Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXVI
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Capítulo XXVI

El Otro Lado del Tiempo

El primer sonido fue el mar.

No el rugido violento de una tormenta, sino el suave murmullo de las olas rompiendo contra las piedras negras de la orilla.

Astrid inspiró hondo antes siquiera de abrir los ojos.

El aire olía a sal, brezo húmedo y algas marinas.

Durante varios segundos, permaneció completamente inmóvil.

La sensación era insoportablemente familiar.

De golpe, abrió los ojos.

El cielo era gris pálido.

Las gaviotas giraban sobre el fiordo.

Ante ella se extendía la misma costa donde todo había comenzado.

No podía ser.

Se puso de pie con dificultad.

Le temblaban las piernas.

Miró a su alrededor, buscando una explicación.

El túmulo funerario seguía allí.

Las piedras antiguas permanecían inmóviles bajo su manto de musgo, como si nunca se hubieran despertado.

Solo entonces bajó la mirada.

Todavía llevaba su túnica de lino.

Sus botas de cuero.

Y oculto bajo el cuello de su ropa, el pequeño martillo de Thor descansaba contra su pecho.

Lo tomó entre los dedos.

La madera aún conservaba el calor de su piel.

No.

No había sido un sueño.

Einar había existido.

Hvaldalen había existido.

Cada palabra.

Cada mirada.

Cada promesa.

Todo había sido real.

Un dolor agudo le atravesó el pecho.

Había regresado.

Y él permanecía mil ciento cincuenta años en el pasado.

Corrió colina abajo.

El sendero era exactamente como lo recordaba.

Más allá de los abedules apareció el aparcamiento del parque arqueológico.

Su coche seguía allí.

Se quedó mirándolo durante unos instantes.

El mundo moderno le resultaba extrañamente ajeno.

Como si perteneciera a otra persona.

Abrió la puerta.

Su teléfono seguía sobre el asiento del copiloto.

Con manos temblorosas, lo conectó al cargador del coche.

Cuando la pantalla por fin se iluminó, el corazón le dio un vuelco.

17 de agosto de 2026.

Solo había pasado poco más de un mes.

Exactamente el mismo tiempo que había vivido en el siglo IX.

El mundo no se había detenido a esperarla.

Pero tampoco la había dejado atrás.

Condujo casi sin ser consciente de la carretera.

El paisaje pasaba ante el parabrisas como recuerdos borrosos.

Bosques.

Lagos.

Pequeños pueblos.

Montañas cubiertas de nubes.

Todo parecía extrañamente silencioso.

Había imaginado este regreso cientos de veces.

Había pensado que sentiría alivio.

En cambio, solo encontró vacío.

Cuando vio el Hospital Universitario de Trondheim, se dio cuenta de que aún no estaba preparada.

Aun así, se obligó a seguir caminando.

El pasillo olía a desinfectante y café recién hecho.

Todo era excesivamente limpio.

Ordenado.

Frío.

La enfermera de recepción levantó la vista.

Al ver a Astrid, abrió los ojos de par en par.

—¡Astrid!

Pensábamos que tú…

Se detuvo.

Astrid sabía exactamente lo que había estado a punto de decir.

Que habían creído que estaba desaparecida.

Quizás incluso muerta.

—Necesito ver a Henrik.

La mujer vaciló solo un momento.

Luego asintió.

—Su familia está dentro.

Has llegado…

justo a tiempo.

Esas últimas palabras le helaron la sangre.

La habitación estaba casi a oscuras.

Solo el ritmo constante del monitor cardíaco rompía el silencio.

Henrik tenía exactamente el mismo aspecto que el día del accidente.

Más delgado.

Más pálido.

Su barba había crecido durante las semanas de inmovilidad.

Parecía dormido.

Pero Astrid ahora conocía la diferencia entre el sueño y la ausencia.

Sus padres estaban junto a la cama.

También el médico que lo atendía.

Varios documentos descansaban sobre una mesa cercana.

No necesitaba leerlos.

Comprendió de inmediato.

Ya habían tomado la decisión.

La madre de Henrik se volvió hacia ella.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lo hemos intentado todo.

Astrid sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Se acercó lentamente a la cabecera de la cama.

Tomó la mano de Henrik entre las suyas.

