Cuando los caminos se cruzan Café y Versos Robados
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Café y Versos Robados

Cuatro mañanas después, entro en la Cafetería El Sol con el paraguas amarillo aún goteando de una llovizna que no esperaba.

El local es pequeño: seis mesas de madera, una barra con cafetera italiana, un ventilador que zumba en el techo.

Huele a pan tostado y a café recién hecho.

Me sacudo las gotas del pelo y busco una mesa libre cerca de la ventana.

Entonces la veo.

Hazel está sentada junto a la pared del fondo, con un libro abierto sobre la mesa y una taza humeante junto al codo.

Lleva el pelo recogido en una coleta baja y una camiseta gris sin mangas.

No me ha visto aún. Tiene la cabeza inclinada sobre las páginas y los dedos apoyados en el borde del libro, quietos, como si estuviera contando las palabras una a una.

Me quedo parada junto a la puerta. El ventilador mueve el aire caliente y alguien detrás de mí carraspea para que me aparte.

No me muevo. Hazel levanta la vista del libro —no porque me haya oído, sino porque pasa la página y sus ojos se cruzan con los míos por casualidad, y su expresión cambia: primero sorpresa, luego algo más suave que no sé nombrar.

Levanto la mano. El gesto me sale solo, sin la sonrisa automática que suelo poner en la imprenta. Solo la mano alzada, un poco torpe.

Hazel cierra el libro y me señala la silla vacía frente a ella.

—Buenos días —digo al llegar a la mesa. Apoyo el paraguas en el respaldo de la silla y me siento.

—Buenos días.

Su voz es baja, tranquila. No pregunta qué hago aquí, no me mira con extrañeza. Solo aparta el libro para hacerme sitio y da un sorbo a su café.

—No sabía que venías por aquí —digo.

—Vengo los sábados. Antes de abrir la imprenta.

—Hoy es sábado.

—Lo sé.

Me mira con una calma que me descoloca. No hay prisa en sus ojos, no hay esa necesidad de llenar el silencio que yo siempre siento. Me doy cuenta de que estoy jugando con el borde de una servilleta y obligo a mis dedos a quedarse quietos.

—¿Qué lees? —pregunto.

Hazel gira el libro para que vea la portada. Es una antología de poesía puertorriqueña, con las esquinas gastadas y un marcapáginas de cartón asomando por la mitad.

—Poesía —digo, y la palabra me sale más floja de lo que esperaba.

—Sí.

—No te imaginaba leyendo poesía.

—¿Qué imaginabas?

Me toma por sorpresa la pregunta. Hazel no la lanza como un desafío; la deja caer como quien coloca una pieza sobre una mesa y espera a ver qué haces con ella. Cojo la servilleta otra vez y la doblo por la mitad.

—No sé. Manuales de imprenta. Cosas técnicas.

—Eso es el trabajo. Esto es otra cosa.

El camarero se acerca y pido un café con leche. Cuando se va, Hazel sigue mirándome con esa quietud suya que no exige nada. Me revuelvo en la silla.

—¿Siempre eres tan callada? —pregunto.

—¿Siempre haces tantas preguntas?

Me río. Una risa corta, de verdad, no la que uso para desviar conversaciones. Hazel sonríe apenas —la comisura derecha le sube un milímetro, y vuelve a su café.

—Es que no sé estar callada —digo –. Me pone nerviosa.

—Ya lo noté.

El camarero trae mi café. Lo envuelvo con las dos manos y el calor me sube por las palmas. Por la ventana entra una luz grisácea que aplana las sombras y vuelve todo más suave. Hazel ha dejado el libro a un lado y ahora me mira a mí, no a las páginas.

—¿Cómo va la impresión? —pregunto, aunque ya sé la respuesta: la recogí hace tres días, el mismo día que vencía el plazo, y la carpeta con los veintitrés poemas lleva desde entonces en mi mochila.

—La recogiste el miércoles.

—Ah, cierto.

—¿No la has abierto?

