Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV

El Vapor de las Promesas

Jórvik La Mañana Siguiente

El amanecer envolvió Jórvik en una niebla azulada cuando un joven sirviente llamó discretamente a la puerta de su cámara.

Traía pan fresco, queso curado y una invitación del jarl.

Antes de que emprendieran el viaje de regreso a Hvaldalen, deseaba que sus invitados disfrutaran de la casa de baños.

Astrid miró a Einar con curiosidad.

Él asintió.

—Rechazar un regalo así sería descortés. Ningún anfitrión digno deja que sus invitados emprendan un largo viaje sin ofrecerles antes agua caliente.

Mientras cruzaban el patio, Astrid observó el pequeño edificio que se alzaba junto al arroyo.

Era modesto.

Sus gruesas paredes de troncos de abeto retenían el calor incluso desde fuera. Finas cintas de vapor se elevaban del techo y ascendían perezosas hacia el cielo gris.

Una sonrisa casi involuntaria asomó a sus labios.

Una sauna...

No exactamente como las modernas, pero lo bastante parecida para reconocerla.

Recordó las excavaciones, los estudios sobre los laug, las antiguas casas de baños escandinavas donde el calor purificaba el cuerpo antes de largos viajes, festivales e incluso bodas.

Mil años.

Y sin embargo, algunas costumbres apenas habían cambiado.

Entraron.

El aire cálido los envolvió de inmediato.

Olía a madera húmeda, enebro, abedul y jabón elaborado con grasa fundida y ceniza, perfumado con hierbas.

En el centro de la estancia, un montón de piedras ennegrecidas aún conservaba el calor del fuego extinguido. Una gran vasija de agua descansaba sobre ellas.

La luz se filtraba por una pequeña abertura en el techo.

Todo parecía suspendido en un silencio ancestral.

Astrid respiró hondo.

El lugar irradiaba una paz inesperada.

Se quitaron la ropa sin pudor, como si formara parte de un ritual.

Einar colocó una toalla de lino sobre un banco de madera.

—Antes de un largo viaje, hay que purificar el cuerpo.

Hizo una breve pausa.

—Y antes de una boda también.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Astrid alzó lentamente la mirada.

Ninguno volvió a hablar.

El vapor hizo el resto.

Pasados varios minutos, Astrid sacó de su bolsa el pequeño recipiente con el ungüento que había preparado con corteza de sauce, miel y resina.

—Tu cuello necesita una última cura.

Einar obedeció sin rechistar.

Se sentó en el banco, de espaldas a ella.

Astrid retiró el lino con cuidado.

La vieja mordedura del lobo había sanado casi por completo.

Solo quedaba una cicatriz irregular, aún levemente enrojecida en algunas zonas.

Humedeció un paño en agua tibia y comenzó a limpiar la piel con movimientos lentos y delicados.

El vapor flotaba entre ambos.

Einar permaneció completamente inmóvil.

Solo el ritmo acompasado de su respiración delataba su presencia.

Astrid dejó que sus dedos se deslizaran alrededor de la cicatriz antes de continuar hacia el hombro.

Fue entonces cuando descubrió el resto.

Cicatrices.

Muchas más de las que había imaginado.

Un viejo tajo cruzaba uno de los omóplatos.

Otra cicatriz recorría en diagonal las costillas.

Una quemadura había retorcido parte del brazo izquierdo.

Cada una hablaba de un invierno distinto.

De una batalla distinta.

De una pérdida distinta.

La mano se le detuvo.

Trazó con suavidad una de las líneas endurecidas que habían dejado los años.

No había curiosidad en el gesto.

Solo una profunda compasión.

—¿Todas tienen una historia?

Einar se tomó un momento antes de responder.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse a su alrededor.

Luego añadió con inesperada calma:

—Pero ya no recuerdo cada batalla.

Astrid sonrió con tristeza.

—Entonces las cicatrices sobreviven a la memoria.

Él giró la cabeza lo justo para que sus miradas se cruzaran.

Comprendió que aquellas palabras no hablaban solo de la carne.

Hablaban también del alma.

Cuando terminó de atenderle la herida, Astrid comenzó a guardar el vendaje limpio.

Pero Einar tomó el cucharón de madera y lo llenó de agua tibia.

—Ahora me toca a mí.

Ella lo miró sorprendida.

—No tienes por qué.

—Sí tengo.

Había una certeza tan sencilla en su voz que negarse resultaba imposible.