Aún conservaba el calor de la vida.

Pero no su presencia.

Contempló su rostro inmóvil durante largo rato.

Luego sus padres salieron a tomar un café, después de que ella pidiera en voz baja quedarse con él.

—¿Puedo quedarme unos minutos a solas con él?

Nadie respondió.

Simplemente salieron de la habitación.

La puerta se cerró suavemente tras ellos.

Astrid permaneció sentada durante largo rato.

No encontraba las palabras.

Durante semanas había imaginado ese momento.

Había creído que le suplicaría que despertara.

Que lucharía por él.

Ahora comprendía que la verdadera batalla ya había terminado.

Acarició suavemente el dorso de su mano.

—Siempre creí que el mar devolvería lo que me había arrebatado.

Una sonrisa triste asomó a sus labios.

—Pero el mar nunca devuelve lo mismo.

El silencio respondió en su lugar.

—He visto un mundo que ninguno de los dos habría creído posible.

Un tiempo en el que las leyendas aún respiraban.

Y conocí a un hombre.

Un hombre que me recordó tantas cosas de ti.

Su valentía.

La forma en que protegía a quienes amaba.

Su capacidad de cargar con el dolor sin permitir que se convirtiera en odio.

Bajó la mirada.

Las lágrimas resbalaron lentamente por sus mejillas.

—Al principio, pensé que te estaba buscando en él.

Ahora sé que no era así.

Me aferraba a ti porque aún no podía aceptar que te ibas.

Tomó aire con dificultad.

Las siguientes palabras fueron las más difíciles de pronunciar.

—Gracias por caminar a mi lado.

Gracias por creer en mí cuando yo no podía creer en mí misma.

Gracias por enseñarme que el pasado no es solo algo que estudiamos.

También puede transformar a quienes se atreven a mirarlo.

Le apretó la mano con infinita ternura.

—No sé dónde termina un viaje como el tuyo.

Pero sé que el mío continúa.

Y parte de la fuerza para seguir adelante vino de ti.

Apoyó la frente contra la de Henrik.

Permaneció así unos instantes.

Luego depositó un beso suave en su sien.

—Adiós.

Cuando la familia regresó, Astrid ya estaba de pie.

No discutió su decisión.

No pidió más tiempo.

Simplemente abrazó a la madre de Henrik.

Los cuatro permanecieron juntos en silencio mientras el médico desconectaba lentamente las máquinas.

El sonido del monitor cambió.

Un tono continuo llenó la habitación.

Nadie habló.

El tiempo mismo pareció detenerse.

Por fin, el médico bajó la cabeza.

—Hora del fallecimiento: dieciséis treinta y nueve.

Lamento profundamente su pérdida.

Astrid cerró los ojos.

Sintió que una parte importante de su vida llegaba a su fin.

Sin embargo, extrañamente, no sintió que Henrik hubiera desaparecido.

Simplemente había dejado de sufrir.

Cuando salió del hospital, las nubes comenzaban a acumularse en el cielo.

El viento bajaba del fiordo, trayendo el aroma de la lluvia.

Astrid vagó sin rumbo por el aparcamiento.

Necesitaba respirar.

Necesitaba comprender quién era ahora.

Deslizó la mano bajo la ropa moderna que el hospital le había prestado.

Sus dedos encontraron el pequeño martillo de Thor.

Lo cerró en la palma.

En ese mismo instante, el amuleto se calentó.

Solo ligeramente.

Como un latido.

Astrid se detuvo.

Miró hacia el horizonte.

El viento parecía traer consigo el murmullo distante de olas rompiendo en un fiordo diferente.

Cerró los ojos.

Durante un solo segundo, creyó oír una voz.

No podía distinguir si provenía del recuerdo o del tiempo mismo.

Pero reconoció su nombre pronunciado con aquel acento antiguo.

—Astrid…

Abrió los ojos de golpe.

El viento se calmó.

El amuleto se enfrió de nuevo.

Y entonces comprendió la verdad.

Había regresado a su propio siglo.

Pero el vínculo no se había roto.

Al otro lado del tiempo, bajo el mismo cielo que había cobijado los fiordos mil años atrás, Einar seguía vivo.

Y mientras él viviera, ninguna despedida podría ser verdaderamente definitiva.