Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXIX
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Capítulo XXIX

El Regreso

La madera respondió al hacha con un chasquido limpio y sonoro.

Einar volvió a golpear, partiendo el tronco en dos de un solo tajo. El esfuerzo le recorrió los hombros y la espalda como un fuego lento. Desde el amanecer, había trabajado junto a los hombres de Hvaldalen, reconstruyendo el gran salón que las llamas habían devorado años atrás.

Aquel edificio era mucho más que un techo.

Era una promesa.

Cada viga alzada proclamaba que una aldea podía sobrevivir a la muerte.

Que el invierno no siempre vencía.

A su alrededor resonaban martillos, sierras, voces y risas. Los niños correteaban entre las pilas de madera mientras las mujeres preparaban comida para los constructores.

Por primera vez en muchos meses, Hvaldalen volvía a sentirse vivo.

Einar apoyó el hacha contra el tronco y alzó la vista hacia la estructura que se elevaba poco a poco hacia el cielo.

Había regresado porque al fin había comprendido que huir nunca le devolvería las vidas que había perdido.

Solo podía honrarlas construyendo.

Nunca destruyendo.

Sin embargo, había una ausencia que ningún muro llenaría jamás.

Astrid.

No amanecía un solo día sin que se preguntara si había llegado a salvo a su propia época.

Si las piedras rúnicas realmente la habían devuelto al mundo del que procedía.

Si alguna vez recordaría el valle olvidado escondido entre los fiordos.

Había cumplido su promesa.

La había dejado marchar.

Porque amar a alguien también significaba abrir la mano cuando quien amabas pertenecía a otro destino.

Una voz rompió el ritmo del trabajo.

—¡Un barco!

Todos alzaron la vista.

En la desembocadura del fiordo apareció una embarcación impulsada por remos. No llevaba velas de guerra ni mostraba intención hostil.

Los hombres dejaron sus herramientas.

Algunos echaron mano a sus escudos.

Otros empuñaron sus lanzas.

Por simple precaución, Einar desenganchó su espada y caminó hacia el pequeño embarcadero junto a varios guerreros.

El barco avanzaba lentamente.

Demasiado lentamente.

El viento agitaba a la figura erguida en la proa.

Una capa azul oscuro.

Cabello rubio ondeando libre sobre hombros delgados.

Einar sintió que el corazón dejaba de obedecerle.

No.

No podía ser.

Había imaginado aquella silueta demasiadas veces en los últimos meses.

No volvería a engañarse.

Permaneció inmóvil mientras la embarcación se acercaba.

Entonces la figura levantó un brazo.

El mismo gesto.

La misma forma de saludar.

Y una voz atravesó el agua.

—¡Einar!

El tiempo dejó de existir.

Ya no oía las olas.

Ni las voces de los aldeanos.

Solo aquella voz.

La voz que no había dejado de oír ni en sus días más solitarios.

El barco alcanzó por fin el muelle.

Antes de que nadie pudiera bajar una pasarela, Astrid saltó a tierra.

Tropezó ligeramente al tocar el suelo.

Recuperó el equilibrio.

Y echó a correr.

Más tarde, Einar nunca recordaría quién dio el primer paso.

Solo supo que un latido después se encontraron a mitad del embarcadero.

Astrid se detuvo justo frente a él.

Como si necesitara un último instante para cerciorarse de que era real.

Entonces levantó una mano.

Lentamente le recorrió la barba.

Las cicatrices.

El rostro.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—De verdad eres tú...

Einar cerró los ojos ante su caricia.

—Pensé que habías encontrado el camino a casa.

—Lo encontré.

Abrió los ojos.

No entendía.

Astrid sonrió con serena tristeza.

—Y descubrí que un lugar puede ser tu hogar aunque no sea donde naciste.

El silencio los envolvió de nuevo.

Einar aún no se atrevía a creerlo.

Había aprendido demasiado bien cuánto podía doler la esperanza.

—¿Henrik...? —preguntó al fin.

Ella bajó la mirada.

—Pude despedirme de él.

Las palabras salieron despacio.

Como si aún cargaran con todo su peso.

—Murió.

Inspiró hondo.

—Durante mucho tiempo creí que mi deber era permanecer junto a su recuerdo.

Volvió a alzar los ojos.

—Pero llegué a comprender que recordar a alguien no significa dejar de vivir.

El viento le agitó el cabello una vez más.

A sus espaldas, la gente de Hvaldalen observaba en respetuoso silencio.

Astrid se acercó más.

Tanto que podía sentir el aliento de Einar.

—Volví porque quise.

No porque las piedras me obligaran.

No porque no pudiera regresar.

Elegí volver.

Aquellas palabras le golpearon el corazón con más fuerza que cualquier espada.

Había regresado.

Por voluntad propia.

No por necesidad.

No por azar.

Por él.

Einar tragó saliva.

Durante meses había imaginado este momento.

Pero ningún sueño lo había preparado para esto.

Alzó las manos lentamente.

No para aprisionarla.

Solo para abrazarla con la misma reverencia que se reserva a lo sagrado.

Astrid apoyó la frente en su pecho.

Escuchó el latido firme que había echado de menos tantas noches.

—¿Aún mantienes tu promesa? —susurró.

Una leve sonrisa asomó a los labios de Einar.

—Nunca dejé de hacerlo.

Ella alzó la vista.

—Entonces...

—¿Aún quieres que sea tu esposa?

Se le escapó una risa suave, trémula de emoción.

—Pensé que tardarías toda una vida en responder.

Astrid negó con la cabeza, sonriendo entre lágrimas.

—Solo necesitaba descubrir en qué siglo estaba mi vida.

Einar apoyó la frente contra la de ella.

Durante un largo momento, ninguno de los dos habló.

El beso llegó lentamente.

Sin la urgencia de la despedida.

Sin el vértigo doloroso del deseo contenido.

Fue el beso de dos personas que ya no necesitaban conquistar el tiempo.

Porque, por primera vez desde que el destino los había unido, caminaban hacia el mismo futuro.

Cuando al fin se separaron, Einar le tomó la mano.

Se volvió hacia los hombres y mujeres que aguardaban junto al embarcadero.

Su voz se alzó clara sobre las aguas tranquilas del fiordo.

—Gente de Hvaldalen...

Esta es Astrid.

La mujer a quien prometí proteger.

Y, si los dioses siguen concediéndome su favor, la mujer con quien compartiré el resto de mi vida.

Durante unos momentos, nadie respondió.

Entonces una anciana sonrió.

Otro hombre golpeó el escudo con el puño, jubiloso.

Uno a uno, los aldeanos acogieron sus palabras con un coro creciente que pronto se fundió con el viento que barría el fiordo.

Astrid alzó la mirada hacia las vigas del gran salón que se elevaba en la ladera.

Entonces comprendió que aquel edificio no solo devolvía la vida a una aldea.

Estaba levantando el hogar que ambos habían buscado durante demasiado tiempo.

Y por primera vez desde aquella mañana de 2026 en que había despertado junto a las piedras rúnicas, dejó de preguntarse a qué siglo pertenecía.

Porque al fin comprendió que el hogar nunca había sido un tiempo.

Siempre había sido Einar.