Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXVIII
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Capítulo XXVIII

El camino elegido

La ciudad seguía latiendo con la misma indiferencia con la que la había recibido antes de que desapareciera siglos atrás.

Los tranvías recorrían las avenidas.

Las pantallas mostraban titulares que ya no le importaban.

La gente pasaba apresurada, con los ojos fijos en sus teléfonos, como si pudieran derrotar al tiempo caminando más rápido.

Astrid caminaba despacio.

Todo le resultaba familiar.

Y, sin embargo, todo le parecía ajeno.

Había regresado al apartamento donde había vivido durante años.

Sus llaves aún abrían la puerta.

Los libros seguían en sus estanterías.

Su taza favorita seguía sobre la mesa de la cocina.

Incluso el reloj seguía marcando las horas con la misma precisión inquebrantable.

Solo ella había cambiado.

Se detuvo ante el espejo del pasillo.

La mujer que la miraba tenía el mismo rostro.

Pero sus ojos ya no pertenecían a esa vida.

Habían aprendido a medir los inviernos por la dirección del viento.

A reconocer la lluvia que llegaba desde el fiordo antes de que apareciera.

A conocer el sonido de un hacha partiendo leña.

Y, sobre todo, habían aprendido a buscar instintivamente la figura de un hombre alto y de cabello oscuro cada vez que el miedo se apoderaba de ella.

Apoyó una mano en el cristal.

No sentía alivio por haber regresado.

Solo ausencia.

Los días siguientes transcurrieron como si vagara por el sueño de otra persona.

Recibió llamadas.

Mensajes.

Colegas de la universidad celebraban su recuperación.

Los periódicos aún hablaban de la misteriosa desaparición que nadie había podido explicar.

Todo parecía ofrecerle la oportunidad de reconstruir la vida que había perdido.

Sin embargo, con cada día que pasaba, comprendía con mayor claridad que esa vida había dejado de existir mucho antes de su regreso.

Una tarde, fue a visitar a Henrik.

El cementerio descansaba en silencio bajo la luz gris de un cielo cargado de lluvia. Una suave brisa susurraba entre las copas de los árboles mientras las hojas secas se deslizaban entre las viejas lápidas.

Astrid caminó despacio hasta detenerse ante su tumba.

Durante varios momentos, permaneció inmóvil, con la mirada recorriendo las letras grabadas en la piedra.

Allí estaba su nombre.

Allí terminaba una historia que había cambiado la suya para siempre.

Se arrodilló y dejó que las yemas de los dedos rozaran el granito frío.

—Gracias...

La palabra fue apenas un suspiro.

—Gracias por haber formado parte de mi vida.

Gracias por ayudarme a descubrir quién era.

Gracias por quererme lo suficiente como para dejarme seguir mi propio camino, aunque ninguno de los dos lo comprendiera en aquel momento.

Una lágrima le resbaló por la mejilla y cayó sobre la piedra húmeda.

No era una lágrima de culpa.

Era una despedida.

Una despedida serena, nacida de la certeza de que algunos amores no están destinados a durar para siempre, sino a transformarnos para que podamos encontrar el camino que siempre nos ha estado esperando.

Permaneció allí hasta comprender que no quedaba nada más que decir.

Cuando salió del cementerio, las nubes se acumulaban en el cielo.

El viento traía olor a lluvia.

Durante unos instantes, permaneció inmóvil bajo el cielo gris.

Entonces recordó otra lluvia.

No había caído sobre el asfalto.

Había caído sobre un valle rodeado de montañas.

Y bajo ella, un hombre la había esperado con una paciencia que jamás exigió recompensa.

Un nudo le apretó la garganta.

Ya no era añoranza.

Era certeza.

Esa misma noche, abrió los cuadernos en los que había pasado años anotando sus investigaciones sobre las antiguas piedras rúnicas.

Buscó entre mapas.

Coordenadas.

Fotografías.

Leyendas que en su día había descartado como simple folclore.

Ahora sabía que ocultaban una verdad.

Una verdad imposible.

Pero verdadera.

Cada nota la acercaba un paso más al lugar donde todo había comenzado.

Al amanecer, cerró el último cuaderno.

Ya no quedaban dudas.

Solo una decisión.

Preparó una pequeña mochila.

Ropa de abrigo.

Un cuaderno.

Un cuchillo de caza.

Una brújula.

Nada más.

No estaba preparando una expedición.

Estaba dejando atrás una vida.

Antes de marcharse, escribió una única nota y la dejó sobre la mesa.

«No me busquéis.

He encontrado el lugar al que pertenezco.

Sed felices.

Astrid».

Cuando cerró la puerta del apartamento, no miró atrás.

El tren la llevó hacia el norte.

Luego tomó un autobús.

Finalmente, caminó sola por el bosque durante varias horas.

Los árboles eran los mismos.

Las rocas también.

Todo parecía esperarla.

Cuando el sol empezó a ponerse, llegó al antiguo túmulo funerario.

Las piedras rúnicas seguían formando el mismo círculo.

El viento se colaba entre sus grietas con un murmullo que parecía moldear palabras demasiado antiguas para comprenderlas.

Astrid caminó hasta el centro.

Apoyó lentamente la palma sobre la piedra donde había despertado meses atrás.

La roca estaba fría.

Cerró los ojos.

No pidió nada.

No suplicó nada.

Simplemente habló con la honestidad de quien por fin había dejado de luchar contra sí misma.

—Si hay un camino...

Tomó aire despacio.

—...ya no quiero volver.

Quiero ir a casa.

El viento enmudeció.

El bosque entero pareció quedar suspendido en una quietud imposible.

Bajo su palma, la piedra empezó a latir con la más leve vibración.

Las runas antiguas se iluminaron una tras otra.

Como si despertaran tras más de mil años de espera.

Astrid no retrocedió.

Sonrió.

Por primera vez, comprendió que el destino nunca había pretendido arrebatarle una vida.

Solo la había guiado hacia la vida que de verdad le pertenecía.

Y mientras la luz envolvía lentamente el círculo de piedra, no sintió miedo.

Solo la paz de quien por fin había elegido, por voluntad propia, el camino que deseaba seguir.