Cuando los caminos se cruzan El Paraguas Amarillo
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El Paraguas Amarillo

El toldo metálico de la imprenta repiquetea con la lluvia desde hace diez minutos. Estoy guardando las muestras de papel en el armario de la oficina trasera cuando oigo el primer trueno. No me sobresalto. Los truenos en San Juan son así: llegan sin avisar y se quedan el tiempo que quieren.

Apago la prensa. El rodillo se detiene con una vibración sorda que se disuelve en el zumbido del fluorescente.

Paso un trapo por la mesa de corte y recojo las tiras de papel que han sobrado del último trabajo.

Todo está en su sitio. La llave del baño cuelga del gancho.

Las estanterías metálicas no tienen polvo. El suelo está barrido.

Me quedo un momento junto al mostrador, escuchando la lluvia.

No tengo prisa. En casa no me espera nadie hasta las ocho, y la lluvia me gusta cuando estoy a cubierto.

Me gusta el olor a papel cortado que flota en el aire después de un día de trabajo.

Me gusta el silencio de la imprenta cuando las máquinas descansan.

El toldo sigue repiqueteando. Me asomo a la puerta. La calle está vacía y el agua corre por el bordillo formando un riachuelo marrón que arrastra hojas y un envoltorio de plástico. El cielo tiene ese color gris verdoso que anuncia más lluvia. Mejor esperar.

Entonces la veo.

Dobla la esquina corriendo, con algo amarillo sobre la cabeza.

Algo amarillo y brillante que no pega nada con la calle mojada y los edificios color cemento.

Corre con la carpeta apretada contra el pecho y salta un charco con las dos piernas juntas, como una niña pequeña. El paraguas amarillo se tambalea.

La reconozco antes de que llegue a la puerta. Es la chica de los poemas. La que vino hace dos días con la sonrisa puesta y las veintitrés páginas sin título. Aurora.

Empujo la puerta antes de que ella llegue a tocarla.

—Entra.

Ella se queda parada bajo el toldo, con el paraguas goteando y el pecho subiéndole y bajándole por la carrera. El agua le ha salpicado las mejillas y tiene un mechón de pelo castaño pegado a la sien. Me mira con los ojos muy abiertos, como si no esperara encontrarme aquí.

—¡Hazel! —dice, y su voz suena más alta de lo que recuerdo –. Perdona, no quería molestar, es que la lluvia me ha pillado de camino y he visto la imprenta y he pensado…

—Pasa —repito.

Me aparto del marco de la puerta. Ella cierra el paraguas con un gesto rápido y entra. El paraguas sigue goteando sobre el suelo y ella lo mira, luego me mira a mí, y hace un gesto como si quisiera sacudirlo pero no se atreviera.

—Déjalo en el rincón —digo, señalando junto a la puerta.

Lo apoya con cuidado. Las varillas son de un amarillo intenso, casi fluorescente, y la tela tiene dibujados unos girasoles diminutos que no había visto desde lejos. Es el paraguas más feo y más alegre que he visto en mi vida.

—Es de mi abuela —dice Aurora, siguiendo mi mirada –. Me lo regaló hace años. Dice que con este paraguas nunca me va a atropellar un coche porque me ven desde la otra punta de la isla.

No digo nada. Pero algo en la forma en que lo cuenta —sin la sonrisa exagerada del otro día, solo con la voz un poco ronca por la carrera, hace que me quede mirando el paraguas un segundo más.

Aurora se pasa la mano por el pelo mojado. Lleva la misma carpeta que trajo el martes. La aprieta contra el costado como si fuera parte de su cuerpo. Tiene las puntas de los dedos blancas de tanta presión.

—¿Estabas cerrando? —pregunta, mirando hacia la prensa apagada.

—Sí.

—Perdona. Me voy en cuanto escampe. No quiero entretenerte.

—No me entretienes.

Es verdad. No sé por qué lo he dicho tan rápido. Pero es verdad.

Ella me mira. Tiene los ojos de un color marrón claro, casi dorado con la luz del fluorescente.

No sonríe. Solo me mira, y yo le sostengo la mirada sin pensar en si tengo que decir algo más o en si debería estar haciendo otra cosa.

El toldo repiquetea. El fluorescente zumba bajito.

Y las dos nos quedamos ahí, de pie, con las manos quietas y la lluvia fuera.

—¿Quieres sentarte? —pregunto.