Me encojo de hombros. No quiero admitir que no he podido. Que cada vez que meto la mano en la mochila y toco el lomo de la encuadernación, retiro los dedos como si quemara. Hazel no aparta la vista de mí y sé que espera algo más, pero no sé dárselo. No todavía.

—Está bien —dice –. Cuando quieras.

No hay presión en sus palabras. No hay juicio. Es la misma sensación que tuve en la imprenta aquella primera tarde: Hazel no espera que yo sea la chica de la sonrisa permanente. Puedo estar aquí, con las manos alrededor de una taza de café y la boca seca, y no tengo que fingir que todo va bien.

—Me gusta este sitio —digo, por decir algo.

—Es tranquilo.

—¿Vienes sola?

—Sí.

—¿Siempre?

Asiento. El ventilador da una sacudida y luego retoma su ritmo.

Cuento las mesas vacías: tres. La camarera limpia la barra con un trapo y el olor a lejía se mezcla con el del café.

Todo es pequeño y doméstico: las tazas desparejadas, el azúcar en un tarro de cristal, la luz gris que entra por la ventana y dibuja rectángulos pálidos sobre la madera.

—El otro día —digo –, cuando viste los poemas en la imprenta…

—No los leí.

Parpadeo.

—¿No?

—Eran tuyos. No iba a leerlos sin permiso.

Me quedo callada. Hazel aparta una mota de polvo del borde de la mesa con la yema del dedo índice, un gesto minúsculo que hace sin pensar. Algo se afloja en mi pecho, algo que llevaba apretado desde que entré en la imprenta hace una semana con la carpeta bajo el brazo.

—Gracias —digo.

—No hay que darlas.

—Ya, pero… gracias igual.

Hazel asiente una vez y luego mira hacia la ventana.

La llovizna ha parado y el sol empieza a colarse entre las nubes, débil todavía.

Aprovecho el silencio para observarla: la forma en que apoya la espalda en la silla, los dedos largos alrededor de la taza, el libro cerrado junto a su mano izquierda.

No se mueve como la gente que conozco. No se mueve como yo, que siempre estoy recolocándome el pelo o jugando con algo o buscando la siguiente frase. Hazel ocupa su espacio y punto.

—¿Puedo leerte algo? —pregunto.

La pregunta me sale antes de que pueda frenarla. Noto la sangre en las mejillas, el calor que me sube por el cuello. Mis dedos encuentran el cierre de la mochila y tiran de él sin que yo se lo ordene.

Hazel me mira. Sus ojos son de un marrón tan oscuro que casi parecen negros, y no parpadea.

—Si quieres —dice.

Saco la carpeta. La encuadernación es sencilla, tal como la pedí: cartulina color crema, las páginas cosidas con hilo negro. La dejo sobre la mesa, entre las dos tazas de café. Mis dedos recorren el lomo y noto las pequeñas irregularidades del cosido. Hazel no dice nada. Espera.

—No son muy buenos —digo –. O sea, no soy poeta ni nada.

—No hace falta que lo seas.

Abro la carpeta por una página al azar. Es el séptimo poema, lo sé por la mancha de tinta que dejé en la esquina superior derecha la noche que lo escribí.

Lo leo en silencio, una vez, y las palabras me saben a algo viejo y conocido, como una canción que no escuchas desde hace años pero recuerdas entera.

—Se llama «El molde» —digo, y mi voz suena más aguda de lo normal.

Hazel apoya los antebrazos en la mesa y se inclina un poco hacia delante. No me quita los ojos de encima.

Leo.

«Me pidieron que fuera de cierta forma. Me dieron un molde y me dijeron: cabe aquí. Y yo cabía. Cabía tan bien que olvidé cómo era mi propia silueta. Un día el molde se rompió. Y no supe quién era sin sus bordes.»

Bajo la carpeta. El silencio que sigue no es incómodo; es un silencio distinto, como el del agua cuando dejas de moverla y esperas a que se asiente.

Hazel no aparta la mirada de la página que acabo de leer, aunque ya no la tiene delante.

Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa y luego se quedan quietos.

—Es muy honesto —dice.

—¿En serio?

—Sí.

