Cuando los caminos se cruzan La Sonrisa Genuina
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La Sonrisa Genuina

El lápiz se detiene a medio trazo. Lo dejo sobre la mesa y me froto los dedos, manchados de grafito. Llevo casi una hora inclinada sobre el cuaderno, pero el dibujo no avanza: una línea de tejados del Viejo San Juan que se niega a salir recta. Cierro el cuaderno y lo aparto. No hay prisa.

El apartamento huele a café recalentado y a la vela de canela que encendí al mediodía.

La luz de la tarde entra por la ventana y dibuja un rectángulo dorado sobre la mesa, justo donde descansa la carpeta de poemas.

Veinticinco páginas. Las paso con la punta del dedo, sin leer, solo sintiendo el papel.

Algunas hojas tienen las esquinas dobladas.

Otras, manchas de té. La última es la de «Inventario de lo que no es fachada», y al tocarla recuerdo la cara de Hazel cuando lo leyó en la cafetería, sus ojos moviéndose despacio sobre cada verso.

Me recuesto en la silla. El respaldo cruje.

Ya no siento la necesidad de llenar el silencio con música o con el zumbido del móvil.

Me quedo así un rato, escuchando el ventilador del baño que alguien dejó encendido en el piso de arriba y el rumor lejano de un televisor.

Estoy en paz. La palabra me sabe rara todavía, como un abrigo nuevo que aún no tiene la forma del cuerpo.

Llaman a la puerta. Tres golpes rápidos, luego uno más. El código de Amber desde hace siete años.

—¡Adelante!

La puerta se abre y Amber entra con una bolsa de tela en una mano y el móvil en la otra. Lleva el pelo recogido en un moño alto y una camiseta con el logo de la universidad medio borrado por los lavados. Cierra con el pie y deja la bolsa sobre la encimera de la cocina.

—Te traje pan del bueno. El de la panadería de la calle San Francisco, no el del súper —dice, y se queda quieta un segundo, con la mano aún en el asa de la bolsa.

Me mira. No como quien saluda y aparta la vista, sino como quien enfoca.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada. —Suelta la bolsa y se acerca a la mesa –. Que tienes cara de haber dormido bien.

—Dormí bien.

—Ya. —Amber se sienta en la silla que está frente a mí y apoya los codos en la mesa –. No es solo eso.

Aparto la carpeta de poemas para hacerle sitio. Sus ojos van directo a las hojas, pero no pregunta. Amber siempre espera. Es lo que la hace buena amiga y, sospecho, lo que la hará buena psicóloga cuando termine la carrera.

—¿Y el dibujo? —señala el cuaderno cerrado con un gesto de la barbilla.

—Atascado. Los tejados no me salen rectos.

—Los tejados del Viejo San Juan no son rectos.

—Vale, pues no me salen como yo quiero.

Amber sonríe. No es una sonrisa de cortesía; es de esas que le salen cuando algo encaja en su cabeza sin que yo tenga que explicárselo.

Se levanta y va a la cocina. Abre un armario, saca dos platos, los pone sobre la encimera.

La observo moverse por mi apartamento como si fuera el suyo.

Saca el pan de la bolsa, lo parte con las manos y lo coloca en los platos.

—Cuéntame —dice sin darse la vuelta.

—¿El qué?

—Lo que sea. Lo último.

Me quedo callada un momento. No porque no sepa qué decir, sino porque hay tanto que no sé por dónde empezar. Al final escojo lo más cercano.

—El sábado fuimos a ver una exposición de grabados.

En una galería pequeña cerca del puerto.

Hazel conocía a uno de los artistas, un señor mayor que trabajó con una prensa igual que Minerva.

Estuvieron como veinte minutos hablando de tintas y de presión y de no sé qué más.

Yo me quedé mirando los grabados. Eran paisajes de la isla, pero vistos desde ángulos raros, como si el artista se hubiera tumbado en el suelo para dibujarlos.

Amber vuelve a la mesa con los platos. Me pasa uno.

—¿Y después?

—Caminamos. Por las calles de atrás de la catedral, las que no salen en las guías. Hazel me enseñó una casa que tiene un balcón con barandilla de hierro forjado, todo oxidado, y me dijo que de pequeña creía que ahí vivía una princesa.

—¿Una princesa?

—Una princesa pirata. Porque el balcón daba al mar.

Amber ríe. Mordisquea un trozo de pan.

—Me gusta esa Hazel.

—A mí también.

Lo digo sin pensar, y en cuanto sale de mi boca noto que Amber ha dejado de masticar. Me mira con esa expresión suya de «sigue hablando que te estoy leyendo». Pero no hay nada que leer. No hay fachada. Solo yo, sentada en mi silla, con las manos manchadas de grafito y un plato de pan en la mesa.

—Antes —dice Amber despacio –, cuando decías algo así, te reías justo después. Como si te diera vergüenza.

—Ya no.

—Ya lo veo.

Aparto el plato y cojo la carpeta de poemas.

La abro por la última página y se la paso.

Amber la toma con cuidado, como si el papel pesara más de lo que pesa.

Lee en silencio. Sus labios se mueven un poco en los versos que le cuestan.

Cuando termina, no dice nada. Deja la hoja sobre la mesa y apoya la palma encima, alisándola.

—¿Puedo leer más?

Asiento.

Amber retrocede en la carpeta. Lee tres poemas seguidos, pasando las páginas con la lentitud de quien no quiere perderse nada.

Yo me quedo quieta, con las manos alrededor del plato, sintiendo el borde áspero de la cerámica.

No estoy nerviosa. Hace meses me habría mordido el labio hasta hacerme sangre. Hoy solo espero.

