Capítulo XVIII
El Juramento del Escudo
El silencio que siguió al beso resultó más difícil de soportar que cualquier batalla.
Astrid aún sentía el calor de los labios de Einar sobre los suyos y el eco persistente del abrazo que, durante unos fugaces instantes, había derribado todos los muros que habían levantado alrededor de sus corazones.
No era arrepentimiento.
Era miedo.
Miedo a olvidar quién era.
Miedo a olvidar por qué seguía luchando.
Sin decir palabra, se dio la vuelta y salió de la casa.
El aire frío le golpeó el rostro.
Respiró hondo en busca de calma, pero la opresión en el pecho se negaba a ceder.
Descendió por la pendiente hasta el borde del bosque.
Allí había un pequeño afloramiento de roca cubierto de líquenes y brezo. Varias piedras antiguas se alzaban de la tierra, con las runas apenas visibles bajo el musgo.
Las contempló en silencio.
No eran las mismas piedras.
Ni el lugar donde había despertado.
Y sin embargo, cada piedra antigua la llenaba ahora de la misma esperanza imposible.
Lentamente, apoyó ambas manos sobre la superficie áspera.
Cerró los ojos.
Recordó el viento.
La luz.
El instante en que el mundo pareció quebrarse.
Esperó.
Nada.
Lo intentó de nuevo.
Sus dedos trazaron las runas como si buscaran una grieta invisible entre dos siglos.
Nada respondió.
Solo silencio.
Solo la piedra fría.
Solo el murmullo del viento que descendía de las montañas.
Las piernas le fallaron.
Cayó de rodillas.
Por primera vez desde su llegada, dejó de engañarse.
Quizá no había forma de volver a casa.
Quizá nunca volvería a ver el hospital.
Nunca volvería a caminar por los pasillos de la universidad.
Nunca volvería a oír la voz de Henrik.
La imagen de su compañero regresó con una claridad insoportable.
Su sonrisa.
Sus discusiones durante las excavaciones.
Las incontables horas que habían pasado juntos entre mapas, descubrimientos y tazas de café frío.
Y el momento en que todo se derrumbó.
Las lágrimas comenzaron a rodarle por el rostro antes de que pudiera detenerlas.
No lloraba solo por Henrik.
Lloraba por la mujer que había dejado de existir el día en que despertó en este siglo.
—Astrid...
La voz de Einar llegó suave, con cuidado de no sobresaltarla.
Se quedó a unos pasos de distancia.
No intentó acercarse de inmediato.
Comprendía demasiado bien el dolor de quien ha descubierto que el hogar ha desaparecido.
Astrid no se volvió.
—No puedo regresar.
Las palabras fueron apenas un susurro.
Y sin embargo, pesaban más que cualquier juramento.
Einar miró las piedras rúnicas.
Comprendió lo que ella había intentado hacer.
Caminó hacia ella lentamente.
No para tocarla.
Solo para compartir el silencio a su lado.
—No perteneces aquí —dijo ella tras un largo momento.
Él se tomó su tiempo antes de responder.
—Eso es lo que muchos creen.
Astrid alzó la vista.
—No tengo familia.
Ni clan.
Ni nombre entre tu gente.
Soy una extraña.
Einar asintió despacio.
—Por eso precisamente estás en peligro.
Ella frunció el ceño.
Él continuó con la serena certeza de quien explica una verdad aprendida en la infancia.
—Una mujer sola nunca permanece sin amo mucho tiempo en estas tierras.
Un escalofrío recorrió a Astrid.
—¿Un amo?
—Pueden tomarla como esclava.
Venderla para saldar una deuda.
Reclamarla un hombre más poderoso.
O acusarla de practicar artes que nadie comprende.
El recuerdo del hermano Æthelred regresó a ambos.
Los hombres temen lo que no pueden comprender.
El viejo monje no hablaba solo de fe.
Hablaba de personas.
Einar guardó silencio durante varios momentos.
Entonces tomó la decisión más difícil a la que se había enfrentado desde la muerte de Liv.
—Entonces aceptarás mi protección.
Astrid lo miró desconcertada.
—¿Cómo?
Él le sostuvo la mirada con firmeza.
No había pasión en sus ojos.
Solo determinación.
—Te tomaré como esposa.
El tiempo mismo pareció detenerse.
Astrid creyó haber oído mal.
—¿Casarme... contigo?
Einar inclinó ligeramente la cabeza.
—Mientras permanezcas en estas tierras, ningún hombre podrá reclamarte sin antes desafiar mi palabra. Ningún jarl decidirá tu destino. Tendrás un hogar. Un nombre dentro del clan. Nadie volverá a mirarte como a una mujer desprotegida.
Ella permaneció inmóvil.
—Pero... puede que aún encuentre el camino de regreso.
—Entonces te marcharás.
La respuesta llegó de inmediato.
Tan simple que dolía.
—¿Y tú aceptarías eso?
Respiró hondo.
—No puedo prometer que mi corazón lo acepte.
Pero mi palabra sí lo hará.
El viento agitó las ramas desnudas sobre sus cabezas.
Astrid sintió que algo se quebraba en su interior.
No era una declaración de amor.
Era algo mucho más difícil.
Un hombre dispuesto a darle su nombre, sabiendo que un día podría tener que verla partir.
Einar dio otro paso hacia ella.
—Hay una condición.
Ella esperó en silencio.
—Nunca te pediré lo que no elijas dar libremente.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Solo entonces Astrid comprendió el verdadero significado de su promesa.
No le estaba ofreciendo una cadena.
Le estaba ofreciendo un refugio.
La emoción finalmente la venció.
Se acercó a él.
Deslizó ambos brazos alrededor del cuello de Einar y apoyó el rostro contra su hombro.
Él respondió con la misma ternura callada.
La rodeó con los brazos como quien protege algo frágil que el mundo podría romper fácilmente.
Ninguno de los dos habló.
El bosque entero pareció contener el aliento.
Después de unos momentos, Astrid alzó lentamente el rostro.
Lo miró, con los ojos aún brillantes.
Se inclinó hasta que sus labios encontraron los de él.
Este beso fue diferente.
No nació del impulso.
Ni del deseo.
Fue breve.
Sereno.
Profundamente humano.
Un beso nacido de la gratitud, la confianza y la esperanza compartida.
Cuando se apartó, permaneció cerca de él.
Apoyó suavemente la frente contra la de él.
—No sé si alguna vez podré amarte como mereces... —susurró.
Einar sonrió levemente, con la tranquila contención que siempre ocultaba sus emociones más profundas.
—Nunca te lo pedí.
Y mientras el viento barría las piedras antiguas, ambos comprendieron que acababan de sellar un juramento mucho más fuerte que cualquier voto pronunciado ante los dioses.
Aún no era un matrimonio.
Era el primer paso hacia un destino que ninguno de los dos había imaginado jamás, pero que ambos, sin darse cuenta, estaban comenzando a elegir.