Capítulo XIX
El Peso de una Promesa
Amaneció bajo una niebla tan densa que el bosque parecía haber olvidado dónde terminaban los árboles y dónde empezaba el cielo.
Caminaron largo rato sin hablar.
El caballo avanzaba despacio entre las raíces húmedas.
Astrid caminaba a su lado.
Einar llevaba una mano apoyada en la empuñadura del seax.
No porque esperara un ataque.
Porque necesitaba tener las manos ocupadas.
Desde la noche anterior, todo había cambiado.
No habían vuelto a besarse.
Ni a tocarse.
Y sin embargo, nunca habían sido tan conscientes de la presencia del otro.
El juramento aún caminaba entre ellos.
Fue Astrid quien rompió el silencio.
—¿Te arrepientes?
Einar esperó varios pasos antes de responder.
—¿De qué?
—De ofrecerme tu nombre.
Él no apartó la mirada del camino.
—No.
—Ni siquiera sabes quién soy en realidad.
—Sé lo suficiente.
Ella sonrió con tristeza.
—Ya no estoy segura de saberlo yo.
Cuando llegaron a un pequeño claro, Einar apoyó el escudo contra un tronco caído.
—Entrenaremos.
Astrid enarcó una ceja.
—¿Después de todo lo que ha pasado?
—Precisamente por eso.
Ella desenvainó la espada.
Aún le resultaba pesada.
Pero ya no era un objeto extraño en sus manos.
Einar estudió su postura.
Había mejorado.
Sus pies encontraban el equilibrio antes que sus pensamientos.
Su respiración ya no se aceleraba solo por sostener el arma.
Su cuerpo empezaba a aprender lo que su mente aún dudaba.
—Otra vez.
Astrid atacó.
La espada descendió con convicción.
Einar desvió el golpe sin esfuerzo.
—Demasiado alto.
Otra vez.
Ella corrigió la postura.
Él la detuvo una vez más.
—Mejor.
Otra vez.
Durante largo rato, el sonido del acero fue la única conversación entre ellos.
Cada movimiento disolvía un poco la incomodidad que el beso había dejado.
Luchar era más fácil que hablar.
En uno de los intercambios, Astrid perdió pie en el suelo húmedo.
La espada se le escapó de las manos.
Antes de que cayera, Einar la sujetó por la cintura.
Todo ocurrió en un instante.
Ella quedó apoyada contra él.
Sus respiraciones volvieron a mezclarse.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Ambos recordaron el beso.
Ninguno hizo el menor movimiento para repetirlo.
Astrid fue la primera en apartarse.
No por rechazo.
Sino por respeto a la promesa que aún buscaba su lugar entre ellos.
Einar inclinó levemente la cabeza.
Aquel pequeño gesto dijo más que cualquier disculpa.
Reanudaron el entrenamiento.
Esta vez en silencio.
Hasta que, cerca del final, Astrid logró algo que él no esperaba.
Con un giro rápido de muñeca, golpeó el plano de la hoja de Einar.
No bastó para desarmarlo.
Pero lo obligó a retroceder medio paso.
Él sonrió.
Una sonrisa genuina.
La primera en muchos días.
—Bien hecho.
Astrid alzó la vista, sorprendida.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—No los doy a menudo.
Ella rio suavemente.
El sonido iluminó el claro mucho más que el pálido sol de invierno.
Cuando terminaron, se sentaron junto al arroyo.
Astrid hundió las manos en el agua helada.
Después contempló su reflejo.
Le costaba reconocer a la mujer que le devolvía la mirada.
Su cabello había crecido.
Sus manos mostraban pequeñas cicatrices.
La palidez de los laboratorios había dado paso al color del viento y el humo de leña.
Ya no parecía una profesora de historia.
Empezaba a parecer una mujer nacida para sobrevivir en aquel siglo.
El pensamiento la asustó.
—Tengo miedo de olvidar.
Einar se volvió hacia ella.
—¿Olvidar qué?
«Mi vida.
Mi lengua.
Mi mundo.
Henrik.»
El nombre quedó suspendido entre ellos.
Einar comprendió que aún caminaba junto a un hombre al que nunca conocería.
Sin embargo, no sintió celos.
Sintió compasión.
Porque él también seguía caminando junto al recuerdo de otra mujer.
—No lo olvidarás.
—¿Cómo puedes saberlo?
Observó el agua que fluía sobre las piedras.
—Porque las personas que verdaderamente han formado parte de nosotros nunca desaparecen.
Simplemente aprendemos a caminar con ellas.
No detrás de ellas.
No delante de ellas.
Con ellas.
Astrid sintió que aquellas palabras no se referían a Henrik.
Se referían a Liv.
Y comprendió que Einar acababa de dar un paso que no habría imaginado apenas unas semanas antes.
Ya no huía de su pasado.
Muy lentamente, estaba empezando a convivir con él.
El viento agitó las copas de los abedules.
Ante ellos, el camino continuaba hacia el sur y se perdía en un futuro de nuevas aldeas, nuevos peligros y un destino que ninguno de los dos podía comprender aún.
Pero, por primera vez desde que el tiempo mismo los había reunido, caminaban sabiendo que ya no viajaban solo porque la necesidad lo exigiera.
Caminaban porque, poco a poco, el otro se había convertido en el único lugar donde cada uno empezaba a sentirse a salvo.