Cuando los caminos se cruzan
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Un Refugio de Tinta
El calor de la tarde se pega a mi camiseta antes de que llegue a la puerta.
Me detengo un segundo en la acera, con la carpeta apretada contra el pecho, y miro el letrero despintado sobre el marco.
Imprenta Cruz. Las letras doradas han perdido casi todo el brillo, pero todavía se leen bien bajo la luz anaranjada que empieza a bajar por los edificios.
La sonrisa me sale sola. Es lo que hago.
Empujo la puerta y una campanilla suena en alguna parte del fondo.
El olor a tinta me envuelve de inmediato, denso y químico, mezclado con algo más seco que tardo en identificar: papel recién cortado, montones de él, alineados en estanterías metálicas que trepan por las paredes.
El espacio es más grande de lo que esperaba.
Máquinas oscuras y pesadas ocupan el centro, con palancas y rodillos que no sé nombrar.
Una de ellas zumba quedamente, como un gato grande dormido sobre una mesa de trabajo.
—Enseguida te atiendo —dice una voz desde el fondo.
No veo a nadie. Las máquinas me tapan la vista. Me quedo junto a la puerta, sin saber muy bien dónde meterme, y mis dedos repasan el borde de la carpeta. Noto el roce del cartón contra la yema del pulgar. Dentro van los poemas. Los míos. Los que no le he enseñado a nadie.
Un movimiento detrás de la máquina más grande me hace girar la cabeza.
Una chica sale de entre los rodillos con un trapo en la mano.
Tiene el pelo oscuro recogido en una cola baja y las mangas de la camisa arremangadas hasta el codo.
Se limpia las manos con el trapo mientras camina hacia mí, y sus ojos me miran sin prisa, como si estuviera tomando nota de algo.
—¿Sí?
Su voz es más baja de lo que esperaba. Me obliga a inclinarme un poco hacia delante.
—Hola —digo, y la sonrisa se me ensancha –. Quería preguntar por el servicio de impresión. ¿Hacéis encuadernaciones pequeñas?
Ella deja el trapo sobre una mesa cercana. Sus dedos se mueven con una precisión tranquila, como si cada objeto tuviera un sitio exacto del que no debiera moverse.
—Depende de lo que traigas.
Me mira la carpeta. No la señala, no pregunta. Solo la mira, y yo noto que mis brazos la aprietan un poco más.
—Son poemas —suelto, y la palabra me sabe rara en la boca, demasiado grande para este sitio lleno de máquinas y polvo de tinta –. Bueno, escritos. Cosas mías. Nada profesional.
Me encojo de hombros y dejo escapar una risa corta, de esas que uso para quitarle importancia a las cosas.
Ella asiente. No sonríe, pero tampoco parece juzgarme. Sus ojos se quedan en la carpeta un segundo más antes de volver a mi cara.
—¿Cuántas páginas?
—Veintitrés.
—¿Gramaje?
Parpadeo.
—No tengo ni idea de qué es eso.
Otra vez la risa, un poco más alta esta vez. Me sale automática, como un escudo pequeño. La chica no se inmuta. Se gira hacia una de las estanterías y saca un muestrario de papeles. Lo pone sobre la mesa, entre las dos, y pasa las hojas con la punta de los dedos.
—Este es de ochenta gramos —dice –. El de cien es más grueso. Para poemas, el de ochenta funciona.
Toco el papel que me señala. Es suave, de un blanco roto que me recuerda a las páginas de los libros viejos que mi abuela guardaba en una caja de madera. Me gusta. Me gusta mucho más de lo que esperaba.
—Este —digo –. El de ochenta.
Ella asiente otra vez y anota algo en una libreta pequeña que saca del bolsillo de atrás del pantalón.
Su letra es rápida y apretada. Mientras escribe, yo miro sus manos.
Tienen los dedos manchados de tinta en las puntas, un azul oscuro que se le ha metido en las cutículas.
Pienso en mis propios dedos, siempre limpios, siempre sin marcas de nada.
—¿Y la portada? —pregunta sin levantar la vista de la libreta.
—No lo había pensado.
Ahora sí me mira.
—¿Quieres una?
Hay algo en cómo lo dice. No es un desafío, pero tampoco es indiferencia.
Es una pregunta limpia, sin relleno, y me doy cuenta de que no sé qué responder.