Astrid se sentó delante de él.

Einar se colocó a su espalda.

Con manos moldeadas por el hierro y los remos, vertió lentamente el agua tibia sobre el cabello de ella.

El calor le fluyó por la nuca.

Luego tomó una pequeña pastilla de jabón perfumado con miel y hojas de abedul.

Con una delicadeza que jamás habría esperado de un guerrero, le lavó el cabello con lentitud.

Ni una sola vez buscó otra caricia.

Ni un solo gesto ambiguo.

Simplemente desenredó cada mechón con infinita paciencia mientras el agua se deslizaba entre ellos en hilos plateados.

Astrid cerró los ojos.

No por el calor.

Sino porque la ternura era casi insoportable.

Hacía mucho tiempo que nadie la cuidaba.

Mucho antes del accidente de Henrik.

Mucho antes de que la soledad se convirtiera en un hábito.

Un nudo le atenazó la garganta.

—Gracias...

Su voz apenas fue un susurro.

Las manos de Einar se detuvieron un instante.

—En mi aldea —respondió simplemente—, cuidar de alguien es otra forma de hablar.

Sus dedos temblaron casi imperceptiblemente.

Einar bajó la cabeza lo suficiente para encontrar su mirada.

El beso no fue más que un roce de labios.

Tan breve que casi pareció una pregunta.

Tan suave que ninguno de los dos quiso arruinarlo con prisas.

Contenía el miedo que habían compartido, el alivio de seguir juntos y cada palabra que aún no se habían atrevido a pronunciar.

Cuando sus labios se separaron, ninguno de los dos se movió.

Astrid apoyó la frente contra la de él.

Cerró los ojos y respiró despacio, llenándose del aroma de la madera húmeda, las hierbas de la casa de baños y la presencia tranquila del hombre que la sostenía sin necesidad de abrazarla.

Bastaría con que se inclinara un poco más.

Bastaría con olvidar el tiempo, las promesas y el mundo que esperaba más allá de la puerta.

Pero sonrió.

Rozó la mejilla de Einar con el pulgar y, muy despacio, se apartó lo suficiente para mirarlo de nuevo.

El vapor se elevaba en lentas espirales, velando las paredes de madera oscurecidas por años de humo. El calor los envolvía como un antiguo manto, extrayendo el frío del invierno de su piel.

Einar la observó durante un largo rato.

Había una luz tranquila en sus ojos, una mezcla de afecto y asombro que ni siquiera su leve sonrisa podía ocultar del todo.

Astrid bajó la mirada un momento, las mejillas encendidas, aunque ya no por miedo.

Poco a poco, estaba aprendiendo a sostener su mirada.

Él tomó sus manos con suavidad entre las suyas, guiándolas con la paciencia de quien enseña algo precioso, sin querer romperlo por la prisa.

Astrid lo miró, sorprendida por esa confianza silenciosa.

—¿Todos los hombres del Norte son así?

Su sonrisa tímida llevaba inocencia mezclada con una curiosidad que no podía ocultar.

Einar dejó escapar una risa queda, tan cálida como el aire que los rodeaba.

—No lo sé. Solo puedo responder por mí mismo.

Ella también sonrió, y esa simple expresión hizo que el corazón del guerrero se sintiera más ligero que después de cualquier victoria.

Durante un largo rato, los únicos sonidos fueron el leve crepitar de las piedras calentadas y el siseo del agua vertida sobre ellas.

El vapor los envolvía, borrando el mundo más allá de esas paredes.

Solo quedaban ellos dos.

Astrid estudiaba cada gesto con el asombro de quien ve el mar por primera vez.

Einar, acostumbrado al estruendo de los escudos y el filo de las espadas, encontraba en su sincera torpeza una belleza que ninguna saga podría haber descrito jamás.

Cuando el silencio se hizo casi demasiado profundo, él apoyó la frente contra la de ella.

—Nadie me había mirado así nunca.

—¿Así cómo?

—Como si todavía hubiera algo en mí que valiera la pena conocer.

Las palabras permanecieron entre ellos, más cálidas que el vapor que acariciaba sus rostros.

Astrid alzó una mano y tocó su mejilla con una ternura casi reverente.

Él cerró los ojos un breve instante, inclinándose hacia la caricia como un viajero sediento que descubre agua después de un largo camino.

Entonces la besó.

No fue un beso robado por la pasión ni nacido del deseo impaciente.

Fue lento.

