún día. En la imprenta.

La idea se instala entre las dos. Aurora en la imprenta otra vez, pero no como clienta. Algo distinto. Algo que no sé nombrar.

—El jueves —digo –. Los jueves por la tarde no hay muchos pedidos.

—El jueves, entonces.

El flamboyán suelta otra flor. Esta vez cae sobre la falda de Aurora y ella la recoge con dos dedos, la gira despacio, la deja sobre el banco.

—¿Siempre tienes todo tan organizado? —pregunta.

—Me ayuda a pensar.

—A mí me pasa lo contrario. Mi cabeza es un desastre. Los poemas me ayudan a ordenarla.

—Por eso escribes.

—Supongo. —Aurora se encoge de hombros –. Escribo para entender lo que siento. Si no lo escribo, se me escapa.

Entiendo eso. Yo no escribo, pero tengo la imprenta. El orden de las máquinas. El ritual de cada mañana. La rutina que no miente.

—¿Y funciona? —pregunto.

—A veces. Otras veces solo consigo darle vueltas a lo mismo.

—Como la Minerva los lunes.

Aurora suelta una risa corta.

—Exacto. Como la Minerva los lunes.

El sol empieza a bajar. La luz se vuelve dorada y las sombras de los edificios se estiran sobre los adoquines. Una mujer pasa con un carrito de compras y nos saluda con la cabeza. El gato del coche se ha despertado y se lame una pata con parsimonia.

—Deberíamos volver —digo.

—¿Ya?

—Se hace tarde.

Aurora asiente y se levanta. Recoge el paraguas amarillo y se cuelga la mochila al hombro. Caminamos de vuelta hacia la plaza principal en un silencio que no es incómodo. Es un silencio que respira, que deja espacio para lo que no hemos dicho.

Al llegar a la fuente, Aurora se detiene.

—Gracias —dice.

—¿Por qué?

—Por enseñarme tu ciudad.

—No es mi ciudad.

—La forma en que caminas por ella dice que sí.

Me quedo callada. Tiene razón, pero no sé cómo admitirlo sin sentir que le estoy dando algo que no pensaba dar.

—El jueves —digo –. A las cuatro.

—A las cuatro.

Aurora levanta el paraguas amarillo a modo de despedida y se aleja por la calle que lleva hacia la parada del autobús.

La veo alejarse. Sus pasos son más lentos que cuando llegó.

Más tranquilos. Pienso en todo lo que he dicho esta tarde, en las palabras que han salido de mi boca sin que yo las autorizara, y me doy cuenta de que he compartido más de mí misma de lo que esperaba.

El jueves. Aurora volverá a la imprenta. Y esta vez no será para imprimir nada.

Recojo la mochila y empiezo a caminar hacia casa. El flamboyán se queda atrás, con sus flores anaranjadas cayendo sobre un banco vacío.