Una portada significa un título. Un título significa ponerle nombre a lo que hay dentro, y ponerle nombre a lo que hay dentro significa admitir que existe.
La sonrisa me tiembla un poco en la comisura. La recoloco antes de que se caiga.
—Sí —digo –. Una portada estaría bien.
—¿Con título?
Ella espera. No me presiona. Se queda quieta, con el bolígrafo suspendido sobre la libreta, y yo me doy cuenta de que no me ha preguntado el nombre en ningún momento.
No me ha pedido que me presente. No ha hecho ningún comentario sobre mi sonrisa, ni sobre mi risa, ni sobre nada que no fuera el papel y las páginas y la tinta.
Algo en mi pecho se afloja un milímetro.
—¿Tú trabajas aquí siempre? —pregunto.
—Es la imprenta de mi familia.
—Ah. Qué guay.
Me arrepiento de la palabra en cuanto la digo. Guay. Sueno como una niña pequeña. Pero ella no parece notarlo, o no le importa. Guarda el bolígrafo en el bolsillo y apoya las dos manos sobre la mesa.
—Si quieres, puedo tenerlo listo en tres días.
—¿Tres días?
—La cola de trabajo está tranquila esta semana.
Asiento. Tres días. Es poco tiempo. Demasiado poco, quizá.
En tres días, esos poemas van a existir fuera de mi carpeta, fuera de mi cuarto, fuera de mi cabeza.
Alguien va a leerlos. Esta chica, probablemente.
Va a tener que revisar las páginas, alinear los márgenes, comprobar que la tinta no se corra.
Va a leer mis palabras sin conocerme, sin saber de dónde vienen, sin saber que algunas las escribí a las tres de la mañana con los ojos todavía hinchados.
Mis dedos se cierran sobre el borde de la carpeta.
—¿Puedo…? —empiezo, y la voz se me queda a medias –. ¿Puedo pensarlo? Lo del título, digo. No lo tengo claro todavía.
—Claro.
Me mira la carpeta otra vez. Esta vez sus ojos se quedan un segundo más. Noto que quiere preguntar algo, pero no lo hace. En lugar de eso, se aparta de la mesa y señala con la cabeza hacia la máquina que zumba al fondo.
—Tengo que volver al trabajo —dice –. Pero puedes pasarte cuando quieras con el título.
—Vale.
No me muevo. Hay algo en este sitio que me cuesta abandonar. El olor a tinta, el zumbido de las máquinas, la manera que tiene esta chica de no llenar los silencios con palabras que no necesita. Me recuerda a algo que no sé nombrar.
—Me llamo Aurora —digo, y alargo la mano.
Ella la mira. Luego me mira a mí. Durante un segundo, creo que no va a estrechármela, pero entonces levanta la suya y la pone sobre la mía. Su piel está seca y un poco áspera, y noto los callos en la base de los dedos.
—Hazel.
—Hazel —repito.
El nombre me gusta. Es corto y sólido, como ella. Me lo guardo en algún sitio dentro de la cabeza mientras suelto su mano y doy un paso hacia la puerta.
—Bueno, pues… gracias. Por lo del papel y todo eso.
—De nada.
Me giro. La campanilla suena otra vez cuando abro la puerta. El calor de la calle me golpea en la cara, y por un momento echo de menos el frescor de la imprenta, el olor a tinta, el zumbido de la máquina. Echo de menos algo que no sé explicar.
Camino dos calles antes de detenerme. Me apoyo contra la pared de un edificio y miro la carpeta que sigo apretando contra el pecho. Veintitrés páginas. Tres días. Una chica que no sonríe pero que tampoco me ha pedido que yo lo haga.
Respiro hondo. El aire huele a asfalto caliente y a fritura de algún puesto cercano. Mis hombros bajan un poco, y me doy cuenta de que los tenía tensos desde que entré en la imprenta. No sé cuánto tiempo llevo así. Quizá desde esta mañana. Quizá desde hace semanas.
Me paso la mano por el pelo y noto las ondas húmedas pegadas a la nuca. La sonrisa ha desaparecido sin que me dé cuenta. No sé cuándo se ha ido. No sé si Hazel la ha visto caerse.
Miro hacia atrás, hacia la calle de la imprenta. La esquina me tapa la puerta. No puedo verla desde aquí. Pero me quedo un minuto más, con la carpeta en las manos y el nombre de Hazel dando vueltas en la boca, antes de echarme a andar hacia casa.