Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XVII
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Capítulo XVII

Un Hogar Prestado

La Granja Abandonada de Skogheim, al Sur de Hålogaland

La tarde empezaba a declinar mientras el sendero descendía hacia un pequeño valle resguardado del viento.

Una vieja granja emergió entre los abedules.

Su tejado de turba había resistido el paso de incontables inviernos, aunque parte de la empalizada se había derrumbado y las malas hierbas crecían entre las piedras del corral.

Einar levantó una mano.

—Espera aquí.

Astrid permaneció junto al caballo mientras él inspeccionaba lentamente el lugar.

La puerta de la casa principal estaba abierta.

No encontró cuerpos.

Ni señales recientes de vida.

Solo silencio.

Un silencio antiguo.

Como si quienes habían vivido allí se hubieran marchado hacía mucho tiempo, para no regresar jamás.

Cuando regresó, asintió levemente.

—Pasaremos la noche aquí.

Astrid dejó escapar un suspiro de alivio.

Por primera vez desde que salieron de Hvaldalen, dormirían bajo techo.

La casa era humilde.

Un hogar de piedra ocupaba el centro de la estancia.

En un rincón había varias vasijas de barro cubiertas de polvo.

Sobre un estante descansaba una cuchara de madera cuidadosamente tallada.

Astrid la recogió.

—Alguien hizo esto para que durara toda una vida...

Einar recorrió la habitación con la mirada.

—Y sobrevivió a sus dueños.

Aquel simple comentario dejó flotando entre ellos un silencio extraño.

Mientras él iba a buscar agua y leña, Astrid recorrió el pequeño huerto.

Bajo las últimas hojas secas encontró nabos, algunas cebollas que habían sobrevivido al frío y zanahorias olvidadas bajo la tierra.

Sonrió.

—Esta noche cenaremos mejor que un jarl.

Cuando Einar regresó, encontró el fuego ya encendido y un caldero colgando sobre las llamas.

El aroma de las verduras y las hierbas secas llenaba lentamente la casa.

Durante varios instantes, permaneció inmóvil en el umbral.

La visión despertó algo que había creído enterrado para siempre.

Un hogar.

Un fuego.

Una mujer atendiendo una comida.

No era el pasado.

Pero el corazón no siempre distingue entre el recuerdo y el anhelo.

Astrid alzó la vista.

Lo encontró observándola.

—¿Qué ocurre?

Él negó lentamente con la cabeza.

—Nada.

Pero sabía que estaba mintiendo.

Salió antes de que ella pudiera leer en su rostro lo que apenas comprendía él mismo.

La cena fue sencilla.

Compartieron el mismo cuenco de madera.

El pan estaba duro.

La sopa estaba clara.

Sin embargo, ninguno de los dos recordaba haber comido algo tan reconfortante en muchos días.

Después de recoger los utensilios, Astrid tomó las dos espadas de práctica que Einar había tallado durante el viaje.

—Me prometiste otra lección.

Él enarcó una ceja.

—¿Todavía tienes fuerzas?

—Más de las que tenía ayer.

Salieron al claro frente a la casa.

La luna proyectaba apenas una luz tenue sobre el valle.

El aire olía a tierra húmeda y humo de leña.

Einar adoptó su postura.

—No pienses en la espada.

Piensa en tus pies.

Ellos deciden el combate mucho antes que tus brazos.

Astrid copió su postura.

El arma todavía le parecía demasiado pesada.

Repitió el movimiento una y otra vez.

Torpemente.

Sin firmeza.

Hasta que Einar caminó lentamente hacia ella.

—No.

Así desperdicias toda tu fuerza.

Se colocó detrás de ella.

Con mucho cuidado, apoyó las manos sobre sus antebrazos.

Luego ajustó con delicadeza la posición de sus hombros.

Finalmente, bajó las manos hasta su cintura, girándola solo unos grados.

El contacto era firme.

Respetuoso.

Pero ineludible.

Astrid sintió el calor de sus manos a través de la lana de su túnica.

Durante un instante, dejó de escuchar sus instrucciones.

Solo era consciente de la cercanía de su aliento junto a su sien.

—Ahora...

gira desde aquí.

No desde los brazos.

Ella obedeció.

La espada trazó un arco mucho más limpio.

—Eso es.

Por primera vez.

Astrid sonrió.

