Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXVII
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Capítulo XXVII

El perdón de los vivos

La nieve aún no había llegado.

El valle se extendía bajo una luz gris que parecía suspender el tiempo entre el otoño y el invierno.

Einar cabalgaba solo.

No tenía prisa.

Por primera vez en muchos meses, ya no huía.

Había salido de la casa comunal antes del amanecer.

Nadie preguntó adónde iba.

Quizá ya lo sabían.

O quizá los hombres aprendían a reconocer cuándo otro necesitaba caminar a solas con sus propios fantasmas.

El sendero subía sin descanso hacia una granja encaramada en una ladera con vistas al fiordo.

Allí vivían Haldor y Sigrid.

Los padres de Liv.

Durante casi dos años, había evitado aquel lugar.

Les enviaba madera.

Plata.

Pieles.

Grano.

Todo lo que podía conseguir.

Siempre había sido más fácil ofrecer riquezas que mirar a unos ojos llenos de dolor.

Ningún tesoro les devolvería jamás a una hija.

Cuando vio el humo que se elevaba del tejado de turba, el pecho se le encogió de nuevo.

Por un momento, casi dio media vuelta.

Entonces recordó a Astrid.

«No puedes pasar el resto de tu vida castigándote por una promesa que ya nadie puede cambiar».

Sus palabras nunca lo habían abandonado.

Desmontó.

Ató las riendas al poste de la valla.

Y llamó a la puerta.

Haldor abrió.

El anciano había envejecido mucho.

Las canas dominaban ahora su barba.

Sin embargo, sus ojos aún conservaban la misma fuerza serena.

Durante varios momentos, ninguno de los dos habló.

Al fin, Haldor rompió el silencio.

—Has tardado mucho en venir.

Einar bajó la cabeza.

—Lo sé.

El anciano se hizo a un lado.

—Entra.

No era una invitación.

Era una oportunidad.

Dentro, el fuego ardía con fuerza.

Sigrid estaba sentada junto al fuego, hilando lana.

Al verlo, el huso se le resbaló de las manos.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.

No de ira.

De recuerdo.

Einar sintió que se quedaba sin aire.

—Perdonadme...

Las palabras le salieron antes de poder contenerlas.

—Debería haber regresado antes.

Debería haber estado allí.

Si hubiera cumplido mi promesa...

Liv seguiría viva.

El silencio se instaló en la habitación.

Solo se oía el crepitar del fuego.

Haldor permaneció inmóvil.

Luego caminó despacio hacia él.

—¿Cuántas veces has repetido esas palabras?

Einar tardó en responder.

—Cada día.

El anciano asintió despacio.

—Entonces ya has soportado un castigo más duro que el que cualquier hombre podría haberte dado.

Aquellas palabras no lo liberaron.

Si acaso, lo hicieron sentirse aún más pequeño.

—No merezco vuestro perdón.

Sigrid se puso en pie.

Caminó hacia él.

Con manos temblorosas, le tomó el rostro entre las manos.

Exactamente como Liv había hecho tantas veces.

Einar cerró los ojos.

Por un instante fugaz, creyó verla de nuevo.

—Nuestra hija te amaba.

Nunca habría querido que pasaras tu vida enterrado junto a ella.

Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.

Haldor le puso una mano en el hombro.

—La culpa es de quienes alzaron sus armas contra esta casa.

No del hombre que llegó demasiado tarde para detenerlos.

Tú también perdiste a la mujer que amabas.

No fuiste el único superviviente.

Tú también fuiste una víctima.

Algo en su interior se quebró al fin.

Durante dos años, había aceptado el dolor.

Pero nunca había aceptado el duelo.

Había vivido convencido de que no tenía derecho a llorarla.

Ahora comprendía que él también había perdido un hogar.

Sigrid sonrió entre lágrimas.

—Liv era más sabia que cualquiera de nosotros.

Siempre decía que un corazón no puede quedarse vacío solo para honrar a los muertos.

Debe llenarse de nuevo.

Porque el amor nunca pide soledad.

Pide continuidad.

Einar sintió que el peso que había cargado sobre los hombros empezaba a aligerarse por fin.

No desapareció.

Nunca lo haría.

Pero ya no lo aplastaba.

Se quedaron junto al fuego largo rato, recordando a Liv.

Hablaron de su risa.

De cómo cantaba mientras trabajaba.

De cómo calmaba a un caballo asustado con solo posar una mano en su cuello.

Y por primera vez desde su muerte, Einar sonrió al recordarla.

No sintió culpa.

Solo gratitud.

Cuando abandonó la granja, el sol ya se hundía tras el fiordo.

El viento era frío.

Pero en su interior reinaba una paz que jamás había conocido.

Al cabalgar por el sendero sinuoso, comprendió por fin por qué Astrid había entrado en su vida.

No para reemplazar a Liv.

Nadie podría ocupar jamás el lugar de los muertos.

Había venido a enseñarle que el amor nunca se divide.

Cambia.

Crece.

Y que solo quienes aprenden a despedirse pueden volver a abrir el corazón de verdad.

Einar alzó los ojos hacia el horizonte.

Más allá del mar.

Más allá de las montañas.

Más allá de los siglos.

Había otro mundo.

Quizás Astrid caminaba por él en ese momento.

Quizás no volverían a encontrarse jamás.

Y sin embargo, por primera vez desde que la perdió, su recuerdo ya no lo llenaba de desesperación.

Le daba esperanza.

Porque comprendió que ya no necesitaba vivir anclado al pasado.

Podía esperar con la mirada puesta en el futuro.

Y mientras su caballo retomaba el camino hacia Hvaldalen, el viento del norte pareció llevar, por un instante, el eco de una voz que conocía mejor que la suya.

No respondió.

Sonrió.

Y siguió cabalgando.