Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

El Salón del Jarl

Antes de regresar a Hvaldalen, Einar insistió en desviarse a Jórvik unos días.

Al principio, Astrid no comprendió su decisión.

Luego él le explicó que ningún jarl podía desaparecer durante semanas sin dar señales de vida.

Allí vivían hombres que habían luchado a su lado, comerciantes con quienes su clan mantenía antiguos acuerdos y un viejo aliado que necesitaba saber que seguía vivo.

También debían reunir provisiones antes de que el invierno cerrara los caminos del norte.

Al oír el nombre, un escalofrío la recorrió.

Jórvik.

Durante siglos, los arqueólogos la habían considerado una de las ciudades vikingas más importantes de Inglaterra. Había recorrido sus museos, estudiado sus excavaciones y leído incontables libros sobre sus calles y talleres.

Ahora estaba a punto de atravesar sus puertas casi mil años antes de que nadie descubriera sus cimientos.

Cuando las murallas emergieron de la niebla, comprendió que ningún libro habría podido preparar a nadie para aquello.

El aire olía a humo de roble, cuero recién curtido, pescado ahumado y hierro forjado.

Las calles, cubiertas de barro endurecido por el frío, rebosaban de vida. Comerciantes sajones regateaban con artesanos daneses; barcos recién llegados descargaban pieles, ámbar, hierro y barriles de miel; voces en distintas lenguas se mezclaban con naturalidad.

La historia respiraba.

Y ella caminaba en su interior.

Por unos instantes, incluso olvidó el miedo.

Einar caminaba con paso tranquilo.

Muchos hombres interrumpían su trabajo para saludarlo.

No eran saludos formales.

Eran abrazos, palmadas en el hombro y sonrisas sinceras.

Astrid observó la transformación con verdadero asombro.

El hombre callado que había conocido en el bosque iba desapareciendo.

En su lugar surgía alguien respetado.

Alguien a quien la gente escuchaba.

Alguien que les importaba.

Por fin comprendió que la soledad no era su verdadera naturaleza.

Era una herida.

Un anciano de barba completamente blanca se abrió paso entre la multitud.

Abrazó a Einar con fuerza antes de decir una sola palabra.

—Creíamos que el mar te había reclamado.

Einar sonrió.

Era una sonrisa abierta, radiante, distinta a cualquiera que Astrid le hubiera visto.

—Mi hora aún no ha llegado.

El anciano rio.

—Los dioses todavía tienen paciencia contigo.

Astrid contempló la escena con una emoción inesperada.

Por primera vez, vislumbró al hombre que Einar había sido antes de que la tragedia lo alcanzara.

Esa misma tarde, los recibió el jarl de Jórvik.

El gran salón no destacaba por su lujo, sino por la autoridad silenciosa que imponía.

El fuego ocupaba el centro de la estancia.

Escudos pintados cubrían las paredes.

De las vigas colgaban remos, pieles de animales y estandartes de batalla desgastados.

El jarl abrazó a Einar como a un igual.

Luego dirigió su atención a Astrid.

Durante varios momentos, su mirada se posó sobre la mujer extranjera cuyo modo de hablar y de ver el mundo no se parecía al de nadie.

—Así que es ella.

Einar asintió sin vacilar.

—Es Astrid.

Y está bajo mi protección.

El silencio que siguió pesaba más que cualquier juramento.

Nadie hizo más preguntas.

En aquel mundo, bastaban unas pocas palabras de un hombre de honor.

Durante la cena, Astrid descubrió otro aspecto de los vikingos que los libros apenas habían insinuado.

No todo giraba en torno a la guerra.

Hablaban de rutas comerciales, cosechas, construcción naval, alianzas entre clanes y noticias llegadas de Irlanda, Orkney y Dinamarca.

El mundo vikingo era mucho más amplio de lo que había imaginado.

Al escuchar sus conversaciones, comprendió hasta qué punto las redes comerciales habían conectado el norte de Europa mucho antes de que los libros de texto modernos lo reconocieran.

Cuando el banquete terminó, el jarl se acercó a ellos.

—Mi salón es vuestro salón mientras permanezcáis en Jórvik.

Su mirada pasó de Einar a Astrid.

A Astrid se le detuvo el corazón un instante.

Einar inclinó la cabeza con respeto.

—Será un honor recibiros en Hvaldalen cuando regresemos.

Las palabras sonaron perfectamente naturales.

Como si el futuro hubiera empezado a construirse en silencio ante ellos, sin pedirles permiso.

Entrada la noche, un sirviente los condujo a una pequeña cámara reservada para los invitados de mayor confianza del jarl.

Era sencilla.

Una cama amplia cubierta de pieles.

Un banco.

Un cofre de madera.

Una lámpara de aceite que proyectaba un resplandor cálido sobre las paredes.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio regresó.

Por primera vez desde que habían emprendido el viaje, no había peligro inmediato.

Solo ellos dos.

Astrid dejó la capa sobre el banco con lentitud.

De pronto, fue muy consciente de lo pequeña que era la habitación.

Y de que la compartirían hasta el amanecer.

Einar pareció notar su inquietud.

—Dormiré junto a la puerta.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—No es necesario.

Nos han recibido como si estuviéramos prometidos.

Le sostuvo la mirada.

Durante varios instantes, ninguno supo qué decir.

El deseo seguía allí.

Silencioso.

Más intenso aún porque ninguno estaba dispuesto a traicionar la promesa que habían aceptado.

Einar dio un paso hacia ella.

Lentamente, le tomó las manos.

Se las llevó a los labios.

Depositó en ellas un beso largo y respetuoso.

No era el beso de quien reclama.

Era el beso de quien hace una promesa.

Astrid sintió que un nudo se le apretaba en la garganta.

Se acercó hasta apoyar la frente contra su pecho.

Durante un instante, ambos cerraron los ojos.

Un solo movimiento habría borrado la distancia que aún quedaba entre ellos.

Ninguno lo hizo.

—Esperaremos —susurró ella.

Einar asintió.

—Todo el tiempo que haga falta.

Aquellas palabras contenían mucho más que paciencia.

Contenían respeto.

Y quizás por eso Astrid sintió que lo amaba un poco más.

Aquella noche compartieron la misma habitación.

Durmieron a solo unos pasos el uno del otro, bajo el mismo techo, mientras el fuego se consumía lentamente hasta convertirse en brasas entre las sombras.

No volvieron a tocarse.

Sin embargo, antes de cerrar los ojos, ambos comprendieron que ya no necesitaban la cercanía del otro para sentirse menos solos.

Al amanecer partirían de Jórvik.

Las provisiones estaban listas, los caballos descansados y los mensajes entregados.

El camino los llevaba de nuevo hacia el norte.

Hacia Hvaldalen.

Hacia el fiordo donde los aguardaban el clan de Einar, las antiguas piedras rúnicas y el destino que ninguno de los dos podía seguir posponiendo.