No porque hubiera aprendido el movimiento.

Sino porque la aprobación de Einar, tan raramente concedida, tenía un peso inesperado.

Se volvió para darle las gracias.

Al hacerlo, se encontró justo frente a él.

Demasiado cerca.

Ninguno de los dos se movió.

Astrid no retrocedió.

Sus labios se encontraron con una suavidad que ninguno había imaginado.

Fue apenas un roce.

Breve.

Casi incrédulo.

Como si ambos necesitaran comprobar que aquel momento existía de verdad.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, ninguno habló.

Simplemente se miraron.

El mundo pareció reducirse al sonido de su respiración.

Astrid descubrió una emoción desconocida en los ojos de Einar.

No era solo deseo.

Era el anhelo callado de un hombre que llevaba demasiado tiempo negándose la esperanza.

Sin pensar, apoyó ambas manos en su pecho.

Bajo las palmas, sintió el latido firme de su corazón.

Él soltó el aliento lentamente, como si aquel simple contacto hubiera derribado el último muro que aún llevaba dentro.

Entonces Einar dio el siguiente paso.

Lentamente, deslizó un brazo en torno a la cintura de Astrid y la atrajo con suavidad hacia él.

No había urgencia.

Solo la certeza serena de un hombre que por fin había dejado de resistirse a lo inevitable.

Casi por instinto, ella alzó los brazos y le rodeó el cuello.

Durante un largo momento, permanecieron así, abrazados, sin moverse, sintiendo solo el calor del otro en medio del aire frío del bosque.

Entonces Einar buscó sus labios una vez más.

Esta vez, el beso ya no era una pregunta.

Era una certeza.

Más profundo.

Más lento.

Más sentido.

Sus labios se demoraron sobre los de ella con una mezcla de anhelo y reverencia, como si quisiera grabar aquel momento en la memoria antes de que el destino pudiera arrebatárselo.

Astrid respondió con la misma honestidad, dejando que el abrazo los acercara aún más, hasta sentir el latido del otro a través de las capas de lana.

El tiempo dejó de existir.

Solo quedó el susurro del viento entre los árboles y el calor compartido que iba disolviendo la soledad que ambos arrastraban desde hacía demasiado tiempo.

Entonces, de pronto, Astrid sintió que esa felicidad se quebraba.

La imagen de Henrik atravesó sus pensamientos con una claridad insoportable.

El polvo suspendido en el aire tras el derrumbe.

Su mano empujándola hacia la salida.

La promesa silenciosa de volver.

Se le cortó la respiración.

Lentamente, se apartó del abrazo de Einar.

Aún sentía el calor de sus labios.

Bajó la mirada, incapaz de soportar la intensidad del momento.

—No puedo... —susurró con la voz quebrada.

Einar permaneció inmóvil.

El deseo aún le latía en el pecho, pero comprendió de inmediato que aquel rechazo no nacía de falta de amor.

Nacía de una promesa que ella aún no estaba lista para traicionar.

Bajó las manos lentamente.

Asintió con una calma que ocultaba el peso de su decepción.

—Lo sé.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Pero ninguno de los dos era ya la misma persona que había sido apenas unos instantes antes.

Regresaron a la casa en silencio.

Las brasas proyectaban un resplandor tenue por la habitación.

Astrid extendió su lecho a un lado del hogar.

Einar hizo lo mismo en el otro.

Mientras el fuego consumía lentamente los últimos troncos, ambos comprendieron la verdadera dificultad de su viaje.

No era cruzar bosques ni fiordos.

Era compartir la ilusión de un hogar que ninguno de los dos podía permitirse anhelar.

Y mientras Astrid cerraba los ojos, Einar permaneció despierto largo rato.

Recordó las palabras del viejo monje.

Los hombres temen lo que no pueden comprender.

Pensó en Hvaldalen.

En los guerreros.

En las miradas que Astrid atraería cuando regresaran.

Por primera vez, la decisión tomó forma definitiva dentro de él.

Si llegaba el momento...

le ofrecería su nombre.

No para reclamarla.

Sino para asegurarse de que ningún otro hombre pudiera arrebatársela jamás.

Astrid nunca oyó aquel voto silencioso.

Pero esa noche, al otro lado del fuego, la promesa que cambiaría el destino de ambos comenzó a tomar forma en silencio.