No sé por qué lo pregunto. La imprenta no es un sitio para sentarse a charlar. Pero hay un taburete junto al mostrador, y yo puedo quedarme de pie.

—Bueno —dice ella –. Si no te importa.

Se sienta en el taburete. Apoya la carpeta sobre las rodillas y se frota los brazos.

Lleva una camiseta de manga corta y se le ha puesto la piel de gallina.

No digo nada. Voy a la oficina trasera y cojo el chaleco de trabajo que cuelga del perchero.

Es viejo y tiene una mancha de tinta en el bolsillo, pero está seco.

—Toma —digo, tendiéndoselo.

Ella lo mira. Luego me mira a mí.

—¿Es tuyo?

—De la imprenta.

Se lo pone sobre los hombros sin meter los brazos. El chaleco le queda grande y le cuelga por los costados como una capa improvisada. Se mira las mangas vacías y suelta una risa bajita, una risa que no había oído antes.

—Parezco un espantapájaros.

—Uno amarillo —digo, mirando el paraguas.

Ella se ríe otra vez. Es una risa distinta a la del otro día. Más pequeña. Más lenta. Como si no le saliera por costumbre sino porque algo le ha hecho gracia de verdad.

Me apoyo en el mostrador. El borde de la madera está gastado de tanto rozar con los codos y las cajas de papel.

Lo conozco de memoria. Conozco cada mancha de tinta, cada muesca, cada esquina levantada.

Pero ahora hay algo distinto en la imprenta.

Algo que no está en el mostrador ni en las máquinas.

Algo que tiene que ver con la chica del taburete y su paraguas de girasoles.

—¿Vives cerca? —pregunto.

—No mucho. Iba caminando a casa y se ha puesto a llover de repente. He corrido hacia la primera calle que conocía y he acabado aquí.

—¿Conocías la calle?

—Sí. —Hace una pausa. Se recoloca el chaleco sobre los hombros –. Del otro día.

No digo nada. El otro día. Martes. Vino a preguntar por una encuadernación pequeña y se fue sin decidir el papel. Tres días de plazo, le dije. Hoy es jueves. El plazo se cumple mañana.

—¿Has pensado el título? —pregunto.

Ella baja la vista hacia la carpeta. Los dedos le recorren el borde de cartón, arriba y abajo, como si estuviera leyendo algo en relieve que solo ella puede ver.

—No —dice –. Todavía no.

—No hay prisa.

—¿No?

—El plazo es orientativo.

Me mira. Los dedos se le quedan quietos sobre la carpeta. Noto que quiere preguntar algo pero no sabe cómo. O no sabe si debe. O no sabe si yo quiero que pregunte.

—¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —dice al final.

—Depende del día.

—¿Y hoy?

—Había que terminar un pedido.

—¿Y ya está?

—Ya está.

Asiente. Se mira las rodillas. El chaleco se le resbala un poco del hombro izquierdo y ella lo recoloca sin mirar, con un gesto automático que me recuerda a algo. No sé a qué. Algo que he visto antes pero no aquí.

—Me gusta cómo huele esto —dice de repente –. La imprenta. Huele a… no sé. A algo limpio. A papel y a máquina.

—A tinta —digo.

—Sí. A tinta. —Levanta la cabeza y recorre las estanterías con la mirada –. Es un olor que se te queda en la ropa, ¿no?

—Sí.

—A mí me gusta. Es como si te llevaras el trabajo a casa.

No respondo. Pero pienso en lo que ha dicho. Llevarse el trabajo a casa. Yo me llevo el olor a tinta en las manos y en el pelo y en la ropa, y a veces me lo quedo hasta el día siguiente porque no me apetece ducharme antes de dormir. Es un olor que me gusta. Un olor que es mío.

El toldo ha dejado de repiquetear tan fuerte. La lluvia sigue cayendo, pero más fina, más lenta. Por la ventana entra una luz grisácea que lo vuelve todo un poco borroso, como si la imprenta estuviera dentro de una pecera.

Aurora se levanta del taburete. Se acerca a la ventana y apoya la punta de los dedos en el cristal. El vaho le empaña el contorno de la mano.

—Está amainando —dice.

—Sí.

—Debería irme.

No se mueve. Sigue con los dedos apoyados en el cristal, mirando la calle mojada. Yo me quedo junto al mostrador, con las manos metidas en los bolsillos del delantal. No sé qué decir. No sé si hay que decir algo. Pero tampoco quiero que se vaya todavía.

