Capítulo XXV
La Piedra que Respondió
Túmulo Funerario de Hrafnshaugr, Cerca de Jórvik
La tira de corteza cubierta de runas permaneció doblada en las manos de Astrid mientras abandonaban la casa de la sanadora.
Ninguno de los dos habló.
Las calles de Jórvik aún rebosaban de vida. Los mercaderes regateaban el precio de las pieles, los herreros martilleaban hierro al rojo vivo y los niños correteaban entre los puestos del mercado.
Sin embargo, a su alrededor parecía haberse alzado un silencio que los aislaba del resto del mundo.
Astrid caminaba unos pasos por delante.
Las runas pesaban en sus manos como una sentencia ya dictada.
Hasta aquella mañana, solo había existido una posibilidad lejana.
Ahora había un camino.
Quizá imperfecto.
Quizá imposible.
Pero un camino al fin y al cabo.
Ella fue la primera en romper el silencio.
—Quiero intentarlo.
Einar no respondió.
Siguió caminando.
Ella se detuvo.
—¿Me has oído?
Él permaneció inmóvil durante unos instantes antes de girar lentamente la cabeza.
Sus ojos ya no albergaban ira.
Solo un inmenso cansancio.
—Sí.
—Entonces...
La palabra quedó suspendida entre ellos.
—No.
Astrid sintió que el corazón se le hundía en el estómago.
—¿No?
—No voy a llevarte a ese túmulo funerario.
El frío pareció de pronto más cortante.
Ella lo miró durante un largo momento.
Luego habló muy quedo.
—No eres tú quien habla.
Einar frunció levemente el ceño.
—Es el miedo.
Esas dos palabras atravesaron todas las defensas que él había construido a lo largo de los años.
Apartó la mirada.
Respiró despacio.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó más profunda.
Más vieja.
—Toda mi vida he llegado demasiado tarde.
El viento levantó el borde de su capa.
—Demasiado tarde para salvar a mi hermano.
Demasiado tarde para regresar con mi esposa.
Demasiado tarde para evitar que mi hogar ardiera.
Guardó silencio durante varios instantes.
—Y ahora los dioses han puesto a alguien más ante mí...
Alguien a quien...
Nunca terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
—...y me piden que sea yo quien la conduzca a su despedida.
Astrid sintió que el pecho se le oprimía.
Se acercó más.
—No quiero hacerte daño.
—Lo sé.
—Necesito saber.
No porque quiera dejarte.
Necesito saber si aún puedo regresar.
Si Henrik todavía me espera.
Si mi vida sigue allí...
O si ya pertenece a este tiempo.
Einar cerró los ojos un momento.
Comprendía cada una de aquellas palabras.
Eso era precisamente lo que las hacía insoportables.
—Si encuentras el camino...
¿te irás?
Astrid tardó tanto en responder que el silencio mismo se convirtió en su respuesta.
—No lo sé.
Esas tres palabras fueron suficientes.
Einar asintió despacio.
No había reproche en él.
Solo una tristeza infinita.
—Entonces ve.
No te detendré.
Pero no tendré fuerzas para acompañarte.
Se dio la vuelta antes de que ella pudiera detenerlo.
Astrid permaneció donde estaba, viéndolo desaparecer entre la multitud.
Nunca lo había visto caminar con los hombros tan hundidos.
Encontró el túmulo funerario poco antes del atardecer.
Se alzaba sobre una colina baja cubierta de escarcha.
El viento silbaba entre los viejos abedules.
Las piedras eran exactamente como habían sido la primera vez.
Grises.
Antiguas.
Silenciosas.
Astrid pasó la mano por la superficie áspera.
Respiró hondo.
Sacó el trozo de carbón que la sanadora le había dado.
Con dedos temblorosos, comenzó a dibujar las runas una a una.
Las conocía.
Había pasado años estudiándolas.
Pero nunca las había escrito con la esperanza de cambiar el destino mismo.
Cuando terminó, posó despacio ambas manos sobre la piedra.
No ocurrió nada.
El viento siguió soplando.
Un cuervo cruzó el cielo.
Astrid cerró los ojos.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Si aún existe un camino...
muéstramelo.
El silencio fue su única respuesta.
Entonces...
muy lentamente...
la piedra tembló bajo sus palmas.
Apenas un estremecimiento.
Tan leve que podría haberlo imaginado.
Las runas comenzaron a calentarse.
No brillaban.
Respiraban.
Como si una luz antigua hubiera despertado bajo la piedra.
El aire cambió.
El viento desapareció.
Y por un instante, el mundo dejó de pertenecer a un único siglo.
Un pitido electrónico agudo atravesó el silencio.
Luego otro.
Constante.
Metálico.
Astrid abrió los ojos.
El túmulo había desaparecido.
Solo quedaban fragmentos.
Una habitación blanca.
Una lámpara de hospital.
El reflejo de un monitor cardíaco.
Una mano inmóvil conectada a una vía intravenosa.
Y una voz desde muy lejos.
—...Henrik...
El nombre flotó en el aire como un eco.
Astrid avanzó hacia la visión.
La piedra le ardía en las manos.
El suelo comenzó a girar.
Durante un latido, creyó que estaba cruzando.
Entonces todo se desvaneció.
El viento regresó de golpe.
Las runas dejaron de latir.
El túmulo volvió a quedar en silencio.
Astrid cayó de rodillas.
Regresar era posible.
No era un sueño.
No era una fantasía.
El camino existía.
Y esa certeza dolía mucho más que la imposibilidad.
Porque ahora tendría que elegir.
No muy lejos, oculto entre los árboles, Einar observaba en silencio.
Había intentado marcharse.
No había podido.
No había venido a detenerla.
Había venido porque necesitaba saber.
Cuando la piedra despertó, él también lo sintió.
Las viejas historias eran ciertas.
Los dioses aún caminaban sobre la tierra.
Esperó hasta que el resplandor se desvaneció.
Solo entonces salió de entre los árboles.
Astrid levantó la cabeza lentamente.
Las lágrimas aún brillaban en sus mejillas.
Ninguno preguntó qué había ocurrido.
Ambos lo sabían.
Ella habló primero.
—Respondió.
Einar asintió.
No necesitaba más explicaciones.
Miró las runas, aún cálidas al tacto.
Luego la miró a ella.
Había encontrado el camino de regreso a casa.
Y sin embargo seguía allí.
Con él.
Por primera vez, comprendió que el tiempo ya no era el verdadero enemigo.
Lo era la libertad.
Porque amar a alguien también significaba aceptar que esa persona podía elegir marcharse.
Y esa era, quizás, la batalla más difícil que jamás tendría que librar.