Capítulo XXII
Lo que ya no puede negarse
Las orillas del lago Skarvatn, en el camino a Jórvik
El amanecer se extendió sobre el lago con una luz pálida y plateada.
Su superficie permanecía perfectamente inmóvil y reflejaba un cielo tan claro que parecía recién nacido.
Tras la huida, apenas habían dormido unas horas.
El humo de su pequeña hoguera se deslizaba entre los abedules mientras el caballo pastaba cerca de la orilla.
Einar dejó su espada junto a una roca.
Sin decir palabra, se adentró en el agua.
El frío le mordió la piel como hierro vivo.
No buscaba lavarse.
Intentaba acallar la agitación que llevaba dentro.
La sangre seca, el barro y el humo desaparecieron bajo el agua, pero la inquietud permanecía.
Astrid lo observaba desde la orilla.
No era la primera vez que contemplaba un cuerpo herido.
Como arqueóloga, había pasado años estudiando esqueletos; como mujer del siglo XXI, había visto cicatrices en fotografías, en hospitales y en yacimientos.
Pero estas marcas eran diferentes.
Cada una guardaba una historia.
Una cicatriz le cruzaba el hombro.
Otra comenzaba bajo las costillas.
La mordedura del lobo aún trazaba una línea rojiza a lo largo de su cuello.
Y todavía podía distinguir la herida reciente que había recibido al rescatarla.
Comprendió algo que nunca antes había considerado.
Los hombres de aquella época llevaban sus recuerdos escritos sobre la piel.
Einar emergió lentamente del agua.
Las gotas corrían por sus brazos mientras se envolvía en su capa de lana.
Cuando alzó la vista, encontró a Astrid todavía observándolo.
Ella bajó la mirada de inmediato.
El calor le subió a las mejillas.
Una leve sonrisa asomó a los labios de él.
No era de orgullo.
Era de ternura, y lo sorprendió incluso a él.
—Empiezas a olvidar que soy un hombre peligroso.
Astrid negó lentamente con la cabeza.
—No.
Empiezo a comprender cuánto has sobrevivido.
Aquellas palabras lo dejaron sin habla.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
Solo el suave murmullo del agua lamiendo las piedras llenaba el silencio.
Se sentaron junto al fuego.
Astrid añadió unas ramas secas.
Las llamas crecieron lentamente.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Se había convertido en un lugar donde ambos podían descansar.
Tras un largo rato, Einar habló.
—No deberías haber vuelto.
Ella mantuvo la mirada en el fuego.
—Lo sé.
—Podrías haber encontrado el camino de regreso a tu propio mundo.
Una sonrisa triste cruzó el rostro de Astrid.
—Lo intenté.
Él levantó la cabeza.
—Las piedras no respondieron.
Einar comprendió de inmediato.
No hizo preguntas.
Simplemente inclinó la cabeza con tranquilo respeto.
Sabía lo que significaba perder un hogar.
—Así que ya no sabes si alguna vez regresarás.
Ella negó muy lentamente con la cabeza.
Las lágrimas no cayeron.
Ya había llorado todo lo que podía la noche anterior.
—No.
Y creo que eso es lo que más me asusta.
No morir aquí.
Sino olvidar poco a poco quién era.
Guardó silencio unos instantes antes de continuar.
—A veces intento recordar la voz de Henrik.
Y me doy cuenta de que cada día se vuelve un poco más difícil.
La confesión quedó suspendida entre ellos.
Einar contempló el lago.
Pensó en Liv.
Durante años había temido que el dolor se desvaneciera.
Porque eso significaría olvidar.
Ahora comprendía que los recuerdos no desaparecían.
Simplemente encontraban otro lugar dentro de uno.
—Las personas que amamos cambian con nosotros —dijo al fin—.
No desaparecen.
Astrid se volvió hacia él.
Aquellas palabras solo podían venir de alguien que había sufrido tan profundamente como ella.
El fuego crepitaba suavemente.
El caballo levantó la cabeza un momento antes de volver a pastar.
Astrid respiró hondo.
—Cuando volví al monasterio...
Vaciló.
—Pensé que había perdido la razón.
Einar la miró.
—¿Por qué?
—Porque tuve la oportunidad de marcharme.
Y no lo hice.
Él permaneció perfectamente inmóvil.
Ella sonrió con cierta vergüenza.
«Mientras corría, solo podía pensar en una cosa.
Que tú habrías hecho exactamente lo mismo por mí.»
Einar bajó la mirada.
Un nudo se le formó en la garganta.
Había pasado toda su vida esforzándose por convertirse en un guerrero digno de respeto.
Sin embargo, ninguna victoria lo había conmovido tanto como aquella simple confesión.
«Lo habría hecho.»
Astrid alzó lentamente la mirada.
«Lo sé.»
Ambos sonrieron con una paz distinta.
No era la alegría de aquellos primeros días.
Era algo más profundo.
La confianza que solo puede nacer después de haber enfrentado juntos el miedo.
Pasaron varias horas reparando los arreos del caballo y preparándose para el viaje que les esperaba.
Cuando el sol comenzó a descender, Einar habló sin dejar de trabajar.
«Solo quedan unos días para llegar a Jórvik.»
Astrid sintió que el pecho se le oprimía.
Hasta entonces, había querido llegar lo antes posible.
Ahora se daba cuenta de que el final del viaje también significaría el final de todo lo que habían construido juntos.
«Sí...»
respondió en voz baja.
Einar terminó de ajustar la montura.
Luego se volvió hacia ella.
Sus ojos grises se posaron en los de ella durante un largo momento.
«Hay algo que necesito decirte.»
Astrid esperó en silencio.
«Cuando te ofrecí mi nombre...
no lo hice solo porque fuera mi deber.»
Por un instante, Astrid sintió que el corazón se le detenía.
Él continuó antes de que ella pudiera responder.
«Lo hice porque me di cuenta de que ya no podía soportar perder a otra persona que me importara.»
El viento sopló suavemente por la orilla del lago.
Astrid dio un paso hacia él.
No dijo nada.
Él tampoco.
Bastó con que ella extendiera la mano hacia la de él.
Sus dedos se entrelazaron con naturalidad.
Sin urgencia.
Sin nuevas promesas.
Solo el reconocimiento silencioso de una verdad que ninguno de los dos podía seguir negando.
Juntos contemplaron el reflejo del cielo sobre el agua.
El camino a Jórvik aún los esperaba.
Pero por primera vez, el destino ya no era un lugar.
Se había convertido en la persona que caminaba a su lado.