Ella se vuelve. Me mira desde la ventana, con el chaleco colgándole de los hombros y el pelo todavía húmedo. La luz gris le da en la cara y le borra las ojeras que le vi el otro día. O quizá es que hoy no las tiene.

—Gracias —dice –. Por dejarme esperar.

—No he hecho nada.

—Me has dejado pasar. Y me has dado el chaleco.

—Estaba ahí.

Ella sonríe. Pero no es la sonrisa del martes. No es esa mueca rápida y automática que me lanzó al entrar y al despedirse y en cada pausa de la conversación. Es otra cosa. Es más pequeña. Dura menos. Pero cuando desaparece, no deja un vacío. Deja algo distinto. Algo que no sé nombrar.

—Me voy antes de que vuelva a llover fuerte —dice.

Camina hacia la puerta. Se quita el chaleco con cuidado, lo dobla por la mitad y lo deja sobre el taburete. Luego se agacha a recoger el paraguas. Las varillas amarillas brillan bajo el fluorescente como si tuvieran luz propia.

—¿Vas a volver? —pregunto.

Las palabras me salen antes de que pueda pensar si quiero decirlas. Me quedo quieta, con las manos en los bolsillos y la espalda apoyada en el mostrador. No rectifico. No añado nada.

Aurora se endereza con el paraguas en la mano. Me mira. Los girasoles de la tela le tiñen la muñeca de un reflejo dorado.

—¿Para lo de la encuadernación? —dice.

—Para lo que sea.

Ella parpadea. Una vez. Dos veces. Abre la boca y la cierra. Luego mira el paraguas y luego me mira a mí, y en ese orden hay algo que no sé leer pero que me hace apretar los dedos dentro de los bolsillos.

—Sí —dice –. Voy a volver.

Asiento. No digo nada más. Ella empuja la puerta y el olor a lluvia entra de golpe, mezclándose con el olor a papel de la imprenta. Aurora abre el paraguas bajo el toldo, y el amarillo se despliega como una flor repentina contra el gris de la calle.

—Hasta luego, Hazel —dice, girándose un momento.

—Hasta luego.

Echa a andar calle abajo. El paraguas se aleja flotando entre los charcos, un punto amarillo cada vez más pequeño. Me quedo en la puerta hasta que dobla la esquina. Luego cierro, echo el pestillo y apoyo la frente en la madera fría.

El fluorescente sigue zumbando. El toldo gotea. La imprenta vuelve a ser solo la imprenta.

Pero algo se ha movido. Algo pequeño, casi invisible. Como cuando apoyas un papel en la mesa de corte y la cuchilla baja y ya nada vuelve a estar exactamente donde estaba.

Me paso la mano por el pelo y noto los dedos fríos. No sé cuánto rato me he quedado en la puerta. No sé si han sido dos minutos o diez. Solo sé que el chaleco sigue doblado sobre el taburete y que todavía tiene la forma de los hombros de Aurora.

Voy a la oficina trasera. Apago el fluorescente.

La imprenta se queda a oscuras, iluminada solo por la luz gris de la ventana.

Cojo la libreta de notas y el bolígrafo del cajón.

Los guardo en la mochila. Luego me quedo de pie junto a la mesa, con la mochila colgada de un hombro, mirando el taburete vacío.

El paraguas amarillo. Los girasoles diminutos. La risa bajita cuando se ha puesto el chaleco. Las puntas de los dedos blancas de apretar la carpeta. La forma en que ha dicho «sí, voy a volver», como si estuviera prometiendo algo más grande que una visita a una imprenta.

Me paso la correa de la mochila por el otro hombro. Mañana es viernes. El plazo se cumple. Pero no pienso en el plazo. Pienso en el paraguas amarillo apoyado en la esquina, goteando sobre el suelo, y en cómo la imprenta ha olido distinto mientras Aurora estaba dentro.

No sé qué significa eso. No sé si quiero saberlo.

Abro la puerta trasera y salgo a la calle.

La lluvia ha parado. El suelo brilla bajo las farolas y el aire huele a tierra mojada y a algo dulce que no sé identificar.

Echo a andar hacia casa con las manos en los bolsillos y el nombre de Aurora dando vueltas en la cabeza, ligero y persistente como el repiqueteo del toldo.