Capítulo XXX
El hogar de los vivos
El otoño había comenzado a dorar los abedules.
Desde la ladera, el fiordo se extendía como una lámina de plata, su superficie apenas alterada por las leves ondulaciones que trazaba el viento.
El humo se elevaba de las chimeneas de Hvaldalen, mezclándose con el aroma del pan recién horneado, la madera de pino y las primeras manzanas recogidas de los huertos.
La aldea estaba viva.
No porque se hubieran construido nuevas casas.
Ni porque las empalizadas volvieran a cercar el valle.
Estaba viva porque se había llenado de voces de nuevo.
Einar estaba junto al gran salón, viendo a los niños correr entre los pilares donde, años antes, no había quedado más que cenizas.
Había aprendido algo que ninguna batalla le había enseñado jamás.
Las aldeas no las sostenían los guerreros.
Las sostenían quienes regresaban después de la guerra.
Oyó pasos a su espalda.
No necesitaba volverse.
Conocía esa forma tranquila y pausada de caminar.
Astrid se colocó a su lado, envuelta en una capa azul oscuro.
Su cabello rubio, recogido en una larga trenza, se agitaba con la brisa que llegaba del fiordo.
Durante unos momentos contemplaron el valle en silencio.
El silencio entre ellos ya no necesitaba explicaciones.
—Nunca imaginé este lugar así —dijo Astrid al fin.
—Yo tampoco.
Ella se volvió para mirarlo.
—Cuando llegué, solo veía ruinas.
Einar sonrió con calma.
—Yo también.
No hablaban solo de la aldea.
Astrid apoyó una mano en la barandilla de madera.
Durante meses, siguió despertándose algunas noches con recuerdos del hospital.
Veía los pasillos blancos.
Oía el ritmo constante de los monitores.
Recordaba el rostro de Henrik.
Ya no era un recuerdo que la desgarrara.
Se había convertido en parte de quien era.
Había aprendido que el dolor nunca desaparecía del todo.
Simplemente encontraba otro lugar en el corazón.
Einar pareció intuir sus pensamientos.
—¿Todavía sueñas con tu época?
Ella tardó un momento en responder.
—A veces.
—¿La echas de menos?
Astrid miró hacia las montañas.
Pensó en la electricidad.
En los libros.
En las carreteras.
En las ciudades resplandecientes de luz.
En todo lo que una vez había creído indispensable.
Luego se miró las manos.
Las mismas manos que ahora sabían hilar lana, encender un fuego bajo la lluvia, preparar ungüentos curativos y leer runas antiguas con una emoción que ningún museo le había inspirado jamás.
Sonrió.
—Echo de menos a algunas personas.
No mi vida.
Einar asintió.
No preguntó nada más.
Había aprendido que el amor verdadero no competía con los recuerdos.
Vivía junto a ellos.
Unas voces del gran salón los llamaron a entrar.
Aquella noche se celebraba el primer Festival de la Cosecha desde que Hvaldalen había sido reconstruida.
Los bancos rebosaban de familias.
Habían acudido aldeanos de valles vecinos, junto con mercaderes y varios hombres que en otro tiempo habían luchado junto a Einar.
El viejo monje también estaba allí.
Había viajado durante semanas para cumplir una promesa.
Cuando Astrid lo vio entrar, se le hizo un nudo en la garganta.
El anciano sonrió con la misma serenidad que siempre parecía rodearlo.
—Te dije que cuando la Providencia y los dioses desean lo mismo, acaban encontrando caminos que escapan a la comprensión de los hombres.
Astrid tomó entre las suyas las manos curtidas del viejo monje.
—Si no me hubieras protegido aquel día...
Él negó suavemente con la cabeza.
—No fui yo.
Simplemente abrí una puerta.
Fuisteis vosotros quienes elegisteis atravesarla.
La celebración comenzó con cantos antiguos.
Luego vinieron los brindis.
Las historias.
Las risas.
Mientras todos compartían la comida, Astrid observó a Einar hablando con un grupo de niños que escuchaban embelesados uno de sus relatos de navegación.
Ya no veía al guerrero atormentado que había conocido junto a las piedras rúnicas.
Aún llevaba sus cicatrices.
Pero ya no vivía dentro de ellas.
Y entonces comprendió algo que ningún libro de historia podría enseñar jamás.
Los cronistas escribían sobre reyes.
Sobre guerras.
Sobre invasiones.
Muy pocos escribían sobre los hombres que lograban regresar a casa sin dejar de ser hombres.
Cuando la celebración fue tocando a su fin, salieron del gran salón.
La noche se posaba suavemente sobre el fiordo.
Las primeras estrellas comenzaban a titilar sobre el agua.
Astrid deslizó la mano en la de Einar.
—¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí?
Sonrió.
—Pensabas que no sobrevivirías ni una semana.
—Y tú pensabas que eras el último hombre condenado a vivir entre fantasmas.
Se quedaron juntos bajo el cielo.
A lo lejos, en lo alto de la colina donde todo había comenzado, las piedras rúnicas seguían en pie bajo la luz de la luna.
Ninguno de los dos sentía la necesidad de ir allí.
Ya no necesitaban preguntarle al tiempo cuál era su lugar.
El tiempo había dejado de ser su enemigo.
Lentamente, Einar entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Sabes lo único que aún temo?
Ella se volvió hacia él.
—¿Qué?
—Olvidarme de agradecer todo esto.
Astrid apoyó la cabeza en su hombro.
—Mientras recordemos a quienes perdimos, nunca olvidaremos el valor de lo que hemos encontrado.
El viento descendió de las montañas y se deslizó por la aldea.
Las llamas de las antorchas oscilaron suavemente.
En algún lugar del valle, un niño comenzó a reír.
Y aquel sonido simple, ordinario, casi insignificante, le pareció a Astrid más hermoso que cualquier milagro.
Porque los milagros no siempre abrían puertas entre siglos.
A veces eran simplemente el momento en que, tras sobrevivir al dolor, dos personas descubrían que podían construir una vida donde antes solo habían existido ruinas.