Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XXI
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Capítulo XXI

El precio de la compasión

Una pequeña fortaleza sajona cerca del fiordo Esa misma noche

La campana del monasterio sonó una sola vez cuando Astrid llegó.

El anciano hermano Aethelred salía del pequeño huerto con una cesta de raíces y hierbas cuando la vio emerger de la niebla.

Su respiración entrecortada decía más que cualquier palabra.

—Ha ocurrido algo.

Astrid asintió.

—Han capturado a Einar.

El anciano monje permaneció en silencio.

Durante unos instantes, solo se oyó el murmullo del arroyo.

—Podría marcharme —dijo ella, con la voz quebrada—. Nadie sabría dónde estoy.

Aethelred alzó la vista.

—Pero has venido aquí.

Ella cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces ya has tomado tu decisión.

Astrid lo miró confundida.

—¿Qué decisión?

El anciano sonrió con infinita serenidad.

—A quién no soportas perder.

Sus palabras la dejaron sin aliento.

No respondió.

No pudo.

La pequeña fortaleza sajona se alzaba apenas a una hora del monasterio.

Aethelred era conocido por todos.

A menudo llevaba comida, ungüentos y noticias entre los asentamientos dispersos.

Nadie sospechó cuando atravesó la puerta acompañado de un joven ayudante con la cabeza oculta bajo una capucha.

Astrid mantuvo los ojos bajos.

Las manos le temblaban bajo las mangas de la túnica de lana.

El corazón le latía con tanta violencia que temió que alguien pudiera oírlo.

Un capitán saludó al anciano monje.

—¿Otra vez por aquí, hermano?

—Los hombres heridos necesitan pan tanto como curación.

Y los vivos necesitan misericordia.

El soldado soltó una carcajada.

—Eso es lo único que escasea por aquí.

Les hizo un gesto para que pasaran.

Einar estaba encerrado en un pequeño cobertizo de madera.

Tenía las manos atadas.

El rostro amoratado.

Sin embargo, aún permanecía erguido.

Cuando la puerta se abrió, alzó la cabeza lentamente.

Primero vio al monje.

Luego a la figura encapuchada.

Astrid se bajó la capucha.

Los ojos de Einar se abrieron ligeramente.

No con sorpresa.

Con incredulidad.

—Has vuelto...

Ella se arrodilló ante él mientras Aethelred comenzaba a desatar las cuerdas.

—No podía dejarte.

Einar la miró durante largo rato.

No preguntó por qué.

En el fondo, ya conocía la respuesta.

Y comprendió que ella había renunciado a su única oportunidad de escapar.

No porque tuviera que hacerlo.

Porque había elegido hacerlo.

Aethelred les entregó dos capas oscuras.

—En unos momentos, las campanas sonarán.

Todos correrán hacia la iglesia, creyendo que hay un incendio.

No habrá llamas.

Solo humo.

Será suficiente.

Einar sostuvo la mirada del anciano.

—¿Por qué arriesgarías tu vida por un pagano?

El monje le devolvió la mirada sin vacilar.

—Porque antes de ser un pagano, eres un hombre.

Y porque ella cree que aún puedes traer paz a este mundo.

Einar bajó la cabeza lentamente.

Era la primera vez que un cristiano le ofrecía algo que no podía ganarse con una espada.

—No olvidaré esta deuda.

Aethelred negó con la cabeza suavemente.

—No me debes nada.

Ayuda a alguien más cuando llegue tu momento.

Eso será suficiente.

Las campanas comenzaron a sonar.

Las voces llenaron el patio.

Soldados corriendo.

Órdenes gritadas desde todas direcciones.

Confusión.

Los tres salieron del cobertizo y desaparecieron en el caos.

Solo al alcanzar la puerta de la fortaleza, Astrid pudo respirar hondo por primera vez.

Solo cuando el bosque volvió a envolverlos se dio cuenta de que estaban vivos.

Caminaron deprisa.

Ninguno habló.

Hasta que Einar finalmente rompió el silencio.

—¿Por qué volviste?

Astrid tardó mucho en responder.

Al fin habló, casi en un susurro.

—Porque tú habrías vuelto por mí.

Einar no dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

El bosque seguía abriéndose ante ellos.

Y por primera vez desde que dos siglos diferentes los habían reunido, ninguno caminaba delante del otro.

Caminaban hombro con hombro, compartiendo el mismo peligro y el mismo destino incierto.