Casi solemne.

Como si ambos comprendieran que ese momento cambiaría el rumbo de sus vidas más profundamente que cualquier batalla o juramento.

Cuando finalmente se separaron, Astrid dejó escapar una risa suave, las mejillas aún encendidas.

—Creo que todavía tengo mucho que aprender.

Einar apartó un mechón de cabello húmedo detrás de su oreja.

—Yo también.

El silencio se instaló entre ellos de nuevo.

Astrid alzó lentamente la mirada.

Él seguía mirándola como si quisiera recordar ese momento para siempre.

—Deberíamos irnos —murmuró ella.

Einar asintió.

Sin embargo, ninguno de los dos se movió.

Sus manos continuaron buscándose, despacio, como si separarse requiriera mayor valor que quedarse.

Él rozó su mejilla con los nudillos.

Ella cerró los ojos un momento.

Entonces lo besó de nuevo.

Esta vez, Astrid fue quien cruzó la distancia.

El beso fue lento al principio.

Luego más profundo.

Más urgente.

Einar intentó apartarse apenas un suspiro.

—Si seguimos...

Ella apoyó la frente contra la de él.

—Lo sé.

Y sin embargo, lo besó una vez más.

El vapor los envolvía.

El agua corría por sus hombros.

El mundo entero parecía existir más allá de esas paredes de madera.

Einar dejó escapar un suspiro pausado.

Toda su determinación se desmoronó en ese instante.

La estrechó entre sus brazos como si la hubiera estado esperando desde antes incluso de conocer su nombre.

Astrid sonrió contra sus labios.

Ninguno de los dos pensaba ya en la boda.

Ni en el banquete.

Ni en los votos.

Solo quedaba el calor de sus cuerpos y la certeza, tan dulce como inevitable, de que el deseo había precedido a lo que ahora descubrían allí, entre la tibieza de la madera y el aroma del abedul: que el corazón podía rendirse sin deshonra.

Astrid abrió lentamente los ojos.

No necesitaba preguntar qué pensaba él en realidad.

Ya lo sabía.

Alzó el rostro.

Sus labios se encontraron una vez más.

El beso duró más.

Fue más profundo, nacido de todo aquello que habían elegido no tomar aún.

Cuando finalmente se separaron, ninguno había ganado.

Simplemente habían pospuesto la rendición.

Astrid abrió lentamente los ojos.

No necesitaba preguntar qué pasaba por la mente de Einar.

Los había sentido en el temblor contenido de sus manos.

Y supo, con una certeza que la estremeció, que el día de su boda ya no parecía cercano.

Era, más bien, como si llevara dentro un voto que ninguno de los dos se atrevía aún a pronunciar en voz alta.

Cuando salieron de la casa de baños, el aire helado del exterior los golpeó como una ola.

Astrid soltó un breve grito.

Einar se echó a reír.

Una risa genuina, sin reservas, que ella solo le había oído unas pocas veces.

Sin pensarlo, ella también rio.

Durante unos preciosos instantes, olvidaron los peligros, las promesas imposibles y los siglos que los separaban.

Eran simplemente dos personas respirando el mismo aire bajo el mismo cielo.

Los caballos ya estaban ensillados.

Las provisiones estaban bien sujetas a los fardos.

El jarl salió a despedirlos, acompañado por varios hombres de su clan.

Abrazó a Einar como a un viejo hermano de armas.

Luego se volvió hacia Astrid con afecto.

—Las puertas de Jórvik siempre estarán abiertas para vosotros.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Y cuando llegue el día de vuestra boda, enviad un mensajero. Será un honor compartir vuestra alegría.

Astrid sintió cómo el calor le subía lentamente a las mejillas.

No dijo nada.

Einar inclinó la cabeza con respeto.

—Lo haremos.

Montaron en silencio.

Mientras las murallas de Jórvik iban desapareciendo tras ellos, Astrid miró atrás una última vez.

La ciudad se difuminaba poco a poco en la niebla que se alzaba desde el río.

Ante ellos, el largo camino hacia el norte se extendía una vez más.

Hacia Hvaldalen.

Hacia el hogar que ninguno de los dos había imaginado volver a encontrar.

Y mientras el viento del fiordo comenzaba a traer el aroma de la nieve, Astrid comprendió que el viaje de regreso no la llevaba simplemente a un lugar.

Paso a paso, la llevaba hacia el hombre al que cada día le costaba más imaginar perder.