—Este —dice Amber, y señala uno de los primeros, de cuando aún escribía con rabia –. Aquí dices que el amor es un molde que te aprieta. —Levanta la vista –. Y en el último dices que ya no necesitas inventario.

—Porque ya no me aprieta.

Amber cierra la carpeta. La deja exactamente donde estaba, alineada con el borde de la mesa.

—Con Jade —dice, y se detiene, como si midiera si puede pisar ahí –. Con Jade no escribías así.

—Con Jade no escribía nada. Dejé de dibujar, dejé de escribir, dejé de ir a la plaza los domingos. —Las palabras me salen sin esfuerzo, sin el nudo que solía acompañarlas –. Me pasé un año entero intentando ser la persona que ella quería que fuera.

—Y ahora no.

Amber apoya la barbilla en la mano. El moño se le ha torcido un poco y un mechón le cae sobre la oreja.

—¿Cómo es? —pregunta –. Lo vuestro. No me refiero a la etiqueta. Me refiero a cómo se siente.

Miro hacia la ventana. El rectángulo de luz se ha movido y ahora ilumina el borde de la alfombra, junto al sofá.

Pienso en la pulsera de hilo que Hazel guarda en el bolsillo del chaleco.

Pienso en el paseo del sábado, en cómo Hazel se paró delante de un escaparate de libros viejos y señaló un ejemplar sin decir nada, y yo supe que ese libro le recordaba a algo que no quería contar, y no pregunté.

—Es como caminar al lado de alguien —digo –. Sin prisa. Sin tener que llenar el silencio. Sin miedo a que el silencio signifique algo malo.

Amber asiente muy despacio.

—Eso es bueno.

—Es raro. Pero bueno.

Se levanta y recoge los platos. Los lleva a la cocina y los deja en el fregadero. Abre el grifo y lo cierra sin lavarlos. Se queda apoyada en la encimera, con los brazos cruzados.

—¿Sabes qué es lo que más noto? —dice.

—¿Qué?

—Que no te estás esforzando. —Me señala con un gesto vago –. Antes, cuando venía, siempre estabas haciendo algo. Ponías música, o me enseñabas un dibujo a medio terminar, o hablabas sin parar de cualquier cosa. Como si tuvieras que demostrar que estabas bien.

—Y ahora estoy sentada.

—Y ahora estás sentada. —Amber sonríe otra vez, esa sonrisa de alivio que le cambia toda la cara –. Y se te nota.

Me levanto de la silla. Voy hasta la cocina y me apoyo en la encimera, a su lado. Nuestros hombros casi se tocan. Por la ventana entra el ruido de un coche que pasa y el grito lejano de un vendedor ambulante.

—Gracias —digo.

—¿Por qué?

—Por no presionar. Por esperar.

Amber me da un golpecito en el brazo con el codo.

—Para eso están las amigas. Para esperar a que se te pase la tontería.

Me río. Una risa corta, de verdad, que me sale del pecho sin avisar.

—No era una tontería.

—Ya lo sé. —Su voz cambia, se vuelve más seria –. Por eso esperé.

Nos quedamos así un minuto, hombro con hombro, mirando por la ventana. El cielo se ha puesto de un azul más oscuro, con nubes finas que avanzan despacio hacia el este. Va a llover esta noche. Lo sé por el olor, por esa humedad que sube del asfalto antes de que caiga la primera gota.

—Oye —dice Amber –. ¿Tienes planes para esta noche?

—Ninguno.

—¿Vemos una película? Tengo una de animación francesa que me recomendó un compañero de clase. Va de un niño que construye un faro en medio del bosque.

—¿Un faro en el bosque?

—Es una metáfora. O eso dice él.

—Vale. Pero ponemos los subtítulos en español, que mi francés es de instituto.

Amber va al sofá y se deja caer sobre los cojines. Yo recojo el cuaderno y la carpeta de la mesa y los guardo en el cajón del escritorio. El dibujo de los tejados sigue a medias, pero no me importa. Ya lo terminaré. O no. Hay cosas que no necesitan terminarse.

Me siento en el otro extremo del sofá. Amber ya está buscando la película en el portátil, inclinada sobre la pantalla con el ceño fruncido.

La observo un momento. Siete años viviendo a tres pisos de distancia.

Siete años de llamadas a la puerta con el mismo código de golpes.

Y sin embargo, siento que hoy me ha visto de verdad por primera vez.

—La encontré —anuncia Amber, y gira el portátil hacia mí –. Se llama La lumière dans les arbres.

—Suena pretenciosa.

—Mucho. Pero me han dicho que es bonita.

Se acomoda contra el respaldo y estira las piernas sobre la mesa baja. Yo encojo las mías y me hago un hueco entre los cojines. Fuera, las primeras gotas golpean el cristal de la ventana, despacio, como quien pide permiso.

Amber le da al play.

Miro la pantalla, pero mi cabeza sigue en otro sitio.

En la pulsera de hilo que descansa en un bolsillo a varias calles de aquí.

En la exposición de grabados. En la princesa pirata del balcón oxidado.

En el camino que hemos recorrido Hazel y yo, sin etiquetas y sin prisas, construyendo algo que no se parece a nada de lo que tuve antes.

La película empieza con una imagen de árboles altísimos y una voz en off que habla en francés.

No entiendo la mitad de las palabras, pero no importa.

Lo que importa es esto: el sofá, la lluvia, Amber a mi lado, el pan a medio comer en la cocina.

La certeza tranquila de que estoy exactamente donde quiero estar.

Me recuesto en los cojines. La luz de la pantalla titila sobre las paredes. Y por primera vez en mucho tiempo, no necesito contener nada. No necesito esconderme. No necesito sonreír para que nadie me pregunte qué me pasa.

Simplemente estoy.