—No sé. Es un poco…

—¿Un poco qué?

Me encojo de hombros otra vez. No tengo la palabra. No sé si la palabra es «crudo» o «infantil» o «demasiado». Hazel lo resuelve por mí.

—Es verdad —dice –. Eso es lo que importa.

Trago saliva. Tengo la boca seca y el café se ha quedado tibio entre mis manos. Hazel no me halaga, no me dice que soy buena escribiendo o que debería publicar. Solo dice que es verdad, y yo sé que lo es, y saber que ella también lo sabe me deja sin aire por un segundo.

—Lo escribí hace como un mes —digo –. Después de… bueno, después de una cosa.

—No tienes que explicarlo.

—Ya. Pero quería que lo supieras.

Hazel asiente despacio. Coge su taza de café y bebe un sorbo, y yo me doy cuenta de que sus dedos no tiemblan, que su respiración es la misma de antes, que nada en ella ha cambiado. Soy yo la que está distinta: más ligera, como si hubiera soltado algo que llevaba cargando sin saberlo.

—¿Tienes más? —pregunta.

—Veintitrés.

—¿Todos así?

—Más o menos. Unos peores.

—No lo creo.

Me río otra vez, esa misma risa corta de antes. Hazel sonríe también, un poco más que la primera vez, y esta vez le veo los dientes. Son pequeños y un poco torcidos, y me gusta que sean así. Me gusta que no sean perfectos.

—¿Escribes tú? —pregunto.

—No.

—¿Nunca?

—No se me da bien.

—Pero lees poesía.

—Leer no es lo mismo que escribir.

—No, supongo que no.

Guardo la carpeta en la mochila con cuidado, como si las páginas fueran de cristal. El cierre de la cremallera suena demasiado fuerte en el silencio de la cafetería. Cuando levanto la vista, Hazel sigue mirándome con esa calma suya que no pide nada y lo recibe todo.

—Gracias por escuchar —digo.

—Gracias por leer.

El ventilador zumba. La camarera enciende la radio y una canción vieja llena el local, bajita, como un rumor.

Me doy cuenta de que no quiero irme. No quiero volver a la calle, al ruido, a la Aurora que sonríe sin ganas y dice que todo va bien.

Quiero quedarme aquí, en esta mesa pequeña, con esta chica que no me conoce de nada y acaba de escuchar algo que no le he contado a nadie.

—Oye —digo –. ¿Te apetecería quedar otro día? Para hablar de poesía. O de lo que sea.

Hazel inclina la cabeza. Sus dedos rodean la taza vacía y la hacen girar un cuarto de vuelta sobre el plato.

—¿Para hablar de poesía? —repite.

—O de lo que sea —repito yo.

—No sé mucho de poesía.

—Yo tampoco.

Me mira un momento más. Luego asiente, una sola vez, y aparta la taza a un lado.

—El martes. Misma hora, mismo sitio.

—¿En serio?

—Te dije que no digo cosas que no sean en serio.

Me quedo callada. Recuerdo esa frase: me la dijo en la imprenta, el día de la lluvia, cuando le pregunté si de verdad quería que volviera.

No sé qué hacer con las manos. Cojo el paraguas amarillo y lo apoyo en el suelo, junto a la pata de la silla.

Los girasoles diminutos de la tela brillan un poco bajo la luz gris de la ventana.

—Entonces el martes —digo.

—El martes.

Hazel se levanta. Recoge su libro, deja un billete sobre la mesa y se cuelga la mochila al hombro.

Antes de irse, se queda un segundo de pie junto a la silla, como si quisiera decir algo más.

Pero no lo dice. Solo me mira, y en sus ojos hay algo que no sé leer todavía, algo que se parece a la curiosidad pero es más hondo.

—Hasta el martes, Aurora.

—Hasta el martes.

La veo salir por la puerta y doblar la esquina. El ventilador sigue girando. La canción en la radio cambia a otra que no conozco. Me quedo sentada con el paraguas amarillo apoyado en la silla y el sabor del café frío en la boca, y por primera vez en semanas no siento la necesidad de sonreír.